El pueblo italiano que se ha erigido en defensor del Occidente cristiano

21.12.2015 – 05:00 H. En Pontoglio, no todos están invitados a entrar. Lo avisan unos letreros de metal de color marrón, de aquellos que usualmente se usan ...

21.12.201505:00 H.

En Pontoglio, no todos están invitados a entrar. Lo avisan unos letreros de metal de color marrón, de aquellos que usualmente se usan para señalar los sitios de interés geográfico, cultural o turístico. Letreros que son todo un aviso a navegantes y desprevenidos que pasen por esta diminuta localidad enclavada en el norte de Italia.

“Pontoglio. Pueblo de cultura Occidental y profunda tradición Cristiana”, recitan los carteles, con mayúsculas incluidas. Y continúan con una advertencia imposible de ignorar: “Quien no quiera respetar la cultura y las tradiciones locales, es invitado a irse”, se lee en los letreros, que, ante la duda, han sido colocados en todas las rutas de acceso al pueblo. Como en la Edad Media, diríase.

En épocas de muros que vuelven a levantarse, la iniciativa fue aprobada casi por unanimidad por la junta comunal, mediante la ordenanza 168 -de la cual obtuvo copia El Confidencial-. Fue el pasado 30 de noviembre, y solo un teniente de alcalde salió de la sala durante la votación, como rechazo a la medida. Así, el miércoles y jueves pasado colocaron los carteles, en el confín con los cinco pueblos fronterizos de Pontoglio: Palazzolo Sull’Oglio, Palosco, Urago d’Oglio, Cividate al Piano y Chiari. Todo se pagó con dinero público.

La orden tuvo el beneplácito del alcalde, Alessandro Giuseppe Seghezzi, quien el pasado 7 de diciembre emitió un comunicado oficial defendiendo su decisión y dando sus razones. “Hoy vivimos en una época de transición: muchos invocan con insistencia la seguridad como salvaguarda de su vida, pero también como salvaguarda de su cultura, de sus valores y de las potencialidades de su territorio”, escribió Seghezzi, elegido en 2011 como representante de una coalición de centro-derecha integrada por una lista cívica, la Unión de los Demócratas Cristianos (UDC) y el Pueblo de las Libertades (PDL) del otrora primer ministro de Italia Silvio Berlusconi.

Acta de la reunión del ayuntamiento de Portoglio en la que se decidió colocar los carteles.Acta de la reunión del ayuntamiento de Portoglio en la que se decidió colocar los carteles.

“Este acto es una invitación a respetar la cultura y las tradiciones locales. Una cultura que se basa en el respeto recíproco”, continuó Seghezzi. “El respeto del otro, para nosotros, la verdadera forma de ser civiles y libres”, aseguró el alcalde, quien, contactado por este diario, no estaba disponible para hacer comentarios.

Vecinos contra la medida

– ¡Ay qué vergüenza, qué vergüenza me da! Soy de Pontoglio de toda la vida… ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Qué tienen estos en la cabeza? ¿Y quién dice que yo soy cristiana? Qué desastre…

Silvia Parmigliana no sale de su asombro. Cuando su marido le envió la foto del letrero por un conocido sistema de mensajería instantánea, añadió un mensaje: “¿Es en este pueblo que quieres abrir un bar? Yo digo que no lo hagamos. Mira lo que han hecho”, recitaba. “El año pasado hubo un problema con unos extranjeros. Durante un robo, asesinaron al encargado de un matadero. Pero esto no es lo que son la mayoría de los inmigrantes, la mayoría son trabajadores, viven aquí desde hace años”, reflexiona Parmigliana, que en su tiempo libre es presidenta de la sede local de una de las mayores asociaciones de promoción social en Italia, la ARCI.

Un 16 por ciento de los 6.900 habitantes de Pontoglio son inmigrantes regularizados que trabajan en el sector agrícola y la industria local

Según ella, fue justamente el asesinato del carnicero lo que dio origen a estas iniciativas de su ayuntamiento, el cual aprovechó la ocasión para apelar a sus electores más conservadores. “Sí, es verdad, ese asesinato fue un hecho muy lamentable. Al pobre hombre le dieron un paliza y se murió días después. Pero también ha pasado que unos chicos italianísimos le robaron a una anciana de 80 años y eso pasó casi desapercibido“, coincide Roberta Tedeschi, veterinaria y también nacida en el pueblo. “El problema es la ignorancia, y la ignorancia es peligrosa, alimenta el miedo hacia el otro. Eso es lo que están haciendo, nos dicen que los extranjeros son gente mala. Es muy feo, es racismo”, continúa Parmigliana.

Claro que no todos opinan como Parmigliana y Tedeschi en Pontoglio, pueblo de no más de 6.900 almas (de las cuales un 16% son inmigrantes regularizados que trabajan en el sector agrícola y en algunas industrias locales que sobreviven en esta zona, situada a solo unos pocos kilómetros de Milán). Están, por ejemplo, los de la Liga Norte, el partido secesionista y xenófobo que, a pesar de sus múltiples escándalos de corrupción, aún campa a sus anchas en algunas áreas del norte de Italia, en especial en las regiones de Lombardía -donde está el mencionado pueblo-, Véneto y Piamonte. De ahí que la noticia de los carteles inflamara ánimos en el pueblo, donde ahora no se habla de otra cosa, y el debate y la división han cobrado intensidad.

Tanto es así que en las más conocidas redes sociales han aparecido algunos comentarios poco agradables, y artículos controvertidos fueron publicados en diarios regionales. Algo que, según los partidarios del alcalde, se debe a que existe un problema de seguridad que es ignorado por un Estado central ausente. “No hay suficientes policías y son muchos los problemas irresolutos”, dice un colaborador del ayuntamiento afín al alcalde. “Sería un error rebajar esta iniciativa a puro racismo”, advierte.

“¡Que intervenga el Papa!”

Pero el abogado Alberto Guariso, de la Asociación de Estudios Jurídicos sobre la Inmigración (ASGI, por sus siglas en italiano), rechaza rotundamente estas justificaciones. Para él, el caso de Pontoglio “es claramente discriminación. Razón por la cual de momento le hemos enviado una carta al alcalde y luego, si es oportuno, emprenderemos una acción legal”, dice el letrado, al subrayar que hay una amplia literatura jurídica europea y nacional que condena este tipo de medidas.

No es la primera vez, de hecho, que Seghezzi y ASGI batallan. Cuando hace unos meses, el alcalde subió la tasa para el certificado acreditativo de las condiciones de habitabilidad -necesario para que los inmigrantes obtengan el permiso de estadía o el procedimiento de reunificación familiar-, de 50 a casi 500 euros, Pontoglio fue llevado a los juzgados. ASGI ganó y el ayuntamiento tuvo que restablecer el monto precedente. “Y, sin embargo, no se han dado por vencidos ni son los únicos que han llevado a cabo una iniciativa similar”, subraya Guariso. De hecho, según la prensa local, al menos otros tres pueblos cercanos -Seriate, Telgate y Albino- han intentado elevar esa tasa, en un evidente intento de disuasión para los inmigrantes que habitan en la zona.

Hace unos meses, el alcalde multiplicó por diez la tasa para el certificado acreditativo de las condiciones de habitabilidad para disuadir a los inmigrantes

Tampoco es la primera vez que un pueblo italiano adopta medidas así de excéntricas y controvertidas. Ya en febrero de 2014, un tribunal tuvo que intervenir para pedir que el ayuntamiento de Varallo, en la región norteña de Piamonte, quitara unos carteles que prohibían la entrada a mujeres con niqab o burka, dos de los velos integrales que usan las musulmanas en diferentes zonas del mundo, y a los ‘vu cumpra’, como se llama coloquialmente en Italia a los no comunitarios, en su mayoría africanos, que venden productos ‘pirata’ en las calles. “En el último año, coincidiendo con la ola de refugiados que está llegando a Europa, han vuelto a manifestarse algunas retóricas racistas y ha subido la tensión social, fenómenos que habían disminuido en el periodo anterior”, observa Guariso.

La retórica y los motivos de estas medidas, en síntesis, parecen los mismos de siempre. Es decir, azuzar el prejuicio sobre el extranjero malvado, coincidiendo con hechos de actualidad. Eso a pesar de que, esta vez, el tiro podría salir por la culata. “Es una payasada”, fue el comentario en caliente de Gianni Forlani, alcalde de Cividade, fronterizo con Pontoglio. Y también Roberta Tedeschi, la veterinaria, ha desenvainado el sable. “Por mucho tiempo, nos hemos quedado callados, pero esto último es inadmisible. Quiero organizar una protesta y me gustaría que intervenga el Papa. ¡Que intervenga el Papa! ¿Acaso estos son los valores que él promueve? No me parece que sea así“, asegura.

Fuente: ElConfidencial.com