Casarse es más fácil que salir del armario en la Grecia de Syriza

Katherina es la única niña mulata de su clase, además de la única que ha asistido a una boda entre dos mujeres. Fue en Estados Unidos, el país de su padre. Su madre es de raza negra y de nacionalidad griega, por lo que desde pequeña ha estado acostumbrada a ser diferente y a que su familia lo sea. Pero no ha perdido la capacidad de sorprenderse, y una ceremonia así le resultaba lo suficientemente exótica como para contársela a sus compañeros de preescolar. Decidió hacerlo durante un recreo, y seguramente no esperaba la reacción airada de una de sus compañeras que comenzó a gritar: “¡No es verdad!”, gritaba, “¡estás mintiendo!”

El profesor no sabe cómo surgió el tema entre los niños. De hecho ni se hubiera enterado de no ser por el revuelo que se armó, un auténtico drama que le forzó a intervenir. Tras unos minutos de algarabía consiguió poner paz confirmando, primero, que la historia de Katherina podía ser cierta y asegurándoles, segundo, que lo importante para que dos personas se unan es el amor y no su sexo.

Historias como la de Katherina denotan una sociedad dividida entre la tolerancia -por parte de la clase media urbana- y unos enormes prejuicios que sitúan al país como socio de honor de los BalcanesAl día siguiente ya tenía al padre y a la madre de la niña ‘incrédula’ en su despacho. Él, militar de rango, se presentó molesto y acompañado de su esposa para averiguar qué había sucedido: el clásico “qué le ha dicho a mi hija”. El profesor se lo explicó al detalle y les invitó a una reunión con los padres de Katherina para hablar sobre el asunto y aclararlo definitivamente. Al padre indignado le faltó tiempo para reprenderle por meterle esas ideas en la cabeza a sus alumnos mientras rechazaba de plano el encuentro amistoso. Por él, el asunto debía quedar zanjado lo más rápido posible.

“Si no es votante de la extrema derecha, está muy cerca”, cuenta resignado a El Confidencial el docente, que prefiere guardar el anonimato, ya que como activista por los derechos de los homosexuales no está seguro de contar con el apoyo de sus compañeros de centro. Por eso nos sugiere, como hemos hecho, que cambiemos detalles en la historia, incluido el nombre de la niña.

En Grecia ‘salir del armario’ es terreno minado, y ser activista todavía más. Historias como la de Katherina denotan una sociedad dividida entre la tolerancia con la homosexualidad -por parte de la clase media urbana mayoritariamente- y unos enormes prejuicios que sitúan al país como socio de honor de los Balcanes. En Grecia, según el Pew Research Institute, apenas el 53% de la población (comparado con el 90% de España) ‘acepta’ o ‘tolera’ las relaciones entre personas del mismo sexo, no digamos ya los matrimonios.

Un activista gay encadenado a la puerta del Estadio Panathinaikó, en Atenas, durante una protesta (Reuters).Un activista gay encadenado a la puerta del Estadio Panathinaikó, en Atenas, durante una protesta (Reuters).

Prejuicios aprendidos

Muchos son los que piden anonimato por temor justificado, pocos son los que se atreven a alzar la voz sin complejos. Y Stella, madre de dos niños gemelos y una de las responsables del colectivo de ‘Familias Rainbow’, es una de ellos. Desde su organización lleva muchos años en la primera línea de la lucha por los derechos de los homosexuales. Entrada en la cincuentena y fumando de manera lenta pero firme cigarro tras cigarro, relata el miedo de muchas familias ‘no convencionales’ de su organización, que se reúnen periódicamente en cafeterías y lugares públicos para charlar y apoyarse en las dificultades de su día a día “no publicitan en las redes para no atraer a los de Amanecer Dorado”. Ella sabe mejor que nadie qué batallas debe pelear y cuáles no, por eso asegura que comprende perfectamente a aquellos “que prefieren seguir siendo anónimos”.

Stella da la cara por ellos junto a otros compañeros en los eventos públicos de la organización en los que también toman precauciones, dice, contra la extrema derecha. Ni siquiera ella, totalmente desacomplejada e inmune a los prejuicios, está a salvo de sufrirlos en su propia casa de manera incluso sutil. Sus hijos, influidos por las opiniones de sus compañeros y los modelos que ven por televisión, explica, solo ‘confiesan’ a los “amigos con los que tienen confianza” que tienen dos madres. Mientras habla asiente a su lado Petros, que también se dedica a la enseñanza.

Ambos están de acuerdo en que es un círculo vicioso del que los niños no pueden salir. Stella y Petros luchan ‘desde dentro’ para reducir los estereotipos en, por ejemplo, los libros de texto o los cuentos. “Si los niños solo leen historias sobre parejas hombre-mujer, sin ejemplos de otros tipo”, no van a aceptar otros tipos de familia, explican. No solamente homosexuales, remarcan, sino situaciones mucho más aceptadas, como padres divorciados. Stella está embarcada en un proyecto de traducción de un libro de cuentos editado el norte de Europa en el que hay ejemplos de ‘otras’ familias. “Yo tengo una niña en una de mis clases cuya abuela es transexual. Y no sabía cómo expresarlo”, cuenta Petros. En su experiencia los más pequeños perciben cuándo su situación familiar no es la habitual, aunque desarrollan los tabúes más tarde. Los de tres o cuatro años tienen menos problemas que los de siete u ocho a la hora de asumir que tienen dos padres o dos madres.

Syriza aprobó finalmente las uniones entre personas del mismo sexo en diciembre con un apoyo heterogéneo en el Parlamento y la renuencia de sus propios socios de Gobierno -los ultranacionalistas de ANEL-, que consiguieron, a cambio de no montar demasiado alboroto, que se desterrara de la legislación las adopciones de parejas homosexuales. “Es la primera ley de izquierdas de Syriza”, reconoce Haris -miembro del colectivo LGTB del partido de Gobierno y escritor- aunque “no es completa” y se ha quedado coja en un asunto capital: la custodia de los niños.

Evangelia Vlami y Dimitris Tsabounis, los primeros activistas LGTB en casarse con sus respectivas parejas en 2008 aprovechando un vacío en la ley de matrimonios civiles (Reuters)Evangelia Vlami y Dimitris Tsabounis, los primeros activistas LGTB en casarse con sus respectivas parejas en 2008 aprovechando un vacío en la ley de matrimonios civiles (Reuters)

Sin modelos en que apoyarse

Muchas parejas homosexuales se encuentran una difícil situación con respecto a sus hijos. Incluso aunque celebren la unión civil, solamente el progenitor biológico puede tener derechos sobre los descendientes. “Lo que pedimos es precisamente que las parejas puedan tener derechos con respecto a los niños si son de la otra parte”, dice Haris. Porque en casos de extremos (fallecimiento del custodio, por ejemplo), los hijos quedan a merced de la pura suerte: “Dependes del juez que lleve el caso, y no puedes depender de que el fiscal sea sensible a estos asuntos”, denuncia Haris. Y si no lo es, el futuro de los hijos será vivir con familiares, si los tienen, o ir a los servicios sociales. Una perspectiva terrible para muchas parejas.

El cambio de mentalidad avanza muy despacio. Muchos ciudadanos de a pie todavía siguen el modelo de la doble vidaLos activistas esperan que para que se modifique y amplíe la ley de derecho familiar no se necesite un caso tan vergonzante para la sociedad helena como el del actor Minas Hatzisavvas, fallecido el año pasado a los 67 años, y que sirvió de espaldarazo definitivo a las uniones civiles. Hatzisavvas, una leyenda de la escena teatral y el cine griego, era de uno de los pocos personajes públicos -se cuentan con los dedos de las manos- abiertamente homosexuales en Grecia. En los últimos días de su vida estuvo hospitalizado y su pareja desde hace 25 años, Kostas Falelakis, encontró muchas trabas para visitarle o incluso para cumplir sus últimas voluntades, lo que agravó el penoso trance. Solamente la generosa intervención de su cuñada, responsable legal, permitió a Falelakis ejercer de marido en los últimos días de su pareja. Este caso, muy comentado en los medios, pareció despertar una cierta empatía en la opinión pública, incluso entre aquellos más tradicionalistas.

No obstante son pocos los personajes conocidos, políticos o artistas, que pueden tomar el testigo de Hatzisavvas en la normalización de la homosexualidad. Harris opina que el hecho de que no haya más personajes que salgan del armario “es negativo para muchos” ciudadanos, que no tienen modelos en los que apoyarse para sentirse orgullosos de su condición. En cierto modo los famosos “tienen su parte de culpa”, remacha. Entre los actores y músicos son legión los que llevan una doble vida. Y a veces puede llevar a zonas de conflicto ético. Haris asegura que hay una diputada del Partido Comunista (KKE) que ejercía como periodista cuya orientación sexual es conocida en círculos políticos y periodísticos y a la que nadie daba demasiada importancia… hasta que su grupo parlamentario votó sin fisuras contra las uniones de las personas del mismo sexo.

Sin ese impulso simbólico, los derechos de los homosexuales avanzan despacio y la mentalidad aún más. Muchos ciudadanos de a pie siguen ese modelo de la doble vida. Haris cuenta que en la capital capital helena con más facilidad, ya que pueden desembocar en el barrio de Gazi, el distrito ‘arcoiris’ de Atenas. Él vive no lejos de allí y cuenta que tiene un vecino sacerdote ortodoxo al que ve en muchas ocasiones en los bares de ambiente. “Esperemos que, como en España, la ley cambie las mentalidades de muchos”, concluye. Los colectivos LGTB heleno creen que nuestro país, con una historia moral más parecida a la suya que el norte del continente, es un espejo en el que mirarse: si España pudo ¿por qué no Grecia?

Fuente: ElConfidencial.com