“Colarse” en la Playa de los Billonarios es legal

18.10.2015 – 12:38 H. El acceso a las mejores playas de Malibú ha sido durante años el secreto mejor guardado de los multimillonarios con mansiones en ...

18.10.201512:38 H.

El acceso a las mejores playas de Malibú ha sido durante años el secreto mejor guardado de los multimillonarios con mansiones en primera línea. Hoy, las nuevas tecnologías y algunos cambios legislativos sacan los colores a los propietarios y les obligan a compartir.

Malibú, conocida como paraíso de surferos y famosos, tiene 43 kilómetros de costa. De ellos, menos de 12 kilómetros están sin construir. El resto son el jardín trasero de miles de mansiones, muchas por valor de decenas de millones, que ocupan la primera línea de playa hasta el último metro. Estas casas tan codiciadas por ‘celebrities’ y magnates no solo están construidas encima de la arena. Están tan pegadas unas a otras (y todos los espacios entre ellas vallados y cerrados) que no hay espacio para acceder al mar. Lo que hace que 30 kilómetros de la mejor costa californiana sean prácticamente inaccesibles para el común de los mortales.

Como destino turístico costero, Malibú no lo pone fácil. Prácticamente no hay hoteles, y la topografía, con colinas que terminan de manera abrupta en el mar dejando franjas estrechas de arena sólo de vez en cuando, está atravesada por una autopista de cuatro o cinco carriles de tráfico infernal. Hay una gran playa pública (Zuma), algunas otras más pequeña (Malibu Lagoon, Latigo Beach), dos o tres pequeñas calas con parkings insuficientes. Y ya está. El visitante despistado se puede encontrar pagando 30 dólares de parking para acceder a una playa cuya entrada está completamente ocupada por un restaurante, o incluso aparcando en plena autopista (está permitido) y pagando por entrar a pie en una cala.

Lo que mucha gente no sabe (incluso los propios locales) es que toda la orilla del mar es, en realidad, espacio público. No existe una “playa privada” que lo sea completamente. Pero encontrar los escasos puntos de acceso, ocultos a veces deliberadamente por los propios vecinos, es una tarea ardua: especialmente porque entre la autopista que corre pegada a la costa y las casas muchas veces no hay más que un mínimo arcén para usar de parking, y es difícil encontrar, desde la autopista, esas pequeñas y discretas señales marrones que indican que por ahí sí se puede acceder a la playa sin cometer una involuntaria violación de la propiedad privada.

No es que los vecinos lo pongan fácil. Abundan las puertas de garaje falsas, las señales falsas de no aparcar, los conos naranjas espontáneos, los bordillos misteriosamente pintados de rojo, incluso una cantidad inusitada de bocas de incendio, para evitar que los bañistas puedan aparcar su coche. Violaciones que supervisa directamente la Comisión Costera de California, en cuya oficina de Long Beach dos personas se ocupan de investigar las frecuentes quejas y dudas de los ciudadanos en lo que respecta, en concreto, a la zona de Malibú. Una entrada con un signo de “Propiedad Privada”, por ejemplo, que en realidad da acceso a una pequeña cala que es de todos. Un montón de señales de “No aparcar” (incluso una que reza “Ni se te ocurra aparcar aquí“) en zonas que no están oficialmente delimitadas como vados permanentes.

Malibu Colony: la valla metálica señala que es privado a partir de la línea de la marea (Foto: E. Catalán).Malibu Colony: la valla metálica señala que es privado a partir de la línea de la marea (Foto: E. Catalán).

11.000 dólares al día por entorpecer el acceso

La comisión se ha pasado años, y ha gastado mucho dinero público, luchando en los tribunales contra los propietarios que se negaban a cumplir la ley, y que en su mayoría no tenían ningún inconveniente en gastar miles de dólares en procesos largos. Desde el año pasado, las cosas han cambiado: ahora, para poner una multa (de hasta 11.000 dólares por día), ya no es necesario ir a juicio. “Cada vez que mandamos una carta pidiendo que se arregle alguna violación, se arregla. No hemos tenido que llegar a cobrar las multas, con advertir está siendo necesario. Ha cambiado muchísimo el panorama”, asegura Linda Locklin, que lleva 38 años trabajando en la Comisión.

Pero no todo es conseguir aparcar y encontrar la manera de acceder al mar. Bañarse es posible, pero ¿dónde tumbarse a tomar el sol? La web oficial de la comisión costera explica que en toda California es pública la arena que se sitúa por debajo de la “marea alta media”, una complicada fórmula matemática que, para efectos prácticos, supone toda la zona de la orilla que alcanzan las olas. “Pero lo que casi nadie sabe es que muchos de los propietarios en realidad han cedido parte de la zona seca también para uso público “, explica Ben Adair, cofundador, junto a Jenny Price, de una aplicación de móvil que está revolucionando esta costa: “Nuestras Playas de Malibú”. En ella se encuentran, además de mapas, explicaciones de este estilo: “Para llegar a la pequeña cala de Lechuza, atraviesa la entrada peatonal (empuja con fuerza la puerta de hierro). Baja toda la calle hacia el mar, sonríe e ignora todas las señales de propiedad privada que veas… y voilà!”. Algunos de los accesos obligan a entrar a pie en zonas cerradas al tráfico con verjas eléctricas, donde hay que saber lo que se busca para advertir que un cartel oficial de la comisión costera anuncia el acceso público a la playa a pie.

La aplicación explica qué partes de cada playa son legales para extender toalla y plantar sombrilla (aunque a veces se sienta uno como Sherlock Holmes: “La tercera casa a la izquierda tiene 40 metros cuadrados de suelo público, en la 4 y 5 no se puede pero en la sexta casa es totalmente legal“). El otro riesgo es que aparezca un guarda de seguridad privado y te exija marcharte. Hasta hace poco, esto ocurría impunemente. Gracias a la aplicación, y a varios artículos en los medios denunciando cierta connivencia del propio sheriff de Malibú (un cargo, al fin y al cabo, electo), cada vez ocurre menos. “Incluso la oficina del sheriff nos ha pedido que vayamos a enseñarles a usar la aplicación y a entender qué se puede y qué no se puede hacer”, asegura Adair. “El día que conseguimos que se abriera el acceso de la Playa de Los Billonarios [una de las muchas semi privadas de Malibú], hace un par de años, estábamos celebrando en la playa y me encontré con una familia latina. Me dijeron que conocían la aplicación, y aunque vivían en el valle de San Fernando (en el interior, a 50 km de la costa), habían convertido en una especie de misión de fin de semana visitar playas desconocidas e inaccesibles de Malibú. Hacerlas de todos. Hablar con ellos me convenció de lo importante de nuestra aplicación”, recuerda Adair. Nuestras Playas de Malibú, que ya tiene 75.000 descargas, salió este verano en español. Adair y su colega responden también a emails y posts de los usuarios, fundamentalmente sobre accesos camuflados o carteles de prohibido el paso que no deberían estar ahí.

La comisión costera se creó en 1972 con una de esas leyes medioambientales pioneras de California. Pero desgraciadamente, para esas fechas, la mayoría de las casas ya se habían construido a la orilla del mar; en el caso de Malibú, esto significa en muchos casos ocupar completamente la estrechísima franja de arena que quedaba entre la carretera y el océano Pacífico. Lo que la comisión ha conseguido hacer a lo largo de estos años es aprovechar las remodelaciones (que, en la mayoría de los casos, suponen tirar la casa antigua y construir una mansión moderna, muchas veces en el espacio que antes ocupaban cuatro) para ir abriendo, poco a poco, accesos y haciendo públicos los escasos espacios de arena seca. “A la hora de aprobar un permiso para una reconstrucción, exigimos a cambio lo que se conoce como un “facilitamiento” (‘easement’ en inglés). Esto supone que el propietario de la casa cede para uso público una parte de la arena seca alrededor de la casa o facilita el acceso o retira de la arena rocas que había puesto para protegerse, o les obligamos a dejar espacios a los dos lados de la casa”, explica Locklin, que defiende la tarea de la comisión y asegura que se nota el impacto que va teniendo. “Si bajas conduciendo por la autopista notarás mucho más espacios a cada lado de las casas de lo que había antes. No se puede acceder a la playa por esos pasillos, pero al menos se ve el mar”, explica. “No podemos hacer desaparecer las casas. Pero sí vamos modificando la distribución”.

Las mansiones de la Playa de los Billonarios. La casa de David Geffen es la de la derecha (Foto: Eva Catalán). Las mansiones de la Playa de los Billonarios. La casa de David Geffen es la de la derecha (Foto: Eva Catalán).

Millonarios quieren playas de multimillonarios

Es famosa en la zona la lucha en los tribunales del multimillonario David Geffen, fundador de Dreamworks, para librarse de ese pasillo de acceso a la playa que se había comprometido a construir a cambio de que la mejor firma de arquitectos de Los Ángeles reconstruyera su mansión, en plena Playa de los Billonarios, valorada en 100 millones de dólares, con piscina, spa, y nueve puertas de garaje, de las que al menos cinco son reales. Geffen acabó por perder tras tres años de litigios (lo cual no necesariamente tiene que ver con el hecho de que Geffen ahora pase más tiempo, según se rumorea en Hollywood, en sus casas de los Hamptons en la costa este y esté intentando vender su mansión de Malibú).

Hoy, si uno tiene suerte, consigue aparcar en uno de los escasos espacios a lo largo de la autopista, y encuentra el punto de entrada, la Playa de Los Billonarios -en realidad el nombre oficial es Carbon Beach- ofrece kilómetros de arena dorada, olas perfectas donde nadan delfines, y una dudosa colección de joyas arquitectónicas modernas. Sus vecinos incluyen al magnate canadiense Gerry Schwartz, al fundador del Hard Rock Café Peter Morton, al multimillonario Eli Broad y poderosos del cine y las tecnológicas como Larry Edison, Jerry Bruckheimer, Jeffrey Katzenberg o Les Moonves. En una mañana de diario en octubre, la playa está desierta. Sólo hay cuatro turistas británicos admirando los delfines. “Hemos visto la entrada de casualidad. Hemos aparcado mucho más lejos y nos ha costado muchísimo llegar andando por esa acera llena de obstáculos absurdos“, comentaba una jubilada de Leigh-on-Sea, Gran Bretaña. A la pregunta de si ese espacio de arena, en concreto, donde han instalado sus sillas plegables, es público o no, miran desconcertados. “Ni idea”.

“Lo más curioso”, comenta Adair, “es que la aplicación ha tenido mucho apoyo y mucho éxito, precisamente, entre los habitantes de Malibú. Porque no todos se pueden permitir una casa en primera línea“. En otras palabras, los millonarios también quieren disfrutar de las playas de los multimillonarios. “La marea está cambiando, sin duda”, asegura Linda Locklin usando un símil deliberadamente ‘ad hoc’. “Las redes sociales, aplicaciones como esta… la gente ahora conoce sus derechos y tiene la información que necesita. Ya no se van a dejar engañar tan fácilmente”.

En Malibu Lagoon los surferos disfrutan de uno de los muchos días de sol de octubre. Dos o tres personas pasean o corren por la orilla. Justo en mitad de esta playa paradisíaca, una valla divide la parte completamente pública de la parte semi privada donde están las mansiones de la exclusiva Malibu Colony. La tela metálica no baja hasta la arena, y se puede pasar perfectamente bajo un cartel que explica que esa parte de la playa es “privada” a partir de “la línea media de la marea“. Aun sabiendo lo que eso significa, y no dejándose intimidar por el cartel y la inmensa valla, uno no puede evitar sentirse como un intruso caminando a tres metros de una terraza con puertas correderas de donde sale una señora en bikini a pasear a sus perros. Pero nadie lanza miradas hostiles y no aparecen guardas de seguridad. “Parece que desde que salió la aplicación, las cosas han mejorado”, concede Adair. “Pero yo no me relajaría. De pronto, aparece un arbusto que corta el paso a una entrada o alguien pone cinta de seguridad en un trozo de arena… Hay que estar continuamente vigilando”. O, como decía Peter Douglas, ya fallecido, autor de la ley de protección de 1972: “La costa nunca está a salvo. Siempre hay que estar salvándola”.

Fuente: ElConfidencial.com

Palabras relacionadas: