El monje héroe de los 'sin tierra' de Myanmar

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Aye Aye Thin tiene sólo 44 años pero ya está preocupada por su jubilación. Dentro de seis años su marido dejará de recibir su salario de funcionario y ella, su marido y sus cinco hijos tendrán que dejar la casa que el gobierno les ha asignado por trabajar en el sector público. “Queríamos comprar algo de tierra, pero no creo que nos lo podamos permitir”, dice esta ama de casa que tiene una pequeña tienda de comida para completar los 170.000 kyats (unos 130 euros) que su marido gana cada mes.

Aye Aye Thin, como muchos otros en Myanmar, está inquieta por el rápido incremento de los precios de la tierra que ha acompañado a la apertura política y económica iniciada hace cinco años tras casi cinco décadas de aislamiento y férrea dictadura militar. “[Los precios] se han multiplicado por diez”, asegura Aye Aye Thin. En marzo de 2011, un nuevo gobierno semi-civil, liderado por el antiguo general Thein Sein, puso en marcha una liberalización económica que abrió las puertas a la inversión internacional. La bendición al capital internacional se materializó en la nueva Ley de Inversión Extranjera, aprobada en noviembre de 2012, que permitió por primera vez a los inversores internacionales vender y alquilar bienes inmuebles siempre y cuando se hiciera junto a una empresa o un ciudadano de Myanmar. La reciente Ley de Condominios permite además a los foráneos comprar apartamentos, aunque con importantes restricciones.

Los nuevos inversores han aumentado la presión sobre la escasa oferta y los precios se han disparado. Según un informe de la agencia inmobiliaria Colliers International, Yangon, la antigua capital del país y centro económico, tenía en 2014 los precios de oficinas más altos en el Sudeste Asiático con una media de 78 euros por metro cuadrado, un 21% más caro que Singapur y cinco veces más que en 2011.

La presión sobre la escasa oferta inmobiliaria ha disparado los precios. En 2014, una oficina en Yangon era un 21% más cara que en Singapur

Sin embargo, Aye Aye Thin ha encontrado una solución a lo que parecía un penoso futuro en un monasterio a tan sólo unos kilómetros de Yangon. El Thabarwa, en el distrito de Thanlyin, no es el refugio de paz y tranquilidad que suelen ser la mayor parte de los templos budistas del país. La planta baja de edificio principal está continuamente abarrotada con cientos de personas que charlan, comen o descansan sobre esterillas. Algunos son visitantes temporales que buscan meditar en el bullicioso monasterio, pero la mayoría son residentes permanentes. Muchos, como Aye Aye Thin, son personas sin hogar o que no pueden permitirse pagar un alquiler y que no tienen otro sitio a dónde ir. “Hay muchas familias [en Myanmar] que no tienen tierra, casa, dinero o trabajo. Su vida no es estable y tienen que emigrar”, dice el monje Ashin Ottamasara, quien abrió el monasterio en 2008.

Según USAID, la agencia para el desarrollo de Estados Unidos, entre el 30 y el 50 por ciento de la población rural en Myanmar no tiene tierras, en un país en el que el 70 por ciento de los habitantes dependen de la agricultura. “El gobierno ha cambiado su política y gente del exterior puede ahora venir y hacer negocios, así que el precio de la tierra se ha incrementado mucho”, dice el monje. Afligido por la gran cantidad de personas sin tierra que buscaban refugio en su monasterio, Ottamasara compró en 2012 un terreno a escasos metros y lo dividió en pequeñas parcelas que regaló a aquellos que no podían pagar un alquiler o comprar una casa. Hoy, 10.000 personas viven en el pueblo Saytanar – ‘Piedad’ en birmano – y Ottamasara ya está construyendo un nuevo poblado a algunas decenas de kilómetros.

Los candidatos sólo tienen que reunir un requisito: un retiro de meditación de una semana en el monasterio. “Al principio no pedíamos que se hiciera la meditación pero hubo algunos problemas en el pueblo […]. Me recomendaron que lo hiciera para saber qué familias deben recibir la tierra”, explica el monje para justificar la necesidad de estos retiros. Aparte de eso, no se pide ninguna prueba sobre la situación económica del candidato. “El pueblo no es sólo para los pobres. También es para aquellos que quieren hacer buenas acciones”, dice Ottamasara.

Una casa en construcción en Saytanar (W. Baxter)Una casa en construcción en Saytanar (W. Baxter)

Un complicado sistema de propiedad

La mayoría termina, sin embargo, en el ‘Pueblo de la Piedad’ cuando las facturas sin pagar empiezan a apilarse. Daw Win Ye vagó durante años de un lugar a otro intentando escapar del aumento de los precios en Yangon. Viuda y con 5 hijos, su magro salario como limpiadora no era suficiente para afrontar el coste de vida en la antigua capital. “Sólo me quedaba unos pocos meses [en cada apartamento] antes de que el precio subiera”, dice. Cuando oyó sobre la existencia del monasterio Thabawar no se lo pensó dos veces; empaquetó sus cosas y se fue a meditar.

El sistema de propiedad en el ‘Pueblo de la Piedad’ es muy similar al sistema que impera en el resto del país. En el Thabarwa, la tierra pertenece supuestamente al monasterio y los derechos de sus residentes están restringidos. De la misma manera, en Myanmar, la Constitución de 1947, aprobada justo después de la independencia, otorgó toda la propiedad de la tierra al Estado. Los diferentes gobiernos desde entonces, y muy especialmente la junta militar, han reforzado este concepto. En la actual Constitución aprobada en 2008, la tierra aún pertenece al Estado pero se reconoce el “derecho a la propiedad privada, el derecho a la herencia […] de acuerdo con la ley”.

La Constitución de 2008 reconoce el derecho a la propiedad privada de la tierra, que hasta entonces pertenecía exclusivamente al estadoEn la práctica, poco se sabe sobre cómo aplicar esos derechos. En 2012, se aprobó la Ley de Tierra Agrícola que ponía en marcha un sistema de certificados para el uso de la tierra que podían ser comprados y vendidos. El gobierno de Thein Sein dejó además un borrador de directrices para una Política Nacional para el Uso de la Tierra que, aseguran los activistas, podría ser un importante paso para permitir el acceso a la tierra a las poblaciones más vulnerables. “El borrador está muy claramente a favor de los pobres y hay algunas provisiones que protegen contra la expropiación de tierras”, asegura Nyen Zarni Naing, abogado del Land Core Group. Las expropiaciones han sido otro de los grandes problemas relacionados con la tierra desde la apertura económica. “El borrador [también] dice algo sobre cómo regular la especulación [para evitar] que una gran cantidad de tierra está bajo de la propiedad de una o un grupo de personas. No es muy detallado pero indica que hay un problema en Myanmar”, continúa.

La tarea acaba de pasar, sin embargo, a la Liga Nacional por la Democracia (LND), el partido liderado por Suu Kyi y que, tras décadas de oposición en la sombra ganó en noviembre las elecciones parlamentarias. El nuevo gobierno de la LND, que tomó el relevo a finales del mes de abril, aún no ha dado detalles sobre su política de tierras, aunque el manifiesto publicado antes de las elecciones reconocía el “derecho a poseer la tierra y a transferirla según la ley”, al tiempo que anunciaba “programas para las personas sin tierra y los trabajadores itinerantes”. “Cada agricultor que trabaje en el campo debe poseer su tierra”, asegura U Nyan Win, portavoz de la LND.

A pesar de su corta vida, el ‘Pueblo de la Piedad’ es una comunidad bulliciosa y bien establecida. Las calles tienen nombres, el mercado ofrece una amplia variedad de productos, desde ropa a comida o utensilios de cocina, y las pequeñas tiendas han proliferado en cada rincón del pueblo. Los niños van a una rudimentaria escuela mientras que los adultos discuten en teterías. Sus habitantes pueden encontrar desde dentistas a clases privadas de inglés. Como en el resto del país, la gente no es propietaria de la tierra pero como el resto de sus compatriotas han empezado a vender y alquilar las parcelas de tierra. El pueblo está al completo y la única manera de conseguir un lugar donde vivir es encontrar a alguien que quiera marcharse. “Aquí el suelo es muy barato. Es imposible encontrar el mismo precio en cualquier otro sitio de Myanmar”, explica Kyaw Ye Khang, un profesor de inglés que pagó unos 1200 euros por una parcela que, asegura, le hubiera costado al menos tres veces más fuera del poblado.

Dos niños se sientan en una mesa en un callejón de Saytanar (W. Baxter)Dos niños se sientan en una mesa en un callejón de Saytanar (W. Baxter)

Un refugio para campesinos desesperados

Tun Shew encontró a sus 54 años algo de prosperidad en el pueblo. Como muchos otros de sus vecinos, Tun Shwe era, antes de llegar a Thabarwa, un pequeño campesino que cultivaba arroz en el delta del río Irrawaddy, pero que no podía hacer frente al continuo incremento del precio de los fertilizantes y al descenso de sus cosechas. “El clima ya no es lo que solía ser. No hay agua”, dice Tun Shew. Cuando llegó al pueblo en 2012, abrió una pequeña tienda en la “Calle de la Libertad”, cercana al mercado, donde ahora vende alimentos básicos y carbón vegetal. Hoy, su tienda es la más grande del poblado y Tun Shwe se ve a sí mismo como un empresario floreciente. “Tengo una vida tranquila ahora. Ya no tengo que preocuparme por el dinero”, explica el vendedor.

Las calles del ‘Pueblo de la Piedad’ no están asfaltadas, y en verano apenas hay agua potable. Los incendios son frecuentesPero el ‘Pueblo de la Piedad’ está lejos de ser un paraíso. Las calles son polvorientas porque no están asfaltadas, apenas hay agua potable durante el verano y los baños públicos se inundan fácilmente. “Uno de los principales problemas es el bajo estándar de vida. Estamos intentando cambiar las casas de bambú por otras de cemento, para que no se quemen tan fácilmente. Y también queremos construir un crematorio. Tenemos problemas con los cadáveres”, explica Khin Lay Chit, gestora del pueblo. “Pero no tenemos suficiente dinero”.

El dinero procede del propio monje Ottamasara, que es adorado como una especie de Dios en el pueblo. Su huesudo retrato cuelga en la mayor parte de las casas y sus residentes corren a verlo cada vez que pide comida y donaciones en el pueblo. “Cuanto más ayudo, más puedo hacer, porque consigo muchas donaciones. Las donaciones que consigo son mayores que los gastos”, dice el monje, quien recibe la mayor parte del dinero de birmanos de clase media y alta que visitan el monasterio o que manda su donación desde el extranjero. “Saben que la gente está necesitada aquí y quieren ayudar”, dice el monje.

Ottamasara quiere ahora expandir el modelo a través del país. “Es la responsabilidad del Gobierno [ayudar a la gente que no tiene tierra] pero yo también voy a ayudar al gobierno y a la gente haciendo esto”, dice. “Quizá no sean ricos, pero al menos serán capaces de sobrevivir”.

Fuente: ElConfidencial.com