El baile geopolítico de Syriza con Putin, el 'amante pudiente'

Háganse un favor. Cuando lean un artículo que ridiculiza a Grecia por el tamaño de su economía, corran a por un mapa y observen atentamente la localización ...

Háganse un favor. Cuando lean un artículo que ridiculiza a Grecia por el tamaño de su economía, corran a por un mapa y observen atentamente la localización geográfica del país. Entonces entenderán por qué Alexis Tsipras, tras ganar las elecciones del pasado 25 de enero y lograr un acuerdo de gobierno con los Griegos Independientes, tuvo especial cuidado a la hora de seleccionar al ministro de Asuntos Exteriores.

Nikos Kotzias es, junto con Yanis Varufakis, la figura más importante en el Gabinete de Tsipras. Pero a diferencia del ministro de Finanzas, calificado habitualmente de “showman”, el titular de Exteriores es conocido por ser una persona tirando a gris; tanto que si le roban la cartera no encontrarán en ella ningún carnet demostrando su adscripción política. Él es un independiente, alguien a quien se coloca en un lugar concreto para que ponga a trabajar habilidades también muy concretas. Por ejemplo, una dilatada trayectoria académica centrada en comprender las dinámicas que mueven a mercados emergentes como Brasil, la India o Rusia.

Su elección hace sospechar que Tsipras ha entendido que el Gobierno de Vladimir Putin, enfrentado abiertamente a Estados Unidos y la Unión Europea desde el comienzo de la guerra civil en Ucrania, ha visto en su llegada al poder una circunstancia favorable para tratar de presionar a sus adversarios. A fin de cuentas, Syriza tampoco ha causado buena impresión entre sus socios europeos debido a unas promesas electorales más centradas en revocar recortes sociales que en pagar a los acreedores y Putin, en este contexto, se ha apresurado a jugar la baza del amante pudiente que ofrece su hombro a la novia despechada.

Estos guiños entre el presidente ruso y Tsipras no parecen preocupar demasiado en la capital de Europa, ya sea por despiste o por desprecio. Al otro lado del Atlántico, sin embargo, los ánimos están cada vez más revueltos y es Constantinos Filis, director de investigación del Instituto de Relaciones Internacionales, quien explica los motivos. Conviene escucharle con atención, no tanto por su condición de experto en geopolítica como por lo que sugieren los periodistas locales cuando se menciona su nombre. Es él, dicen, quien parece estar asesorando al propio Kotzias.

Un taxista pasa ante el Parlamento griego, en Atenas, durante una manifestación de apoyo a Syriza. (Reuters) Un taxista pasa ante el Parlamento griego, en Atenas, durante una manifestación de apoyo a Syriza. (Reuters)

Agujero negro en una zona sensible para la OTAN

Filis, que reconoce abiertamente tener trato con el actual titular de Exteriores desde mediados de los 90, señala que mientras la actual preocupación alemana –y, por extensión, la preocupación europea– para con Grecia se centra casi exclusivamente en la matemática fiscal, los norteamericanos no tienen duda alguna del valor estratégico que supone la puerta del Viejo Continente al Mediterráneo oriental: “Ellos saben que si Grecia abandona sus alianzas actuales puede convertirse en un agujero negro dentro de una zona muy sensible para la OTAN”.

En efecto, con flujos migratorios masivos procedentes del norte de África y de Oriente Medio, territorios donde la yihad es la moda del momento, y un resurgimiento del nacionalismo en el resto de los Balcanes, Grecia parece erigirse como un delicado baluarte de estabilidad en una franja territorial acosada por graves problemas. Tampoco es baladí el interés que China, a la que Estados Unidos trata de contener a toda costa, ha demostrado tener en los puertos y líneas férreas del país, unas infraestructuras con las que espera poder introducir sus productos en Europa sin grandes dificultades.

Pero por encima de todas esas amenazas se proyecta la sombra del Kremlin. Y ha sido el propio Departamento de Estado quien ha priorizado la cuestión rusa, tratando de neutralizar su principal envite con el envío a Atenas de Amon Hochstein. Hochstein, a quien la embajada estadounidense en la capital griega define como un “enviado especial para los asuntos energéticos internacionales”, se reunió el mes pasado con varios ministros, entre ellos Kotzias, para pedir un respeto a los compromisos de la Unión Europea y el consiguiente rechazo al gasoducto que Gazprom –el gigante gasístico controlado por el Estado ruso– pretende construir en Grecia como parte de su proyecto para transportar gas desde Turquía hasta el continente.

El emisario enumeró ante Kotzias, quien hasta ahora se ha mostrado favorable a abrazar este proyecto, sus desventajas. A saber: la construcción del gasoducto tardará en producirse porque las autoridades turcas todavía no han firmado su adhesión; la Comisión Europea podría inmiscuirse y paralizar la participación griega habida cuenta del enfrentamiento que mantiene con Gazprom; y, en el plano estratégico, el proyecto no abordará las verdaderas necesidades energéticas del país al reducir su independencia.

Por el contrario, Hochstein instó al Gobierno de Tsipras a participar en el gasoducto promovido por las potencias occidentales, que unirá Azerbaiyán con Italia, a cambio de recibir 1.500 millones de euros en inversión extranjera, la creación de 10.000 puestos de trabajo durante su construcción y, una vez esté en funcionamiento, varios millones de euros al año en ingresos. Antes de regresar a Washington, Hochstein fue abordado por uno de los corresponsales del New York Times en Europa, James Kanter, y declaró que el gasoducto ruso “no es un proyecto económico, tan sólo político”.

Las banderas rusa y china durante un encuentro de Putin con el presidente Xi Jinping en Pekín. (Reuters)Las banderas rusa y china durante un encuentro de Putin con el presidente Xi Jinping en Pekín. (Reuters)

“Tendremos más margen de maniobra en la UE”

El comentario del enviado norteamericano se recibió en Grecia como un aviso a navegantes del que ya sabe por dónde van los tiros. No obstante, la estrategia de Kotzias, explica Filis, no implica poner en riesgo las alianzas de Grecia, sino sumar nuevas relaciones. “Cuanto más desarrollemos nuestros vínculos con países ajenos a la Unión Europea, más margen de maniobra tendremos dentro de la propia Unión Europea”, explica antes de exponer brevemente el abecé de las relaciones internacionales: “Es un concepto que responde a no ser predecibles al ciento por ciento para que, así, tampoco se nos pueda subestimar”.

Se preocupa, no obstante, de recalcar que la estrategia tiene un límite y que en ningún caso el Gobierno heleno se plantea suplantar unos aliados por otros. En primer lugar, porque lo que Tsipras sí parece tener claro –y a juzgar por las encuestas también la mayoría de la ciudadanía– es que el futuro de Grecia depende hoy por hoy de la Unión Europea. Y, en segundo lugar, porque el principal atractivo que tiene el país mediterráneo para Rusia y China es, precisamente, que forma parte activa del proyecto europeo. “¿Qué interés podría tener para ellos un país fuera de la Unión Europea, gobernado por la inestabilidad y rodeado de un entorno igual de inestable?”. La pregunta es retórica, la respuesta obvia y la conclusión clara: a todos los contendientes parece interesarles lo mismo.

Al contrastar la información aportada por el director de investigación del Instituto de Relaciones Internacionales con otras fuentes, Alexandra Voudouri, corresponsal diplomática de la emisora Athina 984 –dependiente del Ayuntamiento de Atenas–, dice estar de acuerdo con Filis en cuanto a la ambición del Gobierno de Tsipras de construir una política de relaciones internacionales más independiente de Bruselas, aunque sin llegar al extremo de abandonar la Unión Europea. También con la idea de que Rusia busca conseguir un buen aliado en el Viejo Continente para poder limar asperezas con sus adversarios sin tener que ceder terreno, en lo que el politólogo Carlos Taibo ha llamado “lógicas imperiales”.

Miembros de las milicias prorrusas celebran el aniversario de la anexión de Crimea en Simferopol, Ucrania. (Reuters)Miembros de las milicias prorrusas celebran el aniversario de la anexión de Crimea en Simferopol, Ucrania. (Reuters)

Una aproximación a Rusia “muy desorganizada”

Es decir, sin desandar el camino recorrido en el conflicto ucraniano. Sin embargo, Voudouri se muestra crítica con la forma –“muy desorganizada”– en que el ministro de Asuntos Exteriores está gestionando la aproximación a Rusia, y por eso duda de cuáles van a ser las consecuencias de una maniobra que, de momento, lo único que ha logrado es guardar las apariencias –con la visita realizada por el primer ministro a Moscú en abril y la que hará a San Petersburgo este mes de junio– de que Grecia “puede tomar sus propias decisiones”.

Más críticos se muestran Dimitri A. Sotiropoulos, profesor asociado de Ciencias Políticas en la Universidad de Atenas, y George Gotsinas, un analista político independiente especializado en comunicación institucional. El primero, que sostiene que los coqueteos de Alexis Tsipras con Moscú sólo buscan conseguir un socio financiero en el corto plazo, observa que la economía rusa es “muy frágil” como para poder suministrar un apoyo real y sólo ve posibilidad de futuro a los posibles acuerdos energéticos entre ambos países. Gotsinas, por su parte, cree que la política exterior del nuevo Gobierno busca por encima de todo suavizar las exigencias de sus acreedores. “La de Rusia sólo es una carta más en la baraja que maneja Tsipras dentro del juego de póquer que se lleva a cabo en Bruselas”, añade.

Pero, a pesar de las voces críticas, lo cierto es que la política exterior del líder heleno cuenta con dos apoyos fundamentales: el de su propio gabinete y el de la sociedad griega. En ambos casos, no obstante, hay matices que conviene mencionar. En lo referido a sus ministros, Voudouri señala que, aunque no existe oposición interna, sí hay diferentes grados de entusiasmo a la hora de estrechar vínculos con Moscú. Entre los más cautos menciona al propio Varufakis, y entre los más interesados cita a Kotzias, al ministro de Reconstrucción Productiva, Medio Ambiente y Energía, Panagiotis Lafazanis, y al de Defensa, Panos Kammenos. Todas las demás fuentes consultadas coinciden al mencionar estos tres nombres y también al explicar que, a diferencia del prudente titular de Exteriores, Lafazanis y Kammenos siempre han hecho gala de una gran exaltación al pronunciarse sobre la cuestión rusa.

Lafazanis es el líder de la Plataforma de Izquierdas, un bloque dentro de Syriza famoso por su carácter rupturista: sostiene que no hay que negociar ni con los socios europeos ni con instituciones como el Fondo Monetario Internacional y exige a Tsipras el cumplimiento inmediato del programa electoral. Fue el propio Lafazanis quien declaró en abril que “no puede existir un acuerdo con los poderes neoliberales y neocoloniales que gobiernan la Unión Europea salvo que Grecia amenace sus intereses económicos y geoestratégicos”. Después, añadió que los griegos todavía “no conocen su propio poder”. Es un denominador común, al sacar su nombre a colación, hacer observar al periodista su radicalismo ideológico para explicar la simpatía profesada hacia los herederos de la Unión Soviética.

El ministro de Exteriores heleno, Nikos Kotzias, durante una cumbre de la UE en Bruselas. (Reuters)El ministro de Exteriores heleno, Nikos Kotzias, durante una cumbre de la UE en Bruselas. (Reuters)

Y, de nuevo, la Iglesia ortodoxa

El caso del ministro de Defensa y líder de los Griegos Independientes –el partido de corte tradicionalista que acompaña a Syriza en el Gobierno– es diferente. Alexandra Voudouri explica que la afinidad que siente Kammenos por Rusia responde al vínculo cultural e histórico que une ambos países. Puesto en dos palabras: a la Iglesia ortodoxa. Además, este aliado circunstancial de Tsipras en el Gobierno no comparte el antiamericanismo de Lafazanis, hasta el punto de que en su agenda ministerial figura el intentar promover una mayor colaboración entre el ejército griego y las fuerzas armadas del principal aliado estadounidense en Oriente Medio, Israel. En opinión de Filis, la particular visión geopolítica del titular de Defensa es “destructiva” para el Gobierno. Voudouri asegura, por su parte, que las relaciones de Kammenos con Kotzias y con el propio Tsipras son tensas.

En el plano social, Rusia tiene de su parte el visto bueno de una gran mayoría de griegos. En septiembre de 2013, un think-tank con sede en Estados Unidos, Pew Research Center, publicó un informe sobre la opinión que generaba el gigante euroasiático en 38 países diferentes. Sólo en dos de ellos el porcentaje favorable superaba el 50%: Corea del Sur, con el 53%, y Grecia, con el 63%. Constantinos Filis explica que una parte de la ciudadanía helena arrastra la inercia de una complicidad religiosa, renovada en los años 90 al percibir el conflicto que desintegró Yugoslavia como un enfrentamiento en el que católicos (croatas) y musulmanes (bosnios) agredían a una nación ortodoxa (Serbia) y aliada, por tanto, de Grecia y Rusia.

A ello hay que sumar que Rusia, a diferencia de los Estados Unidos o la Unión Europea, nunca ha sido un país “asociado a nuestros grandes desastres nacionales como la dictadura de los coroneles, la invasión turca de Chipre en 1974 o la crisis económica” (no es ninguna casualidad que la lucha contra los Estados Unidos entrase dentro del decálogo del grupo terrorista 17N). Por el contrario, argumenta Filis, Moscú ha conseguido ocupar hasta ahora un lugar privilegiado en la cosmovisión local gracias a la prudente distancia amistosa que ha mantenido durante las últimas décadas. Así se ha convertido para muchos griegos en aquello que se desea porque nunca se ha tenido del todo; en ese ideal que todavía no ha visto la oportunidad de mostrar sus defectos.

El baile comenzó hace meses. Y aunque todavía no es posible garantizar su desenlace, sí es posible entender por qué el propio Barack Obama ha pedido públicamente un plan de crecimiento para Grecia en lugar de más austeridad; o por qué Vladimir Putin ha prometido considerar el envío de ayuda financiera al nuevo Gobierno de Tsipras siempre y cuando este firme el contrato de Gazprom. Sí es posible entender por qué ambas superpotencias se muestran tan condescendientes con un país que apenas representa el 1,3% de la economía europea. La respuesta está en los mapas.

Fuente: ElConfidencial.com

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