De cómo el matrimonio Kirchner arruinó a la clase media argentina

El aumento de los precios y la inflación galopante, la inseguridad en las calles, las restricciones a la compra de divisa extranjera y el nivel de los ...
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El aumento de los precios y la inflación galopante, la inseguridad en las calles, las restricciones a la compra de divisa extranjera y el nivel de los salarios se encuentran entre las principales preocupaciones de la clase media argentina. ¿Vive el país el inicio de otra crisis o sólo una etapa más en la progresiva decadencia del antiguo “granero del mundo”?

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Marta enciende la radio de la cocina al volver de la compra y agradece escuchar por un rato algo que la distraiga del martilleante ruido del taller del sótano que ha permitido mantenerse a su familia desde hace medio siglo. Mientras Fito canta aquello de que en Buenos Aires “casi todo pasa de generación en degeneración”, ella vacía la bolsa de la compra sobre la mesa y resopla al comprobar lo poco que han dado de sí los 300 pesos. Y, desde hace meses, casi ningún artículo de primera marca. A fin de cuentas hay que ahorrar, piensa, para quizás algún día poder ir a visitar a alguna de sus hijas (se fueron desde Argentina a Brasil y a Colombia hace unos años por un trabajo mejor que el que tenían en la Capital Federal); o bien para comprar por fin un buen auto que sustituya a esa vieja tartana que adquirieron en el 95. Sin embargo, cada día que pasa lo ve más difícil.

La familia Santos está instalada en el corazón de la clase media argentina. De origen español, los padres de Marta y su marido, Guillermo, emigraron a principios del siglo XX desde Galicia y Andalucía en busca de una vida mejor en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Aunque su esposo está jubilado, a sus 73 años continúa trabajando en el mismo taller de afilamiento de herramientas para carnicerías que montó su padre a mediados de siglo. Marta prefiere escucharlo ahí abajo, a pesar del insoportable ruido, antes que estar rezando para que a Guillermo no le pase nada en la carretera mientras realiza alguno de los fletes por la provincia que le encarga de vez en cuando una distribuidora de alimentos. Ya ha perdido la cuenta de las veces que le han atracado, vaciándole la furgoneta y llevándose la “plata”. A pesar de todo, entre la jubilación (algo más de 3.000 pesos o unos 280 euros), el taller, la distribuidora y cuatro plazas de aparcamiento que tienen alquiladas, “van tirando”, cuenta Marta encogiéndose de hombros.

Ese encogerse de hombros es el mismo que el de muchas familias en el país, que a pesar de mantener el estatus social de hace 40 o 50 años no se muestran demasiado esperanzadas respecto al futuro. Y los datos que arrojan los organismos oficiales (no digamos ya las consultoras privadas, que mantienen una verdadera guerra de cifras dispares con el Gobierno) no ayudan a revertir esa percepción: una inflación de alrededor del 24% (más del 35% según las consultoras), una tasa de paro en aumento (actualmente roza el 7%) y uno de los déficit fiscales más altos de la región.

Pero más allá de los datos macroeconómicos, que según la fuente pueden ser más o menos alarmantes, el ciudadano de a pie lleva años notando cierta pérdida en la calidad de vida alcanzada durante los años posteriores al “corralito”. Para empezar, debido al “cepo al dólar” impuesto por el Gobierno en 2011, que supone la restricción a la compra de dólares o “monedas duras” y, por consiguiente, a la disminución de la capacidad de ahorro y poder adquisitivo (lejos queda aquel “1 dólar = 1 peso” consignado por Menem en los 90, cuando ahora la moneda estadounidense roza los 9 pesos argentinos).

Además, la cesta de la compra subió en 2014 de manera sorprendente. Según reveló el diario Clarín en diciembre pasado, familias como los Santos tuvieron que pagar por algunos alimentos básicos hasta un 60% más en 2014 respecto al año anterior, y un promedio de un 39% más por el conjunto. A ello habría que añadir una mayor presión tributaria, especialmente sobre la clase media, que ha visto incrementado su salario en los últimos tiempos para dar respuesta al aumento de los precios y la inflación, pero que sin embargo sufre la desactualización de los tramos que grava el controvertido Impuesto a las Ganancias.

Nestor y Cristina Kirchner durante una conmemoración de la Revolución de Mayo en Buenos Aires (Reuters).Nestor y Cristina Kirchner durante una conmemoración de la Revolución de Mayo en Buenos Aires (Reuters).

A estas preocupaciones se suman otras que desvelan a la clase trabajadora. Para empezar, la falta de insumos cada cierto tiempo, debido en gran medida a las importantes trabas a las importaciones (Argentina ocupa el décimo país del mundo en cuanto a aplicaciones restrictivas en comercio exterior, según un informe reciente del think tank británico Global Trade Alert). A este respecto, la menor de los Santos, que vive con sus padres en Avellaneda, recuerda “horrorizada” los días del pasado enero en los que le fue totalmente imposible encontrar tampones en las farmacias de la ciudad. Y hace unas semanas le tocó el turno a medicamentos básicos como el paracetamol.

Otro debate ineludible en la sociedad es el de la inseguridad. Desde el secuestro y asesinato, en 2004, del joven Axel Blumberg, hijo de un empresario textil, la violencia en las calles y la criminalidad se ha convertido en un tema recurrente en los medios de comunicación. Es cierto que los indicadores oficiales no parecen estar del todo en sintonía con la percepción de inseguridad existente, aunque es innegable el incremento de la delincuencia. Según un informe de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (UNODC) hecho público el año pasado, Argentina representó en 2010 el tercer país con la tasa más baja de homicidios de Latinoamérica (5,5 por cada 100.000 habitantes). Sin embargo, la misma institución señala al país como el primero de la región en cuanto al número de robos.

“El gran problema fue la irrupción del populismo”

Algunos ven en todos estos problemas el inicio de uno de esos ciclos de crisis/bonanza que parece traer consigo la economía argentina aproximadamente cada diez años y que suele cebarse principalmente con la clase media. Sucedió con la gran hiperinflación de finales de los 80, tras la dictadura y con el gobierno de Alfonsín; y con la que empezó a gestarse a finales de la década siguiente y que tuvo su máxima repercusión en el “corralito” de 2001. Pero ¿se trata realmente de una economía cíclica o de una decadencia permanente con repuntes de bonanza periódicos? Ha llovido mucho desde aquel “granero del mundo” que definía a la prometedora Argentina de comienzos del siglo XX.

En opinión del economista y analista del estudio Broda & Asoc. Juan Manuel Pazos, la alta volatilidad de la economía argentina es una consecuencia de un fenómeno político “más profundo”. Así, sostiene que “el principal problema ha sido la irrupción del populismo”, definido como “una forma de administrar el país en la cual el gobernante maximiza el beneficio de corto plazo sin ningún tipo de cuidado por las consecuencias de mediano y largo plazo que sus políticas puedan generar”. En ese sentido, “tanto Perón como los sucesivos Gobiernos militares antes de 1983, y los Radicales y los distintos tipos de peronistas que vinieron desde 1983 (que han sido de centro-derecha como Menem, desarrollistas como Duhalde o de izquierda como los dos Kirchner), han sido, en mayor o menor medida, populistas”, apunta.

Un hombre pasa ante un poster de Kirchner y el juez de EEUU Griesa cerca del Congreso en Buenos Aires (Reuters).Un hombre pasa ante un poster de Kirchner y el juez de EEUU Griesa cerca del Congreso en Buenos Aires (Reuters).

Según el economista, la manera de proceder de estos Gobiernos populistas (“la gran cruz de la Argentina del siglo XX y XXI”), y especialmente en el caso de la Administración Kirchner, es sencilla de explicar: “La economía sale de una crisis, el Gobierno pone subsidios y fija precios baratos como política social. Si el pan, la carne, la nafta (gasolina) y todo lo demás son baratos, los sueldos pueden ser baratos. El Gobierno complementa entonces los ingresos de las familias con planes sociales, con lo que la demanda agregada aumenta fuertemente”. A partir de ahí “comienza a haber presiones de precios, con lo que llegó la hora de comenzar a desarmar los estímulos a la economía y reequilibrarla. Pero eso nunca ocurre en la Argentina”.

Entonces, asevera que “el Gobierno de turno mira a la próxima elección y decide que mejor llegar con un consumo alto para ganarla. ¿Por qué pagar el costo de un ajuste justo antes de unas elecciones? Así que redobla la apuesta. Empiezan a aparecer los parches: controles de precios, aprietes a empresas… La economía se empieza a deteriorar y a dar señales de necesitar un ajuste. Pero el político populista necesita que siga la fiesta”.

La “fiesta” de Kirchner

Esa “fiesta” en la que, de acuerdo con el economista, habría incurrido el Gobierno de Cristina y Néstor Kirchner, consistiría en un incremento de servicios públicos. Pero ¿cuáles? No duda al responder: “Podemos ver todos los partidos de fútbol gratis. Tenemos todo tipo de subsidios, que hacen que todos los residentes de Capital Federal y el Gran Buenos Aires paguen por el gas y la electricidad casi la décima parte de lo que se paga en el resto de Latinoamérica”.

Asimismo, explica que para que la carne fuera barata se reprimió el precio y se “destrozó” el stock ganadero; para que el pan no subiera de precio, se puso cupo a la exportación y se forzó a que se vendiera a precios artificialmente bajos que llevaron a que el campo optara por no producir trigo; y para mantener la gasolina barata, se “destruyó” la oferta energética y hoy las importaciones energéticas de 2015 van a totalizar casi un tercio de las reservas internacionales.

2015 se presenta como un caliente año electoral (hay comicios presidenciales y legislativos). Por ello, la presidenta anunció hace meses importantes medidas destinadas a volver a estimular el consumo y facilitar el crédito para la compra de viviendas. También se inició el proceso legislativo para la nacionalización de los ferrocarriles argentinos, liderado principalmente por Florencio Randazzo, el actual ministro de Interior y Transporte y precandidato a la Presidencia por el partido Justicialista.

Para Pazos, estas medidas cumplirían con esa lógica “populista” que intenta reconquistar a la clase trabajadora. “La clase media se deja llevar siempre por el inicio del ciclo populista –afirma– pero al mismo tiempo son los primeros en sentir las consecuencias negativas de estas políticas, porque la clase alta siempre encuentra la forma de protegerse y la clase baja recibe el asistencialismo del populismo hasta el último momento”. “Siempre es la clase media la primera en sentir el dolor”, sentencia el analista.

A día de hoy, a cinco meses de las elecciones presidenciales, Guillermo y Marta no saben aún a quién le darán su voto. Tienen muy claro, eso sí, que este año tampoco podrán visitar a sus hijas.

Fuente: ElConfidencial.com