En este país rico buscar comida en la basura no es sinónimo de pobreza

Cada tarde, Kristifer Szabo y Mikkel Vind se ponen el abrigo, mochila a la espalda, cogen un par de bolsas extra y se dirigen al supermercado más cercano a ...

Cada tarde, Kristifer Szabo y Mikkel Vind se ponen el abrigo, mochila a la espalda, cogen un par de bolsas extra y se dirigen al supermercado más cercano a su residencia de estudiantes. La rutina de cualquiera antes de ir a hacer la compra en Aarhus, segunda ciudad más grande de Dinamarca. Nada especial. Sin embargo, este par de amigos no llevan lista de la compra, no saben lo que van a cenar. No entran por la puerta principal, van directos a los contenedores de basura. Lo que encuentren definirá su menú para toda la semana.

Esta no es la historia de dos personas en riesgo de exclusión de social o sumidas en la pobreza. Se trata de un estilo de vida elegido por ellos mismos. Kristifer, estudiante canadiense de clase media, y Mikkel, danés que trabaja media jornada hasta empezar de nuevo las clases, son dumpster divers (o buceadores de los contenedores, en su traducción literal). Ellos han elegido no pisar un supermercado desde hace años, no sólo para ahorrar o por conciencia social, sino porque además esta práctica les produce una especie de “subidón de adrenalina”.

Son muchas las preguntas que a uno le vienen a la mente al escucharlos. ¿Cómo alguien puede encontrar divertido buscar en la basura en uno de los países más desarrollados de Europa? ¿No resulta paradójico? Y, luego, está la idea de si será o no perjudicial para su salud. Antes de que podamos abrir la boca para acribillarle con nuestras dudas, Mikkel abre su nevera. Está a rebosar: filetes de ternera, salchichas, montones de frutas y verduras y hasta una tarta, en aparentes perfectas condiciones.

Dinamarca desperdicia alrededor de 541.000 toneladas de alimentos cada año, el equivalente a 1.125 millones de euros. Es el tercer país con un mayor índice de desperdicios por persona (alrededor de 660 kg anuales), sólo por detrás de Estados Unidos y Australia.

Otros países escandinavos como Suecia, Noruega y Finlandia lideran también la lista de desperdicio de comida y el dumpster diving es habitual. Sin embargo, Dinamarca es para muchos el paraíso de esta práctica. Una de las razones es que es legal, siempre que no se traspase la propiedad privada. La otra es que la mitad de la comida que desperdician los supermercados está en buenas condiciones, según destaca el informe “Addressing food waste reduction in Denmark”, publicado por Food Policy Journal el pasado año.

En Aarhus, gran parte de la población lo sabe. No sólo es un tema recurrente entre los círculos de estudiantes. Beth Merith, madre de familia y con un trabajo estable en una librería, cuenta que va cada día a los contenedores desde hace tres años. “Sólo como lo que encuentro”, asegura, y a veces le sobra. “Lo único que compro son yogures y leche, nada más”. Para ella, natural de Nueva York e instalada desde hace 25 años en el país nórdico, “Dinamarca malgasta demasiada comida y en buenas condiciones, es una locura”. Habla sin complejos, pero reconoce que existe aún algo de tabú acerca del tema. “Nadie en Estados Unidos me creería si les dijera todo lo que uno puede encontrar en los cubos de basura y hasta lo ordenados que están”.

En este país rico buscar comida en la basura no es sinónimo de pobreza

Una tendencia consolidada

Parece una costumbre bien establecida, pero ¿qué es exactamente el dumpster diving? Un estudio realizado por la universidad canadiense Simon Fraser en 2013 lo define como “un fenómeno cultural de un determinado momento histórico en el que los sistemas han alcanzado altos estándares de eficiencia en el mercado, que, sin embargo, no necesariamente cubren las necesidades de toda la población”. Según esta investigación, tal eficiencia en los países desarrollados ha hecho posible tener un suministro amplio y constante de los residuos de alimentos que se pueden encontrar en buen estado en la basura. Hoy en día, cada vez hay más personas que viven de ello y se ha convertido en una moda. No sólo en los países nórdicos, también en Canadá o Australia.

En una época en la que los alimentos orgánicos o las granjas ecológicas nos acercan a lo que comemos, el dumpster diving puede ser otra forma de romper distancias y volver a lo básico. Al menos, así lo vive Kristifer. “Es como estar en otra era en la que tienes que encontrar tu propia comida, es como volver a un estilo de vida simple”, cuenta mientras Mikkel asiente y muerde una manzana que recogió anoche.

Productos recogidos por Kristifer y Mikkel, en su residencia (Foto: Cristina Belda).Productos recogidos por Kristifer y Mikkel, en su residencia (Foto: Cristina Belda).

El Dumpster diving es también sinónimo de compartir dentro de la propia comunidad. Por ejemplo, cuando Kristifer y Mikkel llevan comida a su dormitorio se la ofrecen a sus amigos gratis. También Beth admite que cuando le sobra comida la comparte con desconocidos publicando a través de su cuenta de Facebook.

Para los chicos, incluso se ha convertido en una especie de adicción. “La otra noche, a la hora de acostarme no tenía sueño, así que me pasé por el contenedor a ver qué encontraba”, confiesa Mikkel, esbozando una tímida sonrisa. “Siento como una reacción química cada vez que abro la tapa, es como encontrar dinero en una moneda comestible”.

“Nada es gratis, no te van a dar una vuelta en un taxi, no puedes hacer una llamada gratis, pero de repente descubres que puedes comer a diario sin gastar nada y eso ya es una razón en sí misma”, dice Kristifer. Además, reconoce que come mejor que cuando hacía la compra. En el último viaje al contenedor se encontró con un montón de paquetes de salmón cuya fecha de caducidad era un día después. “Los pondré en el congelador y como recién comprados”, asegura. La guía de la organización Eat by date indica que el salmón, por ejemplo, es comestible dos días después de la fecha de caducidad si se conserva en la nevera y seis meses en el congelador. La carne envasada dura de seis a siete días en la nevera y ocho meses en el congelador, las manzanas pueden durar hasta dos semanas.

‘Friganismo’ y desarollo sostenible

Esta práctica suele estar ligada a una ideología más amplia que se conoce como friganismo, del término inglés freeganism. Se define como un estilo de vida anticonsumista que consiste en consumir el mínimo de recursos. Comer alimentos descartados, vestir ropa de segunda mano y amueblar sus casas con enseres abandonados en la calle son algunas de las prácticas de este movimiento que nació en Nueva York y se ha extendido por todo el mundo.

Pero no siempre es así. Según Jessica Aschemann-Witzel, investigadora del Proyecto sobre la Creación de Valor en el Sector de la Alimentación (COSUS) de la Universidad de Aarhus, no tiene por qué haber una ideología detrás de esta práctica o un perfil sociodemográfico concreto. “A veces se trata de personas que lo único que tienen en común es que quieren llamar la atención sobre el problema de los desperdicios de alimentos”.

¿Qué dicen los supermercados?

Plátanos con algunas motas negras, manzanas que no son lo suficientemente rojas, o naranjas blandas son razones suficientes para descartar alimentos, tanto para los consumidores como para los supermercados. La mayoría de productos se desechan unos días antes de su fecha de caducidad, ya que, aunque sigan siendo aptos para el consumo, los compradores no confían. Jefes y empleados de las principales cadenas de supermercados de Dinamarca, Føtex, Netto y Coop (Rema, Datos, Kvickly), así lo señalan.

Alexander (prefiere no dar su apellido), gerente de frutas y verduras del supermercado Netto, no tiene un criterio fijo a la hora de desechar los alimentos: “No sé a ciencia cierta cuándo un producto no es comestible. Como mi primer jefe me dijo una vez: ‘Si mi madre no lo compraría, no debo venderlo’. Los clientes no quieren poner en su mesa un alimento que les resulta feo, y con eso basta”.

Los supermercados consideran que buscar en la basura se trata de un hábito muy poco saludable y alertan sobre los posibles daños. En las políticas internas de la cadena Danks Supermarked a las que este diario ha tenido acceso, hay un apartado específico sobre dumpster diving. “Es muy peligroso comer comida de la basura, hay razones por las que se tira. Por ejemplo, hay alimentos que son retirados por las autoridades sanitarias cuando se descubre una bacteria que provoca que no sean aptos para el consumo humano”.

Anna-Rae Douglass y Robin Pickell buscan comida en un contenedor de Coquitlam (Reuters). Anna-Rae Douglass y Robin Pickell buscan comida en un contenedor de Coquitlam (Reuters).

Alexander cree que este comportamiento se pasa de la raya, no sólo en el límite de lo legal, también de lo ético. “No es que sienta que están robando, pero sí que es una falta de respeto hacia los consumidores. Creo que tiene algo de avaricioso”. Él tiene su propia alternativa: “Cada mañana guardo las frutas y verduras que no podemos vender y se las doy a una persona que las necesita, por el precio que acordemos. Por ejemplo, por una corona (0,13 céntimos), le doy una piña que vale catorce (1,80). Los dos ganamos y evitamos tirar comida”. Esta venta está permitida en el supermercado sólo con la fruta y verdura que vaya a desecharse.

En palabras de Heilns, manager de Føtex, “tenemos un compromiso con los consumidores y hemos de cumplir unos estándares. Entiendo que la comida es cara, pero hacemos todo lo posible para adaptar los precios y que todo el mundo pueda comprar. Si la gente quiere buscar en la basura, allá ellos, eso ya no es mi responsabilidad”, asegura.

Para reducir el desperdicio los supermercados han implantado diversas políticas. Una de ellas es bajar los precios de los productos que van a caducar pronto. En Rema 1000, uno de los supermercados situado en el centro de la ciudad, nada más entrar uno se encuentra montañas de frutas o verduras, pero también productos del hogar o hasta pasta de dientes, al 50% de descuento. “Nos deshacemos de todo rápidamente”, nos cuenta Martin, un trabajador de la tienda, con cierto aire de orgullo en su cara. Otras alternativas son llegar a acuerdos con granjas que utilizan el pan para alimentar a los cerdos, enviar los desperdicios orgánicos a plantas de compost y biogás o donar aquello que está en buenas condiciones a bancos de alimentos.

Productos en descuento que están a punto de caducar en un supermercado de Aarhus. Productos en descuento que están a punto de caducar en un supermercado de Aarhus.

Un 2×1 especial para calmar conciencias

El dumpster diving suena como que todos nosotros podemos comer gratis y a la vez calmar nuestras conciencia al sentir que estamos ayudando a reducir los desperdicios. Es un 2×1. Pero aceptar que tus tres menús diarios estarán en un contenedor requiere traspasar una barrera cultural y superar los estigmas. La mayoría de países de la Unión Europea desechan toneladas de comida, pero la panorámica es distinta. En España, por ejemplo, en diferentes comunidades como Sevilla o Córdoba está sancionado rebuscar en la basura, con multas que ascienden a 750 euros, aunque depende de los casos.

Tal y como alerta Aschemann-Witzel, hay que saber diferenciar y tener en cuenta que esta idea no está siempre asociada a necesidad. “En países que no son tan ricos no es tan común entre la opinión pública, primero porque no se malgasta tanta comida, y segundo porque aquellos que buscan en la basura lo hacen por otras razones obvias y no están interesados en llamar la atención sobre eso”.

Dinamarca tiene la segunda tasa de pobreza más baja de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, por debajo de 11,3%. La cantidad de la población que no puede pagar su comida está también por debajo de la mitad de la media de la OCDE. “Nunca nos hemos encontrado personas sin hogar rebuscando en los contenedores”, señala Kristifer. “¿Las hay en este país?, ríe.

Por otro lado, la inseguridad no es un problema en ciudades como Aarhus, por lo que cualquiera puede caminar a las tantas de la noche alrededor de un supermercado por muy aislado que esté. De lo único que tienen que preocuparse es de llevar una luz en su bicicleta para ver qué hay dentro y de dejarlo tal como se lo encontraron. Lo demás es cuestión de suerte.

¿Y cómo se plantea el futuro del dumpster diving? Para Kristifier lo más importante es que no les pongan candados a los contendedores. Para Beth, que sus dos hijas gemelas, ya mayores de edad, también se inicien en esta práctica, “aunque es algo que te tiene que gustar, ya que exige mucha dedicación”, comenta. Para el resto de actores implicados en el desperdicio de alimentos los retos a la hora de abordar este problema de forma global son un poco más grandes, no sólo en el ámbito económico, también social, nutricional y medioambiental. Como señala Aschemann-Witzel, “aún queda mucho por hacer y el dumpster diving no es ni mucho menos la solución, pero es una gran forma de sensibilizar a la población sobre el consumo responsable”.

Fuente: ElConfidencial.com

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