El nuevo descenso a los infiernos de Kabul

14.12.2015 – 05:00 H. Kabul se ha consolidado desde hace años como una capital llena de controles, inhibidores de frecuencia de móviles, ‘check ...

14.12.201505:00 H.

Kabul se ha consolidado desde hace años como una capital llena de controles, inhibidores de frecuencia de móviles, ‘check points’ y restricciones en los movimientos de los trabajadores extranjeros. Ya nadie se extraña al ver las estrictas medidas de seguridad en las grandes superficies comerciales, embajadas, mezquitas y edificios que resulten sensibles de ser atacados. Barreras, controles que detectan las bombas debajo de los coches, cámaras de vigilancia, seguridad privada, antiguos agentes de inteligencia trabajando como asesores de periódicos de tirada internacional, búnkeres dentro de las oficinas, guías de evacuación en caso de un posible asalto…

A pesar de todo ello, en los dos últimos años la capital afgana se ha vuelto peligrosa para los extranjeros.

A principios de abril de 2014, la frágil sensación de seguridad se quebró tras el asesinato de la veterana reportera gráfica alemana y premio Pulitzer Anja Niedringhaus, de 48 años, a sangre fría a manos de un policía en Khost. El incidente resultó ser un jarro de agua helada en la confianza depositada en las fuerzas de seguridad afganas, requisito indispensable para completar el proceso de retirada de las tropas internacionales. Al incidente le siguió una cadena de ataques contra objetivos extranjeros que destapó la falta de confianza en el nuevo cuerpo de policía afgano.

“Hace unos años era mucho más sencillo moverse por Kabul, pero ahora la situación se ha deteriorado mucho“, explica un fotógrafo español

“Fue una cuestión de segundos. Rápidos pero jodidamente lentos. El sonido del arma cargándose se deslizaba por mi espalda. Sin apenas darme tiempo para preguntarme qué estaba pasando, tenía delante de mí a un policía apuntándome a la cabeza. Su mirada estaba perdida mientras unas voces en pasthu repetían una y otra vez que soltara el arma. Apenas fueron un par de segundos. De repente había pasado de estar sacando fotos a unos controles policiales en las afueras de Kabul a ser víctima de un balazo en la cabeza. De repente, la determinación que irradiaban sus ojos fue desbordada por las dudas tras los gritos de advertencia de sus oficiales. A mi cabeza solo venía el recuerdo de Anja”, explica a El Confidencial un fotógrafo español que lleva cubriendo el país asiático desde 2009.

“Hace unos años era mucho más sencillo moverse por Kabul, pero ahora la situación se ha deteriorado mucho. Incluso los conductores de un periódico con el que trabajo no tienen permitido bajar del coche por miedo a que alguien ponga una bomba lapa”, agrega.

Los insurgentes ya no solo atacan los ‘guest house’ (hostales), centros comerciales, hoteles de lujo y restaurantes para extranjeros, sino que también asaltan viviendas privadas en las que vive personal de organizaciones humanitarias.

Un miembro de seguridad privada hace guardia en el lugar del ataque en Kabul. (EFE)Un miembro de seguridad privada hace guardia en el lugar del ataque en Kabul. (EFE)

Este año, dos cooperantes de nacionalidades holandesa y alemana fueron secuestradas en Kabul. La primera fue puesta en libertad el pasado septiembre tras tres meses cautiva. La cooperante alemana trabajaba para la Agencia Alemana de Cooperación Internacional (GIZ, en sus siglas en inglés) y fue secuestrada a plena luz del día de camino a su oficina en el barrio de Qalai Fathulá, una zona muy transitada y de alta seguridad de Kabul, donde se concentran las dependencias de varias organizaciones. Permaneció tres semanas secuestrada hasta que fue puesta en libertad el 18 de octubre.

Kabul es muy difícil ahora. Desde que mi colega fue secuestrada, no se nos permite vivir en casas nunca más. Solo se nos permite vivir en la oficina y no podemos salir solos a la calle”, explica a El Confidencial otro trabajador humanitario de GIZ.

Funcionarios de seguridad afgana inspeccionan el lugar del atentado. (EFE)Funcionarios de seguridad afgana inspeccionan el lugar del atentado. (EFE)

Los talibanes han confirmado con sangre y fuego que ni los sitios que podrían resultar más seguros lo son. Uno de los tristes ejemplos fue la incursión de un comando suicida al fortificado hotel Serena de Kabul en marzo de 2014, que acabó con la vida de la familia del niño Abuzar, que milagrosamente sobrevivió al ataque en el que vio cómo asesinaban a su padre periodista, a su madre y a su hermano en el restaurante del lujoso hotel.

El pasado viernes, dos policías españoles murieron en el ataque suicida contra la cancillería española y dos viviendas para el personal de la embajada. Que en menos de una semana los talibanes hayan podido infiltrarse en el ultraprotegido aeropuerto internacional de Kandahar -burlando tanto a las autoridades afganas como a policías internacionales- y hayan matado a más de 60 personas, y dos días después asaltaran la embajada de España demuestra su gran capacidad de ataque.

Este año ha sido uno de los más sangrientos desde 2001, dejando al menos 1.592 muertos y 3.329 heridos civiles solo en el primer semestre. No hay que olvidar que ahora los talibanes se han dividido en dos facciones, después de que este verano varios dirigentes no aceptaran la elección del mulá Ajtar Mansur como nuevo líder para sustituir al fallecido mulá Omar. La nueva facción insurgente, el Alto Consejo del Emirato Islámico de Afganistán, es aún más violenta y letal que los propios talibanes, ya que han jurado lealtad al Estado Islámico.

La seguridad en Kabul ha sido y sigue siendo una de las asignaturas pendientes en el país centroasiático. Cientos de miles de millones de dólares se han invertido en los últimos años para la formación de las fuerzas de seguridad afganas, como parte del compromiso de la Administración Obama para marcharse de Afganistán. Decenas de miles de nuevos reclutas recibieron un entrenamiento de seis semanas a contrarreloj para engrosar las filas de la nueva policía afgana, que debía asumir el control de la seguridad desde 2013 a medida que se reducía el número de tropas de la OTAN en el país.

Cuando las tropas estadounidenses y las que conforman la misión de las Naciones Unidas se marchen, Afganistán se quedará desamparada

Miles de jóvenes, muchos de ellos menores de 18 años, se alistaron al cuerpo de la policía ante la imposibilidad de obtener un puesto de trabajo y para poder cobrar los casi 300 dólares de salario mensual. En un país donde la renta per cápita no llega a tres dólares diarios, unirse a las fuerzas de seguridad supone un importante espaldarazo para el futuro. Además, todos los reclutas reciben tres comidas diarias, uniformes relucientes, un techo en el que resguardarse e incluso agua caliente, algo de lo que carece la inmensa mayoría de la población de Afganistán.

Después de asistir a varias clases prácticas y teóricas en la academia, la pregunta surgía por sí sola: ¿están preparados para enfrentarse a la insurgencia? Otro factor a tener en cuenta es que un salario de unos 300 dólares no puede competir con los 1.000 que ofrecen los talibanes por engrosar sus filas.

En unos años, cuando las tropas estadounidenses y las que conforman la misión de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) se marchen definitivamente, Afganistán se quedará desamparada. Como nos dijo un conductor en nuestra última visita a Kabul: “Llevamos demasiado tiempo en guerra. Los extranjeros vienen, cobran muchísimo dinero y se van, pero solo los afganos son los que sufren y seguirán sufriendo esta violencia. Cuando tu hijo se va a la escuela, le abrazas fuertemente, nunca sabes qué puede pasar, puede que no le vuelvas a ver”.

Fuente: ElConfidencial.com