Madres lo quieran o no: miseria y seis hijos por mujer en Congo

05.01.2017 – 05:00 H. El cuerpo de Martine amenazaba con claudicar cuando su ginecólogo le dio a elegir entre una ligadura de trompas y la muerte. Esta ...

05.01.201705:00 H.

El cuerpo de Martine amenazaba con claudicar cuando su ginecólogo le dio a elegir entre una ligadura de trompas y la muerte. Esta congoleña, ahora de 43 años, se asomaba a un final seguro si añadía otro vástago a su prole de cinco hijos, tres de ellos nacidos por cesárea; un nuevo embarazo que ese útero tantas veces remendado y un corazón vacilante no iban, seguramente, a soportar. Sin embargo, esa operación en la que a Martine le iba la vida podía valerle el oprobio, pues en la República Democrática del Congo a menudo se asimila el hecho de que una mujer sin pareja utilice cualquier método anticonceptivo al sexo desenfrenado y con cualquiera; a ser una prostituta. Por ello, el médico que operó a esta madre separada estampó su firma en un certificado que justificaba la cirugía con la certidumbre de que una sexta gestación la hubiera matado. “Toma”, le dijo, “para que no tengas problemas si te echas novio”. Martine cogió el papel, recuerda, y aceptó ligarse las trompas.

La mujer en Congo sigue siendo percibida, ante todo, como madre, no como individuo ni como ser humano objeto de derechos. Si carece de esa capacidad reproductiva o, como Martine, la pierde, es vista con sospecha o lástima, y pierde su valor social. En Congo es un signo de respeto y educación dirigirse a cualquier mujer, incluso si se trata de una perfecta desconocida, con el apelativo de “mamá” y no “señora”, de la misma forma que a los hombres se les llama sistemáticamente “papá”. En este contexto, las congoleñas a menudo no acceden al respeto cuando nacen sino cuando se casan y se convierten en madres de una prole numerosa, sobre todo cuando se trata de hijos varones. En parte por ello, pese a la miseria en la que viven los ocho de cada diez habitantes de este país que subsisten con menos de 1,25 dólares diarios (1,19 euros), según Naciones Unidas, las congoleñas siguen teniendo una descendencia numerosa: una media de 6,1 hijos por mujer. Sin embargo, a veces, junto a estos factores culturales que hombres y mujeres comparten, y que se resumen en que tener muchos hijos se considera una riqueza, algunas féminas de este país tienen tantos hijos por otra razón: simplemente no pueden o no saben evitarlo.

“Las congoleñas a menudo no tienen poder de decisión sobre sus cuerpos ni sobre su fecundidad porque muchas veces es el marido y la familia del marido quienes deciden si puede o no tomar anticonceptivos. Sin control alguno de su sexualidad ni de su fecundidad, su acceso a la educación y al trabajo y su autonomía personal se ven seriamente comprometidos”, explica Alejandra García Patón, cooperante de Médicos del Mundo Francia, que gestiona un proyecto para evitar los embarazos no deseados en dos de los distritos más degradados de Kinshasa, la capital congoleña, Kingabwa y Selembao.

Las cifras que maneja esta organización son elocuentes. El 48% de los embarazos que se producen en Kinshasa, casi uno de cada dos, no son deseados y, en muchas ocasiones, la madre es aún una niña. Una de cada cuatro adolescentes de menos de 19 años de la capital congoleña ya tiene uno o varios hijos, o bien está embarazada. Estos datos no son ajenos al hecho de que la mayor parte de los adolescentes en Congo, sobre todo los de las clases más desfavorecidas, no tiene acceso a ningún tipo de educación sexual, ni en la familia, donde es un tabú que los padres hablen de sexo con sus hijos, ni en la escuela, donde solo se preconiza la abstinencia.

Una congoleña camina con su bebé por una plantación cercana a la ciudad de Rangira (Reuters). Una congoleña camina con su bebé por una plantación cercana a la ciudad de Rangira (Reuters).

En barrios como Kingabwa, “es el sálvese quien pueda y muchas jóvenes se buscan la vida como pueden a causa de la pobreza de las familias, lo que incluye el sexo transaccional [sexo a cambio de bienes, dinero o privilegios] Las mismas familias que hacen la vista gorda cuando ven a sus hijas ir con hombres que les compran comida o ropa, luego se escandalizan cuando éstas vienen embarazadas a casa y las culpan exclusivamente a ellas. El problema es que en Congo existe aún el tabú de la virginidad, algo que en una ciudad como Kinshasa y en un contexto de supervivencia no es realista”, explica Médard Depa, responsable de Humana People to People (HPP), la otra ONG que gestiona con Médicos del Mundo el proyecto para evitar los embarazos de adolescentes en la capital congoleña.

Estas maternidades demasiado precoces “perpetúan la pobreza”, señala Depa, y también la feminizan, pues la práctica totalidad de estas niñas se ve obligada a abandonar la escuela al ser consideradas “un mal ejemplo”, algo que no sucede con los padres precoces. Privadas de educación, sus oportunidades de un futuro mejor para ellas y sus hijos se esfuman y el círculo vicioso de la subordinación económica a sus parejas se cierra.

Mitos y leyes obsoletas

En Congo, la edad del consentimiento sexual se elevó en 2006 a los 18 años (en España es a los 16), por lo que las relaciones sexuales de menores están prohibidas formalmente, lo que dificulta todavía más el acceso de los adolescentes a una contracepción que ya se resiente enormemente de mitos muy extendidos como el de que los métodos para evitar los embarazos provocan esterilidad definitiva. El resto de la legislación congoleña tampoco ayuda, por su carácter contradictorio y “sexista”, recalca García Patón, la cooperante de Médicos del Mundo. En el país africano persisten una ley colonial de 1920 que prohíbe la promoción y distribución de anticonceptivos y un artículo del Código Penal, el 178, en el mismo sentido. Al mismo tiempo, los métodos de planificación familiar se venden en teoría libremente en las farmacias y centros de salud; desde el Gobierno se fomenta el uso de anticonceptivos por los adolescentes y en 2009 una decisión ministerial autorizó oficialmente su promoción y distribución en espera de la abrogación de la norma de 1920, que aún no se ha hecho efectiva. El proyecto de ley que en teoría permitirá a todas las congoleñas sin excepción acceder sin trabas a estos métodos no se discutirá en el Parlamento hasta la próxima primavera.

Lo que no está previsto que se discuta, pues constituye aún un tabú absoluto, es la interrupción voluntaria del embarazo. El aborto está penado en Congo con condenas de hasta diez años de cárcel para la gestante y de hasta quince para quien la asista y se prohíbe incluso en los muy numerosos casos de violación y/o incesto. El único supuesto en que se consiente, el del riesgo para la vida de la madre, “no se aplica casi nunca”, asegura García Patón, porque “el procedimiento es tan complicado, con tres médicos que deben certificar el peligro, y tan caro, pues hay que pagar no sólo a estos tres médicos sino el resto de pruebas, que está fuera del alcance de la mayoría de las congoleñas”.

Los profesionales son muy reticentes a practicar abortos incluso en este único supuesto autorizado pues en Congo la religión, mayoritariamente cristiana, sigue muy presente y las diferentes iglesias católicas y protestantes defienden la idea de que abortar es un pecado sean cuales sean las circunstancias de la madre. Ante la imposibilidad de interrumpir un embarazo no deseado legalmente, muchas mujeres recurren a métodos o curanderos tradicionales que ponen en riesgo sus vidas.

Congoleños en el río Oubangui, frontera natural entre República Centroafricana y el Congo, en febrero de 2014 (Reuters).Congoleños en el río Oubangui, frontera natural entre República Centroafricana y el Congo, en febrero de 2014 (Reuters).

Esta legislación confusa unida a un Código de Familia recientemente renovado pero en el que se sigue definiendo al hombre como “jefe de la familia”, hace que muchos profesionales sanitarios o farmacéuticos no dispensen ni siquiera anticonceptivos a las mujeres si éstas no tienen permiso de la pareja. “La falta de control de las mujeres sobre sus cuerpos está tan anclado en las mentalidades que, incluso si no hay ninguna ley que lo diga, algunos profesionales piden una prueba o escrito de que el cónyuge está de acuerdo para así evitarse problemas. En realidad, lo único que es obligatorio es que la mujer que vive en pareja y solicita un método anticonceptivo, consulte a su cónyuge”, recalca Anny Modi, presidenta de AFIA-Mama, una asociación femenina congoleña que aboga por la igualdad de género y los derechos de las madres solteras.

La misma Anny Modi es madre soltera y fue una madre adolescente. Ella pudo retomar sus estudios y construirse un futuro, pero conoce muy bien lo que es ser “una niña que se convierte en madre de otra niña”. Para colmo, Anny, que ahora tiene 35 años, tuvo que huir del este de Congo nada más nacer su hija a causa de la guerra que terminó oficialmente en 2003, por lo que a su condición de madre soltera adolescente sumó la de refugiada. En 2011, tras volver a su Congo natal desde Sudáfrica, esta activista fundó Afia-Mama. Desde entonces recorre el país defendiendo los derechos reproductivos de las adolescentes y luchando contra el peso de unas prácticas culturales muy arraigadas que impiden la autonomía de las jóvenes. Por ejemplo, la dote, una costumbre que, dice, “era en su momento simbólica y ahora ha adquirido un valor comercial. Cuando el hombre tiene que pagar cantidades astronómicas para casarse con una mujer, la joven es mercantilizada y siente que se ha convertido en una propiedad, mientras que su pareja asimila que se ha comprado una mujer y por lo tanto es suya”.

La misma Anny Modi es madre soltera y fue una madre adolescente. Ella pudo retomar sus estudios y construirse un futuro, pero conoce muy bien lo que es ser ‘una niña que se convierte en madre de otra niña’La pobreza de las familias incide también en otra de las causas fundamentales de los embarazos tempranos y no deseados: el matrimonio precoz. “Cuando las familias no consiguen dar de comer a todos sus vástagos, a menudo dan a sus hijas a cambio de muy poco y a edades tempranas a quien la pide en matrimonio, Este fenómeno constituye otro mecanismo de perpetuación de la pobreza”, recalca la activista congoleña.

Los embarazos tempranos y repetidos; la maternidad a veces impuesta, tiene consecuencias muy graves para unas mujeres cuya salud es globalmente “peor que la de los hombres”, según un estudio de 2014 elaborado por la embajada de Suecia en Kinshasa con el apoyo de la Unión Europea y las cooperaciones británica y canadiense. Este documento, que situaba a Congo en el puesto 144º de 148 países en cuanto a desigualdad de género, solo por delante de Afganistán, Arabia Saudí, Yemen y Níger, cita a profesionales de salud que enumeran dos factores que explican por qué las congoleñas tienen peor salud que sus compatriotas masculinos. El primero, “el trabajo físico excesivo en relación a los hombres” y el segundo, “el agotamiento ligado a los nacimientos múltiples”.

Las consecuencias de los embarazos repetidos son especialmente graves si la mujer empieza a tener hijos a edades tempranas. Las madres adolescentes, cuya maduración ósea no se ha completado, presentan un riesgo mucho mayor que las adultas de sufrir fístulas vaginales, una complicación producto del “parto obstruido”, es decir, cuando la cabeza del niño es demasiado grande para pasar a través de la pelvis de la madre. En los países desarrollados, esta complicación ha sido erradicada pues la solución es una simple cesárea. En países como Congo, donde muchas mujeres dan a luz sin asistencia médica, la única alternativa para hacer salir al niño es empujar más, a veces al precio de romperse por dentro. Si no se consigue expulsar a tiempo al niño y su cabeza queda encajada, el bebé muere por asfixia.

Muchas veces, los tejidos de la madre se necrosan por falta de riego sanguíneo y se crea un canal anormal entre la vejiga, la uretra o el recto y la vagina, por la que la orina y/o las heces salen sin control, una condición que convierte a estas madres en unas apestadas. Muchas son abandonadas por sus parejas. Según el estudio de la embajada de Suecia, el 19% de las congoleñas de entre 15 y 49 años que fallecieron en 2007 fue a consecuencia de complicaciones al dar a luz. A pesar de que los datos de mortalidad materna e infantil han mejorado notablemente en Congo desde entonces, en 2014 de cada 1000 niños que nacieron vivos, murieron 104. Congo sigue formando parte del funesto club de seis países que concentran el 50% de la mortalidad materna e infantil en todo el mundo.

Fuente: ElConfidencial.com