El poder de Erdogan se desploma

“El plan de Erdogan de imponer un sistema presidencialista es un gran peligro. Si lo logra, en Turquía habrá una guerra civil”, decía Ibrahim. ...

“El plan de Erdogan de imponer un sistema presidencialista es un gran peligro. Si lo logra, en Turquía habrá una guerra civil”, decía Ibrahim. Este comerciante es kurdo, y por eso hace ya meses que tiene decidido su voto por el Partido Popular Democrático (HDP) de Selahattin Demirtas. “Yo quiero lo que representa la democracia, poder expresarme en mi lengua, que los niños puedan ser educados en su lengua materna, y que se protejan las culturas de los diferentes pueblos de Turquía”, afirma, reproduciendo una de las demandas históricas del movimiento nacionalista kurdo.

Pero durante esta campaña, el HDP ha luchado por superar su etiqueta como “el partido de los kurdos” y abrirse a otras minorías, acaparando el voto de los descontentos. La estrategia ha funcionado: en las elecciones de ayer, el HDP obtuvo un cómodo 12 %, lo que le permitió entrar en el Parlamento con nada menos que 78 escaños, que de otro modo habrían ido a parar casi en su totalidad al gobernante Partido Justicia y Desarrollo (AKP) de Recep Tayyip Erdogan.

En ese caso, la formación habría gozado de poder suficiente para escribir una nueva Constitución, con un elemento central: el establecimiento de un sistema presidencialista, en el que el presidente Erdogan gozase de poderes casi absolutos.

El proyecto autoritario de Erdogan ha quedado relegado al cajón de los sueños incumplidos

Pero con la irrupción del HDP en el Parlamento, el proyecto autoritario de Erdogan ha quedado relegado al cajón de los sueños incumplidos. Con un 41 por ciento de los votos, el AKP ha vuelto a ser el partido más votado del país, pero se trata de una victoria pírrica: el nuevo reparto de escaños le deja con apenas 260 diputados, de un total de 550.

No solo pierde la mayoría absoluta, sino que se ve obligado a gobernar en minoría, o tratar de forjar una coalición con alguno de los partidos opositores. Las otras dos grandes formaciones del país, el Partido Republicano Popular (CHP), de orientación secularista, y el ultranacionalista Partido de Acción Nacional (MHP) obtienen respectivamente 130 y 82 escaños.

El resultado no ha sido totalmente inesperado: la tensión ante el terremoto político que suponía el éxito del HDP -que logra nada menos que 78 diputados- ha llevado a que los miembros del partido hayan sufrido decenas de ataques en los últimos dos meses. El mas grave ocurrió el pasado viernes, cuando dos bombas estallaron en un mitin electoral, matando a cuatro personas e hiriendo a casi dos centenares de asistentes.

“Pensamos que estos ataques son un intento de que se aplacen las elecciones”, dice Ibrahim. “Si tras el atentado del viernes hubiésemos salido a las calles, como otras veces, se podría haber decretado un aplazamiento, y habríamos perdido muchos votos”, asegura. Pero la sangre fría de sus líderes, que han luchado por mantener la calma entre sus seguidores, ha dado sus frotos.

Celebraciones en las calles de Estambul (Reuters).Celebraciones en las calles de Estambul (Reuters).

¿Es posible la coalición?

No hay una coalición fácil a la vista: los líderes de los tres principales partidos de oposición (el Partido Republicano Popular, o CHP, de orientación secularista; el ultranacionalista Partido de Acción Nacional, o MHP; y el HDP) han jurado que no pactarán con el AKP ni apoyarán la iniciativa de Erdogan para la “superpresidencia”.

Tanto este como su primer ministro, Ahmet Davutoglu, han arremetido duramente contra el CHP y el HDP en los mítines, acusándoles de ser parte de una misma conspiración contra el gobierno en connivencia con “organizaciones terroristas”. No así contra el MHP, hacia el que han mantenido una retórica mucho más suave, probablemente con la esperanza de forjar una alianza con este partido si los resultados electorales le son más adversos de la cuenta.

¿Podría realizarse semejante pacto? Parece difícil, cuando el MHP ha basado parte de su campaña en la presunta corrupción gubernamental, que podría convertirse en el talón de Aquiles del AKP. Cuando este partido llegó al poder en 2002, lo hizo en parte ayudado por la idea generalizada de que los islamistas eran menos corruptos que sus oponentes.

Y en las anteriores elecciones de 2011, el enriquecimiento ilícito no se encontraba entre el rosario de críticas enarboladas por la oposición. Pero las operaciones anticorrupción de diciembre de 2013, que implicaron a decenas de personas del entorno cercano de Erdogan e hicieron tambalearse al gobierno, acabaron con esta percepción.

La reacción del ejecutivo fue fulminante: denunció las iniciativas policiales como una “intentona golpista”, apartó de sus cargos a miles de policías y fiscales, e incluso ha llevado a juicio a los principales responsables de la investigación. Además, las autoridades turcas han tomado la costumbre de abrir juicios contra aquellos que se atrevan a mencionar el tema, bajo la acusación de “insultar al presidente” o a otros funcionarios públicos.

Simpatizantes de la formación kurda celebran sus buenos resultados en Estambul (Reuters)Simpatizantes de la formación kurda celebran sus buenos resultados en Estambul (Reuters)

Corrupción

Más de un centenar de personas han sido procesadas desde agosto por este motivo, y se enfrentan a penas de entre dos y seis años de cárcel. Los miembros y simpatizantes del partido insisten ahora en que se utilice la denominación oficial, “AK Parti”, con la esperanza de dejar un poso en las mentes del electorado (“Ak” significa “blanco”, “puro”, en turco), pero sin demasiado éxito. La cuestión de la corrupción ha entrado de lleno en el debate público.

Según un sondeo de la sección turca de Transparencia Internacional, un 67 % de los encuestados cree que el nivel de corrupción se ha incrementado en los últimos dos años, y un 54 % de ellos cree que seguirá aumentado en los dos siguientes.

Además, muchos basaron sus encuestas en su experiencia personal: el 28 % de ellos aseguró que se les había exigido pagar un soborno en los últimos 24 meses. “Aquellos que pagan sobornos mientras lidian con funcionarios en áreas de servicios básicos como salud, educación, seguridad y la judicatura entienden el proceso como parte de un procedimiento ordinario”, explica Oya Özarslan, directora de esta organización.

“La rapidez del gobierno a la hora de detener la investigación anticorrupción ha sembrado serias dudas en la sociedad sobre el que los sospechosos vayan a ser nunca llevados ante la justicia. La investigación, de una forma u otra, fue detenida, y los fiscales que la dirigían fueron apartados de sus cargos. La postura de las autoridades políticas podría alimentar la corrupción y el soborno. Está claro que el mensaje enviado por el gobierno al pueblo en este asunto es muy preocupante”, afirma Özarslan.

Durante la campaña, el MHP desplegó enormes carteles electorales que representaban el “AK Saray”, el gigantesco palacio presidencial construido por Erdogan, junto a la cifra de su astronómico coste: 1.370 millones de liras turcas (más de 460 millones de euros), y una leyenda: “No es un palacio blanco, es un palacio oscuro”.

Una imagen de la jornada electoral (Efe).Una imagen de la jornada electoral (Efe).

Censura y represión

El líder del partido, Devlet Bahçeli, había prometido convertir el edificio en un museo si gana. Los carteles fueron retirados dos semanas antes de las elecciones, ante la alegación, una vez más, de que suponían un “insulto al presidente”. Pero el mensaje puede calar en un electorado que comienza a ser consciente de que la situación económica no es ni mucho menos tan boyante como la presenta el gobierno.

“La confianza y el entorno para las inversiones está empeorando. La gente desconfía debido al comportamiento de los políticos. No hay un sector económico independiente, porque el gobierno interviene constantemente, y tampoco se desarrollan políticas a largo plazo para aumentar el crecimiento”, explica el doctor Ensar Yilmaz, profesor del Departamento de Economía de la Universidad Técnica de Estambul.

“Los líderes políticos de Turquía están enfocados en políticas cortoplacistas, básicamente en el sector de la construcción, que es de donde viene el crecimiento, pero no de otros. Ahora, los líderes quieren cambiar las estructuras políticas, así que los inversores no saben qué va a pasar”, dice a El Confidencial.

En 2014, la economía turca creció a un discreto 2,9 por ciento, considerado insuficiente para absorber a las nuevas generaciones que se integran en el mercado laboral, y el país comienza a sufrir los efectos de su propia burbuja inmobiliaria.

El paro ronda el 11 por ciento, una cifra que, aunque positiva para los estándares regionales, es la más elevada en mucho tiempo, y supone un potente indicador de que la economía ha iniciado una “desaceleración acelerada”, como se vio forzado a admitir recientemente incluso el propio Erdogan, que calificó la situación de “crisis temporal que será superada”.

Fuente: ElConfidencial.com