Raqqa, antes y después del ISIS: “Era una ciudad laica, llena de cultura y fiesta”

06.01.2017 – 05:00 H. – Actualizado: 9 H. “Lo llaman la maldición del Eúfrates”, explican Amer y Ahmed desde Turquía, donde han encontrado refugio ...
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06.01.201705:00 H. – Actualizado: 9 H.

“Lo llaman la maldición del Eúfrates”, explican Amer y Ahmed desde Turquía, donde han encontrado refugio huyendo del Estado Islámico. La maldición que citan podría referirse a la conquista de su ciudad natal, Raqqa, por parte de los yihadistas. Pero no hablan del ISIS, sino del hechizo que sufre todo el que bebe de ese río, inseparable de la urbe ubicada en medio del desierto sirio: “Si bebes de sus aguas, algún día volverás a Raqqa”.

Desde hace meses el cerco se estrecha sobre la ciudad. El ejercito sirio, con sus aliados rusos e iraníes por un lado, y las Fuerzas Democráticas Sirias (de mayoría kurda) y sus aliados occidentales por otro, quieren llevarse el premio de conquistar la denominada ‘capital’ del Estado Islámico. Cuando eso ocurra, ¿podrá recuperarse y volver a ser como antes? ¿Cómo era Raqqa? Pese a que desde hace dos años la urbe ha atraído el foco de la atención mundial sabemos muy poco sobre ella.

Desde Turquía, media docena de hombres sirios, exiliados de esa ciudad, comparten sus recuerdos. Raqqa hunde sus raíces varios miles de años en la Historia -es la cuarta ciudad más antigua del mundo, puntualiza Amer con orgullo-, pero no quieren hablar de arqueología, sino de los años previos a la revolución siria. Por aquel entonces, contaba con una población de 200.000 personas y se encontraba en pleno despegue económico, sustentado en la agricultura y los sueldos de los funcionarios.

Los seis hombres insisten en que Raqa era una ciudad bonita, sencilla y tranquila a orillas del Eúfrates. Ese río era el alma de la ciudad y todos lo añoran y se emocionan al recorlarlo. A Ayman le gustaba hacer picnics en sus veredas cuando caía la tarde, una actividad que era muy popular. Desde que llegó el ISIS pocos se animan a ello: “La gente no se siente segura por los milicianos, por la guerra… y porque no está de humor; ya no hay vida social”. “Había dos puentes”, evoca Amer, “el más antiguo era peatonal. Me gustaba ir allí a leer, o con mis amigos a fumar y hablar si alguno estaba preocupado”. Ahmed prefería el puente nuevo. Ambos han sido destruidos por los recientes bombardeos rusos.

Imagen de uno de los puentes de Raqqa antes de la llegada del ISIS. La foto fue tomada por uno de los sirios entrevistados. Imagen de uno de los puentes de Raqqa antes de la llegada del ISIS. La foto fue tomada por uno de los sirios entrevistados.

El ISIS conquista la ciudad

Llegó el día en que el Estado Islámico se adueñó de la ciudad. Abdul, un veterano activista contra el régimen de Bashar al Assad, que pasó quince años en prisión, lo recuerda perfectamente. En marzo de 2013 las fuerzas del opositor Ejército Libre Sirio expulsaron de la ciudad a las tropas del ejército regular sirio y a las fuerzas de seguridad. Junto a los milicianos rebeldes estaba también una brigada local de Jabhat Al Nusra -renombrado como Jabhat Fatah Al Sham tras anunciar su ruptura con Al Qaeda- con escasos combatientes. Sus miembros eran salafistas provenientes de los pueblos que rodean la ciudad. “Dentro de Raqqa”, insiste Abdul, “no había islamismo radical”. Al principio no molestaron a la población civil, ni impusieron las leyes islámicas; se concentraron en represaliar a las fuerzas de seguridad del Gobierno que no habían huido.

‘Puedes ver en YouTube cómo la gente de Raqqa se manifestó cuando el ISIS retiró la cruz de una iglesia, hasta que fue restituida’Cuatro meses después, Al Nusra juró lealtad al Estado Islámico. Entonces comenzaron a llegar combatientes extranjeros, principalmente de Irak, pero también de Arabia Saudí y Túnez, lo que convirtió a ese pequeño grupo en una fuerza con empuje. Acusaron de corruptos a los otros grupos rebeldes (lo que en gran medida era verdad, reconoce Abdul) y les fueron expulsando de la ciudad. “Algunas personas del Nusra local original abandonaron el ISIS al ver lo que estaba pasando y volvieron a fundar un Nusra local, pero tuvieron que marcharse”.

Al final se enfrentaron con Ahrar Al-Sham, otra milicia salafista, muy extendida por todo el país. Este arrinconó a ISIS en el Ayuntamiento, en una batalla que duró cuatro días. Los comabtientes del Estado Islámico parecían acabados. Sin embargo, Ahrar Al-Sham decidió retirarse y el ISIS tomó la ciudad, expulsando al último grupo rebelde local que quedaba: Liwa Thuwar al-Raqqa. Era el inicio de 2014. “Hasta hoy la gente de Raqqa odia a muerte a Ahrar Al-Sham porque no acabó con el ISIS cuando pudo”, concluye Abdul. El veterano activista reconoce que no sabe por qué lo hicieron. “Algunos dicen que o les compraron, o que sus patrocinadores internacionales, Turquía y Arabia Saudí, les dijeron que no acabaran con ellos”.

La vida social bajo el yugo yihadista

Puede que nada duela tanto a los seis sirios como la destrucción de la vida social que sobrevino desde entonces. Ellos definen a sus vecinos como gente sencilla, tranquila y honesta. La población de Raqqa y su provincia era mayoritariamente tribal. “En muchos kilómetros no había hoteles porque para nosotros era una vergüenza meter a alguien en un hotel”, dice Amer. Ahmed insiste en que la religión no gobernaba la vida diaria, sino la costumbre familiar de las tribus. “Era una ciudad abierta y tolerante”, insiste, para recalcar que no había ni seña de integrismo islámico. “Puedes ver en YouTube cómo la gente se manifestó cuando el ISIS retiró la cruz de una iglesia, hasta que fue restituida”.

Fruto de ese carácter abierto eran las habituales fiestas y bodas en las que hombres y mujeres se mezclaban sin escándalo y en las que, el que quería, bebía alcohol. Amer describe que, antiguamente, antes de que los habitantes se trasladaran a los edificios modernos, las mujeres limpiaban la entrada de la casa frente a todo el mundo y después se sentaban a la puerta a charlar con cualquiera que pasase, hombre o mujer. Nunca se les ocurrió que la mujer debía permanecer en el interior de las viviendas. En cambio, hoy, como recuerda Ayman, las mujeres padecen especialmente la opresión de los radicales: “Incluso les pegan públicamente en el mercado si no llevan la vestimenta que ellos consideran apropiada”.


Jone G. Lurgain. Londres

La activista siria Raheb Alwany relata cómo grupos de mujeres de Raqqa se organizan para enfrentarse al ISIS pacíficamente, convenciendo a sus hijos para que no se unan a los yihadistas

“Utilizan a los niños como soldados”

Ahmed, que era profesor de educación musical infantil, se compadece especialmente de los niños. “No pueden ir a la escuela y les utilizan como soldados”. La ciudad contaba con una población infantil numerosa, fruto del concepto tribal de familia, que ha de ser extensa, aunque él lo explica con un “nosotros somos un pueblo al que le gusta la vida, por eso tenemos muchos hijos”.

Según Ahmed, antes de la guerra el sistema educativo funcionaba bien, con los niños escolarizados. “Había una agrupación musical con sesenta niños que daban conciertos por la provincia y más allá… el ISIS ha destruido el instituto donde se formaba a los profesores de música. Destrozaron los instrumentos, todo, y luego lo cerraron. En bodas y eventos está prohibido cantar, ni siquiera en casa la gente se atreve a escuchar música. Antes, en las noches de verano, si te quedabas junto al Eúfrates podías disfrutar de música y canto hasta la madrugada”.

‘Temo por esa generación que no ha conocido el amor y el cariño, que no ha vivido su infancia. Todos sus recuerdos son cabezas cortadas, gente crucificada, sonidos de explosiones’, concluye AhmedDesde que llegó ISIS los niños han normalizado la guerra, conocen el nombre de las armas, saben distinguirlas por su sonido, juegan a ponerse máscaras y a correr con fusiles de madera. Incluso, continúa Ahmed, se han acostumbrado a ver cabezas decapitadas en las plazas. Los bombardeos les aterrorizan, provocándoles enfermedades psicológicas, como incontinencia urinaria.

Ahmed decidió huir a Turquía porque el ISIS emitió una fatua (opinión emitida por un estudioso del Islam) proclamando a los docentes “murtedin”, musulmanes que han abandonado su religión. El motivo era que habían enseñado el currículo estipulado por el Ministerio de Educación. Los maestros tuvieron que acudir a unos centros de adoctrinamiento donde eran reconducidos al buen camino. Les amenazaron con asesinarles y confiscar sus bienes si no lo hacían. También fueron obligados a firmar un papel en el que juraban no volver a trabajar en la enseñanza. En realidad son muy pocos los que tienen ganas de hacerlo bajo la bandera del grupo radical, asegura Ahmed. Los que lo han hecho es debido a la penosa situación económica que atraviesan. En las aulas ahora solo se enseña religión, idioma árabe y matemáticas. “Daesh ha cerrado la mayoría de las escuelas, ha dejado a los niños en la calle. Así puede reclutarles y limpiarles el cerebro más fácilmente”.

Tampoco los padres envían a sus hijos al colegio, no solo por las enseñanzas que reciben, sino porque tienen miedo de que les sorprenda un bombardeo o porque la familia necesita que todo el mundo traiga dinero a casa. “Tengo miedo por esa generación que no ha conocido el amor y el cariño, que no ha vivido su infancia. Todos sus recuerdos son cabezas cortadas, gente crucificada, sonidos de explosiones”, concluye Ahmed.

Un niño se gira durante una oración en una mezquita de Raqqa, en septiembre de 2014 (Reuters). Un niño se gira durante una oración en una mezquita de Raqqa, en septiembre de 2014 (Reuters).

El sistema de salud

La situación del sistema de salud también se ha deteriorado bajo el yugo del ISIS, justo cuando más falta hacía para atender a las víctimas de la guerra. La ciudad contaba con tres hospitales públicos y seis privados. Ayman, que trabajaba como cirujano ortopédico, describe cómo los milicianos tomaron inmediatamente el control de éstos y trajeron a su propio personal sanitario. Como muchos carecían de la experiencia necesaria, tuvieron que apoyarse en los médicos civiles, como él. Al principio no interfirieron con ellos, pero la situación cambió a partir de 2015, lo que hizo que muchos escapasen de la ciudad. “Creo que solo quedan cuatro cirujanos ortopédicos, que son los que más casos reciben debido a la guerra. Había dos cirujanos vasculares que han huido y han sido substituidos por uno sin experiencia del ISIS”, cuenta Ayman. El otro gran problema para el sistema sanitario han sido y son los bombardeos, que no respetan los centros médicos.

Ayman asegura que los niños reciben la vacunación según el calendario. Pero Amer conoce una anécdota sobre esto. Al parecer uno de los hospitales recibió un cargamento de vacunas que debían conservarse a baja temperatura, en una habitación con aire acondicionado. Un miliciano entró acalorado, reclamando el aparato para su uso personal. El doctor trató de explicarle que sin él las vacunas se echarían a perder. “En tiempos del Profeta no había vacunas”, respondió mientras se lo llevaba.

La agricultura

La economía de la ciudad y su provincia dependía de la agricultura, basada en el trigo, el maíz y el algodón. Khalil, que es campesino, asegura que “aquí estamos conectados con el espíritu de la agricultura, tal vez porque era la profesión de nuestros padres y nuestros abuelos y porque nos criaron en los valores que hacen de la tierra algo sagrado. Incluso cuando se abrieron otras oportunidades de trabajo, la agricultura siguió siendo importante”.

Desde que llegó el ISIS la vida ha cambiado para los que labran la tierra. No hay compost y cuando lo encuentran es a precios exorbitantes. El suministro de gasolina es irregular, así que la gente depende de combustible refinado de forma rudimentaria, lo que daña los motores. Compran las semillas en dólares americanos, pero la venta de la cosecha se realiza en liras sirias, que no dejan de devaluarse. Las medidas que ha tomado el ISIS en relación con la agricultura tampoco ayudan. Deben pagar entre el 10% y el 25% en impuestos, y han prohibido que las mujeres trabajen en las tiendas o las obligan a hacerlo con la ropa que ellos consideran apropiada, siendo castigadas si se descuidan. Muchas prefirieran no arriesgarse. El resultado es que la mayoría de los labradores han emigrado a Turquía a trabajar como peones en los campos de otros. “La superficie cultivada se ha reducido a la mitad”, asegura.

“Recuerdo el caso de un agricultor”, relata Khalil, “que dijo al ISIS que había cosechado menos de lo que en realidad había obtenido. Cuando lo descubrieron le confiscaron toda la producción, le dieron 400 latigazos y le encerraron en una jaula en mitad de la calle durante doce horas. Lo de la jaula lo hacen con frecuencia”. Su pueblo fue liberado hace unos meses por las tropas del Ejército Libre Sirio y de las milicias YPG, de mayoría kurda. Desde entonces su vida ha mejorado. “Estoy muy orgulloso de mi trabajo en la tierra. Tenemos una conexión espiritual, por eso no la abandoné a pesar de los tiempos tan duros que he tenido que vivir”.

Residentes de Raqqa caminan por la calle Tal Abyad, en octubre de 2014 (Reuters).Residentes de Raqqa caminan por la calle Tal Abyad, en octubre de 2014 (Reuters).

“La cultura es blasfemia para Daesh”

“La palabra cultura es blasfemia para Daesh”, asegura Khaled, escritor, quien participaba en la organización de uno de los festivales de literatura de la ciudad antes de la guerra. Él describe una intensa actividad cultural, que se materializaba en la celebración de diversos encuentros con artistas e intelectuales de Raqqa, de Siria, del mundo árabe y de otros países, como España. El primer festival fue de novela; tuvo tanto éxito que sirvió de acicate para convocar otro de poesía árabe, uno de teatro y uno de Bellas Artes. “En esta ciudad la cultura era una necesidad como el pan”, añade. Los seis exiliados recuerdan muy bien el Centro Cultural, donde se celebraban los festivales. Contaba con una biblioteca de 50.000 volúmenes y servía de centro dinamizador de la cultura local. También recuerdan con ilusión la apertura de un museo de arte, en el que se exhibían obras de artistas locales e internacionales.

‘La gente de Raqqa eran grandes gozadores de la vida. Solo noté conservadurismo en la poesía. Sobre la religión no noté nada; al revés, era un mundo completamente laico, se pasaban la noche de fiestaAbdul recalca que los festivales tenían tanto apoyo de la sociedad civil que los artistas eran invitados a dormir en casa de los vecinos. Las puertas estaban abiertas por si querían tomar un café, o un té, y se les invitaba si había alguna celebración. Para la gente de Raqqa, continúa Abdul, era la oportunidad deseada de abrirse al mundo, de tomar contacto con personas de países y culturas diferentes. Para él estos festivales eran el mejor ejemplo de su espíritu hospitalario y de su deseo por conocer. Una inocencia que ha sido destruida.

Tras la caída de la ciudad en manos del Ejército Sirio Libre (el paso anterior a ser tomada por los milicianos de ISIS), el ejército sirio destruyó el centro cultural durante un bombardeo, incluyendo su biblioteca. Cuando Rusia se sumó a la campaña, las ruinas del centro cultural fueron bombardeadas de nuevo. “El museo sigue en pie”, puntualiza Amer, “pero han robado todas las obras que había dentro”.

Khaled añade que desde el principio el ISIS quemó muchas librerías privadas y aún hoy sus milicianos registran casa por casa buscando libros que consideran impíos, es decir, que no sean de contenido religioso. “Su única política cultural ha sido promocionar unos textos de religión, los suyos…”, dice Khaled. Aterrados por los registros, muchos vecinos han optado por quemar ellos mismos los volúmenes que guardaban. “Es la ruina de las ideas”, concluye.

Dos españoles en Raqqa

El pintor segoviano Amadeo Olmos y el escritor Ramón Mayrata fueron algunos de los artistas españoles invitados a aquellos festivales. Al primero le sorprendió la afluencia de público: “Algunos venían con toda la familia y se sentaban con los niños a verte pintar. En cuanto descansabas te preguntaban cómo era el mundo del arte en Occidente, cómo se pintaba, cómo era España. Era un ansia por el saber que no ves aquí. En España la mayoría del mundo del arte ha perdido la curiosidad. Solo se guía por lo que sale en las revistas, por lo que les dicen que tienen que ser las cosas. Allí los estudiantes de Bellas Artes no tenían nada preconcebido. Eso me pareció interesantísimo. Pensé que preferiría pintar en Raqqa que pintar donde pinto”.

Mayrata, que ya conocía Siria, recalca que en Raqqa no había integrismo islámico. “La gente con la que estuve eran grandes gozadores de la vida. Solo noté conservadurismo en la poesía (en las formas métricas). Sobre la religión no noté nada; al revés, era un mundo completamente laico, se pasaban la noche de fiesta”. No obstante, lo que más ensalzan los dos artistas españoles es el cariño y la hospitalidad de sus habitantes. “Nada más conocerte ya te daba la impresión de que te querían mucho. Es algo que no he sentido en ningún otro sitio”, evoca Olmos.

Residentes de Raqqa junto al Eúfrates, en abril de 2014 (Reuters).Residentes de Raqqa junto al Eúfrates, en abril de 2014 (Reuters).

¿Quién liberará Raqqa?

Los seis exiliados de Raqqa coinciden en que solo la voluntad internacional puede acabar con el grupo radical. Algunos mencionan específicamente que el régimen de Bashar Al Assad no tiene interés en acabar con el ISIS, pues sirve a su estrategia de poner al mundo en el dilema de elegir entre él y los extremistas que amenazan a Occidente. Khaled acusa a los servicios de inteligencia turcos, sirios e internacionales de haber alentado el desarrollo del Estado Islámico para servir a sus propios intereses (en el caso de Turquía, debilitar a los kurdos del norte de Siria). Ayman asegura convencido que “cuando las agencias de inteligencia internacionales quieran acabar con Daesh, lo harán rápidamente”.

Con la irrupción en escena de las Fuerzas Democráticas Sirias, de mayoría kurda y apoyo norteamericano, ha surgido una nueva inquietud. Árabes y kurdos en el norte del país tienen una larga historia de desconfianza, alentada, en gran medida, por el propio Gobierno de Damasco. Tras la construcción en los años 70 de la presa Tabqa en el río Eúfrates, miles de campesinos árabes fueron obligados a abandonar sus casas, sepultadas por el agua. El Gobierno los reubicó en zonas de mayoría kurda, en la frontera norte, para crear un “cinturón árabe” entre los kurdos sirios y los de Turquía e Irak. Ahora son las milicias kurdas del YPG (base de las Fuerzas Democráticas Sirias) las que en 2015 fueron acusadas por Amnistía Internacional de expulsar a los campesinos árabes de algunos de los pueblos que habían conquistado en su avance.

Algunos exiliados aseguran que Al Assad no tiene interés en acabar con el ISIS​, pues sirve a su estrategia de poner al mundo en el dilema de elegir entre él y los extremistas que amenazan a OccidenteAhmed cree que el problema no es que las brigadas que se aproximan a Raqqa sean kurdas, sino el comportamiento que éstas vayan a tener con los árabes. En cualquier caso es pesimista, no cree que puedan entrar en la ciudad sin destruirla primero. Khalil opina que sí hay cierta ansiedad entre la población árabe, porque si se producen choques pueden derivar en otra guerra con graves consecuencias. Ayman confía en que entregarán el gobierno de la ciudad a una administración local. En cualquier caso, opina, siempre será mejor que entren los kurdos que el régimen. Si eso ocurre, y en esto están todos de acuerdo, las represalias sobre la población serán terribles. Ahmed teme especialmente esta opción porque “ahora no hay un ejército normal, sino milicias iraníes, chiítas, libanesas…”.

Lo que tienen claro es que los bombardeos no conseguirán desalojar a ISIS. Para Amer la única solución es militar, pero no desde el aire, porque así destruyen seis casas de civiles por una de los radicales. Además, a éstos les han entregado las viviendas expropiadas a los vecinos que han abandonado la ciudad y, por tanto, viven ‘escondidos’ entre la población. Todos afirman los bombardeos del ejército sirio y del ruso son más imprecisos que los de la Coalición y, por tanto, causan un mayor número de bajas civiles y destrucción en la mayoría de las infraestructuras.

Los seis se sienten abandonados por la comunidad internacional. “Nunca hemos sido importantes para nadie. Nunca ha dado nadie un paso para ayudarnos”, dice Amer. Pero ante la pregunta de si Raqqa volverá a ser como antes, todos son optimistas. Amer explica que, cuando el régimen fue expulsado por el Ejército Libre Sirio en 2013, se realizó una colecta popular para limpiar las calles, empleando a voluntarios. “Imagina lo que haremos cuando acabe el ISIS. Dejaremos nuestra ciudad más bonita que antes”.

Abdul está seguro de que volverán a recibir con los brazos abiertos a quien venga de fuera. Cree que el espíritu de la ciudad sigue ahí, pero encarcelado: “Volverá, pero con muchas heridas”. Ahmed está de acuerdo, pero asegura que tendrán grandes desafíos, porque “reconstruir las almas es más difícil que reconstruir las casas; vamos a necesitar muchas campañas de educación para devolver la cultura del amor y la tolerancia”. Y añade: “Volveremos a salir por la noche junto al río. Tú nos visitarás y verás que el ISIS ocupó Raqqa, pero que Raqqa no les recibió nunca con los brazos abiertos”.

*Por su seguridad y la de sus familias, los nombres de todos los entrevistados en este artículo son falsos.

Fuente: ElConfidencial.com