Esta es la 'puerta de atrás' del trafico ilegal a Turquía

23.02.2016 – 16:54 H. – Actualizado: 43 M. – “Salam Aleikum. ¿Cómo está?”, saluda Awad al entrar en la oficina Al Kasar de Alepo. “Me gustaría ...

23.02.201616:54 H. – Actualizado: 43 M.

– “Salam Aleikum. ¿Cómo está?”, saluda Awad al entrar en la oficina Al Kasar de Alepo. “Me gustaría cruzar a Turquía”.

– “Mmmm… De acuerdo. Tiene que esperar unas horas. Tome su ticket y vuelva más tarde”, le reponde Mahmud, el empleado.

Hoy, el recibidor de esta compañía de transporte está más concurrido de lo habitual. Varios vecinos del barrio Sekeri de Alepo han hecho las maletas y esperan el próximo autobús. Los oficinistas de Al Kasar no solo venden billetes, también conectan a los traficantes con quienes quieren huir del país. Mahmud descuelga el teléfono y llama a Abu Ahmed, el hombre que ayudará a la familia de Awad a entrar de manera ilegal en Turquía. Antes de partir, el padre de familia abona el precio del trámite: 200 dólares por él y por su mujer. “Nuestros dos hijos no pagaron nada”, recuerda el joven, desde Gaziantep, una semana después.

A las 10 y media de la mañana, Awad, su mujer Amani y sus hijos suben al microbús. “Nunca pensé que sería de los que abandonan su ciudad”, dice, “pero las tropas del régimen están a solo dos barrios de nuestra casa”. La reciente ofensiva del régimen está vaciando las calles de Alepo y miles de civiles parten hacia los campamentos de la frontera. Turquía ha endurecido sus medidas en los accesos y solo permite el paso de algunos refugiados heridos. Así, como este taxista de 26 años, cientos de sirios recurren a ‘la otra vía´ para colarse de manera ilegal. “Vendimos los muebles de nuestra casa y cogimos ese microbus”, relata Awad.

Entrada la noche, y tras ocho horas de estrepitoso trayecto, el grupo de familias llega hasta Jabal al Turkman, la montaña del norte de Latakia, que colinda a escasos kilómetros del paso turco de Yayladaği. Ahí les espera Abu Ahmed, que guía al grupo, “de unas treinta personas” entre los frondosos bosques de pinos. “Había mucho barro, en seguida todos perdimos los zapatos”, dice Awad, “recuerdo que los perros no dejaban de ladrar, los niños estaban muy asustados…”. Durante toda la noche, unos y otros sortean riachuelos, árboles y atraviesan caminos de piedras. Finalmente, el alambre de espino anuncia la esperada frontera. Después de saltarlo “con la ayuda del traficante”, “subimos una pendiente muy inclinada y conseguimos entrar en Turquía”, afirma Awad.

La puerta de entrada ilegal

La montañosa región de Hatay es ahora la puerta de entrada ilegal para los miles de sirios que huyen de la gran ofensiva de Alepo. Los lugareños aseguran que “cada día entre 300 o 400 personas se infiltran por aquí”. Esta frontera escarpada ofrece más posibilidades de esquivar a la Gendarmería turca que en los alrededores del paso de Bab al Salam donde, “apenas hay puntos ciegos”, explica un fixer sirio de Gaziantep. “La única zanja por la que colarse está siendo muy vigilada por las autoridades”, explica. “Además, si no eres delgado o atlético te puedes quedar atrapado en el túnel que lleva hasta la valla”. Así, desde las zonas rebeldes salen cada día decenas de autobuses hacia la frontera noroeste, en la que ya se han producido peleas entre autoridades y los traficantes.

La familia de Awad en Gaziantep tras haber entrado de manera ilegal en Turquía (P. Cebrián).

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La familia de Awad en Gaziantep tras haber entrado de manera ilegal en Turquía (P. Cebrián).

Nada más entrar en Turquía, Awad y su mujer también tuvieron que enfrentarse a la policía. Cuando llegaron, en mitad de la noche, al pueblo turco de Guvecci fueron arrestados y trasladados a un centro de detención. El niño todavía tiene marcas en la cara del forcejeo con los agentes. “Nos encerraron en una macro celda”, asegura Awad. La familia relata dos días de arresto en los que no recibieron “ni comida, ni agua, ni mantas para el frío”. Las mujeres y los niños “sin zapatos y completamente cubiertos de barro”, estuvieron recluidos en otras estancias. Finalmente, dos días más tarde, fueron puestos en libertad y deportados de nuevo a las montañas sirias de Jabal al Turkman.

Confundido con los datos de horas y días, Awad repasa la cuenta con los dedos. En su relato, insiste en que los sirios turcomanos, una minoría que ha recibido trato preferente de Turquía, son quienes controlan el tráfico de personas en la frontera de Hatay. Después de esconderse durante horas en una cueva junto a otras familias, el traficante Shayir dio la orden de intentarlo de nuevo. “Teníamos miedo porque el grupo anterior había sido detenido”, explica Awad. “Entonces, un grupo de vecinos turcomanos nos cerraron el paso en el monte y nos obligaron a pagar 15 liras por persona”, revela. Cuando finalmente volvieron a cruzar la frontera, los refugiados ilegales fueron enviados en autobuses hasta la ciudad de Antakya, el punto clave de la nueva ruta de entrada para los refugiados.

El imparable flujo de refugiados

Así lo detalla, paso a paso, otro joven sirio que se ha colado en los últimos días por los bosques de Hatay. Se llama Abdu y, camuflado con una gorra y con la mirada todavía atemorizada, acude al Centro Comercial Sanko, donde suelen reunirse los sirios que viven en Gaziantep. “Me da miedo que me pare la policía. No tengo permiso de residencia, ni tampoco un sello en el pasaporte”, confiesa Abdu entre temblores. En su mano derecha, todavía conserva los arañazos de haber saltado el alambre de espino. Mientras cuenta su viaje, Abdu hace hincapié en la Otogar (Estación de autobuses) de Antakya, donde, según varios testimonios, llegan todas las familias y los grupos que acaban de cruzar de manera ilegal.

Familias en Antakya.Familias en Antakya.

“Cuando nosotros llegamos, trabajadores turcos de compañías de transporte nos metieron en un taller cerrado”, explica. “Ahí nos forzaron a comprar billetes de autobús; algunos hacia Estambul, otros hacia Gaziantep. La intención es distribuir por el país a los que acaban de llegar”. Los trayectos siempre se realizan durante la noche y esquivando los ‘checkpoints’ de la policía, ya que solo los refugiados registrados y con permiso oficial pueden desplazarse entre las distintas ciudades. Adbu asegura que el flujo de refugiados es imparable y que “hay continuamente gente esperando a pasar”. Incluso, explica que algunos de ellos se cuelan por el paso oficial de Bab al Hawa, por donde se permite la entrada de heridos, “escondidos en las ambulancias, tras pagar un soborno de 300 dólares a las autoridades”.

Así, Turquía, que durante años aplicó una política ‘de puertas abiertas’ en los pasos de la extensa frontera que comparte con Siria, ha decidido endurecer las medidas para reducir el flujo de refugiados. “Garantizaremos la seguridad de nuestros ciudadanos (…) con el levantamiento de muros, el establecimiento de cámaras de vigilancia, drones, sistemas de globo y sensores (en la frontera)”, ha declarado el Ministro de Defensa turco. Las autoridades aseguran que la intención es proteger al país de la entrada de milicianos de Daesh y de las milicias kurdas. Pero, sin duda, el pretexto de seguridad sirve también para mantener la oleada de refugiados lejos de la Unión Europea.

Fuente: ElConfidencial.com