El fútbol también llora la muerte de Eduardo Galeano: El fin del partido

“Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía: durante el día ...

“Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía: durante el día era el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país”. Con esta confesión del autor empieza El fútbol a sol y sombra, el libro que Eduardo Galeano (Montevideo, 3 de septiembre de 1940) ha dejado como legado a la literatura deportiva. El escritor uruguayo, fallecido ayer a los 74 años en la misma ciudad que le vio nacer y víctima de un cáncer de pulmón, tiene obras más ilustres, pero a buen seguro que ninguna escrita con tanta pasión.  

“La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí. En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable”. Para Galeano, el fanático “es el hincha en el manicomio”, el gol “el orgasmo del fútbol” y el árbitro “es arbitrario por definición (…) A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuando más lo odian, más lo necesitan”. Aunque Galeano no habla de Mourinho, lo parece, lo cual demuestra que su obra fue escrita en 1995, pero tiene y tendrá vigencia de por vida. Su visión del fútbol es la contraria a la del técnico portugués y tantos otros que han convertido el fútbol en un ganar como sea o ganar justifica los medios.

“¿En qué se parece el fútbol a Dios?”, se pregunta el escritor uruguayo: “En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Y esta era la gran cruzada de Eduardo Galeano, defender al fútbol de quienes lo desprecian, una apología escenificada de manera magistral en la página 124 de Fútbol a sol y sombra, donde en el capítulo titulado ‘Fervor en la camiseta’ cuenta la historia de Paco Espínola, escritor y uruguayo como él, pero al que no le gustaba el fútbol y una tarde del verano de 1960 descubrió que “era hincha de Peñarol y no lo sabía”.  

El 13 de julio 2004 tuve la oportunidad de entrevistar a Eduardo Galeano para el diario Marca. La cita, a la que acudí con mi amigo y excompañero Juan Castro, fue en el Petit Palace, el pequeño hotel situado en la calle Mayor, en el que el escritor uruguayo siempre se alojaba cuando venía a Madrid. En aquella ocasión había viajado a España con motivo de la publicación de su libro Bocas del tiempo. Además de una intensa y apasionada conversación sobre el fútbol, Galeano me dedicó un ejemplar de El fútbol a sol y sombra, dedicatoria en la que no faltó su clásico cerdito saltando y rematando de cabeza un balón.  

Fútbol a sol y sombra es una obra que merece la pena leer y releer de la primera a la última página y, aunque sea una intromisión en toda regla de nuestra sección de Cultura, vaya aquí un extracto del capítulo ‘El fin del partido‘ como homenaje a Eduardo Galeano, un escritor comprometido con lo que pensaba y, como en el caso del fútbol, con lo que sentía.  

El fútbol profesional hace todo lo posible por castrar esa energía de felicidad, pero ella sobrevive a pesar de todos los pesares. Y quizás por eso ocurre que el fútbol no puede dejar de ser asombroso. Como dice mi amigo Ángel Ruocco, eso es lo que mejor tiene: su porfiada capacidad de sorpresa. Por más que los tecnócratas lo programen hasta el mínimo detalle, por mucho que los poderosos lo manipulen, el fútbol continua queriendo ser el arte de lo imprevisto. Donde menos se espera salta lo imposible, el enano propina una lección al gigante y un negro esmirriado y chueco deja bobo al atleta esculpido en Grecia. 

Un vacío asombroso: la historia oficial ignora al fútbol. Los textos de historia comtemporánea no lo mencionaron, ni de paso, en países donde el fútbol ha sido y sigue siendo un signo primordial de identidad colectiva. Juego, luego soy; el estilo de jugar es un modo de ser, que revela el perfil propio de cada comunidad y afirma su derecho a la diferencia. Dime cómo juegas y te diré quién eres: Hace ya muchos años que se juega al fútbol de diversas maneras, expresiones diversas de la personalidad de cada pueblo, y el rescate de esa diversidad me parece, hoy día, más necesario que nunca. Estos son tiempo de uniformización obligatoria, en el fútbol y en todo lo demás. Nunca el mundo ha sido tan desigual en las oportunidades que ofrece y tan igualador en las costumbres que impone: en este fin de siglo, quien no muere de hambre, muere de aburrimiento. 

Desde hace años, yo me he sentido desafiado por el tema, memoria y realidad del fútbol, y he tenido la intención de escribir algo que fuera digno de esta gran misa pagana, que tan distintos lenguajes es capaz de hablar y tan universales pasiones puede desatar. Escribiendo, iba a hacer con las manos lo que nunca había sido capaz de hacer con los pies: chambón irremediable, vergüenza de las canchas, yo no tenía más remedio que pedir a las palabras lo que la pelota, tan deseada, me había negado. 

De ese desafío, y de esa necesidad de expiración, ha nacido este libro. Homenaje al fútbol, celebración de sus luces, denuncia de sus sombras. No sé si él es lo que ha querido ser, pero sé que ha crecido dentro de mí y ha llegado a su última página y ahora, ya nacido, se ofrece a ustedes. Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin del partido

En Montevideo, en el verano de 1995

Fuente: ElConfidencial – Deportes