La limpiabotas de El Cairo que rompió todos los tabúes

12.01.2017 – 05:00 H. No pilota cazas ni es la primera astronauta, pero Om Hassan ha roto todos los tabúes al elegir un oficio reservado a los hombres: es ...
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12.01.201705:00 H.

No pilota cazas ni es la primera astronauta, pero Om Hassan ha roto todos los tabúes al elegir un oficio reservado a los hombres: es limpiabotas. Las grietas de sus manos, cortadas por el betún, reflejan los dieciocho años que esta madre de cinco ha dedicado a limpiar los zapatos manchados del polvo que traen consigo los vientos del desierto egipcio. Su rincón de siempre se encuentra junto a un quiosco, en la esquina del barrio de Ard al Lewa, en El Cairo, donde Om Hassan se pasa horas sentadas a la espera de su clientela. Siempre va acompañada de su cajón de lustrar, los cepillos, los trapos y los productos para sacarle brillo al calzado.

“Tengo las manos heridas e irritadas por la pintura, los tres primeros años fueron los peores, no podía dormir del escozor así que me tomaba calmantes. Fue horrible. Tampoco podía decirle a mis clientes que no podía terminar de limpiar sus zapatos”, reconoce esta mujer de 55 años, para la que la edad es tan solo un número y un reto para seguir luchando por su sueño: terminar sus estudios universitarios. No pierde la sonrisa en ningún momento, mientras atiende a su escasa clientela. Las altas temperaturas de El Cairo no están a su favor, ni tampoco lo está la situación económica del país. Om Hasan cobra 2 libras por un par de zapatos, el equivalente a unos veinte céntimos de euro. Con eso ha sacado adelante a sus cinco retoños, ahora adultos con estudios y labrándose un futuro prometedor.

Cuando recuerda sus comienzos en esta profesión de hombres, Amal, conocida en el barrio como Om Hasan, lo hace con mucha melancolía. “Yo me casé como cualquier otra chavala de mi edad en Egipto. Di por hecho que ese debía ser mi futuro. Tuve a mis hijos, dejé de estudiar y me dediqué a mi casa. Un día, la vida me puso en la disyuntiva de elegir qué quería ser exactamente”, cuenta sobre la muerte de su marido, a finales de los años noventa. Él no era funcionario, y por tanto, a ella no le correspondía ninguna pensión. Una mujer “pobre”, como ella señala, solo tiene dos opciones: volverse a casar, abandonando a sus pequeños, o enfrentarse a los estereotipos sociales rechazando el matrimonio y haciéndose cargo de los cinco hijos. Om Hasan optó por la más complicada, y no solo eso, sino que también por la profesión menos imaginable para una mujer en Egipto.

“Yo tengo el diploma de comercio, pero cuando fui a pedir trabajo, me ofrecieron una miseria de sueldo que no me daba para alimentar seis bocas”, recuerda. Mientras buscaba una salida, sentada en el balcón de la casa heredada de su marido, vio cómo un hombre frotaba con empeño los zapatos de un señorito. Se hizo con tres pares de botas de sus hijos, bajó a la calle y le pidió a ese hombre que le “enseñara la profesión”. A él le extraño la petición, se negó en un principio pero después accedió a formarla. Su mentor también le prestó las 50 libras egipcias que necesita para comprar el material y la caja de madera de lustrar los zapatos. Así empezó a hacerse un hueco en un mundo de hombres.


Imane Rachidi. El Cairo

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Pero eso no fue tarea fácil, rememora Om Hasan. Ella era aún muy joven y su trabajo significaba estar sentada sola en la calle, convirtiéndose en carne de acoso sexual. Muchos hombres se acercaron a ella para pedirle matrimonio si abandonaba a sus críos. “Yo siempre les decía que no, que no estaba interesada, pero muchos insistían”, recuerda entre risas. Pero la mayoría lo hacía para incordiar, reírse, insultar, lanzar miradas de desprecio. Muchos –dice- se paraban solo para decirle: “¡Pero qué vergüenza es esta, desde cuándo las mujeres limpian zapatos en la calle!”. Le espetaban que se buscase un esposo que trabaje por ella. “Yo decidí aguantar la humillación”, afirma decidida.

Con el tiempo, Amal les acabó poniendo en su lugar y se ganó el respeto de los que la vacilaban, hasta convertirles en sus propios clientes. Dejaron de acosarla e incluso empezaron a protegerla contra las gamberradas de los chavales. Sin tomarse ni un día libre, ha trabajado todos estos años desde las 4 de la madrugada hasta las 4 de la tarde. Los primeros años lo tuvo que hacer con su bebé en un brazo y su hijo pequeño en la otra mano. Om Hasan limpiaba zapatos ante los ojos de sus retoños, quienes empezaron a dar sus primeros pasos correteando alrededor de una madre limpiabotas. Su lugar de trabajo siempre fue el mismo. El quiosquero le permitía leer los periódicos, y así siguió todos los eventos que pasaban en su país en tiempos de Hosni Mubarak, la revolución de 2011 y el golpe de Estado de 2013. Reconoce que tenía la esperanza de ver que sus nietos “vivirían en un mejor Egipto”, pero lamenta que eso tendrá que esperar.

Om Hassan, madre de cinco hijos, en el rincón donde trabaja, en El Cairo (Foto: Imane Rachidi).Om Hassan, madre de cinco hijos, en el rincón donde trabaja, en El Cairo (Foto: Imane Rachidi).

Om Hasan está ahora recuperando el tiempo perdido. Ha logrado hacer las paces con su familia, que la repudió y dejó de hablarle debido a su elección por ser limpiabotas. “Me consideraron la vergüenza de la familia, me dejaron sola a cargo de mis cinco hijos, y no aceptaron que no me quiera volver a casar. Pero yo les perdono. Son mi gente”, aplaude. También ha vuelto a hincar los codos y a pasearse por las pasillos de la universidad, cuando no está limpiando calzado en la calle. Intenta no perder el tiempo, como ella misma reitera, y por eso, junto a las latas de betún aguardan varios libros de Comercio y un cuaderno en el que anota todas sus dudas para preguntárselas a los catedráticos de la universidad cada sábado.

Quiere dejar la calle cuanto antes, pero lo hará -subraya- solo cuando tenga un título universitario que le permita acceder a un trabajo. Su objetivo es obtener un doctorado, para el que le hacen falta aún unos seis años de estudio. También tiene otro sueño: ser diputada en el Parlamento egipcio. Om Hasan le hizo llegar este deseo al actual presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi, cuando la recibió hace unos meses para entregarle el reconocimiento a “la madre ejemplar” de Guiza. “Cuando se lo he dicho, ha sonreído, no me ha dicho nada”, lamenta.

Después de dieciocho años en la calle, esta mujer, reflejo de lucha y superación, conoce “muy bien los problemas de la gente”. Se pregunta que quién mejor que ella para ser parlamentaria. “Sé lo que necesitan, lo que sufren, he escuchado sus quejas durante años y desde aquí les he ayudado a resolver muchos problemas”, resume. Mientras tanto, le pide a sus hijos que estudien y cumplan sus sueños. “Si les veo mejor de lo que yo estoy, habré ganado y todo el sufrimiento de estos años habrá valido la pena”, concluye.

Fuente: ElConfidencial.com