Cómo Tailandia se ha convertido en el centro de la trata de personas de Asia

Samat Senasuk no ha visto a su familia en los últimos seis años, los mismos que ha estado enrolado en un barco de pesca, la mayor parte del tiempo en ...

Samat Senasuk no ha visto a su familia en los últimos seis años, los mismos que ha estado enrolado en un barco de pesca, la mayor parte del tiempo en contra de su voluntad. “Primero me dijeron que era sólo para dos años. Pero extendían todo el tiempo el contrato, sin preguntarme si estaba de acuerdo o darme vacaciones. Cuando me negué a seguir trabajando para ellos, me echaron del barco sin pagarme los seis años que me debían”, explica Senasuk.

La crisis económica de 2008 se había llevado su trabajo como guardia de seguridad de un edificio de oficinas en Bangkok, la capital de Tailandia, y un broker, como llaman en inglés a los agentes que venden a personas en las nutridas redes de tráfico del país, le prometió otro trabajo como vigilante. Pero el edificio que supuestamente iba a custodiar resultó flotar en el agua y las tareas que le fueron encargadas se tornaron más duras de lo que le habían contado, relata con sus dedos quebrados por las heridas producidas por tirar de las redes de pesca.

Durante años, Tailandia ha sido señalada como uno de los principales centros de la trata de personas en Asia. No existen cifras precisas, pero el Departamento de Estado de Estados Unidos, que elabora un detallado informe anual sobre la trata a nivel global, calcula que al menos decenas de miles de personas son víctimas cada año de las redes de venta de personas del país. De hecho, el país recibió en el último informe del Gobierno estadounidense la peor calificación posible por ser “fuente, destino y país de tránsito para hombres, mujeres y niños sometidos a trabajos forzados y tráfico sexual”.

La Unión Europea también ha denunciado las prácticas en el país asiático e impuso hace unas semanas una ‘tarjeta amarilla’ a Tailandia por la violación de derechos humanos y de la legislación internacional en el sector de la pesca, uno de los principales clientes de estas redes, junto a la prostitución, la construcción y el servicio doméstico. Esta tarjeta supone un aviso antes de imponer sanciones a la importación en Europa de productos pesqueros de origen tailandés, algo que podría dañar seriamente al tercer exportador mundial de marisco.

El Gobierno militar que está en el poder desde el golpe de Estado de hace un año aseguró que ya estaba tomando medidas, pero la aparición durante los últimos días de varias fosas comunes en el sur de Tailandia con más de 30 cuerpos, supuestamente pertenecientes a inmigrantes ilegales que eran retenidos por traficantes en espera del pago de un rescate por parte de sus familias, ha puesto en entredicho las buenas palabras.

Un grupo de inmigrantes rohingyas y de Bangladesh tras llegar a Lhoksukon, Indonesia (Reuters).Un grupo de inmigrantes rohingyas y de Bangladesh tras llegar a Lhoksukon, Indonesia (Reuters).

La vida del esclavo

Naciones Unidas define la trata de personas como “el transporte de personas […] utilizando la fuerza u otras formas de coerción, rapto, fraude, decepción, abuso de poder o posición de vulnerabilidad […] con el objetivo de explotarlas”. Es la historia de Senasuk. Procedente de Isaan, una región pobre en el noreste de Tailandia, Senasuk aceptó finalmente enrolarse en el barco “porque prometieron pagarme muy bien“.

El copioso salario prometido resultó ser de 3.000 baths al mes (80 euros), una tercera parte del sueldo mínimo legal en Tailandia. El dinero era además retenido por la empresa hasta el final de un contrato que se alargaba de forma indefinida. “Son engañados. Nunca se les cuenta nada sobre las condiciones del trabajo. Los embaucan prometiéndoles mucho dinero“, asegura Patima Tungpuchayakul, mánager de Labour Rights Promotion Network Foundation (LPN), una de las principales organizaciones contra el tráfico de personas en Tailandia.

A su magro salario, Senasuk tenía que descontarle además la tarifa que se llevaba el agente que lo había vendido, unos 25.000 baths (665 euros) y sumarle las palizas del capitán y las pocas horas de sueño –a menudo no más de cuatro horas al día– tras interminables jornadas de recoger pescado. Hoy, espera en Mahachai, una ciudad portuaria cercana a Bangkok, a que el Ministerio de Trabajo termine de revisar su caso para poder cobrar el salario que le deben –una parte ya lo ha recuperado– y volver a casa con su familia, seis años después.

La historia de Senasuk no es extraordinaria. La mayoría de las víctimas hablan de jornadas interminables de trabajo, palizas constantes y pasaportes confiscados. A diferencia de Senasuk, la mayor parte de los traficados no son tailandeses, y proceden de los países más pobres de Myanmar, Camboya o Laos. Kyi Soe es uno de ellos. Al igual que a Senasuk, a Kyi Soe también lo encandiló un broker, que se presentó en su casa al sur de Myanmar con una promesa de un trabajo de ensueño. Acabó también en una prisión flotante, trabajando entre 16 y 20 horas al día y sin apenas comida. Pero su infierno fue más corto, duró tan sólo cinco meses. “Hubo un momento en que ya no tenía fuerzas para trabajar y el patrón decidió deshacerse de mí”, cuenta. Lo dejó en tierra, pero sin pagarle los cinco meses de sueldo que le debía.

El interior de un barco en el que vivieron durante tres meses inmigrantes rohingyas, en Langkawi (Reuters).El interior de un barco en el que vivieron durante tres meses inmigrantes rohingyas, en Langkawi (Reuters).

Una esclavitud histórica

La esclavitud y la trata han existido durante siglos en Tailandia. La esclavitud fue, de hecho, legal hasta 1905, cuando el entonces rey Rama V la abolió oficialmente y los esclavos fueron liberados. Muchos de ellos eran mujeres que habían sido compradas y explotadas sexualmente de forma legal. Sin embargo, la nueva regulación cambió poco su situación y la mayoría acabó en burdeles que, en aquella época y hasta 1960, estaban permitidos. El trajín de soldados por la región durante la II Guerra Mundial y durante la Guerra de Vietnam alimentó los prostíbulos y, con ellos, las redes de compraventa de personas.

La trata hacia los barcos de pesca es, sin embargo, más reciente y comenzó a finales de los años 90, cuando un tifón hundió más de 200 barcos con toda su tripulación, asegura un informe de la Organización Internacional para las Migraciones. Más de 450 personas murieron y 600 desaparecieron. Tras la tragedia, los tailandeses se negaron a volver a trabajar en los barcos y la industria tuvo que buscar en los países vecinos, principalmente Myanmar y Camboya, manos que reemplazaran a las locales. Hoy en día, numerosos informes y estudios publicados por diversas ONG, pero también por organismos internacionales como la Organización Internacional del Trabajo, describen el sector como una gran red de trata que se sirve de la falta de control en los barcos que faenan en aguas internacionales para forzar a sus trabajadores e impedir que abandonen sus puestos.

El tráfico hacia los campos que ha quedado expuesto tras el descubrimiento en el sur de Tailandia de las fosas comunes es el más reciente de todos. Los restos de varios de estos campos encontrados durante los últimos días en la jungla del sur del país muestran precarias instalaciones de bambú y toldos en los que los traficados eran retenidos a la espera del pago de un rescate por parte de sus familias. Muchos eran bangladesíes, pero sus víctimas son principalmente rohingyas, una minoría étnica de Myanmar que profesa el islam, a la que el Gobierno de la antigua Birmania deniega la ciudadanía, alegando que son inmigrantes extranjeros. En 2012 las tensiones con la mayoría de religión budista rebrotaron en el oeste del país, donde se concentra esta minoría, y muchos han decidido desde entonces abandonar Myanmar para poder sobrevivir.

Restos humanos en una fosa común descubierta recientemente en Songkhla, Tailandia (Reuters).Restos humanos en una fosa común descubierta recientemente en Songkhla, Tailandia (Reuters).

Los campos existen desde hace tres o cuatro años, desde que el Gobierno de Tailandia desarrolló una política que supuestamente iba a ayudar a los rohingyas que llegaban en botes a las costas tailandesas”, explica Phil Robertson, director adjunto para Asia de Human Rights Watch. Según Robertson, los barcos debían ser en un principio redirigidos a Malasia, después de darles provisiones. “Rápidamente, varios oficiales locales, junto a la policía y otro personal de seguridad, se dieron cuenta de que era más lucrativo cooperar con las redes que transportar a los rohingyas”, continúa. Los rescates ascienden a menudo a los 2.000 dólares, tres veces más que el precio de un trabajador vendido a un barco o una fábrica, aunque muchos de los que no pueden pagar terminan como esclavos de la industria tailandesa, según una investigación de Reuters de 2013.

Esta corrupción ha sido uno de los principales fuelles de la trata en el país. Sólo unos días después de hallar las fosas comunes y los campos, el alcalde de uno de los pueblos cercanos y su ayudante fueron arrestados y al menos 50 oficiales de la policía han sido suspendidos por su supuesta conexión con las redes de trata. La legislación, con la Ley contra la Trata de 2008 como principal texto de referencia, también ha dejado muchas lagunas que aprovechan los brokers.

“Hay un problema legal en Tailandia. En primer lugar, los criterios para considerar a una persona víctima de trata no están estandarizados y a menudo se acusa a la víctima de ser culpable de la situación”, explica Patima Tungpuchayakul, de la LPN. “En realidad, lo que quieren es maquillar la cifra de víctimas para que Estados Unidos mejore su calificación [en el informe de trata de personas]. Además [en la pesca], la ley defiende al empresario, no a la tripulación”, continúa la activista. En este caso, la legislación tailandesa permite a los trabajadores enrolarse en un barco que faene en aguas internacionales sin necesidad de un pasaporte, mientras tengan un documento denominado “libro del marino”, que son a menudo falsificados por las empresas de pesca.

La presión nacional e internacional ha llevado al Gobierno de Tailandia a anunciar medidas rápidas, mientras los barcos con inmigrantes ilegales, muchos de ellos demandantes de asilo, siguen llegando a costas del Sudeste Asiático. La premura es tal que se ha convocado una reunión entre Tailandia, Myanmar y Malasia a finales de mes para combatir de forma conjunta la trata, aunque Malasia, al igual que Indonesia, se ha mostrado firme y está devolviendo los barcos a alta mar. Tailandia, por su parte, continúa haciendo promesas que ya se han escuchado antes y que probablemente no consigan el principal objetivo del Gobierno militar: salir de la lista de países que no luchan contra la trata en el nuevo Informe del Departamento de Estados de Estados Unidos que se publicará el próximo mes de junio. 

Fuente: ElConfidencial.com