Entramos en el barrio más peligroso del país más violento, Honduras

28.06.2016 – 05:00 H. El presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández Alvarado, convoca una rueda de prensa inaudita. Hace tiempo que no se recordaba un ...

28.06.201605:00 H.

El presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández Alvarado, convoca una rueda de prensa inaudita. Hace tiempo que no se recordaba un San pedro Sula sin homicidios en 72 horas. En esta ciudad industrial, la segunda de Honduras, resulta atípico amanecer sin sangre en las noticias. Ha sido Nochevieja y, aun con habituales episodios violentos en el pasado, parece que las fiestas han aplacado los ánimos. El día luce soleado, como de costumbre en esta tierra tropical. La loma del Merendón, límite occidental, vigila a los 437.000 habitantes de la que acabó 2015 como la segunda ciudad más violenta del mundo, con una tasa de 111 muertes por cada 100.000 personas. En la Rivera Hernández, su barrio más bravo, las calles se muestran desiertas. “Los chicos están tranquilos”, suspira Daniel Pacheco.

Este líder religioso de 36 años es de los pocos que no tiene problemas en caminar por todos sus rincones. Nos guía entre sus calles de tierra y polvo. En este barrio se refugian cerca de 100.000 vecinos bajo el custodio de 12 patrullas de policía que suelen necesitar refuerzos. Cinco maras (pandillas) se disputan el territorio: las dos principales, Mara Salvatrucha (MS)y Barrio 18, y otras pequeñas como Vatos Locos, Tercereños o Los Holanchanos. No es nuevo en la nación: cuartel del narcotráfico y nido de bandas, todo Honduras es un polvorín en la ya difícil situación centroamericana. Vaso comunicante de un Caribe con corrientes de droga colombianas y del embudo guatemalteco hacia México, este terreno de 112.500 kilómetros cuadrados se encuentra en una encrucijada de violencia. Jóvenes que se matan entre ellos, cárteles que buscan su sendero al mercado norteamericano y civiles condenados al encierro.

Pero volvamos a la Rivera Hernández. Una estación de policía nos recibe en la entrada, al lado de lo que se han empeñado en llamar El Parque. Celebran que por las noches haya gente que se atreva a caminar por él. Apostados en varios furgones, con chalecos y escopetas, todos se muestran precavidos: “Ahí dentro es muy peligroso“, advierten, como si hablaran de un jaula con bestias. El oficial Corrales, de 27 años y con uno de experiencia en el cargo, recita un proverbio local: “El único delincuente que no delinque es el delincuente muerto“. Sonríe. Lleva tres días de reposo en comparación con su ajetreo diario. Presume de su papel: “Elegí esto porque es la mejor manera de servir a mi país”, concede, “y estamos logrando acabar con la inseguridad. Hace dos meses que los niños juegan por la noche. Antes era impensable: esto era una ciudad muerta”.

En una de las casas próximas, la de la familia Fernández, dan un testimonio diferente. El hijo, de 29 años y con tres niños a su vez, cuenta la odisea de llegar al cole. Como en todo el terreno hondureño o salvadoreño, cada calle está controlada por una Mara, y el cruce de alguna de ellas procediendo de otras resulta fatal. “Las balas se oyen como zumbidos. Suena feo, pero se puede decir que nos estamos acostumbrando a ello”, narra, enseñando agujeros en la uralita que cubre el patio. Su madre, María, asiente a sus 51 años. “Los niños tiene dificultad de ir a la escuela. Hay que elegir las privadas del barrio, y no hay plata”, añade con tristeza.

Varios miembros dela mara Barrio 18 posan frente a la virgen de la Guadalupe en una casa del barrio Rivera Hernández (Javier Arcenillas)Varios miembros dela mara Barrio 18 posan frente a la virgen de la Guadalupe en una casa del barrio Rivera Hernández (Javier Arcenillas)

Nos adentramos a continuación en una de las zonas controladas por Barrio 18. Cristian, Rango y Fresa, de 22, 16 y 24 años, aguardan en un porche. El líder les ha dejado compartir tabaco y refrescos con nosotros. En camiseta de tirantes y zapatillas de marca se asoman a la explanada que marca la frontera con sus rivales. El viento empieza a cargar de humedad el césped desigual que crece en los descampados. Una gotas se filtran por las costuras de la mesa y convierten el polvo en barro. Hablan poco. Bagatelas. Cada cierto tiempo “les mueven” a otras ciudades. ¿La familia? Olvidada. “La de sangre no existe; nuestra familia ya es la pandilla“, esgrimen en medio de una espera densa. Con las armas en reposo. No tienen una estructura estable y luchan sin grandes contingentes. En las denominadas ‘clicas’ o grupúsculos repartidos por las zonas rurales y urbanas de Honduras, El Salvador y Guatemala.

Su origen se remonta a finales del siglo pasado. Tras una historia de guerras civiles, golpes de estado e inestabilidad política, muchos de sus parientes emigraron a Estados Unidos. Allí se juntaron entre ellos y formaron guetos donde la supremacía se batía en pandillas de latinos sin arraigo cultural ni social. Cuando el gobierno decidió deportarles se encontraron en un país desconocido. Sin tejido social y con una pobreza extrema que hoy en día alcanza el 20%. Hicieron lo que habían aprendido en Los Angeles y otras urbes del gigante norteamericano: pelearse entre ellos y coaccionar a los residentes para mantenerse. Es lo que se conoce como ‘renteo’: cada habitante paga un “impuesto de guerra” a cambio de su seguridad.

Hasta la comida más popular se llama ‘baleada“, explica Claudio Hernández, pastor de una iglesia evangélica de 39 años. Ahora ejerce de mecánico, pero antes cató las mieles del crimen robando coches. Intentó huir de ‘mojado’ (emigrantes que viajan ilegalmente a Estados Unidos). Da clases de ebanistería o trabajos manuales. “Muchos ‘cipotes’ (niños) quieren aprender mecánica, pintura, restauración… lo que les falta son oportunidades”, asegura frente a la antigua residencia de un antiguo líder al que asesinaron a quemarropa y que se sujeta entre metralla y dibujo de homenaje.

La comunidad se vuelca en una competición de fútbol entre solteros y casados. Cualquier actividad es válida para olvidar el poso de muerte y violencia que les amenaza las 24 horas. En una pared se exhiben murales por la paz. Lo llaman “el pasaje de la bendición”. Se ve a unos niños correteando. “Es algo positivo. A mí me encanta. La gente empieza a percibirlo como distinto, y es bueno. Antes esto estaba caliente”, comenta Pacheco. Mientras, Marlon Fernando Mercado, de 15 años, vende fruta en un carro. “No me metieron en ninguna banda“, responde, “pero uno no puede salir de aquí“.

Un componente de los Vatos Locos posa con el gesto de la pandilla y una pistola en la calle que dominan de Rivera Hernández (Javier Arcenillas).Un componente de los Vatos Locos posa con el gesto de la pandilla y una pistola en la calle que dominan de Rivera Hernández (Javier Arcenillas).

A pocos metros, ya de noche, Daniel Pacheco nos introduce en otra de las pandillas. Son los Vatos Locos. No llegan a 20 miembros. De ahí que su lema sea ‘Pocos, pero locos“. Han aceptado una cena de tortillas de maíz y cocacola gracias al ‘patrón’, Estasio de Armendía, antiguo componente de la banda. A sus 50 años y retirado, sigue dando órdenes a los chicos. “Uno lo que quiere es que los muchachos cambien. Y se puede. Es feo ver a un hijo muerto“, reflexiona. Con su mirada contesta a las preguntas que le hacen los ‘vatos’ que no están posteando (vigilando). Casi nadie da información. Solo uno de ellos, de 26 años, se atreve a contar que ha pasado tres años y medio en la cárcel y que intentó salir de Honduras “harto de ser pobre“. Los otros deambulan de un lado a otro o fuman hierba. Solo se juntan cuando uno de ellos saca una pistola para mostrarla bajo el parvo brillo de una farola. Posan colocando las manos con el símbolo de la banda. “No tenemos ni miedo ni nada”. Es de noche y la salida del barrio cada vez se vuelve más peligrosa. Atravesar el kilómetro y medio hasta el cuartel del principio se transforma en una fuga arriesgada.

San Pedro Sula duerme sin sobresaltos. Parece que los buenos augurios del presidente siguen funcionando. Pero sale el sol. Y con él, una llamada de la policía. El oficial Corrales da las coordenadas. Paralelo al campo de fútbol, el cuerpo de un taxista de 45 años luce tronchado en el asiento con dos disparos en pecho y cabeza. Su empresa acababa de resistirse a pagar la ‘renta’ a las pandillas y él ha sido el primer represaliado. Sus tres hijos -de 3, 15 y 20 años- y el resto de una familia descompuesta lloran desconsolados a su vera. El contador de homicidios en el país inicia de nuevo su tétrico marcador habiendo finalizado con 885 asesinatos. No ha habido más discursos gubernamentales. “Aquí le matan a uno como animal, como si fuera una gallina”, solloza la madre del taxista.

Fuente: ElConfidencial.com