La madrileña que lo dejó todo para construir una biblioteca a los refugiados

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Imagine dejar su vida para irse a un campo de refugiados. Abandonar un trabajo y una vida cómoda en España para ayudar a gestionar la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. Eso es lo que hizo Isabel Leguina, una madrileña de 24 años que un día decidió levantar los ojos del teclado del ordenador de la oficina.

Como cualquier otro ciudadano, Isabel seguía a través de las noticias lo que pasaba fuera de nuestras fronteras. La crisis de los refugiados le preocupaba, seguía con detenimiento su evolución y se preguntaba cómo era posible que eso pasase a día de hoy. Hasta que un día algo se le movió por dentro: “Es difícil no sentir la necesidad de hacer algo”.

Licenciada en ADE y con un currículum salpicado de nombres de importantes empresas, una ONG le dio la oportunidad de irse a Grecia y Leguina no se lo pensó dos veces. En apenas unos días, abandonó las hojas de Excel y se calzó las botas de montaña.

Vista general del campo. (Cedida)Vista general del campo. (Cedida)

El aterrizaje en Ritsona no fue fácil, pero ella tenía claro a lo que iba. “Llegué con energía y ganas de cambiar las cosas. Lo primero que hice al llegar fue preguntar a la gente qué era lo que necesitaba”. Leguina se pateó de arriba abajo el campo apuntando lo que le pedían, lo que necesitaban. Y una de las respuestas se le quedó grabada: “Un libro”.

En una comunidad desgarrada por la guerra y la pobreza, nunca pensó que la lectura fuese una prioridad. “Aamaal* [una joven refugiada] me dijo que no tenía nada que hacer durante el día. Antes de llegar aquí estaba a punto de graduarse en odontología y echa de menos sus estudios”, explica Leguina a este diario.

Isabel Leguina. (Cedida)Isabel Leguina. (Cedida)

Aquella respuesta fue la semilla de todo lo que vendría después. “Fue entonces cuando pensé en montar una biblioteca. Primero busqué libros en inglés en librerías de por aquí, pero no encontré nada”, señala.

Mientras daba vueltas a cómo arrancar, su prima Mercedes, abogada, le comunicó que en septiembre pasaría unas semanas con ella de voluntaria: “Le propuse la idea y le encantó. Las dos somos lectoras y poco a poco empezamos a dar forma al proyecto”.

En un principio, la idea era montar la biblioteca en Ritsona, pero al poco tiempo se dieron cuenta de que en el campo de Oinofyta, situado a unos pocos kilómetros, la biblioteca podría ser más útil.

Dicho y hecho, Isabel y Mercedes se remangaron para entrar en faena. “Una voluntaria de Oinofyta me explicó que lo que más piden los adolescentes son diccionarios para poder aprender inglés”, cuenta.

Para conocer de primera mano qué tipo de biblioteca podría construirse, Leguina se desplazó al campo: “Además de diccionarios me pidieron libros de amor, la saga de Harry Potter, libros de viajes… De mil cosas”. Sentada en el colegio improvisado construido en el campo, una joven le dijo a esta española que una biblioteca era “lo mejor” que podía hacer por ellos.

Mercedes Leguina. (Cedida)Mercedes Leguina. (Cedida)

Como era de esperar, el dinero fue el primer escollo que se encontraron. “Una de las primeras cosas que hicimos fue lanzar una campaña de crowdfunding para recabar financiación”, explica Mercedes, quien admite que los primeros días fueron “duros” cuando vieron la tibia respuesta a su proyecto. “Hay que ser constantes, al final las cosas salen y poco a poco fuimos recibiendo donativos”. Al cierre de este artículo el proyecto lleva recaudados 1.210 euros. “No es una fortuna, pero sirve para arrancar”, asegura.

Además de la financiación, Leguina contactó con librerías, universidades, organizaciones y empresas de todo para invitarles a que se sumen al proyecto. “Un amigo informático nos va a conseguir un portátil y un programa de bases de datos para llevar el inventario y el control de los libros. Tenemos que aprovechar todos los recursos posibles”, explican a El Confidencial.

En su opinión, la crisis de los refugiados es un tema “delicado” que mucha gente no ve con buenos ojos. “Pedir dinero para los refugiados no es lo mismo que pedir dinero para otras buenas causas. Mucha gente lo mira con recelo, los ven con un peligro. Si algo he aprendido aquí es que el 99% de esos miedos son infundados”.

Ahora, con ese pequeño respaldo económico, Isabel y Mercedes pueden empezar a poner los mimbres de un proyecto que esperan que sirva para que los jóvenes se evadan, aunque sea un rato, de una realidad que ellos no han elegido vivir.

*Nombre ficticio.

Fuente: ElConfidencial.com