‘Tarde para la ira’, el vengador sin piedad

‘Tarde para la ira’ (Raúl Arévalo, 2016) está siendo tratada como una de las películas de la década. A todas luces excesivo. Comprensible porque uno de los ...
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Tarde para la ira’ (Raúl Arévalo, 2016) está siendo tratada como una de las películas de la década. A todas luces excesivo. Comprensible porque uno de los actores más queridos de nuestro país —casi siempre asociado a la comedia, pero con sus mejores interpretaciones dentro del drama— debuta como director. Lo hace con el género mejor tratado en nuestro cine últimamente, el thriller. Ocho años ha tardado en sacarlo adelante aunque eso nada tiene que ver con la calidad de la película. No obstante, hay que subrayarlo, para que sepamos cuánto cuesta hacer cine en nuestro país.

Tanto Antonio de la Torre como Luis Callejo, dos de los pilares fundamentales de la película, han declarado que se han visto sorprendidos por el dominio cinematográfico de Arévalo, de lo mucho que sabe de cine. Lo cierto es que habiendo trabajado para algunos de los mejores directores de este país, no debería sorprender tanto. A nadie. Raúl Arévalo engrandece la labor del cineasta al demostrar ser un alumno aventajado. Aunque Tarde para la ira’ no las tiene todas consigo.

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Pero

La película es la historia de una venganza. Así de simple, así de duro. Una venganza con todas sus posibles consecuencias. Un estudio, libre, sobre el uso de la violencia en nuestros días, de cómo esa violencia sólo engendra más violencia. ‘Tarde para la ira’ a ratos parece un western. ¿Cuántos film del oeste parten de la misma premisa? Viene a mi mente ‘El vengador sin piedad (‘The Bravados’, Henry King, 1958), impresionante film sobre la venganza, cuyo recuerdo sobrevolaba durante el visionado del film.

El guión, del propio director y David Pulido —podrían hacerse chistes al respecto con el apellido y la labor en el film—, nos muestra una primera secuencia con Curro (Callejo) esperando en un coche. La cámara no sale del mismo, situada en el asiento trasero, incluso en la posterior fuga. El recuerdo activa esa cumbre del Film Noir titulada ‘El demonio de las armas’ (‘Gun Crazy’, Joseph H. Lewis, 1950) en la que H. Lewis hacía lo mismo con la cámara. Allí tenía un sentido ético/estético. Aquí parece realizado simple y llanamente porque sí.

Porque sí también parece hecha la fragmentación de la primera media hora aproximadamente, que divide el film en una especie de capítulos que sitúan al espectador para que éste, en el caso de que sea tonto, no se pierda. El propio director dice que ha sido así porque sin ellos no se entendía la trama. No sé si es un chiste de Arévalo o un eufemismo de “la productora me ha obligado”. Tarde para la ira’ se entiende perfectamente sin la necesidad de dichos rótulos, un subrayado más, totalmente innecesario, muy acorde con estos tiempos donde se da todo mascadito al espectador.

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Cine desde dentro

Ahí se terminan mis problemas con Tarde para la ira’. El resto del film es efectivamente una maravilla. Arévalo se revela como un narrador desde las entrañas. Eso sí, no necesita que la cámara tiemble. No es necesaria para alimentar la tensión del relato. El film funciona mucho mejor cuando la cámara permanece “sujeta”. La sequedad de lo narrado, su directa dureza sin contemplaciones se disfruta más sin el párkinson visual, aún así entendible por “estar de moda”.

Tarde para la ira’ sale de las entrañas, y se mete muy dentro. Luis Calleja y Ruth Díaz brillan en la construcción de personajes en apariencia pequeños, y Antonio de la Torre se abandona por completo a su amigo. Creo que el actor hace una de sus mejores interpretaciones. Un personaje caramelo que muestra su rostro en sus silencios, en su violencia contenida. Atención a todas las secuencias con los “implicados”. De la Torre semeja una bomba de relojería a punto de explotar. Sentimos su dolor. También le tememos. Más aún, le comprendemos.

Una venganza de doloroso silencio, el de José, al que no le queda nada más. Arévalo no alecciona. Hace reflexionar sin resultar discursivo, algo realmente admirable. Y lo hace con el mismo silencio con el que dibuja al impresionante personaje central. De ese modo Tarde para la ira’ invita a algo primordial antes del debate: pensar —muchas de las películas actuales invitan a todo lo contrario—.

El falso final feliz hermana la película con los finales de grandes obras del western y el Noir. Con dos cojones.

Por último celebrar que un proyecto así haya surgido de un actor tan querido. Si esta película la hace un tipo de un pueblo perdido de Lugo, no la veo ni yo. Goya a la dirección novel cantado, por cierto.

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