Alemania cumple 25: de líder reacio a poder imparable

Helmut Kohl, el canciller de la reunificación, lo intuyó cuando aún la polvareda que levantó la caída del Muro de Berlín no se había asentado. Aquel ...

Helmut Kohl, el canciller de la reunificación, lo intuyó cuando aún la polvareda que levantó la caída del Muro de Berlín no se había asentado. Aquel proceso acelerado por el que la República Federal asumió a una Alemania comunista que se desmoronaba era, en el fondo, un salto cualitativo de primer orden. “Somos conscientes de que con la reunificación asumimos también una mayor responsabilidad en la comunidad internacional”, aseguró en octubre de 1990, hace ahora exactamente un cuarto de siglo, en una carta a todos los gobiernos del mundo con los que Alemania mantenía relaciones institucionales.

Pero ni siquiera él, más dado a las visiones estratégicas que a los detalles del día a día, podía haber barruntado entonces cómo Alemania se iba a ver catapultada, tanto por méritos propios como por circunstancias ajenas, a posiciones de liderazgo. Algo incuestionable, aunque criticado, en el marco europeo; a la vez que inexorable, y en cierta medida ansiado, en el multipolar e inestable concierto internacional.

Es el drama griego y la crisis de los refugiados. Pero también la negociación internacional en torno al conflicto en Ucrania. Es Siria, tanto en la cuestión Bashar al Asad como en la del Estado Islámico. Es Teherán y Occidente en la negociación sobre el programa nuclear iraní. Es la lucha contra el cambio climático y también la puesta en marcha de los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible. Es la reforma del orden internacional, en general, y de la ONU en particular.

Algunos politólogos han destacado, con tanta ironía como razón, que muchos alemanes deseaban hace 25 años, igual que ahora, que su país fuese una especie de Suiza gigante. Un país con un notable bienestar económico pero que se pone de perfil en asuntos políticos globales. El sentimiento de culpa tras dos guerras mundiales pasa factura a cualquier pueblo. Pero la realidad es tozuda, como explica Eberhard Sandschneider, director de la Sociedad Alemana para la Política Exterior (DGAP): “La política exterior alemana ha cobrado influencia en los últimos 25 años. Prácticamente no hay un problema internacional en la actualidad en cuya solución no estemos participando“.

Una empleada prepara banderas de la UE y alemanas antes de una rueda de prensa en Berlín (Reuters).Una empleada prepara banderas de la UE y alemanas antes de una rueda de prensa en Berlín (Reuters).

La economía más grande… y la más fuerte

Las causas de este protagonismo son múltiples, a juicio de los expertos. La primera es claramente económica. No es casualidad que el momento clave del despegue alemán en términos de liderazgo en Europa sea el inicio de la crisis del euro en 2010, a rebufo de la crisis financiera global. Mientras en la mayoría de capitales de la UE veían cómo se hundían sus economías nacionales y, de seguido, sus finanzas públicas, Berlín podía esgrimir solidez presupuestaria y, tras la contracción de 2009, un crecimiento sólido de su producto interior bruto pese a la marejada internacional.

Su situación ahora sigue siendo, sobre todo en comparación con los lánguidos estándares europeos, incuestionable. Siendo la mayor economía de Europa, crece a un ritmo sostenido -cerca del 2% este año, según algunas previsiones-, con una tasa de desempleo que no llega al 6% (siguiendo los criterios estadísticos europeos), una inflación controlada y un sector exterior perfectamente engrasado. Mientras tanto, las cuentas del Gobierno federal y del conjunto del Estado lucen en positivo desde hace dos años.

En comparación, la eurozona apenas es capaz de crecer a pesar de las políticas de expansión monetaria del Banco Central Europeo (BCE) y la caída del euro, su tasa de desempleo permanece estancada en torno al 11% y la de los jóvenes es francamente peor y sin visos de mejora. Además, el bloque sigue coqueteando con la inflación negativa. ‘The Economist’ considera que Alemania no sólo es la mayor economía del continente, sino también la más fuerte.

Sola al timón en Europa

No es de extrañar que este contexto económico tenga su reflejo en la acción política. Que quien tiene los números a su favor se sienta con más derecho para tratar de hacer prevalecer sus tesis al abordar asuntos comunitarios o de llevar la iniciativa en cuestiones supranacionales. Berlín tenía una actuación más modesta cuando se le afeaba ser el ‘hombre enfermo’ de Europa. Pero no ha sido solo eso.

El país no se había planteado asumir el papel dominante en Europa. Tampoco el carácter de la actual canciller ni el resquemor histórico alemán pedían esoEl presidente francés, François Hollande, apareció como la gran alternativa en la campaña electoral que le llevó al Eliseo. Pero la postración económica de su país y su falta de liderazgo político le han invalidado para protagonizar la oposición a Alemania. O para articular el tradicional eje franco-alemán, ahora profundamente desequilibrado. Mientras tanto Reino Unido sigue embelesado mirándose en el incierto ombligo del “Brexit” y Bruselas bracea a la deriva, más cuestionada que nunca ante el auge de los euroescépticos en gran parte de Europa.

Además, apenas ningún líder europeo de los que gobernaba en 2010 ha conseguido preservar su cargo, navegando por la adversidad de la crisis, hasta la actualidad. Nicolas Sarkozy, Jean-Claude Juncker, Gordon Brown, José Luis Rodríguez Zapatero, Silvio Berlusconi. Solo la canciller Angela Merkel. Que, tras ganar por la mínima en 2005, mejoró sus resultados tras el estallido de la crisis financiera global en 2009 y rozó la mayoría absoluta -algo insólito en su país- en las últimas elecciones generales, las de 2013.

Así que Berlín se ha quedado sola al timón de Europa. William Paterson, profesor de la Universidad Aston de Birmingham, tilda a Alemania de “hegemón reacio“. Porque tras su reunificación en 1990 el país no se había planteado, en un principio, asumir el papel dominante en Europa. Tampoco el carácter de la actual canciller cristianodemócrata ni el resquemor histórico alemán pedían eso. Pero la situación les colocó en esa posición.

La canciller Merkel durante una conferencia sobre las actuaciones de su Gobierno, en Berlín (Reuters). La canciller Merkel durante una conferencia sobre las actuaciones de su Gobierno, en Berlín (Reuters).

Grecia y los refugiados

Una vez al mando, su estilo de liderazgo ha recibido fuertes críticas. El tándem formado por Merkel y su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, ha sido muy cuestionado, principalmente desde las economías del sur de Europa pero también desde Washington y las instituciones internacionales, por la imposición cruda y sin paliativos de la receta alemana, la de la consolidación fiscal y las reformas estructurales. No obstante, la oposición a estas políticas no ha sabido articularse.

Mientras en Grecia se agitaban en las manifestaciones pancartas en las que Merkel aparecía con un bigote hitleriano y se hablaba de un IV Reich con ejércitos financieros, Berlín seguía a lo suyo. “Por fin se habla alemán en Europa”, declaró en 2011 el jefe del grupo parlamentario conservador, Volker Kauder, levantando ampollas y los peores recuerdos entre sus vecinos.

Sólo la irrupción de la crisis de los refugiados a mediados de este año ha hecho surgir una oposición clara a la postura alemana. Principalmente, de parte de los países del este de Europa, con la Hungría del populista ultraconservador Viktor Orban a la cabeza, que se han negado al sistema de cuotas propugnado desde Berlín (aunque la fórmula ha salido adelante sin su respaldo gracias al rodillo alemán). Y Grecia e Italia, a pesar de la insistencia de Angela Merkel, siguen sin poner en marcha los acordados centros de registro de inmigrantes. Está por ver, sin embargo, si esta cuestión logra agrietar el incuestionable dominio germánico de Europa en este momento.

El auge de Alemania en Europa coincide asimismo con una cierta retirada de Estados Unidos del ‘Viejo Continente’. Su débil situación económica tras la crisis financiera y la fractura política en Washington invitaron a la primera potencia a dejar un poco en segundo plano su política transatlántica. La estrategia Obama de pivotar hacia Asia, en gran medida para contrarrestar el surgimiento de China, contribuyó a crear un vacío en Europa que Berlín no ha tardado en ocupar.

Un centro de acogida temporal de refugiados e inmigrantes en Hanau, Alemania (Reuters).Un centro de acogida temporal de refugiados e inmigrantes en Hanau, Alemania (Reuters).

Más allá de Europa

Asimismo, la influencia alemana más allá de las fronteras de la UE también ha ido creciendo desde la reunificación. Tímidamente en los primeros años y con velocidad creciente después, conforme caían los complejos y se percibían como propias ciertas obligaciones no atendidas por terceros. En los años 90 Berlín, bajo el entonces canciller socialdemócrata Gerhard Schröder, se involucró en las guerras de los Balcanes. De hecho, la primera misión militar alemana en el extranjero desde la II Guerra Mundial tuvo lugar en Kosovo. Luego Alemania se integró en la alianza internacional que invadió Afganistán (aunque rechazó entrar en Irak).

No obstante, la actual legislatura de Merkel es la que ha dejado más a las claras la creciente vocación global del poder alemán. Gracias en parte a una placida situación interna -gracias a la sólida economía y la aplastante mayoría de la gran coalición en el Bundestag- Berlín ha podido centrarse en crisis externas y desarrollar una intensa política exterior.

La política exterior alemana ha cobrado influencia en los últimos 25 años. No hay un problema internacional en cuya solución no estemos participandoUcrania ha sido el asunto al que más esfuerzo y dedicación ha comprometido la canciller, involucrándose personalmente para que Kiev y Moscú firmaran el pasado febrero el Acuerdo de Minsk, que debería llevar a una tregua militar primero y a una reforma política estabilizadora en una segunda fase. Además, está previsto que el año que viene Berlín asuma la dirección de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), encargada de observar la implementación del acuerdo.

Además, Alemania ha participado en las conversaciones con Teherán sobre su programa nuclear. Estaban los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, Alemania, la representación de la UE e Irán. Más allá del acuerdo -y de sus implicaciones geopolíticas- está el hecho de Berlín situándose en la foto junto a las cinco potencias. No es algo fortuito. En un encuentro que ha pasado desapercibido en el marco del actual pleno de Naciones Unidas, Merkel se reunió con los líderes de Japón, Brasil e India para avanzar una propuesta conjunta para reformar la ONU. El objeto de deseo de este G4 es ampliar el número de puestos permanentes en el Consejo de Seguridad. Y Berlín quiere una silla.

Merkel dio asimismo un golpe de efecto en la cumbre del G7 del pasado junio, que auspiciaba Alemania. La canciller logró que los líderes de las siete potencias más industrializadas, reunidos en un entorno idílio y fortificado para la ocasión, se comprometieran a reducir al menos un 40% sus emisiones para 2050, de tal forma que el calentamiento global no superase los dos grados centígrados con respecto a los valores preindustriales.

Hace no mucho se le preguntó a Merkel si Alemania era una potencia media o una potencia mundial. Tras evitar decantarse por cualquiera de los dos conceptos agregó: “Lo que seguro que es cierto es el hecho de que con la unión alemana obtuvimos la soberanía completa y entre las consecuencias también está la cuestión de la asunción de responsabilidades. Nada más y nada menos”.

Fuente: ElConfidencial.com

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