Cuando la inmunidad diplomática te permite tener esclavos en Europa

19.10.2016 – 05:00 H. “Fueron muchas las veces que pensé en tirarme al vacío por la ventana, a quitarme la vida, pero pensaba en mis hijos, lo que les ...

19.10.201605:00 H.

“Fueron muchas las veces que pensé en tirarme al vacío por la ventana, a quitarme la vida, pero pensaba en mis hijos, lo que les pasará y eso me daba fuerzas para aguantar la humillación”. Awa –nombre ficticio- tiene 25 años y es de Etiopía. Vive y trabaja dieciocho horas al día en la lujosa residencia de un embajador en La Haya. Es una de las decenas de personas que trabajan para diplomáticos en Holanda, en condiciones de esclavitud: condiciones miserables, sueldos indignos, amenazas, acoso y amenazas.

Awa llegó a los Países Bajos con una oferta de trabajo como empleada de hogar en casa del embajador en cuestión, cuya identidad prefiere mantener oculta por miedo a posibles represalias contra ella y su familia. “Cuando estaba en el avión, me latía el corazón muy rápido de lo entusiasmada que estaba por mi nuevo empleo”, recuerda. Pero esa ilusión por su nueva vida llegó a su fin después de su primer día de trabajo. Tenía que estar disponible las 24 horas, día y noche, apenas dormía y, a fin de mes, su sueldo eran 135 euros. Ella eligió este trabajo porque, explica, su familia “no tenía ni comida suficiente” y tuvo que emigrar para poder sacarlos adelante.

Pero confiesa arrepentirse de haber hecho este viaje. “El embajador es muy estricto, si me veía mirar por la ventana, me regañaba y me decía que entrase dentro de la casa”, añade. Había días en los que llegaba a descansar solo dos horas. No tenía “ningún tipo de libertad, ni podía salir de casa, estaba totalmente prohibido”, asegura. La frase que más se repetía a sí misma es: “Debes ser fuerte”. Con lágrimas en los ojos, Awa rememora sus sentimientos cuando veía a una persona andar por la calle, o simplemente cuando observaba al jardinero mientras arreglaba el patio. “Me llenaba de felicidad porque sentía que aún soy parte del mundo, de la vida”, afirma.

Los diplomáticos no pueden ser procesados por la justicia de un país que no sea el suyo, ni siquiera detenidos o multados por la policía de tráfico.

El ministerio holandés de Asuntos Exteriores ha recibido en los últimos cinco años al menos 26 quejas de diferentes empleados de diplomáticos que denuncian ser explotados, no cobrar por su trabajo, ser maltratados o haber sufrido un “comportamiento inapropiado”, según confirma la propia institución pública. Pero los diplomáticos gozan de inmunidad diplomática en todos los ámbitos de su vida, y sea cual sea el país en el que trabajan. Por eso, no pueden ser procesados por la justicia de un país que no sea el suyo, ni siquiera detenidos o multados por la policía de tráfico. La inviolabilidad que les otorga el derecho internacional hace que sean intocables, a menos que su país decida lo contrario.

Las autoridades holandesas han intervenido en pocos casos en los últimos años. Exteriores, que no quiere entrar en muchos detalles, ha otorgado ayuda a dos trabajadores explotados para que pudiesen regresar a sus hogares. También inició una investigación por una sospecha por delito sexual, pero el caso fue abandonado después de que el diplomático acusado regresara a su país de origen.

Eso sí, el Ministerio ha llamado la atención a los diplomáticos, e incluso les han informado claramente de que retener la documentación de un trabajador se puede considerar un indicio de “tráfico humano”, confirma Eline Willemsen de la ONG FairWork (TrabajoJusto), en una entrevista con El Confidencial. Según esta organización, las quejas provienen de cerca de 14 diferentes embajadas situadas en los Países Bajos, incluyendo las de Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, India, Somalia, Bolivia y Ghana. Según datos oficiales, hay unas 140 personas empleadas por diplomáticos en los Países Bajos.

La embajada emiratí en La Haya, una de aquellas en las que se han reportado abusos (Google Street View)La embajada emiratí en La Haya, una de aquellas en las que se han reportado abusos (Google Street View)

Propiedad de sus patrones

Estos abusos suceden, especialmente porque las trabajadoras domésticas están “atadas a su familia [empleadora] para tener un visado de au pair”, añade Willemsen. Explica que eso “las hace dependientes, porque si vienen legalmente a Holanda, siempre hay una agencia implicada”. Cuando hay un problema o una denuncia, la agencia “siempre elige ponerse de lado de la familia y nunca intenta ayudar al trabajador”, denuncia. Por eso, esta ONG ha iniciado una campaña contra la esclavitud para concienciar sobre los derechos de los trabajadores, incluyendo algunas declaraciones recogidas en este reportaje.

No obstante, los hay quienes sí deciden afrontar la situación. Vandi Sannoh, procedente de Sierra Leona, llegó el pasado julio a La Haya para trabajar en la Embajada de Qatar, pero no tardó mucho en darse cuenta de que algo iba mal: “Las puertas de la cocina estaban bloqueadas, solo estaba el baño para lavarse las manos, limpiar mis cosas y beber agua, nadie se interesa por si comemos o dejamos de comer”, dice. Fueron muchas las horas que dedicaba a trabajar, sin ninguna remuneración extra, y tenía que acudir a diario a trabajar, incluso cuando se encontraba enfermo. “Nos tratan como esclavos, modernos”, confirma indignado y explica que ha llegado a trabajar más de 12 horas al día, durante meses, sin un solo día de descanso.

Según Sannoh, el embajador catarí, Khaled Fahad al Khater, aparece cuando quiere por la oficina y las ordenes las da por WhatsApp, “siempre en imperativo”, precisa. Sannoh cuenta una anécdota en la que dice que fue de las veces que más se sintió humillado por su jefe, en una fiesta privada que celebraba el representante diplomático en La Haya. “El embajador me ordenó trabajar esa noche, me había dicho que tenía que estar allí con unos pantalones vaqueros y una blusa. Cuando llegué, me miró y me dijo que no le gustaba como me quedaban los pantalones, así que me mandó a casa a cambiarme”, relata. Él lo hizo y volvió a la fiesta, pero se encontró con la sorpresa de que el diplomático estaba enfadado. “Me grito porque consideraba que había tardado, me dijo: ‘¿Dónde estabas? Mi mujer te necesita, y si ella te necesita, tienes que estar aquí’. En esos momentos me sentí realmente un esclavo, alguien que no tiene dignidad”, asegura Sannoh.

El embajador catarí da las órdenes por WhatsApp, “siempre en imperativo”, según un trabajador de la legación de ese país originario de Sierra Leona

Duermen en cuartos algo más adecentados que una ratonera. Tratan de “Señor” y “Señora” a los propietarios de la casa, y muchas pasean por los pasillos disfrazadas de sirvientas. Son propiedad de sus patrones. De ellos depende la renovación de su tarjeta de residencia en Holanda, y eso les lleva a obedecer sin rechistar. Limpian el suelo, ponen el lavavajillas, cocinan, cambian las sábanas, cuidan a los niños, comen en la cocina y no tienen más vida que su trabajo. Pocas tienen un día libre a la semana, y muchas no tienen derecho ni a asomarse por la ventana. Todo por poco más de 100 euros al mes.

Vandi Sannoh, que ha denunciado el trato en la embajada de Qatar en Holanda (Facebook)Vandi Sannoh, que ha denunciado el trato en la embajada de Qatar en Holanda (Facebook)

FairWork ha recibido múltiples denuncias de trabajadores que son más o menos independientes, pero que por ejemplo no reciben el dinero que se les ha prometido, trabajan muchas horas, o se les retiene dinero. Son mujeres y (en menor medida) hombres que proceden de Filipinas, Indonesia, Nepal, y países africanos y latinoamericanos, persiguiendo el sueño de una vida mejor.

Pero los casos más complicados son los de la gente que trabaja en los hogares de los diplomáticos. “Tienen un permiso de residencia dependiente de su jefe, y suelen venir de un país con muy mala situación económica, así que se ven obligados a soportar situaciones de graves abusos aquí. Pero debido a la inmunidad que tienen los diplomáticos, incluso en los casos más graves de violencia, es muy difícil conseguir que se haga justicia”.

“No sabes dónde te has metido”

Muchas tampoco se atreven a escapar de las casas, ni a desobedecer. “Tienen miedo a su empleador, hay amenazas, uso de la autoridad y diferencia de clases, intimidación, también dependencia de sus ingresos familiares, no tienen el pasaporte en su poder, y muchas no cuentan ni siquiera con dinero para poder escapar”, detalla Willemsen.

Otro caso es el de Joyce Santos (nombre ficticio), que fue empleada de hogar de un embajador árabe, al que no quiere identificar. Trabajaba dieciocho horas al día, siete días por semana, a cambio de 100 euros al mes. Como muchas, su historia es una de persecución de una vida mejor, que acaba convirtiéndose en pesadilla. “Mi marido era pescador en Filipinas, y ganaba como mucho cinco dólares al día, a veces dos, y había días en los que no teníamos con qué alimentar a nuestros dos hijos. Ser trabajadora doméstica en el extranjero era mi sueño”.

Cuando fue a la agencia a arreglar sus papeles, se dio cuenta de que había algo extraño. Le dijeron todo lo que tenía que decir cuando le preguntaran en las aduanas, debía mentir acerca de la identidad del que será su jefe: nadie debía saber que se trataba de un embajador. “Yo no le di mucha importancia porque solo quería llegar a Europa”. Al llegar a la residencia del diplomático, se encontró con otras dos mujeres en el servicio de limpieza. Una de ellas se lo advirtió: “No sabes dónde te has metido”, recuerda que le dijo.

El Índice Global de la Esclavitud calcula que hay al menos 45,8 millones de esclavos modernos

“Yo trabajaba a diario en el hogar, limpiando y cuidando a la hija del embajador, que vivía allí. Mi día comenzaba a las siete de la mañana, y trabajaba todo el día, hasta la noche, a menudo hasta las doce o una de la madrugada. Había noches en las que dormía cinco horas, y me volvía a poner en pie. Acordaron pagarme 250 euros al mes, pero en todo el tiempo que trabajé con ellos me dieron 110 euros, ni siquiera la mitad. No tuve ni un solo día de descanso, ni podía salir a la calle. Día tras otro, encerrada en casa. No podía ir ni a la iglesia”, cuenta esta mujer, desesperada.

El Índice Global de la Esclavitud cuenta este año 45,8 millones de esclavos modernos, según un informe publicado a mediados de 2016. No obstante, puesto que la esclavitud se lleva a cabo en secreto, es difícil tener cifras exactas. Willemsen explica esto en la existencia de diferencia en la riqueza y en la situación de derechos humanos en todo el mundo. “La gente está tratando de escapar de la pobreza, la discriminación, la guerra… y muchas veces, lo que se encuentran es una situación de vulnerabilidad y abuso. Y otras personas se aprovechan de ello. La explotación es un negocio muy lucrativo”, condena.

Awa estaba dispuesta a aguantar porque tampoco tenía sus documentos. Sus “dueños” se los habían arrebatado para mantenerla bajo control. Pero un día, el embajador le ordenó cortarse el pelo porque “él consideraba que su melena molestaba a sus hijos”, pero ella no lo permitió. “No acepté eso, está prohibido por mi religión”, informa. Y ahí fue cuando empezó su odisea de escape de la casa. A las cuatro de la madrugada, cuando todos dormían, se fue al baño y saltó por la ventana. Echó a correr hasta llegar al centro de la ciudad, donde pidió ayuda a varias ONG. “Estaba muy asustada por si me descubrían, pero a la vez me sentía muy fuerte, sentía que había aún esperanza”, celebra. Pero muchas otras personas aún no se atreven a dar el paso. La mayoría no lo dará nunca. 

Fuente: ElConfidencial.com