El 'zulo' donde se estudia (y se decide) todo nuestro futuro comercial

Como la biblioteca de la abadía benedictina de Umberto Eco, sólo unos pocos elegidos pueden entrar y está repleta de secretos. Le llaman reading room (sala ...

Como la biblioteca de la abadía benedictina de Umberto Eco, sólo unos pocos elegidos pueden entrar y está repleta de secretos. Le llaman reading room (sala de lectura) y son apenas seis metros cuadrados escondidos en los laberínticos pasillos del Parlamento Europeo.

Entre sus cuatro paredes, los 751 eurodiputados (sólo ellos) tienen acceso a las carpetas y papeles en los que se está escribiendo nuestro futuro: las negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio e Inversión (TTIP) que la Comisión Europea negocia con Estados Unidos desde 2013 y que han entrado en una fase decisiva. 

“Hay que pedir cita y dejar claro qué documentos vas a consultar. Una vez allí, antes de entrar, te hacen firmar hojas y hojas con cláusulas de confidencialidad para evitar cualquier filtración. Y tienes que dejar todo lo que lleves fuera. No se puede introducir ni un papel, ni un bolígrafo, ni un diccionario… nada”, explica una eurodiputada del PSOE, Inmaculada Rodríguez Piñero.

“Una vez que estás dentro”, continúa, “un funcionario te vigila en todo momento. Se sienta frente a tí y te observa sin pestañear, es muy incómodo. Tienes dos horas y puedes hacer anotaciones en un papel especial que te dan ellos, papel de agua, que supuestamente no se puede fotocopiar”.

La idea de habilitar una “sala de lectura” surgió en respuesta a la presión de organizaciones y partidos políticos europeos, que denunciaron la falta de transparencia con la que se estaban llevando a cabo las negociaciones. “¿Por qué ese secretismo? ¿Qué tienen que ocultar?”, se preguntaban. Un problema que no se planteó en Washington, donde ni siquiera se ha considerado necesario habilitar una reading room.  

En Estados Unidos, país generalmente más avanzado en temas de transparencia, se da por hecho que los tratados comerciales se llevan a cabo en privado. La Administración Obama insiste, de hecho, en que de todos los TLC que han hecho en su historia, este es el más transparente y en el que interviene más gente.

Aunque sólo una minoría de ellos pasa tiempo revisando documentos en el “zulo”, las conclusiones a las que lleguen los eurodiputados son decisivas. La Comisión Europea (el Ejecutivo) es el encargado de negociar y parece proclive al acuerdo, pero todo tendrá que ser ratificado por en sede parlamentaria y, después, por los diferentes países miembro.

Para evitar sustos de última hora, los europarlamentarios (divididos en comisiones temáticas) preparan ahora un informe, que presentarán en las próximas semanas, con recomendaciones de enmienda y “líneas rojas” para que la Comisión pueda hacerse una idea de cómo votarán si el texto llega a sus manos.

La eurodiputada socialista Rodríguez Piñero es registrada en el acceso a la sala de lecturaLa eurodiputada socialista Rodríguez Piñero es registrada en el acceso a la sala de lectura

¿Qué va a pasar?

Los retrasos empiezan a preocupar, tanto en Washington como en Bruselas. Los detalles del acuerdo han dividido al Parlamento Europeo en varios grupos. El primero, formado por los más izquierdistas (en el caso español, Podemos e Izquierda Unida), los verdes y partidos nacionalistas de extrema derecha, se oponen a la totalidad y no están dispuestos a negociar en los términos establecidos por Washington. 

El Partido Popular Europeo y otras coaliciones conservadoras están generalmente a favor de llegar a un acuerdo lo más ambicioso y completo posible. Destacan, por ejemplo, el impacto positivo para industrias españoles como la cerámica, el calzado, la alimentación y el mueble. 

Entre dos extremos está la bola de partido, el voto decisivo. La tienen liberales y socialistas, que se sienten inclinados por sacar adelante el tratado para ponerse al paso con los tiempos y generar crecimiento y empleo. Pero no a cualquier precio.

De entre todos los asuntos en litigio, el hueso más duro de roer es seguramente el llamado organismo de solución de diferencias (ISDS), una especie de tribunal de arbitraje privado que exige Washington para resolver los conflictos entre un inversor y un Estado. Decenas de europarlamentarios socialistas y liberales han expresado abiertamente que su existencia erosionaría la soberanía popular y no están dispuestos a aceptarlo, al menos no sin unas condiciones previas muy definidas e introduciendo cambios que limiten su papel y permitan la apelación. 

“Los tribunales de arbitrajes privados no son necesarios. Son los tribunales nacionales los que deben cooperar. Los países europeos tienen sistemas jurídicos fiables, y no necesitamos arbitraje”, dijo esta semana en un seminario con periodistas el eurodiputado socialdemócrata alemán Dietmar Koster, quien considera que estos organismos son “antidemocráticos” y sólo sirven a las “grandes empresas”, ya que el resto (las PYMES) no puede asumir su elevado coste (un litigio puede ascender a varios millones de euros).

El ISDS es también motivo de controversia en EEUU, pero justo por lo contrario. Muchos representantes y senadores se han mostrado inclinados a votar en contra del TTIP si no se les ofrecen garantías a las grandes multinacionales de que sus inversiones y movimientos estarán regulados por organismos independientes al poder político europeo. Existe mucha presión por parte de los lobbies, grupos de presión que, en EEUU, reconocen abiertamente su papel en las negociaciones. 

Durante la visita de Mariano Rajoy a Washington el año pasado, el presidente de la poderosísima Chamber of Commerce (lobby que aglutina a las empresas más grandes del país), Thomas J.Donohue, lo admitió delante de decenas de periodistas: “Presidente, la idea de ese tratado salió de este edificio”, dijo con una media sonrisa, en referencia al TTIP.

Fuente: ElConfidencial.com