Bienvenidos a la Corea del Norte de África

16.08.2016 – 05:00 H. Cumplir 16 años en Eritrea quiere decir decidir. Decidir entre una huida aterradora por unas fronteras cuyos guardias disparan a ...
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16.08.201605:00 H.

Cumplir 16 años en Eritrea quiere decir decidir. Decidir entre una huida aterradora por unas fronteras cuyos guardias disparan a matar y una vida de esclavitud. La elección se impone ante el horizonte de los 17 años, cuando todos los eritreos –hombres y mujeres- se convierten en propiedad del Estado. Sus grilletes se los pone un uniforme: el que les dan cuando entran en un servicio militar en teoría de 18 meses, pero que en realidad puede durar hasta veinte años, denuncia el último informe de la Comisión de Investigación sobre Derechos Humanos de la ONU para Eritrea. Años en los que los supuestos reclutas trabajan los siete días de la semana por unos 30 euros mensuales en canteras, minas, plantaciones y empresas estatales o propiedad de gerifaltes del régimen. Años en los que se exponen a ser asesinados, encarcelados, torturados, violados y castrados en medio de una impunidad total. La ONU calcula en 400.000 las personas así esclavizadas en Eritrea. Un dicho de los presos de la nación africana dice que Eritrea es ese país en el que “si gritas, solo el mar te oirá”.

Definidos tantas veces como “inmigrantes económicos” cuando llaman a las puertas de la fortaleza europea, los eritreos son en realidad “evadidos”, en expresión del periodista Léonard Vincent, autor del libro ‘Los Eritreos’. Personas que han huido de un régimen totalitario sin ninguna institución democrática, que apesta a Jemer Rojo y a Corea del Norte, dirigido a golpes de látigo por Isaias Afewerki, un dictador alcohólico y paranoico al que un cable del Departamento de Estado norteamericano filtrado por Wikileaks definía como “desquiciado y cruel”. Afewerki, el guerrillero maoísta que condujo a su país a la independencia de Etiopía en 1991, ha hecho de su país una prisión-moritorio de la que nadie puede salir- sobre todo antes de los 50 años, cuando ya no se es movilizable para el Ejército- si no se cuenta con un permiso especial. Ese salvoconducto hacia la libertad tiene precio: entre 5.000 y 6.000 euros.

Huyen de un régimen totalitario sin ninguna institución democrática, que apesta a Jemer Rojo y a Corea del Norte, dirigido a golpes de látigo por un dictador alcohólico y paranoico“Los eritreos siguen siendo sometidos a la prestación de un servicio militar indefinido, detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones forzadas, represalias por presuntos comportamientos de familiares, discriminación por motivos de religión y etnia, violencia sexual y de género, y asesinatos. Aún se desconoce el paradero de muchas personas que fueron objeto de desapariciones forzadas en el pasado (…) dado que los funcionarios del Estado han recurrido ampliamente a estos delitos para consolidar el control total sobre la población de Eritrea, la comisión ha determinado que, desde mayo de 1991, esos funcionarios han incurrido en un ataque persistente, generalizado y sistemático contra la población civil”, resume la Comisión de Naciones Unidas, que acusa a estos funcionarios de crímenes contra la humanidad.

Para escapar de esta pesadilla, entre 4.000 y 5.000 personas -muchas de ellas menores- huyen cada año del país. Lo hacen atravesando los campos de minas plantadas en los confines del país, esquivando a los soldados que tienen orden de disparar a matar y sabiendo que si caen en sus manos, pasarán años en prisión. Escapan con el peso que supone saber que sus familiares y amigos se arriesgan a ser detenidos y torturados por su huida. Riesgos que les parecen preferibles a vivir en Eritrea. En 2015, 47.025 eritreos pidieron asilo en la Unión Europea. Solo quienes huyeron de otro infierno, la guerra de Siria, los superan en número.

Refugiados eritreos protestan tras la publicación del informe de la ONU, en Ramat Gan, Israel (Reuters). Refugiados eritreos protestan tras la publicación del informe de la ONU, en Ramat Gan, Israel (Reuters).

Castrados a golpes

Los eritreos están desamparados. La objeción más mínima, una pregunta inocente, pueden llevar a largos años de prisión, sin juicio, sin cargos, sin abogado y sin fecha de salida. Salir del país sin permiso se considera traición y puede acabar con un tiro en la sien. Los asesinatos extrajudiciales, denuncia Naciones Unidas, son moneda corriente. No solo de quienes perecen en las fronteras, también durante las “giffa”, las cacerías del régimen para localizar a jóvenes que se han escondido para evitar el servicio militar. El 3 de abril, varios reclutas saltaron de un camión que les transportaba por el centro de Asmara, la capital. Los soldados abrieron fuego y mataron a un número desconocido de reclutas y de transeúntes.

No por resignarse al servicio militar se está a salvo. Un recluta que asistió a un entrenamiento en el Mar Rojo en 2013, describió a la Comisión de la ONU cómo un grupo de jóvenes fue arrojado al agua por sus mandos, pese a que la mayoría no sabía nadar. El primer día que lo hicieron, murieron ahogados cinco jóvenes. El informe recoge también asesinatos anteriores, como la ejecución de un soldado en 2004 solo porque había contraído malaria y gritado a un médico; la de un grupo de veteranos de guerra discapacitados en 1994, la de 150 musulmanes en junio de 1997 y las ejecuciones masivas de los reclutas encarcelados en la prisión de Adi Abeito en 2004 y del campo de entrenamiento militar de Wi’a en 2006. Otras veces, la muerte llega a fuego lento. Las condiciones de las cárceles son tan atroces, incluidos los centros de menores, que muchos de los reos perecen.

Un crío citado por la ONU, detenido en 2013 por haber intentado salir del país, describe así los dos años que pasó en uno de ellos: “Hacía mucho frío; aquel lugar era el infierno. Muchos niños estaban malnutridos. Tenían sarna y otras enfermedades de la piel. Les daban muy poca comida: unas lentejas aguadas incomestibles y sólo dos cazos para 20 personas. Algunos llevaban allí dos años; otros menos. Mientas yo estaba allí murieron 11 niños; tenían diarrea, ya no les quedaba líquido en su cuerpo. Yo tenía un amigo de 17 años que también murió. Estaba enfermo y fue a pedir ayuda al encargado de primeros auxilios pero no había antibióticos. Los que morían eran enterrados allí mismo: yo mismo tuve que cavar las tumbas de dos niños”.

Los motivos por los que uno puede acabar torturado y en la cárcel en Eritrea son tan variados como banales: la huida de un familiar, el haber querido divorciarse de un militar o simplemente preguntar por un familiar desaparecido. También una conversación en la barra de un bar o preguntar por qué el Gobierno estaba talando los árboles de una región. Este último motivo le valió a un líder tribal pasar cinco años en prisión. Un recluta que osó pedir la liberación de ese servicio militar eterno en una reunión acabó en la cárcel en marzo de 2014: “En la cárcel me pusieron grilletes y me dejaron solo en una celda durante ocho meses. Dos hombres me sujetaban en el suelo y otros dos me golpeaban con estacas y tubos de goma. También me sumergían la cabeza en un bidón lleno de agua sucia. Muchas veces me golpeaban en los testículos y yo perdía el conocimiento. Ya no tengo testículos: han desaparecido. Soy impotente y no puedo tener hijos”, declaró este hombre a los miembros de la comisión. Otro entrevistado afirmó haber pasado 13 años en prisión, donde quedó ciego, sin que nadie le dijera la razón.

Mebrahtu, un soldado de 37 años de Eritrea, posa ocultando su rostro en un centro de refugiados de Estocolmo (Reuters).Mebrahtu, un soldado de 37 años de Eritrea, posa ocultando su rostro en un centro de refugiados de Estocolmo (Reuters).

Suicidios después de una violación

Las adolescentes están aún más expuestas que los hombres a otro tipo de violencia corriente en Eritrea: la sexual. Cuando a los 17 años llegan a los cuarteles para hacer el servicio militar, muchas veces se ven obligadas a trabajar como servicio doméstico para los oficiales que además disponen sexualmente de ellas a voluntad. Si la joven se resiste, se arriesga a una violación con una pistola apuntando a la sien, como un caso documentado por Naciones Unidas. Las violaciones, muy frecuentes en los cuarteles, no son castigadas y además las víctimas guardan silencio porque en Eritrea, país mitad musulmán y mitad cristiano, se sigue exigiendo a los jóvenes que lleguen al matrimonio vírgenes. Si se descubre la agresión, la víctima sufre un estigma que, en algunos casos, “las ha llevado al suicidio”, dice el documento. Si la víctima ha quedado embarazada por la violación y/o ha adquirido el virus del sida, el estigma se multiplica y a veces la mujer es expulsada a la calle por su familia.

‘Cuando las mujeres llegaban al entrenamiento militar (con 17 años), los oficiales elegían a aquellas que encontraban atractivas. Hablaban de ello como si fuera un derecho’“Cuando las mujeres llegaban al entrenamiento militar [con 17 años], los oficiales elegían a aquellas que encontraban atractivas. Luego apuntaban sus nombres y se aseguraban de que esas chicas les fueran asignadas. Los oficiales hablan de ello como si fuera un derecho”, explicaba un exsoldado. Mantenidas como esclavas domésticas y sexuales en ocasiones durante años, si estas jóvenes quedan embarazadas, recurren al aborto tradicional y, en algunos casos, son forzadas a abortar por los militares. Aunque la ONU ha documentado también casos de violaciones de hombres, las de mujeres y niñas son mucho más frecuentes, por ejemplo, en el caso de las mujeres que tratan de huir del país. Si son capturadas, saben que muy probablemente sufrirán abusos. Tanto es así que algunas viajan provistas de una inyección anticonceptiva.

Una eritrea capturada en abril de 2015 cuando intentaba escapar relató: “Éramos hombres, mujeres y niños. Nos obligaron a todos a desnudarnos para registrarnos. Todos los guardianes eran hombres. No podías negarte. Nos registraron todo el cuerpo con las manos, incluso el interior de los genitales. Mientras, se reían. Nos metieron el dedo en la vagina, incluso a dos niñas de cinco y nueve años. Las niñas gritaban”. Como en el caso de los hombres, las torturas incluyen en ocasiones un elemento adicional de sadismo: la intención de dejar estériles a estas mujeres. Algunas eritreas han sufrido violaciones con barras de hierro y otros objetos destinados a dañar sus órganos reproductores.

En este infierno que es Eritrea, parece lógico pensar en escapar, incluso a riesgo de morir. Porque las penas de estas personas no acaban una vez salvado el escollo de las fronteras. El padre Mussie Zerai, un religioso eritreo que ha salvado a miles de refugiados de una muerte segura en el mar, y la periodista eritrea Meron Stefanos denunciaron hace años cómo las mafias de traficantes en la península del Sinaí (Egipto) secuestraban a eritreos para pedir luego rescates a sus familias o traficar con sus órganos. Si éstas no pagaban, el inmigrante era asesinado. Otros acaban en las cárceles libias, mientras que los que yacen en la tumba del Mediterráneo son incontables.

Un pastor con su ganado en los alrededores de Asmara, capital de Eritrea (Reuters).Un pastor con su ganado en los alrededores de Asmara, capital de Eritrea (Reuters).

La excusa de la guerra

La respuesta de Eritrea a este informe de Naciones Unidas ha sido negar la mayor y enviar un comunicado de protesta que, según denunciaron luego varios activistas, era un corta-pega de un documento enviado a la ONU por Corea del Norte. En el texto, algunas de las referencias al “pueblo coreano” se habían dejado tal cual. Entre las excusas para justificar sus crímenes, Asmara blande el argumento de que el servicio militar ilimitado es necesario a causa de la guerra que este país mantuvo con Etiopía entre 1998 y 2000 y el nunca resuelto fronterizo entre ambos que aún provoca escaramuzas militares, como sucedió el pasado 12 de junio. Fuera de toda ley, el régimen eritreo no solo atenta contra su población, sino que constituye un factor de desestabilización regional. Durante años, Asmara ha cobijado a rebeldes de países vecinos y proporcionado pasaportes eritreos a los yihadistas somalíes de Al Shabab.

El régimen de Afewerki está a salvo pues, en contra de lo que recomendaba el informe de la ONU, aún no se ha iniciado una investigación por parte del Tribunal Penal Internacional. Asmara no es signataria del Tratado de Roma que instituyó esa corte, por lo que solo el Consejo de Seguridad de la ONU puede incoar el caso, algo improbable dado que dos Estados con derecho a veto, China y EEUU, tienen demasiado miedo a ver un día a sus propios militares sentados en un banquillo como para favorecer un precedente en ese sentido.

La Unión Europea tampoco se ha mostrado más firme con Eritrea. En diciembre, Bruselas concedió 200 millones de euros al régimen de Ifewerki, en teoría para “reducir la pobreza” y evitar la salida de más eritreos, sin atender a que los ciudadanos de ese país no huyen por motivos económicos. Europa no sólo ayuda a los verdugos; también castiga a las víctimas. En el segundo trimestre de 2015, por ejemplo, Gran Bretaña rechazó el 66% de peticiones de asilo de eritreos, so pretexto de que la “mejora de las condiciones de vida” invalidaba sus solicitudes.

Fuente: ElConfidencial.com