Encuentro entre Obama y Castro: así se llegó al 'día imposible'

20.03.2016 – 15:18 H. En ‘Desde el jardín’ (1979), una de las mejores películas acerca de la psicología política norteamericana, un hombre de ...

20.03.201615:18 H.

En ‘Desde el jardín’ (1979), una de las mejores películas acerca de la psicología política norteamericana, un hombre de mediana edad y con problemas mentales se convierte -a fuerza de equívocos- en la opción más viable para ser nominado como futuro presidente de los Estados Unidos. De sus escenas, una en particular es memorable. En ella, el protagonista conversa con el embajador soviético durante una recepción. Al espectador le resultan evidentes sus múltiples incoherencias, pero no ocurre lo mismo con el resto de los personajes, quienes insisten en hacerse eco de sus supuestos aciertos. Entre todos uno trasciende el marco de la parodia y se convierte en una certeza que valdría la pena incluir en cualquier manual de Ciencias Políticas.

Usted y yo estamos más cerca de lo que creemos, amigo mío”, le dice el representante de Moscú, refiriéndose a un hipotético acercamiento entre ambas potencias. “Sí”, le responde el héroe, “nuestras sillas casi se tocan (como en efecto ocurría), y si usted cae yo también lo haría”.

Durante las últimas seis décadas las relaciones entre Cuba y Estados Unidos han tenido como base ese principio. Al margen de diferencias pretendidamente irreconciliables, no ha habido ocupante del Despacho Oval que no haya dedicado buena parte de sus esfuerzos a encontrar una solución para el “problema cubano”, ni día en el que los hermanos Castro hayan dejado de tender puentes para una hipotética negociación.

Así fue incluso en las circunstancias de mayor enfrentamiento y a través de los canales más insospechados, recuerda el investigador cubano Elier Ramírez Cañedo, coautor del libro ‘De la confrontación a los intentos de normalización: la política de los Estados Unidos hacia Cuba’. Por ejemplo, a solo meses de la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, en agosto de 1961, se produjo un encuentro entre el comandante guerrillero Ernesto Che Guevara y el asesor para asuntos latinoamericanos de la administración Kennedy, Richard Goodwin.

El memorándum enviado por este último luego de concluido el encuentro podría extrapolarse sin mayores esfuerzos al escenario actual: “Cuba está pasando por una severa crisis económica [… y] la Unión Soviética no está preparada para afrontar el gran esfuerzo necesario para ponerlos en camino (un brasileño me dijo: “no alimentas al cordero en la boca del león”), Cuba desea un entendimiento con los EEUU”.

Electo Rossel, estudiante de Medicina, escucha música en el Malecón de La Habana (Reuters).Electo Rossel, estudiante de Medicina, escucha música en el Malecón de La Habana (Reuters).

Una reconciliación difícil (y demócrata)

El capítulo más reciente en la historia de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos se abrió el 17 de diciembre de 2014, con el intercambio de prisioneros y el comienzo de un proceso tendente a la normalización de sus vínculos diplomáticos. Pero para entender la dinámica de los sucesos no basta con fijar un parteaguas en esa fecha, tan significativa dentro de la cosmovisión religiosa de la Isla. Una valoración justa de la visita a punto de producirse -y de los pasos que condujeron a ella- impone remontarse hasta marzo de 1996, momento en el que el entonces presidente William Clinton puso en vigor la Ley Helms-Burton.

La firma presidencial sobre el “Acta para la libertad y la solidaridad democrática cubana”, la más dura de las disposiciones que conforman el embargo estadounidense hacia la Isla, selló un dilatado proceso de presiones que se había iniciado casi dos años antes, luego de que el Partido Republicano tomara el control de ambas cámaras del Congreso por primera vez en cuarenta años.

Trece meses, cuatro posposiciones de votación y una peligrosa crisis diplomática hicieron falta para la entrada en vigor de la medida, que muy pronto fue calificada como “ilegal” por diversos organismos internacionales y la propia comunidad académica de Estados Unidos. El conflicto radica en su extraterritorialidad, asegura en un artículo el doctor Joaquín Roy, catedrático en Relaciones Internacionales de la Universidad de Miami. La Helms-Burton “no se conforma al derecho internacional pues los tribunales de un Estado (en este caso, Estados Unidos) no son el foro competente para las reclamaciones de Estado a Estado […] El balance final revela que los principales autores y patrocinadores de la ley parecían no demostrar preocupación alguna por las repercusiones internacionales de la legislación; los objetivos locales y parlamentarios primaban”.

Sin embargo, ni siquiera en esas circunstancias, llegaron a romperse del todo los vínculos entre las dos últimas capitales confrontadas por la Guerra Fría. Entre 1996 y comienzos de 1998, Fidel Castro y Clinton mantuvieron contactos secretos a través de diversos mediadores (entre los que se incluyó el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez), en materias relativas a la seguridad interna, la gestión de la base estadounidense que funciona en la bahía de Guantánamo y una pretendida aproximación favorecida por los acuerdos del quinto congreso del Partido Comunista de Cuba (en octubre de 1997).

Esa fue una etapa compleja, signada por sucesos tan contradictorios como la devolución a su padre del niño balsero Elián González (junio de 2000) o la desarticulación de la red de espionaje Avispa, la cual durante la mayor parte de la década de 1990 funcionó en el sur de la Florida. Pero el saldo final tendió hacia un acercamiento con La Habana, considera Ismael Fundora, analista de temas internacionales consultado por El Confidencial. “El relevante papel jugado por el exilio cubano de Miami durante las presidenciales de 2000, en contra de Al Gore y a favor de George W. Bush, lo demuestra. Con su política, Clinton y los demócratas se hicieron poco fiables para los enemigos de Fidel Castro, y eso terminó costándoles el condado de Miami-Dade -y con él- el estado de la Florida y la Casa Blanca”.

Un cubano sostiene una bandera estadounidense durante un desfile cerca de la Embajada de EEUU en La Habana (Reuters).Un cubano sostiene una bandera estadounidense durante un desfile cerca de la Embajada de EEUU en La Habana (Reuters).

El mandato de ocho años de Bush hijo -inaugurado con las desproporcionadas condenas a los Cinco y la ratificación de Cuba dentro de la lista de países promotores del terrorismo- constituyó un largo paréntesis solo alterado por la detención masiva de disidentes en 2003, la salida del poder de Fidel Castro (en julio de 2006), una permanente retórica contra el Gobierno de su hermano y sucesor, además de sanciones económicas que hicieron a la mayoría de los analistas suponer que el problema se mantendría sin solución al menos por varias décadas más.

Pero una vieja certeza política asegura que en cualquier lugar del mundo un demócrata es prácticamente lo mismo que un republicano… salvo en La Habana. Así lo corroboran casi sesenta años de relaciones entre ambas cancillerías: en pausa cada vez que un ‘elefante’ llega al Despacho Oval; reanimadas cuando quien lo ocupa es uno de los elegidos del bando rival.

Una muestra excelente puede hallarse en la cautelosa aproximación entre Obama y Raúl Castro, sin dudas uno de los ejercicios diplomáticos más arriesgados del fin de la Guerra Fría a la fecha. Sin circunstancias tan inusuales como las de un presidente negro y demócrata en el epílogo de su segundo mandato nada de esto hubiera sido posible, o hubiera sido mucho más difícil, opina Eric Langer, director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Georgetown. “La decisión del presidente supone un primer gran paso en la nueva relación de Estados Unidos con Cuba en particular, pero también de Washington con el resto de las naciones de América Latina”.

Llevada al contexto cubano, la ecuación también debe sumar la avanzada edad de la mayor parte de la cúpula dirigente de la Isla, hecho que la hace más susceptible a aceptar un acuerdo con los “enemigos históricos” y a abrir la puerta a nuevas formas de gestión de la economía, siempre y cuando no se pongan en discusión los principios políticos del sistema.

Mientras en el resto del país se busca una salida a la crisis especulativa que en los últimos meses ha hecho crecer exponencialmente los precios de los alimentos y los principales artículos de primera necesidad, La Habana se alista para recibir a su primer presidente norteamericano en casi noventa años. Algunos especulan que después de esos tres días muchas cosas pudieran cambiar; otros simplemente apuestan a la arista melodramática de la visita: un hasta hace poco inimaginable encuentro entre el inquilino de la Casa Blanca y los Castro. Después de tantos años de diferencias, la distancia entre ambas capitales parece haberse reducido a una mesa de negociaciones.

Fuente: ElConfidencial.com