'Vote Allies': estadounidenses que ceden su voto a otros por solidaridad

31.10.2016 – 05:00 H. Karla Salvador es una estudiante de 18 años del Santa Monica College que se considera muy activa políticamente. Le gusta estar al ...
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31.10.201605:00 H.

Karla Salvador es una estudiante de 18 años del Santa Monica College que se considera muy activa políticamente. Le gusta estar al tanto de las noticias, conoce las propuestas de los candidatos electorales, e incluso ha formado con otros amigos un grupo en su centro de estudios para ayudar a otros estudiantes como ella. Porque, a pesar de lo mucho que se ha informado sobre estas y otras elecciones, y lo claro que tiene a quién daría su voto, Karla no va a poder votar como el resto de sus compañeros que han alcanzado la mayoría de edad. Llegó a EEUU con dos años, y en realidad, este país es todo lo que conoce. Pero sus padres vinieron ilegalmente y ella es una de los casi dos millones de jóvenes estadounidenses que no son, ni pueden hacerse, ciudadanos

El grupo de Karla y otros compañeros han formado se dedica a informar y ayudar a otros “dreamers” (como se conoce a estos jóvenes, en referencia a la ley que les intentó dar residencia legal permanente pero nunca fue aprobada por el Senado, el DREAM Act). Karla se siente plenamente estadounidense pero sabe que hay cosas que no puede hacer. Derechos que no tiene. Por ejemplo, pedir una beca federal. O votar. “Sólo en este centro somos por lo menos mil. Aunque no todos se siente cómodos discutiendo este tema”. 

A principios del pasado mes de junio, Karla se encontró con un grupo de personas en el campus de su centro de estudios que llevaban folletos con una frase: “Vote Allies” (aliados de voto). Entabló conversación con ellos y le explicaron que se proponían emparejar personas que no tienen derecho a votar con personas que lo tienen pero que, o bien no sienten cierto desencanto hacia el hecho de votar, o bien desean compartir ese derecho por solidaridad. Y así, Karla conoció a Tracey Awad. Se sentaron a tomar un café juntas y a debatir qué pensaban respecto de las primarias. Unos 10 años mayor que ella, Tracey le expuso a Karla que, aunque estaba aún indecisa, se decantaba por Hillary Clinton. Karla, sin embargo, tenía sentimientos tan fuertes y argumentos tan convincentes respecto al otro candidato demócrata, Bernie Sanders, que finalmente las dos decidieron darle su voto. Juntas, rellenaron una papeleta simbólica (Tracey estaba registrada para votar por correo, pero no había traído su papeleta consigo), se pegaron en la solapa una pegatina que, en lugar del tradicional “Yo ya he votado” decía “Nosotras ya votamos”, y posaron para una foto memorable. Unos días más tarde, el 7 de junio, Tracey acudió a su colegio electoral con la papeleta real en la mano. Le hizo una foto, la depositó en la urna. Y mandó un mensaje de texto a Karla: “¡¡Hemos votado!!”. 

Tracey y Karla, en la foto tomada tras sellar su acuerdo electoralTracey y Karla, en la foto tomada tras sellar su acuerdo electoral

Para Brett Shears, el joven creador de esta plataforma, todavía incipiente, de “compartidores” de votos, EEUU atraviesa una clara “crisis de representación” que se ve especialmente en lugares como la ciudad de Los Ángeles. “Un 25% de los habitantes del condado de Los Ángeles no son ciudadanos estadounidenses. Eso es 1 de cada 4. Incluso aunque tuviéramos una participación del 100%, es decir, que todos los ciudadanos con derecho a voto se registraran y todos los registrados votaran, aún así, hay un proporción tan grande de los habitantes que no puede hacer oír su voz, que no tiene un mecanismo para pedir cuentas a quienes les gobiernan, que no se puede decir que el gobierno representa al pueblo”, explica. Pone otros ejemplos donde las cifras son incluso peores: “En ciudades como Macon City, en Georgia, el 73% de la población no es ciudadana”. 

Karla estaba emocionada. “Fue una experiencia genial. Me hizo sentirme que importaba lo que pienso, que le importo a otra gente”, asegura a El Confidencial. “No me sentí en absoluto como si la estuviera ayudando yo a ella, sino que tuve la sensación de que estábamos haciendo algo juntas”, explica Tracey por teléfono. “A lo largo de todo el día nos fuimos mandando mensajes, y compartir el voto me ha hecho sentir una conexión con ella muy especial. Somos amigas en Facebook e Instagram y creo que repetiremos en las elecciones presidenciales”. Tracey conoció Vote Allies a través de su fundador, y en principio, no estaba muy convencida de la idea. “No soy una de esas personas que da el voto por hecho, que no le da importancia. Me lo tomo muy en serio. Pero me di cuenta que no se trataba de que me quitaran ese derecho, sino de incorporar gente al proceso democrático, y preocuparte por la justicia social”; explica Tracey. “Ella me explicó por qué pensaba que Bernie Sanders era un mejor candidato y me hizo verlo desde su perspectiva; realmente, no estaba convencida aún y ella me ayudó a decidirme”. 

Un movimiento incipiente

Shears, licenciado en Ciencias Políticas, empezó a interesarse por el tema del derecho al voto cuando, mientras estudiaba la carrera, participó en un consejo de vecinos de la zona de la universidad y se dio cuenta de que era un sistema de representación mucho más abierto. No hacía falta ser ciudadano, o registrarse. Bastaba con querer participar. “Se considera la forma de democracia más abierta e inclusiva que existe. Incluso se puede participar en algunos casos a partir de los 13 años”. Lo cual no quiere decir que la participación sea, precisamente, alta: el 0,0002%, es decir, de las 80.000 personas que podrían haber participado, 80 se presentan. “Es patética, de acuerdo. Pero incluso en ese patético porcentaje, algunos de los que participaban eran no ciudadanos. Y a este pequeñísimo grupo de personas comprometidas, que quieren participar en el único lugar en el que se lo permiten, no deberíamos prohibirles hacerlo”, argumenta Brett. 

Cartel promoviendo el registro electoral durante un mitin de Hillary Clinton en Greensboro, Carolina del Norte, el 15 de septiembre de 2016 (Reuters)Cartel promoviendo el registro electoral durante un mitin de Hillary Clinton en Greensboro, Carolina del Norte, el 15 de septiembre de 2016 (Reuters)

Cuando hace unos meses conoció a Francisco Medina, uno de los primeros indocumentados elegidos para formar parte de una comisión municipal en todo EEUU, el proyecto de Brett empezó a tomar forma. Medina protagonizó titulares en todo el país cuando el año pasado fue nombrado junto a otros dos inmigrantes indocumentados para formar parte de la Comisión de Salud y Educación del ayuntamiento de Huntington Beach (California). Huntington Beach forma parte de una zona del sur del condado de Los Ángeles donde la participación en las elecciones municipales ha llegado a ser de un 2% o 3% debido al alto porcentaje de inmigrantes sin derecho a voto. Las autoridades argumentaron que, si bien para presentarse a elecciones hay que ser ciudadano, para ser designado por el ayuntamiento, como en el caso de Medina, esto no era necesario. Aún así, la polémica alimentó durante semanas los medios y algunos vecinos protestaron por que se nombrara a personas que “habían llegado ilegalmente al país, por lo tanto, personas que no cumplían las leyes”. 

A las dificultades de los inmigrantes para verse representados se añade, en EEUU, la de todo otro sector de la población: el de los reclusos y ex convictos. Un gran número de estados retiran el derecho al voto para siempre a cualquier persona que haya cometido un delito. Esto representa, en lugares como Florida, por ejemplo, 1,5 millones de adultos. “Cada año decenas de miles de personas pierden para siempre su derecho votar en ese estado. 1 de cada 4 adultos negros no pueden votar (porcentaje mucho más elevado si hablamos de hombres solamente). “Es una situación que te hace plantearte cosas tan básicas como cuál es el sentido de una democracia y de un proceso electoral”, opina Shears. 

Para dar voz a unos y otros nació Vote Allies a finales de 2015. De momento, su crecimiento es lento. Para las primarias hicieron 12 parejas a través de la plataforma (de 73 registrados). Ahora mismo hay 85 personas registradas, pero, curiosamente, muchos más son personas con derecho al voto que lo quieren compartir que personas sin derecho a voto. Para Shears, además del hecho de emparejar, y de incorporar personas marginadas al proceso electoral, está el efecto “evangelizador” de una plataforma como la suya, desde la que fomentar “el debate sobre la participación electoral, y el derecho al voto”. Además, está creando alianzas con organizaciones como Homeboy Industries, que ayudan a ex convictos cuando salen de la cárcel.

Karla está ya solicitando plaza en varias universidades de California para continuar con sus estudios superiores. Los dreamers como ella se benefician de la ley aprobada por Obama (DACA) que da a estos niños traídos ilegalmente por sus padres la seguridad de no ser deportados. Pero, a no ser que cambien esas mismas leyes, nunca podrá hacerse ciudadana.

En el caso de las primarias, que al final ganara Hillary Clinton fue lo de menos para Karla o Tracey porque, independientemente del resultado, ambas sentían que habían participado. Su voto conjunto para las elecciones presidenciales del 8 de noviembre no necesitan ni discutirlo. El resultado probablemente no les da lo mismo, pero al menos, sea cual sea, podrán decir que votaron. 

Fuente: ElConfidencial.com