Dirty Kids: Los nuevos hippies del siglo XXI

10.03.2016 – 10:40 H. Hay una imagen que acompaña la historia de Estados Unidos de principios de finales del siglo XIX y XX, la de un vagabundo caminando ...

10.03.201610:40 H.

Hay una imagen que acompaña la historia de Estados Unidos de principios de finales del siglo XIX y XX, la de un vagabundo caminando por una vía desierta a la espera de que se acerque un tren y pueda abordarlo como polizón. Y lleva ocurriendo desde el final de la Guerra Civil (1869), cuando soldados descartados, inmigrantes y mendigos, muchos afroamericanos, viajaban de estado en estado por diferentes motivos que la vía del tren convertía en uno: la supervivencia.

Sus herederos, los hobos del siglo XXI, son llamados Dirty Kids‘ (chicos sucios) y la mayoría de ellos no ha cumplido los 30 años. Jóvenes ‘millennials’ que un buen día salen de sus poblachos del medio oeste con un billete de autobús sólo de ida; a veces porque están aburridos de sus vidas y otras porque sienten que no encajan o huyen de entornos familiares difíciles y toman esa única vía, que no es la del guerrero, sino la del vagabundo. Un camino duro, pero brillante, dicen, porque aunque a estos ‘chicos sucios’ no les acompañe el jabón, tienen ideales y la convicción de que la libertad no es una aspiración, sino un derecho. A la sociedad , esta tribu de hobos contemporáneos la llama Babilonia. Y así lo reflejó la fotoperiodista Emily Kask, que siguió su ruta como una más durante seis meses alrededor de un Estados Unidos de auto caravanas y cenas que a menudo se reciclan de contenedores de basura.

¿Qué tren lleva fuera de la sociedad?

Tiene 20 años y se hace llamar Bambi, ese es su nuevo nombre como ‘Dirty Kid’. Vivía en una pequeña ciudad de Carolina del Norte hasta que un día decidió dejar los estudios y su trabajo como camarera y compró un billete dirección a Nuevo México en busca de algo diferente –una aventura, experimentar la libertad–, y en un ashram conoció a otros buscadores de lo mismo.

Tal vez con Gram y Dante se hubiese cruzado alguna vez, aunque quien sí lo hizo fue Emily Kask. Tienen 22 y 21 años y dejaron sus hogares porque sentían que no encajaban. Gram es transexual, lleva en la carretera desde que tenía 15 años y, junto a Dante, tiene la esperanza de encontrar su ‘Nunca Jamás’: “Sólo somos un puñado de niños perdidos”, dice. Su abuela era inmigrante italiana, llegó a Estados Unidos en busca del sueño americano. “Ese sueño no es América”, afirma Dante. “El sueño es que no hayan países, ni fronteras, ni nada. Que cada cual viva en paz, sin clases, sin dinero”. Ése es el paraíso, la aspiración vital de estos hobos.

A pesar de su aparente poca fe en el estado del mundo, viven de la caridad de los otros. La generosidad y su habilidad para encontrar comida en los contenedores o vales de descuento, les es de utilidad para sobrevivir en un país donde “uno no puede morirse de hambre porque hay comida por todas partes”, explica Chris, un dirty kid de 30 años que viaja con su novia, a la que llaman ‘squirrel’ (ardilla). El primer secreto para vivir en la jungla es que “no hay nada como un almuerzo gratis”.

Su viaje, como el de la mayoría de estos mendigos con ideales, comienzó en Pennsylvania, nexo de carreteras interestatales y vía férrea, aunque ignoran cuál será su próxima parada: “Nunca sabes dónde te vas a despertar ni que te va a deparar la vida”, confiesa Chris. Su aventura no siempre es un camino de rosas: la gente les mira como si fuese extraterrestre, o le grita “¡búscate un empleo!”, e incluso le han agredido alguna vez. Los dirty kids actúan como una suerte de médiums, canalizan el hambre de libertad de un mundo que vive la mitad del día dormido y la otra recibiendo órdenes, y eso también asusta. Tal vez regalarles una moneda sea, en parte, vivir a través de ellos el mismo sueño que inspiró a Jack Kerouac o al músico folk Woody Guthrie.  

Dirty Kids: Los nuevos hippies del siglo XXI

Aunque uno quiera deshacerse del mundo, acaba cargándolo en los bolsillos. Nacidos en su mayoría en los 90′ y aun hobos por convicción, estos huidos del capitalismo salvaje, los horarios ylos  empleos mal remunerados, usan iPhone y tienen cuentas de Facebook e Instagram donde van dando cuenta de sus aventuras. “Utilizamos el GPS para encontrar supermercados cercanos o trenes que pasan por una estación y también para buscar festivales de música o encuentros con otros como nosotros”, cuenta Chris, a quien el LSD le produce vertiginosas epifanías y un gran sentimiento de paz y libertad. Es una contrapartida del viaje, aunque como algunos de estos chicos confiesan, si no hubieran tomado la vía del hobo, la del hippie sin comuna fija, la heroína hubiera sido su vía muerta.

Fuente: ElConfidencial.com

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