En todas partes cuecen habas regionalistas… también en el Brasil del 'impeachment'

14.05.2016 – 05:00 H. “Es el ‘impeachment’ del ‘impeachment’ del ‘impeachment’”, bromean los brasileños. No pierden el ...

14.05.201605:00 H.

“Es el ‘impeachment’ del ‘impeachment’ del ‘impeachment’”, bromean los brasileños. No pierden el buen humor ni en los peores momentos. El alejamiento de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil se ha convertido desde hace semanas en un asunto tan farragoso como surrealista. El pasado lunes pasará a la historia por la actuación bizarra del flamante presidente de la Cámara, Waldir Maranhão, que primero anuló la votación parlamentaria sobre el ‘impeachment’, y a las 12 horas cambió de opinión y revocó su propia decisión. Este episodio incluso ha robado protagonismo a la cita política más importante del año, la votación en el Senado para apartar a Rousseff de su cargo durante 180 días, en los que será juzgada políticamente por supuestas irregularidades en las cuentas públicas.

Lo que ha quedado patente tras meses de tira y afloja es que en el país tropical se combate en todos los frentes y con todas las armas, y que el efecto sorpresa es un factor decisivo para intentar hacerse con el poder. Para un observador español puede resultar monótona esta pugna entre políticos del país latinoamericano menos próximo a la cultura hispánica. Sin embargo, algunos elementos de la parálisis política que vive Brasil recuerdan poderosamente aspectos de la actualidad española.

En Brasil las reivindicaciones localistas de los Estados federales juegan un papel determinante en la vida política. Las presiones centrífugas de las regiones pueden llegar a bloquear el funcionamiento del EstadoEn España, una de las razones que han dificultado el pacto de Gobierno ha sido la postura de Pablo Iglesias sobre el independentismo catalán, que ha conducido al estancamiento durante un semestre y a la convocatoria de nuevas elecciones. De la misma forma, en Brasil las reivindicaciones localistas de los Estados federales juegan un papel determinante en la vida política. Las presiones centrífugas de las regiones condicionan casi todas las decisiones del Ejecutivo y pueden llegar a bloquear el funcionamiento del Estado, como acontece en la actualidad.

Brasil tiene un falso federalismo. Nuestro país sigue siendo un imperio, con un Gobierno central muy controlador que desde siempre ha impuesto su dominio a través de tratos oligárquicos, con raudales de dinero público y también a golpe de fusil, con el Ejército”, señala a El Confidencial Roberto Romano, profesor de Ética y Filosofía Política en la Universidad Estatal de Campinas (Unicamp). “El problema principal es que el Ejecutivo retiene el 70% de los impuestos nacionales, con lo cual todo el juego político en Brasil se reduce a la lucha de los Estados federales y de los Ayuntamientos para recibir financiación del Estado. Cuando todavía había cargos y dinero para repartir, los líderes regionalistas apoyaban a Dilma Rousseff. Ahora que no pueden conseguir más, porque el Estado federal está quebrado, le han dado la espalda”, añade.

“Este mecanismo funciona muy bien en el primer mandato, cuando el nuevo presidente recompone el Ejecutivo de cero. Cuando un partido lleva cuatro mandatos seguidos, como es el caso del Partido de los Trabajadores (PT), el poder central ya ha distribuido todo lo que tenía. No obstante, las regiones siguen demandando recursos. Mantener este sistema en vigor ha sido uno de los grandes errores del PT”, declara a El Confidencial Carlos Melo, profesor del Instituto de Ensino e Pesquisa (Insper).

Una pareja se besa frente al Congreso Nacional durante una manifestación en contra del Gobierno en Brasilia, el 11 de mayo de 2016. (Reuters)Una pareja se besa frente al Congreso Nacional durante una manifestación en contra del Gobierno en Brasilia, el 11 de mayo de 2016. (Reuters)

Larga historia secesionista

Romano recuerda el largo historial de intentos secesionistas del país más grande de América Latina, desde la guerra de los Farrapos (1835-1845) hasta la última intentona separatista con la guerra Paulista de 1932. “En Brasil existe un fuerte sentimiento regionalista, un deseo de autonomía cada vez mayor y una creciente rivalidad entre las regiones”, revela Romano. Hoy en la octava economía del planeta no hay un nacionalismo propiamente dicho ni una pluralidad lingüística como en España. Sin embargo, el peso de los Estados es aún mayor que el de las Comunidades españolas y los barones locales ejercen una presión enorme sobre Brasilia para llevar agua a su molino (léase dinero público).

“A diferencia de las colonias españolas, que se convirtieron en pequeños países, aquí en Brasil se consiguió mantener la unidad territorial, basada en la represión y en el acuerdo con los oligarcas regionales. Sin embargo, el miedo de un posible desmembramiento todavía existe, algo que España conoce muy bien”, afirma Romano. Estas reivindicaciones localistas explicarían el voto a favor o contra el ‘impeachment’ de los diputados brasileños, el pasado 17 de abril, y el de los senadores el 11 de mayo.

Los oligarcas regionales colocan a sus hombres en la Cámara y el Senado para exigir al Gobierno central un retorno monetario para sus regionesEste politólogo explica que el principal límite de la joven democracia brasileña reside en el carácter autoritario de los partidos políticos. “Los oligarcas regionales colocan a sus hombres en la Cámara y el Senado para exigir al Gobierno central un retorno monetario para sus regiones, y así conseguir perpetuarse en el poder”, afirma. El resultado es que los partidos son controlados por caudillos como José Sarney, que se quedó medio siglo en el poder administrando el Estado de Maranhão como su feudo particular.

“Los partidos no tienen una base ideológica o un programa formulado para la sociedad. Son grupos de presión cuyo principal objetivo es conseguir fondos en Brasilia. Por eso, el 99% de los 35 partidos brasileños no son democráticos. Los más grandes como el PMDB [el del casi presidente interino Michel Temer] son federaciones de oligarcas. Los pequeños partidos tienen un dueño en cada Estado, que decide los apoyos y las alianzas”, explica Romano. Y el voto sobre el ‘impeachment’, por supuesto.

Ningún partido brasileño celebra elecciones primarias, como en los Estados Unidos. Los líderes se eternizan en la dirección de los partidos, hasta por periodos de 30 años. Ellos son los que controlan las finanzas del partido y el juego de alianzas, y deciden cada uno de los candidatos que entra en las listas nacionales. Todo, absolutamente todo gira alrededor del dios Dinero, ante la falta absoluta de reglamentación y sin una ley sobre ‘lobbies’ que impida que la misma persona actúe al mismo tiempo como lobista y diputado.

Vista del Congreso Nacional de Brasil durante un atardecer en Brasilia, el 11 de mayo de 2016. (Reuters)Vista del Congreso Nacional de Brasil durante un atardecer en Brasilia, el 11 de mayo de 2016. (Reuters)

La fragilidad del sistema, al descubierto

En los últimos 20 años, algunas reformas han contribuido a mejorar ese panorama. “La Ley de Improbidad Administrativa, por ejemplo, ha permitido castigar al 40% de los políticos que usaron dinero público de forma impropia. No es un resultado suficiente, pero es muchísimo si consideramos la impunidad histórica que ha habido en Brasil durante 500 años”, asegura Romano.

El ‘impeachment’ de Dilma Rousseff ha revelado todas las fragilidades del sistema político brasileño. La Corte Suprema interviene casi a diario para dirimir conflictos entre políticos que no consiguen llegar a acuerdos a través de alianzas. Ante la ingobernabilidad, un fenómeno recurrente en Brasil desde lo años 50, varios sectores sociales piden con urgencia una profunda reforma política. “Hay un debate sobre el presidencialismo y algunos sugieren introducir en Brasil un parlamentarismo al estilo español”, señala a El Confidencial Rafael Cortez, analista político de la consultoría Tendências. “Yo creo que una eventual reforma debería centrarse en dos puntos: el cambio del sistema de financiación de los partidos, limitando las donaciones privadas, y la reducción del poder central sobre las empresas estatales como Petrobras”, añade.

Para Romano, solo una democratización de los partidos puede revertir la actual situación de parálisis e ingobernabilidad por la que pasa Brasil. “La reforma del sistema electoral no sirve de nada si no se produce una transformación profunda de los mecanismos internos de los partidos. Sería como un paliativo de abuelita, que te da un cariño y una bendición”, afirma. “Solo un fuerte movimiento ciudadanos puede conseguir presionar para este cambio, así como se hizo en el pasado para conseguir la Ley de Transparencia o la de Improbidad Administrativa, aprobadas gracias a la iniciativa popular”, agrega.

Otro politólogo, Carlos Melo, coincide en esta idea de que el impulso para el cambio debe venir desde abajo, a través de la presión popular. “Hay que disminuir el número de cargos públicos y aumentar el grado de profesionalización de la maquinaria del Estado. El sistema electoral solo necesita pequeñas mejoras. Tiene que haber una Asamblea Nacional Constituyente convocada por el pueblo que reforme todo el sistema político. Y para que sea eficiente, esta tiene que ser su única función. Los constituyentes no pueden ser candidatos en las elecciones”, declara. “Es necesario que esas multitudes que se articulan en internet y que salen para protestar presionen a los partidos desde dentro hacia el cambio”, agrega Romano.

Las protestas de 2013 mostraron al mundo entero que en Brasil hay una masa muy heterogénea de indignados. Tres años después, casi no queda rastro de aquella ‘primavera brasileña’ y las calles han sido tomadas por los manifestantes pro y ‘anti-impeachment’. ¿Dónde se han quedado los indignados brasileños? “Falta un liderazgo político para que estas manifestaciones espontáneas converjan hacia un verdadero cambio”, concluye Carlos Melo.

Fuente: ElConfidencial.com