¿Política o negocios? El dilema de Donald Trump en Cuba

28.11.2016 – 05:00 H. Estados Unidos practica estos días la adivinación. Como si mirara los posos de café o las líneas de una mano, escruta los gestos de ...

28.11.201605:00 H.

Estados Unidos practica estos días la adivinación. Como si mirara los posos de café o las líneas de una mano, escruta los gestos de Donald Trump para entender cómo será su presidencia: si pragmática, en algún aspecto continuista, o tan rompedora y a la derecha como prometió en campaña. La política hacia Cuba refleja esta incertidumbre: Trump ha dejado opiniones contradictorias al respecto. Técnicamente, podría deshacer con dos firmas la apertura promovida por el presidente Barack Obama. Pero ¿le interesa?

Durante las elecciones primarias, Trump aceptó el deshielo; dijo que el acuerdo, aunque era “muy débil” por sus “concesiones” al régimen cubano, estaba “bien”: “50 años es suficiente”, declaró. Luego, como nominado, su retórica se escoró para cortejar el voto cubano de Florida. Trump prometió cerrar la embajada recién abierta en La Habana y dejó claro que el proceso iniciado por Obama no tenía respaldo legislativo y se podía deshacer.

De momento, algunas señales indican dureza. Trump acaba de nombrar a Mauricio Claver-Carone como parte de su equipo de transición en el Departamento del Tesoro, responsable de implementar la política económica hacia Cuba. Claver-Carone es un conocido anticastrista: dirige el US-Cuba Democracy PAC, el ‘lobby’ proembargo más activo de Washington, y ha testificado en el Congreso contra el acercamiento. En su cuenta de Twitter, Trump ha publicado que “si cuba no está dispuesta a hacer un acuerdo mejor para el pueblo cubano y los cubano-estadounidenses en su conjunto, pondré fin al acuerdo“.

“Su designación es una señal muy clara de que el presidente electo va a cumplir la promesa que hizo a la comunidad cubanoamericana”, dijo al ‘El Nuevo Herald’ el exembajador de EEUU en Venezuela Otto Reich. “No hay mucha gente que sepa más sobre los errores de la política de Obama hacia Cuba, y cómo cambiarlos, que Mauricio”.

Celebraciones en Miami tras el anuncio de la muerte de Fidel Castro, el 26 de noviembre de 2016. (Reuters)Celebraciones en Miami tras el anuncio de la muerte de Fidel Castro, el 26 de noviembre de 2016. (Reuters)

Sobre el papel, sería relativamente sencillo volver a la vieja línea dura. “Los cambios regulatorios de Obama podrían ser fácilmente revertidos”, dijo en ABC News William LeoGrande, profesor de la American University y coautor del libro ‘Back Channel to Cuba’. “Trump podría ordenarlo el primer día, pero al Departamento del Tesoro le llevaría algunas semanas reescribir las regulaciones”.

La Administración Obama lanzó el deshielo maniatada: en la superficie, con leyes ejecutivas, ya que la mayoría republicana del Congreso le impide ir más allá. Como un iceberg, el embargo de Estados Unidos a Cuba esconde un vasto cuerpo de leyes enraizadas en varias dimensiones de la política exterior y comercial.

En los años noventa, Bill Clinton inició un somero acercamiento a la isla. Empezó a avisar a La Habana de maniobras militares y hubo conversaciones sobre cómo combatir el narcotráfico. Los congresistas republicanos olieron a cambio y comenzaron a pensar en reforzar el embargo. En 1996, después de muchas advertencias y quejas diplomáticas, el Gobierno cubano derribó un avión que llevaba años lanzando panfletos anticastristas por toda la isla. El incidente dio luz verde al endurecimiento.

La Ley Helms-Burton de 1996 estableció castigos a los países y empresas que hicieran negocios con Cuba, aunque fueran extranjeras; explicitó el apoyo a los grupos de oposición y el objetivo de promover un Gobierno de transición a la democracia en Cuba. Sería “el último clavo en el ataúd de Castro”, según uno de sus impulsores.

Por eso, el Gobierno de Obama negoció el deshielo en secreto, para evitar lo que habría sido una visceral campaña política en su contra. En diciembre de 2014, el presidente de EEUU y el presidente de Cuba, Raúl Castro, anunciaron un giro histórico en sus relaciones: enmendarían, poco a poco, más de medio siglo de conflicto.

Desde entonces, la Casa Blanca ha restablecido relaciones diplomáticas, el correo y los vuelos comerciales; ha levantado restricciones al viaje de estadounidenses (salvo en la categoría turista), permitido la importación de productos como el ron o el tabaco, aumentado el límite de las remesas a las familias y quitado trabas legales para que las empresas de EEUU puedan operar en Cuba.


Argemino Barro. Nueva York

La veterana senadora por Massachusets, una figura a caballo entre Clinton y Sanders, se perfila como líder del ala progresista del Partido Demócrata, donde es uno de los personajes más influyentes

La corte del presidente Obama, en su histórico viaje a La Habana el pasado marzo, incluyó varios empresarios norteamericanos. La cadena hotelera Starwood fue la primera en firmar un acuerdo con la isla desde 1959; muchas otras, y una decena de aerolíneas, siguieron su ejemplo. Es aquí donde el ala dura del Partido Republicano tiene el mayor obstáculo para volver al pasado: la inercia de una apertura económica suculenta para firmas de la talla de Verizon, MasterCard, Tyson Foods o Netflix.

“Entre el abanico de intereses económicos que tienen un interés particular en el mantenimiento de estas políticas, y dado el muy firme compromiso de la Cámara de Comercio de EEUU en estos cambios de política, y la naturaleza transaccional de Donald Trump como empresario, estamos viendo un ‘statu quo”, declaró Christopher Sabatini, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Columbia.

El propio Donald Trump habría violado el embargo al invertir casi 70.000 dólares en Cuba en 1998, según una investigación de ‘Newsweek’. Otro caso más de espíritu práctico estrangulado por el veneno de la guerra fría.

También se ablanda la opinión hacia Cuba. Según una encuesta de CBS y ‘The New York Times’ elaborada este año, el 58% de los estadounidenses está a favor de mantener la apertura diplomática, más del doble de quienes se oponen (25%). Incluso los cubanoamericanos simpatizan cada vez más con el deshielo; el 53% de los menores de 49 años lo apoya, frente 39% que lo rechaza, dice ‘Miami Herald’. Entre los jubilados, la oposición sigue siendo ligeramente mayor (53%).

La muerte de Fidel Castro, encarnación, para muchos, del diablo comunista y del conflicto entre vecinos, podría quitar un obstáculo simbólico a la normalización emprendida por Obama.

Donald Trump reaccionó con dureza a su fallecimiento. Le llamó “dictador brutal” y prometió que su Administración “hará todo lo que pueda para asegurar que el pueblo cubano pueda finalmente empezar su viaje hacia la prosperidad y la libertad”, pero ni él ni su vicepresidente, Mike Pence, repitieron las amenazas de cancelar la apertura.

Fuente: ElConfidencial.com