Este hombre cultiva en su 'dacha' las verduras que Moscú prohíbe importar de España

A Anatoly Epifanov le delatan sus manos. Basta con pedirle que las ponga boca arriba: es un moscovita urbano con palmas de campesino. De lunes a viernes ...

A Anatoly Epifanov le delatan sus manos. Basta con pedirle que las ponga boca arriba: es un moscovita urbano con palmas de campesino. De lunes a viernes trabaja como conductor para una empresa internacional en la capital. Conduce un coche de gama alta en horario de 9 a 5. Pero cuando llega el fin de semana, Anatoly, a sus 63 años, sustituye el fino cuero del volante por los pantalones de pana y empieza su verdadera jornada intensiva, la que le hace pasar horas y horas en su huerto a las afueras de Moscú. 

Estas frutas y verduras que siembran y recogen ellos mismos, en su propia tierra, son la respuesta de miles de familias rusas, como la de Anatoly, al cruce de vetos y sanciones internacionales entre Rusia y Occidente. Los consumidores rusos pagan con su trabajo las consecuencias del embargo agroalimentario que su presidente decretó contra Europa, Estados Unidos y otros países ante las represalias por la guerra de Ucrania.

Sanciones que no parece que vayan a levantarse por ahora. El presidente ruso, Vladimir Putin, dijo precisamente ayer miércoles que ampliará durante un año la prohibición de importar alimentos procedentes de Occidente.

Como muchos de los rusos que viven en las ciudades, la familia Epifanov tiene una dacha en el campo. Las dachas son unas pequeñas fincas campestres de recreo, con un pequeño terreno para cultivar flores, frutas o verduras. La suya, en Kuznetsóvo, al suroeste de Moscú, la compraron hace décadas. Anatoly construyó la casa con sus propias manos.

Y ahora que la situación económica en Rusia es tan precaria -en febrero, la inflación de los alimentos llegó a subir por encima del 20%- estos huertos están jugando un papel fundamental en muchas familias, para quienes ir a hacer la compra al mercado se ha convertido en un lujo casi inalcanzable.

Una mujer rusa en un mercado de alimentos de Stávropol, al suroeste del país (Reuters).Una mujer rusa en un mercado de alimentos de Stávropol, al suroeste del país (Reuters).

Además de la grave crisis del rublo, que en 2014 perdió el 40% de su valor frente al euro y dejó el poder adquisitivo de los rusos por el suelo, la población se enfrenta a otro grave problema: el alza de precios. La inflación se ha disparado con el embargo a las exportaciones agroalimentarias de la Unión Europea, Estados Unidos, Australia, Canadá y Noruega decretada por el Gobierno ruso hace un año. 

Era la respuesta del presidente Putin a las sanciones políticas y financieras que los 28 impusieron a Moscú, en 2014, por su papel en la guerra de Ucrania y la adhesión de Crimea. Este invierno, para los moscovitas, cada incursión al supermercado deparaba una sorpresa más desagradable que la del día anterior: los tomates que en agosto de 2014 costaban 40 rublos el kilo (65 céntimos de euro), en febrero de este año llegaron casi a los 300 rublos (4,91 euros) y las manzanas pasaron de 34 a 71 rublos (de 0,55 a 1,16 euros).

Los quesos franceses se convirtieron en productos de lujo. Alcanzaron precios desorbitados antes de desaparecer de las estanterías de los supermercados, junto con los embutidos alemanes y las frutas españolas. Esta semana, los ministros de exteriores de la UE decretaron la extensión de las sanciones al país por seis meses más, hasta el 2016. Y el Kremlin ya ha anunciado su contraataque: prolongará el embargo alimentario durante el mismo tiempo.

“La patata es el segundo pan, decimos en Rusia”. Ante la escalada de precios en los supermercados, Anatoly Epifanov decidió, hace unos meses, destinar una zona extra del terreno de su dacha a plantar más patatas. En esa zona quería hacer una piscina para sus tres nietos, pero ahora la crisis le obliga a ser previsor.

“Los abuelos nos contaban que las patatas siempre salvan a la gente, sobre todo  en los tiempos de guerra”, recuerda. “Es un cultivo rápido, mucho más que otros: “en abril las sembramos y en junio o julio ya tenemos la cosecha”. Anatoly pensó incluso sembrar más allá de la valla de su terreno, en una zona de maleza sin dueño conocido, “pero mi mujer me dice que eso sería una vergüenza”, acepta resignado. De momento lo que sí ha hecho es construir un invernadero para plantarle cara al invierno ruso y poder cultivar durante los meses más fríos.

Empleados de una granja local descargan sacos de patatas en Divnogorsk, Siberia (Reuters).Empleados de una granja local descargan sacos de patatas en Divnogorsk, Siberia (Reuters).

Desde el Gobierno ruso hacen una lectura positiva de la situación: la consideran “propicia al desarrollo de la agricultura rusa”, según ha dicho esta semana Alexandr Tkachov, el Ministro de Agricultura. “Sabemos muy bien qué tenemos qué hacer, cuál es la hoja de ruta, estoy seguro de que podremos alimentarnos y ya pensamos en exportaciones”, sostuvo. 

Pero el optimismo gubernamental se cuece, de momento, a fuego lento. Porque a pesar del importante aumento presupuestario en agricultura, la realidad es que plantar árboles y cultivar la tierra lleva su tiempo. En un país de 145 millones de personas, no es fácil conseguir una producción nacional de carne que satisfaga al mercado interno de la noche a la mañana.

Así que Rusia ha tenido que reorientar geográficamente su cesta de la compra hacia otros mercados de frutas y hortalizas, como Suiza, Turquía, Egipto o Nueva Zelanda. Brasil y Argentina suministran la carne que antes llegaba de los países vetados. Pero estos nuevos productos no parecen cubrir toda la demanda rusa, y son más caros.

Otros se benefician del mercado que dejó España

“Otros países se están beneficiando del mercado dejado por los españoles”, se lamentan desde la embajada de España en Rusia. España también está pagando, y caro, el embargo de las importaciones a un socio comercial hasta ahora muy importante: “Indudablemente, en materia de frutas y verduras, España ha sido el país más perjudicado por el embargo ruso, junto con Polonia”, asegura Ignacio Gandarias, Consejero de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente en la embajada de España en Rusia.

Y añade: “el mercado se ha caído, ha desaparecido. Habrá que recuperarlo en el momento en que se levanten las sanciones. Ya veremos si somos capaces, habrá que trabajar mucho en ello”. Las pérdidas del sector agroalimentario ascienden a 338 millones de euros, explican desde la consejería comercial española. Melocotones, nectarinas, albaricoques, manzanas o peras son las frutas españolas que ya no llegan a los mercados rusos. Tampoco los tomates, lechugas o pepinos. Todo cultivado en zonas como Levante, Andalucía, Cataluña y Murcia.

Un hombre vende manzanas en un mercado de comida en Stávropol (Reuters).Un hombre vende manzanas en un mercado de comida en Stávropol (Reuters).

En el huerto de los Epifanov, además de patatas hay zanahorias, coles, tomates, pepinos y otras hortalizas. Desde hace un año tienen montado un corral con gallinas, y con los huevos que venden cubren los gastos de la finca. El trabajo aquí es continuo: “es imposible hacer algo y pensar que voy a descansar porque ya he terminado”.  

Ayer Anatoly trajo a Moscú un kilo de fresas para sus dos hijas, que viven en la capital. Son sólo los primeros frutos, porque la temporada de recolección apenas empieza: hasta dentro de dos semanas no tendrá su cosecha completa. Mientras llega ese momento, la familia se ve obligada a acudir a los comercios: “Me muerdo cuando veo los precios”, asegura mientras tuerce el gesto con expresión de enfado.

Esta misma mañana Anatoly ha ido al supermercado a comprar unos pimientos dulces que le había encargado su esposa Raixa. Estaban a más de 200 rublos (3,27 euros), casi el doble de lo habitual. “He llamado a mi mujer, ¿compro por ese precio?. Ella me ha dicho que no”. Raixa es economista y es también, por supuesto, quien lleva la economía en casa. Y no está dispuesta a gastar más de 120 rublos (1,96 euros) en pimientos dulces.

A pesar de que es el consumidor ruso quien está pagando las consecuencias de las decisiones del gobierno, la mayoría ve con buenos ojos el veto a los productos europeos y americanos. Según las encuestas del prestigioso centro de análisis Levada, casi el 40 por ciento de los rusos tienen una imagen negativa de Estados Unidos y la Unión Europea. Más del 70 por ciento ve en Estados Unidos a su principal enemigo. La popularidad del presidente Vladimir Putin sigue intacta.

Anatoly Epifanov sigue con interés la actualidad política, y conoce perfectamente el juego político, las presiones y las circunstancias internacionales que han llevado al gobierno de Rusia a emprender este rumbo. A un año de jubilarse, Tola, como le llaman sus allegados, planea retirarse con su mujer a vivir a la Dacha. Llevan tiempo reformando ese rincón de las afueras, con calefacción y otras comodidades, para hacer más llevadero el próximo invierno ruso. El futuro del matrimonio está fuera de la ciudad, de la infértil y prohibitiva Moscú.

Anatoly resume la situación actual en su país: “no me gusta. No me parece justa”. Cuenta que cada lunes por la mañana, tras dos días trabajando en la huerta, llega a su trabajo en la capital agotado, sin fuerzas para mover un dedo: “kak vyzhatyy limon -como un limón exprimido”, dice. Y en estos tiempos críticos, no debe ser el único que se siente así.

Fuente: ElConfidencial.com