Cómo el capitalismo enterró a Mao: los emprendedores olvidados de China

29.02.2016 – 05:00 H. Ubicado en un pequeño callejón de Pekín, el restaurante Yuebin permanece oculto a la mirada de los turistas, que a menudo pasan cerca ...

29.02.201605:00 H.

Ubicado en un pequeño callejón de Pekín, el restaurante Yuebin permanece oculto a la mirada de los turistas, que a menudo pasan cerca de su puerta, camino de la Ciudad Prohibida o del Museo Nacional de Arte de China. En su discreto interior, que no puede acoger a más de treinta personas, los clientes degustan las especialidades de la casa, como las costillas de cerdo agridulces o los panecillos fritos, y cada noche el local se llena con el ruido de platos chocando y con el vocerío que tanto gusta a los pekineses. Solo un pequeño cartel en la entrada delata la relevancia histórica del lugar: “Primer restaurante privado de China”.

“Debemos dejar que algunas personas se enriquezcan primero”, proclamó el artífice de las reformas económicas chinas, Deng Xiaoping, hace más de tres décadas. Se trataba de un enunciado radical después de que el país intentará establecer durante la etapa maoísta una sociedad plenamente igualitaria. Estos días, el Partido Comunista de China (PCC), hace un nuevo llamamiento a que los jóvenes funden sus propias empresas, y asegura que “la innovación y el emprendimiento en masa” se convertirán en un nuevo motor de crecimiento del gigante asiático en el futuro.

Sin embargo, después de tres décadas de rápido desarrollo, el país olvida a menudo la exitosa historia de los miles de emprendedores que decidieron “enriquecerse primero”, y sentaron las bases del milagro económico chino con negocios como el Yuebin.

“Mi mujer no sabía escribir, así que me pidió que yo hiciera la solicitud [para abrir el negocio]. Cogí un papel y sencillamente escribí ‘Solicito abrir un restaurante’, y así empezó todo”, relata a El Confidencial Guo Peiji, que fundó el Yuebin junto a su esposa, Liu Guixian, el 30 de septiembre de 1980. El matrimonio, que hasta aquel momento había cocinado para algunos de los altos rangos del Partido Comunista de China (PCC) pasó a ser el foco de atención de la prensa nacional. “Los periodistas se volvieron locos, todo el mundo quería entrevistarnos, aunque aún no teníamos nada que explicar”, comenta Guo, de 82 años, que nos recibe en su espaciosa casa de estilo chino en las afueras de Pekín.

Guo detalla cómo un funcionario del organismo encargado de distribuir alimentos les ofreció un suministro ilimitado de aceite y arroz. La única condición: que no hablaran de la escasez con la prensaNo es de extrañar que los medios de comunicación recogieran con entusiasmo la historia: se trataba de la apertura del primer restaurante privado de China, después de décadas de un rígido control estatal de la economía. Para todos los chinos, era también un nuevo indicio de que el país había dejado atrás una de las etapas más oscuras de su historia reciente.

Hacia solo cuatro años que el fallecimiento de Mao Zedong había puesto punto y final a la Revolución Cultural, una década de caos y purgas ideológicas que paralizaron toda China, incluidas su producción industrial y su sistema educativo. Los juicios contra los miembros de la “Banda de los Cuatro” (los principales instigadores de la campaña, entre los cuales se encontraba la última esposa de Mao, Jiang Qing) empezaron en 1980. Por otra parte, un nuevo líder, Deng Xiaoping, acababa de consolidar su poder en la cúpula del PCC, e iniciaba su política de reforma económica y apertura al mundo.

“Mi esposa sólo siguió las ideas de Deng Xiaoping”, comenta Guo al ser preguntado por el origen del restaurante. Liu, ya fallecida, detallaba a menudo ante la prensa china el duro trabajo de los primeros años, y cómo había pasado semanas preguntando a los funcionarios locales antes de conseguir una licencia de negocio. Sin embargo, el enérgico Guo prefiere resaltar el apoyo que les ofrecieron los gobernantes del país.

“Cada vez que las esposas de los líderes del PCC tenían invitados, Liu ejercía de cocinera […] así que todas empezaron a animarla a abrir su propio restaurante’”, asegura el chef a El Confidencial. Por su parte, Guo enumera todos los grandes dirigentes por los que habían cocinado, e incluso rememora con satisfacción como Mao Zedong cenaba a menudo “dos cisnes y dos golondrinas” preparados por él mismo y sus compañeros.

Una fotografía de los primeros años del restaurante Yuebin. Una fotografía de los primeros años del restaurante Yuebin.

El primer reto para la pareja fue conseguir suficientes alimentos para cocinar, ya que por aquel entonces el país seguía racionando la distribución de productos básicos entre la población. De nuevo, mientras que Liu destacaba en algunas entrevistas sus maratonianos viajes para comprar verduras en los mercados de zonas rurales, Guo detalla ahora cómo un funcionario del organismo encargado de distribuir alimentos les ofreció un suministro ilimitado de aceite y arroz. La única condición: que dejaran de comentar con la prensa la escasez de ingredientes, un problema que apuntaba directamente a su departamento.

Finalmente, el restaurante se inauguró el 30 de septiembre de 1980, un día antes de lo planeado, ya que los periodistas descubrieron que Guo y Liu estaban preparando una cena de prueba con unos pocos invitados. “Cuando llegue a casa, el callejón estaba lleno de personas, tantas que ni siquiera podía pasar con mi bicicleta. Vi que habían venido miembros del Gobierno, periodistas, funcionarios del Ministerio de Comercio y agentes de policía”, recuerda Guo. El Yuebin cocinó cuatro patos para sus primeros clientes esa noche.

Para el propietario, la gran cobertura de los medios oficiales y la popularidad del restaurante entre las personas de a pie demuestra que tanto la población china como el PCC estaban listos para avanzar hacia una mayor apertura económica. “En 1980 eramos el único restaurante privado de Pekín, pero al año siguiente ya había entre tres y cinco restaurantes, y a finales de 1982 ya se habían abierto miles de establecimientos de este tipo”, asegura.

La familia sigue siendo la propietaria del Yuebin y de otro restaurante cercano, y Guo concluye satisfecho que, si el negocio sigue abierto después de 35 años, significa que sus platos deben ser “bastante buenos”.

Un capitalismo “desde las bases”

A la vez que los primeros negocios privados se extendían gradualmente por las ciudades, las zonas rurales chinas también vivían una transformación económica crucial. “A finales de los años setenta, la agricultura colectiva había fracasado en varias partes de China, y muchos campesinos ya habían empezado a participar en algun tipo de forma privada de organización”, explica Stephen Morgan, experto en història económica de China de la Universidad de Nottingham.

Los negocios privados seguían siendo ilegales, pero empezaron a aparecer por todas partes. Algunas de las compañías de propiedad colectiva municipales eran, a efectos prácticos, firmas privadasDespués de años de colectivización agraria, distintos gobiernos regionales implementaron paulatinamente un sistema de responsabilidad familiar, hasta que en 1982 la política fue adoptada a nivel nacional. La nueva legislación cedía a cada familia una parcela de tierra por periodos de hasta 15 años, les permitía decidir qué tipo de productos cosechaban en sus campos y quedarse con los excedentes.

La modificación, junto a un nuevo sistema de precios de compra por parte del Estado, hizo que el sector agrícola se expandiera, de media anual entre 1979 y 1984, un 7,9%. Gracias al incremento de la producción y al surgimiento de nuevos mercados rurales, los campesinos pudieron empezar a invertir también en todo tipo de nuevas actividades productivas.

“Los negocios privados seguían siendo ilegales, pero empezaron a aparecer por todas partes, y algunas de las compañías de propiedad colectiva municipales y locales eran, a efectos prácticos, firmas privadas”, comenta Morgan. Popularmente, se decía que estas firmas privadas, aún controladas por el Estado sobre el papel, “llevaban el gorro rojo”, en referencia al color que simboliza universalmente al comunismo. “El problema es que si el funcionario local era substituido, o dejaba de confiar en ti, los empresarios podían perder su compañía, o empezar a tener que abonar todo tipo de impuestos aleatorios”, explica el experto.

Guo Peiji durante la entrevista en su casa, en Pekín (Foto: E. Fernández).Guo Peiji durante la entrevista en su casa, en Pekín (Foto: E. Fernández).

En su libro ‘Capitalism with Chinese Characteristics’, el economista Yasheng Huang calcula que, ya en 1985, 10 de los 12 millones de compañías de propiedad colectiva municipales y locales, registradas como estatales, eran en realidad negocios privados.

Ya en los años noventa, muchas de estas organizaciones pudieron constituirse finalmente como empresas privadas, y la gran mayoría de firmas pasaron a formar parte de la cadena de suministros del potente sector manufacturero chino, centrado en la exportación. “Se trató de un capitalismo iniciado desde las bases, y fundamentado en redes sociales informales que mitigaban los posibles riesgos de los emprendedores, ante la ausencia de una protección formal de los derechos de propiedad por parte del estado”, resalta.

Wang Jianying experimentó de primera mano la revolución agrícola en el campo durante su juventud. Wang, procedente de una zona rural cercana a Luoyang, una de las capitales históricas del país, situada en la provincia de Henan, explica que la reforma fue “muy beneficiosa” para los habitantes de la región. Su padre invirtió sus primeras ganancias, conseguidas plantando boniatos, en abrir un pequeño estudio fotográfico en el centro de Pekín. “Por aquel entonces, iniciar un negocio era casi imposible si no tenías algún tipo de ‘conexión’ con personas que trabajaran en el gobierno”, dice la empresaria.

Wang consiguió construir su pequeño imperio empezando de cero. Hoy es la propietaria de la cadena de supermercados Jenny Wang, que cuenta con 200 empleados y seis establecimientos en PekínHoy, Wang es la propietaria de la cadena de supermercados Jenny Wang, que cuenta con más de 200 empleados y seis establecimientos en la capital de China, especializados en la venta de todo tipo de productos de importación.

Wang consiguió construir su pequeño imperio comercial empezando de cero. En 1988, al terminar la educación secundaria, la joven se trasladó junto a su familia a Pekín, y después de pedir prestados 200 yuanes a sus padres, abrió una verdulería y frutería junto a su hermana y su cuñado en el mercado local. “Solía levantarme a las dos de la mañana, para ir al sur de Pekín a comprar verduras, y a las seis llegaba de vuelta al mercado para abrir el puesto”, narra Wang. Debido a que no contaba con ningún tipo de permiso comercial, la joven terminaba la jornada antes de las doce de la mañana, para evitar posibles problemas con la policía.

Poco después, Wang tuvo un golpe de suerte: la mujer de un agregado militar italiano residente en Pekín, que compraba a menudo en su puesto, le dió varias semillas de rúcula y otras verduras que no se podían encontrar en China. La joven arrendó un terreno para plantar las hortalizas, y al cabo de poco tiempo contaba con varios productos únicos en Pekín. “Los extranjeros estaban encantados de poder probar de nuevo los sabores típicos de sus países”, explica Wang.

En 1994, la vendedora abandonó el puesto en el mercado y alquiló su propia tienda, a la vez que empezaba a ofrecer nuevos productos de importación, como leche o mantequilla, que tenía que comprar a empresas estatales con permiso para adquirir alimentos extranjeros. Wang explica satisfecha que en poco tiempo su establecimiento pasó a ser mucho más popular que las tiendas controladas por el Gobierno gracias a su “mejor servicio y precio”.

Wang, hoy dueña de una cadena de supermercados, en su primer puesto de verduras.Wang, hoy dueña de una cadena de supermercados, en su primer puesto de verduras.

La última tienda estatal de Pekín

A la vez que pequeños comercios como los de Wang ganaban la confianza del público, las tiendas estatales desaparecían lentamente. Para descubrir hoy cómo eran esos establecimientos, se puede visitar la Tienda de Productos Alimentarios de la Calle Zhao, inaugurada en 1956. El local se encuentra en una humilde callejuela no muy lejos de la Torre de la Campana, uno de los edificios más icónicos del barrio antiguo de la capital. Las paredes del lugar cuentan con distintas pinturas de colores apagados, que representan artículos populares entre los habitantes de Pekín durante los años cincuenta: caramelos, licores, y distintas marcas de tabaco. A su vez, las desgastadas estanterías de madera contienen todo tipo de salsas, aceites, licores y vinagres, y en el mostrador, destacan seis viejos boles de plástico con irreconocibles verduras en escabeche.

Los pocos productos occidentales disponibles, como las botellas de Coca-Cola o las barritas de chocolate Nestlé, parecen fuera de lugar en la tienda, que conserva un aspecto muy similar al que tenía hace cincuenta años.

El día que visitamos el negocio, un frío sábado por la mañana de diciembre, vecinos del barrio y de todas partes de Pekín hacían cola pacientemente para conseguir salsa de sésamo, usada para acompañar fideos y otros platos chinos. Li Ruisheng y su esposa dispensaban con rapidez tarros con la densa pasta desde el otro lado del mostrador, mientras charlaban con los clientes. Para calcular el importe total de la compra, la pareja sigue usando una pequeña calculadora, un ábaco de madera y una antigua balanza de dos platos.

“Nunca me he planteado buscar otro empleo, estoy muy orgulloso de trabajar en esta tienda, que forma parte de la historia de Pekín”, explica con una sonrisa Li, que empezó a ejercer de dependiente del lugar en 1987. Preguntado por si no hubiera preferido un trabajo en un comercio privado, Li comenta que su puesto le brinda un “bol de arroz de hierro”, un término chino usado para describir la estabilidad laboral y las ventajas sociales que ofrecía tradicionalmente el sector público. “Este sitio ya es un elemento más de la cultura de Pekín, e incluso cuando me jubile vendré a ayudar, para que la tienda no cierre”, promete el afable empleado, de 57 años.

Li ante la última tienda estatal de Pekín, en la que trabaja (Foto: E. Fernández).Li ante la última tienda estatal de Pekín, en la que trabaja (Foto: E. Fernández).

Recelo de los empresarios

Tradicionalmente, en China se han visto con malos ojos a los empresarios, y durante nuestra charla, Wang Jianying usa una antigua expresión en chino que sugiere que los comerciantes son inferiores a los funcionarios, los agricultores y los obreros y artesanos. “Se creía que aquellos que no tenían ninguna habilidad especial abrían un negocio”, dice Wang. Según ella, la percepción ha cambiado hoy en día, pero que hace 20 años que este tipo de mentalidad se podía notar “por como te miraba la gente, o la manera como te trataban”.

“Durante los ochenta, había muy pocos incentivos para montar tu propio negocio, y muchos de los que lo hicieron formaban parte de sectores marginados de la población como jóvenes sin empleo o soldados desmobilizados; hasta hace muy poco, la mayoría de graduados prefería trabajar en alguna de las grandes empresas estatales antes que en una compañía privada”, detalla el profesor Stephen Morgan. El experto comenta que durante esos años el estado no preveía la expansión del sector privado, y resalta que hasta 1988 no se permitió a estos pequeños negocios contar con más de 10 trabajadores.

Wang usa una antigua expresión en chino que sugiere que los comerciantes son inferiores a los funcionarios, los agricultores y los obreros. ‘Se creía que aquellos que no tenían ninguna habilidad especial abrían un negocio’La elevada inflación que afectó al país en 1988 y las protestas de Tian’anmen, que empezaron en abril de 1989, y fueron duramente suprimidas el 4 de junio de ese año, contribuyeron a que gran parte de la cúpula del PCC volviera a desconfiar de la tímida liberalización económica efectuada hasta el momento. “Entre 1988 y finales de 1991 o principios de 1992, se paralizan las reformas, y el número de empresas colectivas locales y municipales disminuye de forma importante”, comenta Morgan.

Finalmente, Deng Xiaoping señaló al gobierno que la liberalización económica debía continuar con una visita en 1992 a la ciudad de Shenzhen, que en 1980 había sido convertida en una de las cuatro primeras zonas económicas especiales del país, libres de recibir inversión procedente del extranjero.

El reforzado impulso a la liberalización consiguió que, con la ayuda de la llegada de una masiva inversión extranjera, China se convirtiera en la nueva “fábrica del mundo”. Un estudio del Fondo Monetario Internacional mostraba que, mientras que en el periodo comprendido entre 1948 y 1989 la inversión directa extranjera anual en el país era, de promedio, de 2.300 millones de dólares, entre 1995 y 1999 el mismo indicador se situaba en los 40.000 millones de dólares. Durante la década de los noventa, la inversión proveniente del exterior supuso, de media, un 4,4% del PIB nacional.

La llegada de capital extranjero también hizo que nuevas influencias y marcas extranjeras entraran en el país. El 23 de abril de 1992 el primer McDonald’s de Pekín abrió sus puertas al público. La compañía americana ya contaba con un establecimiento en Shenzhen, abierto en 1990. Sin embargo, era difícil pasar por alto el simbolismo de la cadena de comida rápida abriendo un local en la calle comercial de Wangfujing, a unos pocos centenares de metros de Tian’anmen, el centro político de China.

Desde la medianoche, centenares de personas empezaron a hacer cola delante del restaurante, como si se tratara del lanzamiento de un nuevo teléfono iPhone, y tuvimos mucho trabajo todo el día”, explica Sunny Sun, que formaba parte del equipo de empleados de McDonald’s cuando se inauguró el establecimiento.

Apertura del primer Mc Donald's de Pekín.Apertura del primer Mc Donald’s de Pekín.

Sun remarca que la empresa le ofreció unos horarios muy flexibles, que le ayudaron a combinar el empleo con sus estudios universitarios. “Ninguna empresa estatal me hubiera permitido seguir asistiendo a las clases”, dice Sun, que ahora es directora de Recursos Humanos de los restaurantes de Pekín de McDonald’s. La empleada admite que al principio sus padres se mostraron reticentes a que cogiera el empleo, pero que acabaron entendiendo que se trataba de una buena opción.

El nuevo local se convirtió rápidamente en una atracción turística más de la ciudad, como la Ciudad Prohibida o el Palacio de Verano de los antiguos emperadores. “Al principio la gente de fuera de Pekín venía sólo para probar nuestra comida, y, al no haber visitado nunca antes el establecimiento, pedían sencillamente ‘una ración de McDonald’s’”, recuerda riendo Sun.

‘Sigue habiendo una profunda desconfianza ideológica hacia el sector privado, y no espero que esto cambie pronto’Durante los siguientes años, las profundas reformas en las gigantescas empresas estatales, y la posterior entrada en la Organización Mundial del Comercio, en 2001, parecieron señalar que China estaba decidida a seguir relajando el control estatal de la economía. Entre 1997 y 2003, China cerró o privatizó 60.000 empresas públicas ineficientes, dejando sin empleo a 40 millones de personas, según la publicación Quartz. A su vez, el Banco Mundial afirma que el número de trabajadores del sector privado supero al de los empleados en compañías estatales por primera vez el año 2000.

En 2013, después de un importante pleno económico anual, el gobierno chino anunció que el mercado pasaría a jugar “un papel decisivo” en la economía del país. Por otra parte, figuras como la de la segunda persona más rica de China, Jack Ma, el fundador de la plataforma de comercio electrónico Alibaba, han hecho mejorar la reputación de los emprendedores. La historia de Ma, que se ganaba la vida dando clases de inglés antes de fundar la empresa, es la respuesta china a los millonarios estadounidenses hechos a si mismos, como Steve Jobs o Mark Zuckerberg.

Pese al gran dinamismo del sector privado, gran parte de la economía china sigue siendo guiada por el estado. De las 98 empresas chinas (incluyendo firmas de Hong Kong) que aparecen en la lista de las 500 mayores compañías mundiales de la revista Forbes, sólo 22 son de propiedad privada. Por otra parte, debido a la opacidad del sistema económico chino, es difícil saber con exactitud qué influencia tiene el PCC sobre las grandes empresas privadas. “La situación ha mejorado, pero sigue siendo necesario tener todo tipo de ‘contactos’ para tirar adelante un negocio”, admite Wang Jianying.

En China existe la creencia que la economía es comunista, y que el estado y las firmas públicas deben tener primacía sobre el sistema”, recalca el profesor Stephen Morgan. Según The Economist, el gobierno seguía controlando unas 155.000 empresas chinas en 2014, que reciben una gran parte de los créditos bancarios del país, pese a su elevado nivel de deuda y la baja productividad.

Un plan revelado el pasado septiembre para reformar el sector público incluía la privatización parcial de algunas de estas empresas, y tiene como objetivo “hacer que el sistema se adapte mejor a la economia de mercado socialista”. Pese a ello, muchos analistas dudan de si las medidas serán suficientes para solucionar los problemas del sector. “Sigue habiendo una profunda desconfianza ideológica hacia el sector privado, y no espero que esto cambie pronto”, remacha Morgan. Más de 35 años después de que Guo y Liu abrieran el primer restaurante privado del país, China sigue debatiendo cómo administrar la revolución que ellos y tantos otros iniciaron.

Fuente: ElConfidencial.com