El año de los “cisnes negros”: la marea 'anti-establishment' que devora el mundo

01.12.2016 – 05:00 H. La volatilidad violenta y lo inesperado se han convertido en una costumbre explosiva en Occidente en el último año. Se precipitan las ...
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01.12.201605:00 H.

La volatilidad violenta y lo inesperado se han convertido en una costumbre explosiva en Occidente en el último año. Se precipitan las elecciones que favorecen, por sorpresa, a movimientos que hasta hace poco formaban parte de la marginalidad política y que están dispuestos a atacar el sistema desde dentro y reventar sus costuras. ¿Qué es lo que está ocurriendo y por qué casi nadie lo vio venir?

Este fin de semana hablamos del referéndum italiano, que pone en juego el futuro de Matteo Renzi, y de las elecciones en Austria, que podrían coronar como presidente a un ultraderechista. Sin embargo, estos son sólo dos gotas en un océano que no ha hecho más que expandirse en 2016 con el reciente éxito de Donald Trump, el de los impulsores del Brexit, que no dudaron en utilizar la mentira y la xenofobia para lograr sus objetivos, la derrota del referéndum holandés con un matiz evidentemente euroescéptico o el ascenso de la extrema derecha en Francia y Alemania.

El inventario de cisnes negros, acontecimientos altamente influyentes y casi imposibles de predecir por una mezcla entre malas estadísticas y peores prejuicios, se acumula hasta el punto de que hemos empezado a preguntarnos si quedará algún cisne blanco. La normalidad democrática parece una especie en vías de extinción y los argumentos para explicar el fenómeno, a veces, se reducen a un mero balbuceo: será el populismo, decimos, será el populismo.


Irene Savio. Roma

Los mercados se preparan para la victoria del no. Pero muchos observadores creen que debería producirse un improbable cóctel de circunstancias para que la economía italiana se hundiese

Sin embargo, ésa es una categoría tan amplia que cada vez toma más la forma de una gigantesca cáscara de nuez vacía y que, demasiadas veces, se utiliza para excluir del debate las posiciones que no sean ortodoxas. Francisco de Borja Lasheras, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) en Madrid, cree que “no tiene sentido identificar fenómenos tan distintos aunque compartan algunos rasgos en común”.

No es lo mismo, apunta, “un referéndum holandés crítico con el proyecto europeo y el Brexit, que es un referéndum para abandonarlo”. Tampoco, advierte, “hay que ver de la misma forma el Brexit y la victoria de Donald Trump aunque la desigualdad y los llamados perdedores de la globalización hayan jugado un papel en los dos casos”. Podría decirse algo parecido del fracaso de las reformas de François Hollande y del referéndum reformista de Renzi, que puede descarrilar este fin de semana, o del ascenso de la xenofobia y el ultranacionalismo que han aparecido, al mismo tiempo, en el rancio menú de la poderosa emergencia de Marine Le Pen, la victoria de Trump, el Brexit, el ascenso de la ultraderecha austríaca y el debilitamiento de Angela Merkel tras la crisis de refugiados.

Federico Steinberg, un investigador principal del Real Instituto Elcano que acaba de publicar junto con Miguel Otero-Iglesias un análisis sobre las fuentes comunes de estos movimientos, ha destacado cinco causas principales: “Además del declive de las clases medias o la xenofobia, que son los sospechosos habituales y nosotros creemos que insuficientes, añadimos la mala digestión que grandes capas de la población están haciendo del cambio tecnológico, la crisis del estado del bienestar y el creciente desencanto con la democracia representativa”.

El británico Nigel Farage, uno de los promotores del Brexit, participa en un mitin de Donald Trump en Jackson, Mississippi, en agosto de 2016 (Reuters)El británico Nigel Farage, uno de los promotores del Brexit, participa en un mitin de Donald Trump en Jackson, Mississippi, en agosto de 2016 (Reuters)

Los antiguos ‘outsiders’ marcan hoy la agenda

¿Por qué las hipótesis del declive de las clases medias y la xenofobia son insuficientes? Principalmente, apunta Santiago Álvarez Cantalapiedra, director del laboratorio de ideas FUHEM, porque olvidamos el contexto en el que nos encontramos. Según él, es un contexto marcado por “el mal funcionamiento de las instituciones europeas, el rostro cada vez más autoritario y menos democrático del capitalismo global, la forma en la que hemos excluido del debate y silenciado durante años cualquier alternativa crítica al sistema y a la globalización, el poder de unas redes sociales capaces de conectar a los líderes carismáticos y su propaganda directamente con la población movilizada, la falta de credibilidad de los medios de comunicación para filtrar y combatir las ideas populistas y, por último, la evidente crisis de representación política”. 

Justamente, una de las principales etiquetas que lucen este ramillete disparatado de movimientos contra el sistema es que ellos son, esencialmente, “anti-establishment” y que hablan en nombre de la única mayoría social posible. Pablo Simón, profesor visitante en la Universidad Carlos III de Madrid, asegura que este panorama forma parte de un marco más amplio, “el de la crisis de la intermediación que se ha acelerado con la crisis económica y que ha minado la credibilidad de partidos, expertos y medios de comunicación frente a un colectivo muy movilizado que denuncia la tecnocracia y el discurso políticamente correcto, que desprecia a la clase política como si viniera de Marte y no de su sociedad y que asegura que sus líderes representan a la mayoría de la población aunque no ganen las elecciones mientras que los de los demás o no representan a casi nadie o están manipulados por grupos de interés”.

A Simón le sorprende que estos colectivos estén marcando claramente la agenda y que las instituciones tradicionales respondan tarde y mal. Quizás el motivo sea que los partidos de siempre han empezado a dudar de sí mismos y de su legitimidad frente a los nuevos actores, como le ha ocurrido a una parte del PSOE con Podemos. Otra posibilidad es que, después de tantas décadas excluyendo del debate público y los medios de comunicación a los líderes que se les oponían radicalmente, no sepan discutir con ellos ni refutar sus argumentos ahora que ya no pueden silenciarlos, imponerles un cordón sanitario o convertirlos en una caricatura.


Sara de Diego

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Por supuesto, las nuevas tecnologías están jugando un papel clave en este escenario. Para empezar, porque las redes sociales, la telefonía móvil e internet permiten estructurar movilizaciones millonarias fácilmente, crear la ilusión de poseer grandes mayorías y distribuir mensajes de gran impacto a un coste ridículo. En segundo lugar, afirma Steinberg, “porque la inteligencia artificial y la robotización y automatización de trabajos y procesos están incrementando la desigualdad y destruyendo empleos cada vez más cualificados… y asustando con ello a mucha gente con la posibilidad de perder el suyo”. Para cientos de millones de personas aterrorizadas, la ley de la supervivencia dicta en este caso que apuesten por un conservadurismo duro de izquierdas o derechas que se oponga a la modernidad de las máquinas y el comercio para salvar sus vidas y el futuro de sus hijos.

Más allá de los robots y la inteligencia artificial, afirma Steinberg, “han aumentado los grupos de presión que se movilizan contra la globalización para proteger los derechos adquiridos que podrían perder sus representados”. Como los llamados derechos sociales se han expandido inmensamente en las últimas décadas y afectan a toda la sociedad, la dilución del poder del estado del que dependen a manos de la globalización y la llegada de la competencia internacional pone en peligro los intereses de grandes capas de la población. Así es cómo ha saltado por los aires el consenso de que era el estado del bienestar el que debía adaptarse a la globalización y no al revés.

Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, gesticula durante un mitin del partido en Frejus, en septiembre de 2016 (Reuters)Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, gesticula durante un mitin del partido en Frejus, en septiembre de 2016 (Reuters)

Pensar lo impensable

Ahora que las causas se empiezan a ver con claridad, parece asombroso que muy pocos o casi nadie fueran capaces de prever lo que ha ocurrido en el último año. El motivo es que el escenario ha cambiado brutalmente y que eso ha vuelto muy difícil anticiparse a los acontecimientos. Cuando las reglas cambian, el juego se vuelve imprevisible.

No se podía saber con seguridad qué ocurriría cuando los medios de comunicación tradicionales dejasen de ser la fuente de información única de la población, cuando los partidos y sindicatos mayoritarios se vieran desafiados por actores desconocidos y a veces inconcebibles, cuando la fe en el determinismo de la globalización y el proyecto europeo se quebrasen o cuando el principal forjador del consenso liberal, Estados Unidos, empezase a darle la espalda después de apoyarlo durante los últimos setenta años. A lo sumo, existía el temor de que la crisis deslegitimara algunos aspectos del sistema, pero, una vez que se inició la recuperación, los temores empezaron a disiparse.

Para la mayoría, también era imposible imaginar la fortaleza de las ideas que defendían los más críticos con ese consenso y esos determinismos y hasta qué punto sus adeptos se estaban multiplicando exponencialmente. Eran un mundo desconocido y sobradamente caricaturizado como si fuesen un ramillete mustio y menguante de fanáticos, ignorantes y amantes de las teorías de la conspiración. No se pueden prever los movimientos de un grupo, entender sus necesidades y discutir sus argumentos cuando casi nadie se lo toma en serio.


Luis Rivas. París

La victoria electoral de Donald Trump en EEUU da alas a los partidos antiinmigración en aquellos países donde tienen mejores perspectivas electorales, sobre todo Francia y Alemania

Aunque llegan tarde, todavía hay tiempo para que los partidos e instituciones tradicionales no sólo se sientan tan legitimados como los nuevos actores para decidir el futuro de los países, sino que aprendan a combatirlos con argumentos más sólidos que el desprecio o la exclusión del debate, a revisar críticamente algunos de sus comportamientos y creencias para adaptarlos a un contexto que no existía hace pocos años y a moderar a los nuevos movimientos integrándolos en las negociaciones de la política cotidiana –en vez de aislarlos o ignorarlos– a medida que estos obtienen representación parlamentaria o ganan las elecciones en los ayuntamientos. Según Federico Steinberg, “los casos de Syriza en Grecia y de Podemos en algunos ayuntamientos y comunidades autónomas españolas muestran que esa integración es posible”.

Por supuesto, existe la posibilidad de que estos esfuerzos fracasen y que los nuevos actores revienten el sistema por dentro. Lo que ya no existe, sin embargo, es la opción de no confrontarlos, de no negociar con ellos o de no ofrecerles a sus fieles razones de peso para que los abandonen.   

Fuente: ElConfidencial.com