De la miseria a la prostitución: el triste destino de los inmigrantes menores de edad

Heybe tiene 17 años y mucha suerte. Es un superviviente. Iba en el pesquero que se hundió el pasado domingo cargado con 850 inmigrantes, de los que sólo se ...

Heybe tiene 17 años y mucha suerte. Es un superviviente. Iba en el pesquero que se hundió el pasado domingo cargado con 850 inmigrantes, de los que sólo se salvaron 28. Alrededor de 70 de los viajeros eran menores de edad, pero sólo cuatro fueron rescatados con vida: Heybe, otro muchacho somalí y dos chavales de Bangladesh. Todos tienen entre 16 y 17 años e iban solos, sin ningún adulto que les acompañara en esta travesía de miles de kilómetros por países en guerra.

“Vengo de Somalia, aunque tengo unas tías en Noruega. Mis padres se pusieron en contacto con un traficante sudanés para que me ayudara a que me reuniera allí con ellas”, contó Heybe (nombre ficticio) a los operadores de Save the Children que lo atendieron en el puerto siciliano de Catania, donde llegó a última hora del lunes a bordo de una nave de la Guardia Costera italiana. “Salí de mi casa en el verano de 2014, atravesé Sudán y el desierto y, cuando por fin llegué a Libia me metieron durante nueve meses en una cárcel hasta que mis padres les pagaron”. En aquella prisión en la que se recluía a los inmigrantes las condiciones eran terribles: eran maltratados y recibían palizas. “He visto morir a muchas personas”, cuenta el chaval.

“Cuando mi familia por fin consiguió el dinero que les pedían me soltaron y pude ir a Trípoli. Tardé seis días en llegar. Allí pasé mucho miedo, pues la situación es muy mala y temí que volvieran a capturarme”. Finalmente, a las 11 de la noche del pasado viernes, la red internacional de traficantes de inmigrantes con la que había contactado le hizo subir en una lancha hinchable que le llevó a un pesquero de tres cubiertas. “Trataban de meter al máximo número posible de personas. Incluso pegaban a algunos para que se apretujaran. Escuché que querían que entraran 1.200, pero al final sólo cupimos unos 800. A los que metieron en el nivel más bajo los encerraron con llave”.

Heybe tuvo suerte y le tocó en la segunda cubierta. Recuerda que la primera llamada de socorro la realizó el barco a las 19:00 horas del sábado, cuando empezó a tener problemas para navegar, pero los equipos de rescate tardarían aún seis horas en llegar. El primero que apareció fue el carguero portugués “King Jacob”. Al principio, los viajeros estallaron de alegría. Cuando vieron sus luces creyeron que estaban salvados. Nada más lejos de la realidad. Para evitar que le identificaran, el capitán (que logró salvar la vida y está detenido en Catania) abandonó el timón, provocando una colisión con el mercante. Esa maniobra, y el hecho de que los inmigrantes se concentraran en uno de los lados de la nave pidiendo ayuda, acabó provocando el hundimiento.

Un niño sube a un autobús tras la llegada de refugiados a Pozzallo, Sicilia (Reuters).Un niño sube a un autobús tras la llegada de refugiados a Pozzallo, Sicilia (Reuters).

“Entonces perdí el conocimiento y ya no me acuerdo de nada más”, cuenta el muchacho somalí, que por fin ayer pudo hablar por teléfono con sus padres. Ya le daban por muerto. Heybe descansa ahora en un centro de acogida para menores de edad no acompañados en Mascalucia, cerca de Catania. Aún no ha dado señales de que quiera reemprender su viaje, pero parece claro que no va a detenerse hasta llegar a Noruega para reunirse allí con sus tías. Si finalmente lo consigue y se escabulle de las autoridades italianas, será uno más de los “chicos invisibles”, como denomina Save the Children a los inmigrantes de menos de 18 años que llegaron al país solos y acabaron desapareciendo de las casas de acogida. Según los datos del Ministerio del Interior, el año pasado fueron 3.707.

“Cuando estos chavales llegan a Italia son trasladados a centros especiales para menores donde se les brinda una primera acogida. En teoría deberían estar poco tiempo y pasar luego a comunidades pequeñas, formadas por unas diez o doce personas, en las que se trata de recrear el ambiente de una familia y se les asigna un tutor a cada uno”, explica Giovanna di Benedetto, de Save the Children. “Las cosas en la práctica no funcionan así. Son tantos los menores no acompañados que llegan por el Mediterráneo que no hay suficientes plazas y se tienen que pasar entre seis y ocho meses en los centros de primera acogida. En muchas de estas instituciones no hay nada que hacer. No hay mediadores culturales ni actividades”. Muchos chicos se aburren y acaban escapándose para intentar buscarse la vida en Italia por sus propios medios. Otros tienen familia o amigos en otros países europeos, como Heybe, y en cuanto pueden continúan su viaje.

“Gano más con los inmigrantes que con la droga”

“Ocurre sobre todo con los eritreos y con los somalíes. En cuanto pueden parten hacia el norte de Europa”, explica Di Benedetto. El ministro del Interior, Angelino Alfano, aclaró en enero que hay también un gran número de egipcios, de entre 16 y 18 años que cuentan con un contacto en alguna nación europea. “Buscan un futuro mejor. Los que desaparecen no acaban por fuerza en los canales del aprovechamiento de menores”, comentó Alfano.

Un refugiado observa a un policía desde el interior de un autobús en Trípoli (Reuters).Un refugiado observa a un policía desde el interior de un autobús en Trípoli (Reuters).

Con estas palabras el propio ministro reconoció que una parte de los menores que llegan a Italia terminan en manos de las mafias. Una reciente investigación del semanario L’Espresso desveló que algunos de los chavales acogidos en varios centros se prostituían en las inmediaciones de la estación de trenes de Termini, en el centro de Roma. Lo hacían para mandar algo de dinero a sus familias. La portavoz de Save the Children reconoce que a su organización han llegado noticias de que algunas de las menores nigerianas que desembarcaban en Italia acababan siendo obligadas a prostituirse, como ya les ocurría en su país de origen.

Esta situación es en parte fruto del mal funcionamiento de las comunidades de acogida, algunas de las cuales estaban controladas por la llamada “Mafia Capitale”, la organización criminal desmantelada el pasado diciembre y que había encontrado en los refugiados y en los inmigrantes menores de edad un filón. Por cada uno de ellos recibía de media de las instituciones unos 35 euros (100 en el caso de los menores), pero sólo gastaba una miseria en el alojamiento, la comida, los cursos de italiano y el pago del personal destinado a facilitar su integración.

“¿Tú tienes idea de cuánto gano con los inmigrantes? La droga deja menos”, comentaba en una conversación telefónica interceptada por la Policía Salvatore Buzzi, la mano derecha del capo de “Mafia Capitale”, Massimo Carminati. Ante este panorama se entiende que chavales que ya han tenido el coraje de cruzar desiertos, mares y países en guerra para llegar a Europa prefieran seguir buscándose la vida solos. Es lo que tendrá que decidir estos días Heybe. 

Fuente: ElConfidencial.com