‘Mi hija, mi hermana’, misión de audaces

Dicen que John Ford es el mejor director de la historia del cine. Que ‘Centauros del desierto’ (‘The Searchers’, 1956) es uno de los mejores westerns jamás ...
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Dicen que John Ford es el mejor director de la historia del cine. Que ‘Centauros del desierto’ (‘The Searchers’, 1956) es uno de los mejores westerns jamás filmados, intocable. Como muchas otras películas del maestro, que nadie, o muy pocos, se atreven a evocar. El francés Thomas Bidegain, hasta ahora conocido por sus libretos para Jacques Audiard, debuta tras la cámara con una idea propia, la de traer a nuestros días el film protagonizado por John Wayne.

Para ello ha contextualizado la historia a la “época actual”. Da inicio a mediados de los noventa, en una comunidad francesa amante del country y el modo de vida del oeste americano, y concluye muchos años después. En el film de Ford eran los tiempos de la conquista del oeste, con el indio como amenaza —realmente era la víctima—, hoy día es el yihadismo. Una larga búsqueda de años en un film bello y duro al mismo tiempo. Un verdadero western moderno.

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Por supuesto no estamos hablando de un remake que siga la estela de los muchos que se hacen hoy día: la de calcar prácticamente el original. ‘Centauros del desierto’ es la base para el argumento de ‘Mi hija, mi hermana, espantoso título que ha recibido en España ‘Les Cowboys’, que es lo suficientemente claro al respecto. El título español define el film, dividido en dos tramos bien diferenciados, en los que el punto de vista cambia por completo. Una potente variante con respecto al film de Ford, eliminando a uno de esos “buscadores” a mitad de relato, apuesta tan arriesgada como efectiva.

Los ecos del western son claros. No sólo en la música country, que baña sobre todo los primeros compases del film. También la planificación utilizada, captando una amarga búsqueda que dura años. Un preciso scope rindiendo tributo a un director que odiaba tal formato —dirigió muy pocas películas en scope, que resultaron obras maestras—, encuadrando siempre un lugar vacío, una ausencia. La de una hija que se marchó voluntariamente, lo cual da muchos más matices al drama, puesto que en el film de Ford se trataba de un secuestro.

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Algunas cosas no han cambiado

Ese vacío que deja en la familia, sobre todo en el padre y el hermano de la “huida”—que prácticamente sigue a su progenitor por costumbre después de tanto tiempo— da paso a una terrible obsesión por conocer respuestas a las preguntas más obvias. Una obsesión que se torna fatídica hasta unos niveles inimaginables, no sólo por el enorme giro de guión a mitad de metraje —portentosa secuencia, por cierto—, sino por el mundo el que se introducen padre e hijo buscando a un ser querido.

‘Mi hija, mi hermana pone sobre la mesa, una vez más, lo inútil que resulta el sistema en un caso así —lo cierto, es que el sistema tampoco funciona en casos “menores”—. Al igual que en el film de Ford, que debían adentrarse en terreno indio, llegando hasta la violencia, Bidegain viene a decir que nada al respecto ha cambiado. Los personajes centrales han de adentrarse en lugares peligrosos y tratar con gente de los bajos fondos tan sólo para seguir una pista difusa. Pérdida y obsesión que llevan a la perdición.

También habla el film de las diferentes formas de enfrentarse a un drama de tal calibre, basta fijarse en la familia que ha “perdido” al hijo que se fugó con la chica. De la impotencia de ambas familias. Incluso de la necesidad de tenerse cerca. Y cómo no, de la aceptación. El desenlace es una catarsis en silencio. Es también comprensión. Y liberación, que propone un punto y aparte. La música de Raphael —el pianista estadounidense—, alejado de lo que nos tiene acostumbrados, se acopla a la perfección.