Huracán Matthew: así cubren las grandes aseguradoras las catástrofes naturales

10.10.2016 – 05:00 H. Las grandes aseguradoras internacionales llevan años preparándose para hacer frente a pérdidas como las del huracán Matthew, que se ...
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10.10.201605:00 H.

Las grandes aseguradoras internacionales llevan años preparándose para hacer frente a pérdidas como las del huracán Matthew, que se ha cobrado más de 300 vidas en Haití y diez en EEUU. El Gobierno haitiano ha asegurado que la situación es catastrófica en el sur del país y ha apelado a la ayuda internacional. La ONU dice que 750.000 personas necesitan ayuda de emergencia.

El sector de los seguros ha sido uno de los que, tradicionalmente, menos resistencia han opuesto a la realidad del cambio climático. De hecho, recuerda Evan Mills, científico sénior del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley de la Universidad de California, el primero en reconocer el problema fue Munich Re en 1973 y, poco después, se incorporaría Swiss Re. En los noventa, continúa el experto, 80 aseguradoras de 25 países distintos ya participaban en una iniciativa conjunta para afrontar el desafío bajo el paraguas de Naciones Unidas. A principios del SXXI, no quedaba prácticamente ningún jugador relevante del sector que hablase de eventos meteorológicos extremos sin conectarlos con el calentamiento.

El mercado de las opciones, futuros y bonos sobre catástrofes solo es apto para inversores expertos y con los bolsillos muy profundos. Es un caladero habitual para que los gestores de los grandes fondos de pensiones se la jueguen en pequeños porcentajes de sus carterasEn este contexto, se puede hablar de dos ligas diferenciadas. En la primera se encuentran la mayoría de las aseguradoras que se han concentrado casi exclusivamente en cubrir las pérdidas de las catástrofes naturales con los reaseguros tradicionales, un consorcio de compensación y, más recientemente, también con avanzadas técnicas para modelizar los riesgos y el desarrollo de derivados y bonos catastróficos. La de los innovadores que van más allá, a la que pertenecen gigantes como Munich Re o Zurich, es la segunda.

Juan Manuel López Zafra, actuario y co-director del Máster en Data Science para Finanzas del centro universitario Cunef, señala que “la forma más habitual de diversificar el riesgo ha sido, históricamente, recurrir a las reaseguradoras”. Esto significa que, por ejemplo, una aseguradora de Florida podría haber cedido parte de los riesgos de su cobertura de huracanes a un ramillete de empresas (reaseguradoras) a cambio de compartir las jugosas primas de la póliza. Gracias a eso ahora, cuando tenga que hacer frente a indemnizaciones salvajes, no quebrará y pagará religiosamente a sus clientes.

Otro aspecto clave es el de las nuevas tecnologías para modelizar riesgos. Aquí se está produciendo con especial virulencia la irrupción de la revolución del análisis de datos masivos y, en mucha menor medida, la incipiente y prometedora internet de las cosas.

Las predicciones, aunque nunca serán ni remotamente perfectas, cada vez son más ajustadas gracias a la creciente sensorización de casi todo lo que existe –Cisco calcula que habrá 50.000 millones de dispositivos conectados a la red en 2020– y, sobre todo, a las nuevas capacidades que ofrece la nube para procesar y escrutar millones de datos estructurados y no estructurados con servidores virtuales ultrarrápidos, algoritmos diseñados por humanos y una inteligencia artificial que es capaz de aprender.

Residentes de Charleston se protegen en un colegio del paso del huracán Matthew, en Carolina del Sur (Reuters). Residentes de Charleston se protegen en un colegio del paso del huracán Matthew, en Carolina del Sur (Reuters).

El tercer pilar de la respuesta de la mayoría de las aseguradoras, como decíamos, es poner en marcha un consorcio de compensación, como ocurre en España, en el que el Estado y las aseguradoras se organicen para responder conjuntamente ante una tragedia medioambiental. Cuando se produjeron los dos terremotos de Lorca en mayo de 2011, fue el consorcio español quien que se encargó de pagar las indemnizaciones –que ascendieron a casi 500 millones de euros– a los perjudicados que tenían contratadas pólizas. Se formalizaron cerca de 30.000 solicitudes de indemnización.

Derivados contra huracanes

El cuarto pilar de la respuesta de la mayoría del sector asegurador es el de las opciones y futuros y el de los bonos catastróficos. Las opciones y futuros, advierte López Zafra, “consisten, esencialmente, en activos titulizados que cotizan en bolsa y que están ligados a un desencadenante meteorológico”. Se entiende mejor con ejemplos. Supongamos que la aseguradora de Florida de la que hablábamos antes vende dos millones de coberturas contra los huracanes y las empaqueta en activos, somete los paquetes al dictamen de las agencias de rating y los coloca en el mercado alternativo al mejor postor. Los inversores pagarán más o menos por ellos en función de la probabilidad de que se produzca un fenómeno como Matthew, porque si ocurre entonces esos inversores perderán todo lo invertido.

Los bonos catastróficos, apunta López Zafra, “son activos de renta fija que garantizan un cupón y en los que a veces se pueden perder los intereses y otras veces también el principal”. Esto significa que la aseguradora paga una cantidad estable a los compradores de los bonos, que ahora son sus acreedores, por haberlos adquirido y que éstos, dependiendo de su ambición económica y de su estómago para las emociones fuertes, aceptarán que, si estalla una catástrofe como Matthew, les tocará dejar de recibir esos pagos o incluso perder todo lo invertido.

Obviamente, el mercado de las opciones, futuros y bonos sobre catástrofes (que ha arrojado durante los últimos años rentabilidades superiores a las del mercado) solo es apto para inversores expertos y con los bolsillos muy profundos. Es un caladero habitual para que los gestores de los grandes fondos de pensiones se la jueguen en pequeños porcentajes de sus carteras. Es una apuesta en la que ellos creen que no ocurrirá lo improbable aunque carezcan de medios para saber qué probabilidades existen de que ocurra.

Ésas son las cuatro respuestas que suelen utilizar la inmensa mayoría de las aseguradoras, pero también existe una minoría de gigantes que se han volcado con nuevas fórmulas en la mitigación de riesgos asociados al cambio climático. Sobresalen entre ellas no sólo productos innovadores, sino también inversiones y asesoramiento para víctimas potenciales de los huracanes e inundaciones.

Un panel insta a los ciudadanos a evacuar la costa de Charleston antes de la llegada del huracán Matthew, en EEUU, el 7 de octubre de 2016 (Reuters).Un panel insta a los ciudadanos a evacuar la costa de Charleston antes de la llegada del huracán Matthew, en EEUU, el 7 de octubre de 2016 (Reuters).

Más allá de lo tradicional

Uno de estos grandes actores es Zurich. John Scott, jefe de riesgos globales, explica que la estrategia de la compañía se apoya fundamentalmente en potenciar la cobertura general de las regiones vulnerables, en realizar inversiones en esas regiones especialmente mediante los llamados ‘bonos verdes’, en participar directamente en la organización, sensibilización y asesoramiento de comunidades en países emergentes y en diseñar y encontrar esquemas que protejan las áreas más susceptibles de sufrir grandes inundaciones.

Zurich ya posee más de 1.200 millones de dólares en bonos verdes, que son unos productos financieros lanzados por primera vez por el Banco Mundial en 2008 que sirven para financiar la deuda con la que se construyen infraestructuras que promueven la sostenibilidad y mitigan el cambio climático.

Aunque ya se han convertido en una ayuda clave para proyectos importantes y algunos grandes jugadores han entrado en escena (China ha emitido miles de millones y empresas como Apple ya han comercializado los suyos), lo cierto es que todavía es un mercado incipiente que no tiene bien fijados los límites y caben multitud de activos que no siempre se considerarían ‘verdes’. Entre los bonos de los proyectos que ayuda a financiar Zurich se encuentran las granjas eólicas en alta mar.

Los datos para mejorar la respuesta de empresas y gobiernos existen pero están infrautilizados porque no hay una iniciativa mundial que incluya a los políticos, las empresas, las administraciones públicas y a los investigadoresLa prevención de las grandes inundaciones y el asesoramiento de las comunidades los han llevado a cabo desde la Fundación Z de la aseguradora, que invirtió algo menos de 40 millones de dólares para inaugurar la iniciativa en 2013. Han buscado y conseguido el apoyo de organizaciones humanitarias como la Cruz Roja o la Media Luna Roja y académicas como Wharton Risk Management and Decision Processes Center.

Otra aseguradora mundial que está diseñando respuestas innovadoras ante las catástrofes es Munich Re. Sus principales proyectos se clasifican en tres grandes grupos. Primero, aquellos en los que ha ido de la mano de instituciones globales (como cuando se sumó al Banco Mundial para mitigar los riesgos de los países caribeños con la emisión de un bono); segundo, aquellos en los que ha cerrado por su cuenta una alianza con actores de una región vulnerable (como su participación en el brazo asegurador de la Unión Africana que reparó los daños de una terrible sequía en Senegal, Mauritania y Níger en 2014 y 2015); y tercero, aquellos en los que ha establecido una colaboración directamente con un Estado (como en la iniciativa, todavía en marcha, para desarrollar con Perú el tejido legal e institucional de un sistema que proteja a los agricultores locales contra los riesgos meteorológicos).

Los expertos y las empresas reconocen que queda mucho camino por recorrer. Ernst Rauch, director del Corporate Climate Centre organizado por Munich Re, afirma a El Confidencial que se necesita una institución global que unifique los esfuerzos de los expertos en riesgos medioambientales de todo el planeta. Asegura que los datos para mejorar la respuesta de empresas y gobiernos ante huracanes o terremotos existen pero que están infrautilizados porque no hay una iniciativa mundial que incluya a los políticos, las empresas, las administraciones públicas y a los investigadores académicos. “Cada día de inacción” –concluye– “puede traducirse en costes enormes en dinero y en sufrimiento humano”.

Fuente: ElConfidencial.com