Cómo sobrevivir a una cárcel de EEUU, según un hombre que pasó media vida entre rejas

“¿Si hoy entrase en prisión? Afilaría bien dos lápices, me los guardaría, y cuando alguien intentase tocar mi reloj, ¡lo apuñalaría!”, dice Jamal Blades ...

“¿Si hoy entrase en prisión? Afilaría bien dos lápices, me los guardaría, y cuando alguien intentase tocar mi reloj, ¡lo apuñalaría!”, dice Jamal Blades con naturalidad. Jamal sabe de lo que habla. Este hombre negro, alto, musulmán, de tono afable y barba nevada, ha pasado casi la mitad de sus 70 años de vida en prácticamente todas las prisiones de Nueva York, por diversos delitos.

Pisó por primera vez el correccional cuando tenía 19 años, por robo de coches. “Si hubieses aparcado tu coche en el Bronx de aquella época, lo hubiese considerado mío”. A los veinte cruzó las puertas de Sing Sing, donde asegura que jugaba al balonmano con quien llegaría a ser el último jefe de jefes de la Cosa Nostra: John Gotti. Acabó allí, dice, por atracar una veintena de veces a los recaudadores del metro que cada 24 horas pasaban recogiendo el dinero de las estaciones. “20.000 dólares por golpe en 1965 era mucho dinero”, dice risueño.

Su conocimiento del mundo carcelario es asombroso; un torrente de anécdotas palpables donde se concatenan la política, la religión, la raza, y un sin fin de pequeñas tácticas de supervivencia.

La última condena de Jamal duró de 1995 a 2013. Posesión de arma de fuego, amenazas, allanamiento de morada. Le detuvieron, dice, cuando combatía las bandas de narcotraficantes que asolaban Harlem. Hoy, Jamal tiene una pequeña empresa de transportes y reparaciones. Declara que sus últimos años entre rejas los pasó convenciendo a otros reclusos de que estudiasen, y me enseña satisfecho su colección de diplomas obtenidos en cautividad.

El Confidencial se ha reunido con Jamal Blades para conocer su opinión sobre los recientes casos de violencia en las prisiones de EEUU, el país del mundo con mayor proporción de gente encarcelada. Casos como el de Karief Browder.

Ceremonia de graduación de presos en la cárcel de Riker Island, en Nueva York (Reuters).Ceremonia de graduación de presos en la cárcel de Riker Island, en Nueva York (Reuters).

Tres años de torturas esperando el juicio

En 2010, cuando tenía 16 años, Karief Browder fue arrestado por robar presuntamente una mochila. Dado que su familia no tenía con qué pagar la fianza, pasó los tres años siguientes encerrado en la cárcel de Rikers Island, en Nueva York, dos de ellos en una celda de aislamiento. Durante su cautiverio, Browder padeció abusos por parte de los celadores y de otros prisioneros, como certifica este vídeo obtenido por The New Yorker.

Las imágenes muestran a un joven negro de cara hinchada y cuerpo desvalido, siendo reducido sin motivo aparente por un grupo de guardias. En otra ocasión, Browder es salvajemente golpeado por una decena de reclusos que lo tienen arrinconado. El joven, que siempre se declaró inocente, salió en 2013 cuando la fiscalía desestimó los cargos. No llegó a ser juzgado.

Browder alcanzó fama nacional gracias al perfil que le hizo The New Yorker. Su drama pasó por televisión y llegó hasta el alcalde, Bill De Blasio, que citó el artículo para lanzar una reforma que limitase la espera de juicio y prohibiese aislar a los adolescentes. El joven pareció prosperar; aprobó la enseñanza secundaria y comenzó una carrera técnica, pero cada vez más a menudo terminaba ingresado en hospitales psiquiátricos, víctima de la depresión y la paranoia.

El sábado, Browder, de 22 años, fue hallado muerto en el apartamento donde vivía con sus padres. Se había colgado del aparato de aire acondicionado.

Un guardia de Riker Island camina por el interior de la prisión, ubicada en Nueva York (Reuters).Un guardia de Riker Island camina por el interior de la prisión, ubicada en Nueva York (Reuters).

Palizas como forma de castigo en Rikers Island

Browder no es la única víctima de la brutalidad en Rikers Island, donde reina una “cultura de la violencia profundamente asentada”, en palabras de un informe publicado el año pasado por el departamento de Justicia. El documento denuncia que los presos “son apalizados como forma de castigo, a veces en aparente retribución por algún comportamiento percibido como irrespetuoso”.

Según el informe, el 44% de los adolescentes recluidos han padecido el uso de la fuerza por parte de los guardias, que se encubren sistemáticamente a nivel departamental. Rikers está situada en una isla entre Queens y el Bronx y solo un puente la conecta con el exterior. La prisión más grande de Europa, la francesa Fleury-Mérogis, tiene apenas un tercio de los presos de Rikers.

Sin embargo, las cárceles de Estados Unidos siguen siendo una especie de limbo, un territorio apartado del que llegan pocas estadísticas. Los dos mayores informes anuales que refieren el crimen a nivel federal, uno elaborado por la Oficina de Justicia y otro por el FBI, no incluyen lo que ocurre entre rejas. El 2003, el Congreso aprobó una ley para obligar a las penitenciarías a contabilizar las violaciones de convictos como primer paso para erradicarlas.

Jamal Blades reconoce haber visto muchos casos como el de Browder, donde un joven indefenso queda a merced de los lobos. Opina que la violencia en el interior de las prisiones se ha incrementado en los últimos 30 años, gracias, dice, a la muerte de las ideologías. “Antes tenías a las Panteras Negras, a los Five Percenters, a los nacionalistas puertorriqueños… Ninguno de ellos hubiese permitido que los fuertes fuesen a por los débiles”, asegura. “Hoy en día domina el dinero de la droga; las bandas son nihilistas. Esto lo vi nada más entrar en prisión por última vez”, declara.

En cambio, dice no haber percibido mucha evolución en las autoridades, a las que acusa de no aplicar las reformas aprobadas en materia de rehabilitación o garantía de libertad condicional. “Si hoy entrase en prisión, y fuese débil, me uniría a una banda”, dice Jamal. “Por protección”.

Fuente: ElConfidencial.com