El genocidio oculto del Estado Islámico

11.04.2016 – 05:00 H. A las afueras de la devastada ciudad de Sinjar, un camino de tierra, con los márgenes cubiertos por un manto de amapolas y otras ...

11.04.201605:00 H.

A las afueras de la devastada ciudad de Sinjar, un camino de tierra, con los márgenes cubiertos por un manto de amapolas y otras flores silvestres, nos conducen a cinco grandes montículos de tierra, rodeados ahora por una valla metálica. Un letrero en árabe  advierte: “Respetar la valla. Las víctimas tienen derecho a descansar en paz”. 

El silencio que se respira en este camposanto se interrumpe por el zumbido del eco de los morteros que retumban apenas un kilómetro del frente del Estado Islámico. Una hilera de ropas desgastadas por el tiempo sirve de altar improvisado de varias calaveras y huesos que yacen al descubierto. Chaquetas de hombre, túnicas de mujer de terciopelo con bordados de lentejuelas, cigarrillos  y  sandalias pequeñas evocan los últimos alientos de cientos de vidas exterminadas en nombre del delirio del Estado Islámico.

Adil fue testigo de la masacre: “Estaba en una colina cercana y vi con los prismáticos como llegaron cuatro camiones llenos de gente.  Había más de trescientas personas. Les hicieron bajar de los camiones y los obligaron a ponerse de rodillas para después ejecutarlos. Cuando todos los cuerpos yacían en el suelo, les dispararon un tiro de gracia en la cabeza”.

Voluntarios yazidíes transportan objetos recuperables en Sinjar, en noviembre de 2015 (Reuters)Voluntarios yazidíes transportan objetos recuperables en Sinjar, en noviembre de 2015 (Reuters)

En la intersección de Hardan, al norte de la ciudad de Sinjar, seis fosas comunes son los testigos silenciosos de otras ejecuciones sumarias. En una de las fosas descansan los restos de más de 65 personas que fueron masacradas cuando estaban bloqueados en la carretera, totalmente colapsada por la cantidad de vehículos que intentaban huían de la ciudad.

Hasta 35 fosas comunes han sido localizadas en esta región, pero solo 23 de ellas han sido identificadas en las áreas liberadas del norte de Sinjar. El resto se encentran más al sur, en localidades que sigue aún en manos del EI,  según datos facilitados por el grupo internacional “The Voice of Yazidis”, que está documentando las masacres. “Estas ejecuciones sumarias podrían elevarse a nivel de genocidio cuando se contabilicen todos los muertos y desaparecidos”, señala Ali Khatab, coordinador del grupo.

Asesinados por su fe

Su delito, no creer en su Dios; su castigo, el exterminio.  Los yazidíes son considerados infieles por los radicales porque no pertenecen a las tres religiones monoteístas. “Nos llaman adoradores del diablo porque el sol es nuestro dios. Somos la religión más antigua de la humanidad”,   exclama el sheij Murad con los brazos abiertos y mirando al cielo.

Combatientes kurdos peshmerga contemplan una fosa común a las afueras de Sinjar, en febrero de 2015 (Reuters) Combatientes kurdos peshmerga contemplan una fosa común a las afueras de Sinjar, en febrero de 2015 (Reuters)

Los yazidies siempre se han sentido parias en su propia tierra.  En los ochenta bajo el régimen de Sadam Husein, los miembros de esta minoría fueron sacados a la fuerza de diferentes ciudades de la provincia de Nínive y recolocados en las llamadas “localidades colectivas” en los alrededores de Sinjar, sin derecho a poseer la tierra. Pero nada comparado con lo que les haría después el Estado Islámico.

 “Los yihadistas llegaron con megáfonos diciéndonos que sus enemigos eran los peshmerga, que no tuviéramos miedo, que podríamos quedarnos en nuestras casas si nos convertíamos al Islam. Muchos de nosotros huimos a las montañas. Los ancianos,  y familias pobres, que no tenían vehículos para marcharse, se quedaron.  Luego los masacraron a todos”,  recuerda Samida, que regresó hace un mes con su hija y sus padres a Sinjar.  Su esposo ha tenido que quedarse en Dohuk para hacerse cargo de su segunda esposa y sus tres hijos pequeños.

La ciudad fue liberada por las fuerzas kurdas con el apoyo de los bombardeos estadounidenses entre el 12 y 15 noviembre de 2015. Pero son pocos los que han regresado a esta urbe fantasma, completamente arrasada. Cuando entraron los yihadistas identificaron cada comercio y vivienda de la ciudad, rotulando con spray el término “suní, yazidí o chií” en las puertas o las persianas metálicas de los negocios. De forma selectiva saquearon y destrozaron las propiedades de los yazidies.  Dentro de las viviendas colocaron artefactos explosivos para hacerlas estallar. Barrios enteros han sido reducidos a escombros por los ataques aéreos de la coalición internacional. Las únicas almas que deambulan por sus calles desiertas son los peshmerga que han levantado puestos defensivos dentro de la ciudad.

Los túneles del terror

Durante el año y tres meses que controlaron Sinjar, los combatientes del EI construyeron una red de túneles subterráneos que comunican entre las viviendas que hacían las veces de cuarteles. Estos pasadizos , que fueron usados para pasar municiones y milicianos y protegerse de los bombardeos aéreos, se han convertido en  la principal atracción de los periodistas.  “¿Habéis visto ya los túneles?”, pregunta un peshmerga que se ofrece a llevarnos a visitarlos.

Un combatiente peshmerga inspecciona un túnel usado por el ISIS en la ciudad de Sinjar, en Irak, el 1 de diciembre de 2015 (Reuters)Un combatiente peshmerga inspecciona un túnel usado por el ISIS en la ciudad de Sinjar, en Irak, el 1 de diciembre de 2015 (Reuters)

Llegamos a una vivienda protegida por una trinchera recubierta con sacos de arena.  En el interior, con las paredes pintadas de color rosas, hay un gran agujero en el suelo y alrededor decenas de botellas de plástico, algunas de ellas llenas de orín.  “No nos atrevemos a entrar. No sabemos que puede haber allí dentro. Puede que esté llenos de explosivos o que todavía hayan yihadistas escondidos”, dice el peshmerga en tono alarmante.

Pero los yazidies no perdonan que cuando llegaron las huestes de Abu Baker Al Bahdadi a Sinyar, los 6000 peshmergas que había desplegados, en lugar de protegerlos, huyeron de la ciudad y permitieron las masacres. “Ahora los peshmerga dicen que han venido a liberarnos, pero en realidad lo que busca [Massud] Barzani es declarar Sinjar parte del Kurdistán iraquí y tengamos que abandonar de nuevo nuestras hogares”, confiesa Hadi, nuestro traductor.

Como su vivienda está destruidas Samida ha ocupado la casa de un suní que se mantiene en buen estado. En los bajos hay un pequeño ultramarino que regenta la mujer. Es la única tienda que abaste con licor y cigarrillos a los peshmerga y los voluntarios extranjeros que han venido desde Estados Unidos y Europa a luchar contra el EI.

En la calles del bazar no queda ni un ladrillo en pie. Fue esta zona, en el centro de la ciudad, donde las fuerzas yihadistas instalaron sus cuarteles militares. Todavía quedan restos de algunos combatientes que fueron abatidos allí. Detrás del muro de una escuela que fue saqueada por los yihadistas. yacen los cuerpos medio descompuestos de tres hombre con vestimenta militar y junto a uno de ellos, la calavera de un niño. Un siniestro recordatorio de los horrores que se han vivido en este lugar.

Fuente: ElConfidencial.com

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