Cuando la muerte une a palestinos e israelíes

08.12.2015 – 05:00 H. Aaron Barnea perdió a su hijo en el último momento. Cinco días antes de terminar su servicio militar en el ejército israelí, fue ...

08.12.201505:00 H.

Aaron Barnea perdió a su hijo en el último momento. Cinco días antes de terminar su servicio militar en el ejército israelí, fue enviado al frente en el Líbano. No quería ir, pero cumplió porque se lo debía a sus compañeros. Murió durante el ataque de un comando libanés. La madre de Nir Yesod fue alcanzada por un cohete Katiusha en 1981, cuando se atrevió a salir del refugio en su ‘kibutz’ para ir a trabajar. Llevaba días encerrada por la creciente tensión en la frontera norte de Israel.

Al hermano de Aishem Quitad, un soldado israelí le metió una bala en el corazón. Se disponía a visitar a su tío cuando fue confundido con un manifestante. Quedó gravemente afectado, y murió unos años después. A Aziz Abu Sarah le arrebataron a su hermano Tayseer, encarcelado y torturado en un calabozo israelí. Le llevaron al hospital tras 11 meses de arresto, pero no resistió. La hermana pequeña de Jalal Khudiari falleció bajo las bombas de un caza israelí cuando su familia huía de Jenin rumbo a Jordania. También las bombas acabaron con la vida de la hija de Rami Elhanan en Jerusalén. Dos suicidas palestinos se inmolaron cuando ellos iban a comprar libros para la escuela. La lista es interminable. El dolor, inmenso.

Todos estos relatos forjaron The Parents Circle, un grupo de 600 familias palestinas e israelíes que perdieron a uno de los suyos en el interminable conflicto, que ahora se recrudece en una espiral de violencia. Hace poco, la ONG colgó un impactante vídeo en Facebook. En árabe y hebreo, los protagonistas exclamaban: “No os queremos aquí. Iros lejos”. Su mensaje: no desean más familias con muertos en su organización.

Cuando la muerte une a palestinos e israelíes

En un prestigioso hotel de Jerusalén, Robi Damelin, madre y portavoz israelí del grupo, dirige un encuentro con un grupo de mujeres norteamericanas. Son días tensos: la violencia azota diariamente la Ciudad Santa, con continuos ataques de ‘lobos solitarios’ palestinos y represalias cada vez más duras por parte de las fuerzas de seguridad israelíes. El estado de alerta es máximo. La ciudad está militarizada. El miedo inunda las calles: todos miran de reojo al de al lado, y cada vez más civiles israelíes pasean armados con rifles pesados. Los palestinos temen cruzar a la parte judía de la ciudad, por el miedo a ser confundidos con terroristas en alguno de los innumerables cacheos. Por este motivo, a la reunión con las estadounidenses solo asiste Robi, quien había aconsejado a su colega palestino que no acudiera. La madre judía dice que no podría soportar que le ocurriera algo a su compañero palestino por el mero hecho de atreverse a venir a esta parte de la ciudad para contar su historia, para concienciar a las foráneas sobre el drama humano que supone el conflicto de Oriente Medio.

Una judía de la Sudáfrica del ‘apartheid’

Robi Damelin es sudafricana de nacimiento. En su país de origen vivió en sus carnes la injusticia del régimen del ‘apartheid’, que condenaba a la mayoría de los negros a vivir en un sistema segregado. Su hijo, David, creció siendo consciente de ello y, desde joven, formó parte de la organización israelí Peace Now, pionera en exigir la retirada del ejército israelí de los territorios palestinos. Lo recuerda “como un chico encantador, normal, que entendía la necesidad de la educación para frenar esta locura. Estudiaba un máster en Tel Aviv y, entre otras cosas, le encantaba el buen whisky”, cuenta su madre con entereza.

Como tantos otros soldados israelíes -que en organizaciones como Breaking the Silence denuncian los abusos de su ejército-, David se negaba a servir en Cisjordania, consciente del drama humano que supone la ocupación militar en la rutina diaria de los palestinos. No obstante, rehuir sus obligaciones en el ejército puede afectar muy negativamente al currículo de un israelí, así que David decidió finalmente apostarse en un ‘checkpoint’ y “hacer lo posible para tratar a la gente con dignidad”. Su deseo se vio truncado cuando un francotirador palestino incrustó una bala en su sien.

Una soldado israelí, después de que un palestino acuchillase a uno de sus compañeros en Khirbit al-Misbah, Cisjordania. El atacante fue abatido a tiros. (Reuters) Una soldado israelí, después de que un palestino acuchillase a uno de sus compañeros en Khirbit al-Misbah, Cisjordania. El atacante fue abatido a tiros. (Reuters)

Aceptar y afrontar la pérdida

Robi cuenta su dramática historia con soltura. En los últimos tiempos, ha girado por medio mundo para exponerla, incluso en la sede de Naciones Unidas en Nueva York. Las norteamericanas la escuchan aterrorizadas, con lágrimas en los ojos. La portavoz israelí les dice que “lo más duro es que la gente no quiere hablar con las familias afectadas, cuesta mucho encarar ese dolor”. El primer encuentro de The Parents Circle al que fue invitada se celebraba en Jerusalén Este, y Robi no quiso ir. Más adelante, “al mirar a los ojos de las madres palestinas, me di cuenta de que no había diferencia en nuestro dolor”.

Fueron tiempos terribles, como para toda madre que pierde un hijo. No obstante, lo peor vino unos años más tarde: un oficial del Tzahal se presentó en su casa y le comunicó que habían arrestado al asesino de su hijo. Robi se desmoronó. “Hasta entones, ignoraba su cara, era más fácil. Desde entonces, tuve muchas pesadillas”. Poco después, conoció al palestino que apretó el gatillo, quien le dijo que “pretendía liberar a Palestina”, y que había perdido tres familiares durante la Segunda Intifada. Con voz seria, Robi relata que “olvidarlo es imposible e inmoral. Perdonar cuesta muchísimo”. Pero un viaje de regreso a Sudáfrica la ayudó: allí conoció a una mujer que fue capaz de perdonar a los negros que asesinaron a su marido.

“El desconocimiento del otro”

En palabras de Robi, “el desconocimiento del otro solo crea miedo. No nos conocemos, de hecho no tenemos ni idea de qué les pasa. Un 99,9% de israelíes jamás ha conocido a un palestino, solo los vemos por la televisión”. Lo mismo pasa al otro lado del muro. Cuando la palestina Bushra Awad vio por primera vez la foto de su hijo David, le dijo: “Qué belleza”. Desde entonces, Bushra cambió de parecer; ahora es de las palestinas más activas del grupo.

Robi Damelin y Bushra Awad posan en la Cumbre Mundial sobre la Mujer, en Nueva York. (Reuters)

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Robi Damelin y Bushra Awad posan en la Cumbre Mundial sobre la Mujer, en Nueva York. (Reuters)

Poco a poco, Robi fue conociendo a más madres palestinas que sufrieron la Nakba (desastre), término que rememora la expulsión de cientos de miles de palestinos de sus aldeas tras la guerra de Independencia de Israel en 1948. “Entonces, pude entender su dolor. Los judíos de Toledo, que fueron expulsados de sus casas, también llevaban las llaves colgadas en el cuello. ¿Cómo no iba a entender que ellas también guardaran las llaves de sus casas?”, pregunta a sus atentas espectadoras.

Una minoría contra corriente

Actualmente, los que abogan por la coexistencia y el diálogo pacífico son una minoría en ambos bandos, fruto del estancamiento, la violencia y la radicalización creciente. Al inicio de la guerra en Gaza el verano pasado, Robi y sus compañeros montaron una tienda de campaña en el centro de Tel Aviv. Su objetivo era que la gente se acercara y así fomentar un diálogo constructivo para aportar alternativas al belicismo imperante. Muchos se acercaban, pero les gritaban: “¡Traidores!”. Aun así, los reproches no consiguieron que se desviaran de su objetivo. “Invitábamos a todos, también a los colonos radicales que nos increpaban. Uno me gritaba furiosamente, pero creo que hay que incluirles en el debate. Al final, le conté la historia de David, y acabó llorando apenado”, apuntó la portavoz.

También los palestinos e israelíes del grupo de familias afectadas discrepan sobre política o los caminos necesarios para alcanzar la paz. No obstante, la mayoría coincide con el mensaje de Robi: “La ocupación mata a Israel, y yo lo amo. No se puede ocupar a otro pueblo 50 años y pensar que no pasará nada. Yo no soy anti-nadie, amo a la gente”.

Bassam Aramin es el portavoz palestino de The Parents Circle. Atiende la llamada de este reportero desde Ramallah, la capital administrativa de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). La situación es tensa: los choques entre jóvenes palestinos y soldados israelíes en los accesos a las grandes ciudades y ‘checkpoints’ son el pan de cada día. Desde el 1 de octubre, cuando un comando de Hamás mató a una pareja de colonos en las cercanías de Nablús, cada día se han registrado víctimas mortales o decenas de heridos. Cada poco tiempo aparece en Twitter el parte actualizado sobre las consecuencias de los enfrentamientos diarios. Por ahora, 90 palestinos y más de 20 israelíes han muerto en el actual ciclo de violencia.

Funeral del palestino Yehia Taha, asesinado por israelíes durante choques en el pueblo de Qatnna, Cisjordania. (Reuters)Funeral del palestino Yehia Taha, asesinado por israelíes durante choques en el pueblo de Qatnna, Cisjordania. (Reuters)

Visualizar el Holocausto

Como tantos otros jóvenes palestinos, Bassam pasó siete años de su juventud en una prisión por participar en la lucha armada. Lanzó una granada a un grupo de israelíes. “Pensaba eliminar al otro bando sin tan siquiera conocerlo”, relata en un documental que explica su historia. La tragedia cambió su vida: un día, su hija Abir, de tan solo 10 años, fue alcanzada por una bala lanzada por un agente israelí cuando iba camino a la escuela en su poblado en Cisjordania.

Bassam entró en la ONG tras conocer a su amigo israelí Rami, que también perdió a su única hija en un atentado suicida palestino. En su tiempo en prisión, aprovechó para ver películas sobre el Holocausto, que le abrieron los ojos para comprender el dolor y el sufrimiento de sus vecinos judíos. “No sabía nada sobre la Shoah. No pude creer lo que estaba viendo. Me ayudó a comprender por lo que habían pasado los judíos”, declaró al diario británico ‘The Guardian’ en 2013.

“Acepté que no iba a recuperar nunca a mi hija, así que tuve que controlarme. Si aceptas ejecutar la venganza, tienes que estar preparado para matar o morir en el intento, y así solo conseguiremos más muertos. No quiero perder a mi otro hijo”, dejó claro el portavoz palestino. La pérdida de su hija le condujo a apostar por “crear puentes con los israelíes”. No obstante, Bassam no se esconde al afirmar que “la iniciativa debe venir de parte de Israel, ya que es el que ejerce como fuerza ocupante. Que nos dejen solos y al final viviremos en paz”, afirmó refiriéndose al deseo de autodeterminación del pueblo palestino.

Sobre la reciente oleada de ataques, Bassam comentó que “los jóvenes no tienen proyecto, nada que perder. Los israelíes tienen una vida normal, y no son conscientes de lo que ocurre al otro lado del muro. Esta Intifada les hace recordar que seguimos viviendo sin libertad. Pero al final la violencia solo acaba trayendo más dolor y más víctimas”. Poco después de charlar con Bassam, miles de israelíes emprendían una marcha desde la plaza Rabin exigiendo el fin de la violencia y la vuelta al diálogo. Uno de los eslóganes más repetidos era: “Sin paz y sin diálogo, no lograremos la seguridad”.

Fuente: ElConfidencial.com