Lo que te enseña el cáncer cuando enfermas a los 17 años

CÁNCER Con 17 años, Verónica comenzó segundo de Bachillerato y su salud empezó a debilitarse: solía tener fiebre, dolores de cabeza, calenturas y ...
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CÁNCER

Con 17 años, Verónica comenzó segundo de Bachillerato y su salud empezó a debilitarse: solía tener fiebre, dolores de cabeza, calenturas y cansancio, hasta que dos meses antes de finalizar el curso le diagnosticaron cáncer en los ganglios linfáticos. Ahora, vencida la batalla, nos cuenta su experiencia

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MADRID/EFE/VIRGINIA RUIZ Viernes 05.08.2016

“El cáncer me dio el privilegio de aprender cosas que a esa edad no se aprenden”, cuenta Verónica Díaz.

Ahora, con casi 26 años, acaba de publicar el libro “Diecisiete. Cuando desperté, el dinosaurio seguía allí” (editorial Amat), que le ha servido de “terapia definitiva” para “cerrar aquella herida” y ayudar a las personas que como ella han sufrido o sufren la enfermedad.

Relata que era una adolescente sana y hacía las cosas típicas de las chicas de su edad. Sin embargo, empezó a sentirse mal, muy cansada, a tener fiebre a menudo, entre otros síntomas, que en su centro de salud, debido a la corta edad de la chica, no asociaron a un posible cáncer.

Portada del libro de Verónica Díaz “Diecisiete. Cuando desperté, el dinosaurio seguía allí”, Editorial Amat.

Portada del libro de Verónica Díaz “Diecisiete. Cuando desperté, el dinosaurio seguía allí”, Editorial Amat.

Fue un fin de semana cuando al encontrarse muy mal, acudió a urgencias de un hospital donde le dijeron que no era normal que tuviera esos síntomas durante tanto tiempo, por lo que comenzaron a hacerle varias pruebas.

Poco después, los médicos lo tuvieron claro, le diagnosticaron linfoma de Hodgkin, un cáncer en los ganglios linfáticos que se observa, principalmente, en jóvenes.

“Los médicos no me ocultaron información, aunque en ningún momento nombraron la palabra cáncer”, recuerda Verónica, quien reconoce que en un principio no fue consciente de la gravedad de la enfermedad.

Días después del diagnóstico, la joven comenzó a asimilar la noticia y optó por tomárselo “de la mejor forma” porque estaba convencida de que iba a salir adelante y vencer el cáncer.

Después de tres sesiones de quimioterapia, el cáncer había desaparecido. “Los médicos nunca habían visto algo igual, no se lo creían y dijeron que fue como un milagro”, recuerda Verónica que, por precaución, siguió recibiendo quimioterapia, si bien los ciclos se redujeron a la mitad.

Lo peor, según ella, vino después, ya que a pesar de que pudo examinarse de selectividad y conseguir la nota que necesitaba para estudiar psicología en la Universidad de Granada, decidió aplazar un año sus estudios para recuperarse al cien por cien.

“Ese año fue el peor de mi vida, incluso peor que el cáncer. Estuve deprimida porque estaba la mayor parte del tiempo en casa mientras mis amigos empezaban la universidad”, lamenta Verónica, y es que la mitad de sus amistades se alejó de ella.

“Con el tiempo aprendí a no culparles, sé que aquellos que se fueron no eran lo suficientemente maduros para vivir aquello”, reflexiona.

Consiguió superar el bache gracias al apoyo “esencial” de su familia. Así, el siguiente curso ya pudo ir a la universidad y estudiar la carrera que siempre quiso.

Tras la enfermedad, la salud emocional de Verónica cambió: “Me di cuenta de que tenía que centrarme en mí, que yo era la prioridad porque antes anteponía los problemas de los demás a los míos”, explica.

Y dice que aprendió “a decir que no, aunque eso pudiese no agradar a los demás”.

Una vez superado el cáncer, Verónica tiene más confianza. Se ha dado cuenta de que “todos los obstáculos de la vida acaban venciéndose” y que, además, “sales fortalecido de ellos”.

Animada por una asociación almeriense a escribir el libro, Verónica admite que el proceso de elaboración “fue duro”: “Me sentía muy culpable por los momentos de ira que tuve con mis padres mientras estaba enferma o por los amigos que se fueron”, abunda.

Ahora está feliz y lleva una vida tranquila en la localidad almeriense de Carboneras, su pueblo natal, junto a su hijo de un año y su pareja.

Uno de sus deseos es poder visitar a enfermos de cáncer en los hospitales, ayudarles, escucharles y, si éstos lo desean obsequiarles con su libro.

Subraya que le gusta centrarse en el presente, porque “si haces planes para el día de mañana, acabas viviendo en el futuro” y reconoce que le encantaría tener otro hijo y seguir ayudando a aquellos que tienen cáncer para poder decirles: “Paciencia, que todo pasa”.

Fuente: Noticias EFE – Salud.