Fin del ciclo 'izquierdista' en América Latina

16.11.2015 – 05:00 H. El próximo 22 de noviembre, el oficialista Daniel Scioli y el conservador Mauricio Macri se enfrentarán en las urnas y, gane quien ...

16.11.201505:00 H.

El próximo 22 de noviembre, el oficialista Daniel Scioli y el conservador Mauricio Macri se enfrentarán en las urnas y, gane quien gane, muy pocos ponen en duda que el nuevo presidente de los argentinos supondrá un giro a la derecha con respecto a los 12 años de kirchnerismo. En Brasil, la sucesora de Lula da Silva, Dilma Rousseff, pareciera que debe hacer encaje de bolillos para permanecer en el poder un día más. En Ecuador, los movimientos indigenistas que ayudaron a Rafael Correa a alcanzar el poder se muestran cada día  más distantes del presidente. Cada vez más, a izquierda y derecha surge una inquietud: ¿ha llegado el fin del ciclo progresista en América Latina?

La etiqueta de ‘gobiernos progresistas’ sirvió para incluir bajo el mismo paraguas procesos tan diversos como el kirchnerismo en Argentina, el lulismo en Brasil, el Frente Amplio de Tabaré Vázquez y Pepe Mujica en Uruguay o los ‘gobiernos bolivarianos’ en Venezuela, Bolivia y Ecuador. Si algo los unía, era que llegaron al poder en medio del rechazo popular que provocaron las políticas de ajuste neoliberal que se generalizaron en América Latina en los años noventa; algunas veces, como en Bolivia y Argentina, fue la acción colectiva la que expulsó a los gobernantes, acusados de corruptos y ‘vendepatrias’, y trajo una oleada de gobernantes entre los que estaban un sindicalista en Brasil, un exguerrillero en Uruguay o un indígena en Bolivia. Eran tiempos de cambio, y durante la primera década del siglo XXI, el proceso se contempló con optimismo y buenos resultados macroeconómicos. En 2008, en pleno ciclo alcista del precio de los ‘commodities’ o materias primas, estos países experimentaron un notable descenso de los niveles de desigualdad y pobreza. Mucho se escribió sobre las “nuevas clases medias” brasileñas o sobre la sorprendente recuperación económica en Argentina, poco después del ‘default’ que, según algunos cronistas, expulsaría al país del tango de la economía global.

Unos años después, la situación parece haber dado un giro. El fin del ciclo kirchnerista en Argentina, la crisis de legitimidad de Correa y la débil situación de Rousseff dan cuenta de un cambio de época, en un contexto de crisis económica en que las economías latinoamericanas, muy dependientes de las exportaciones de ‘commodities’, sufren el agudo descenso del precio de las materias primas. Pero ¿puede hablarse de fin del ciclo progresista? Es más, ¿a qué llamamos progresismo en América Latina?

Una manifestante, durante una protesta contra la presidenta Dilma Rousseff, en Sao Paulo. (Reuters)Una manifestante, durante una protesta contra la presidenta Dilma Rousseff, en Sao Paulo. (Reuters)

¿Progresista, izquierdista, posneoliberal?

El intelectual uruguayo Raúl Zibechi define los progresismos por los cambios que introdujeron en el modelo neoliberal del Consenso de Washington: las políticas asistencialistas, como la Bolsa Familia en Brasil o la Asignación Universal por Hijo en Argentina, redujeron la pobreza, pero lo hicieron con un modelo de desarrollo económico basado en “el crecimiento con inclusión social” que creó redes clientelares de dependencia y que en ningún caso tocó los intereses de las oligarquías. Ese modelo -mejorar la situación de los pobres sin empeorar la de los ricos- funcionó mientras el ciclo económico ayudó; ahora, con los precios de los ‘commodities’ muy por debajo, no es posible contentar a todos. Y ahí es cuando vuelve a aumentar la conflictividad social; que se lo pregunten a Correa, que debe afrontar una creciente oposición de las que otrora fueron sus bases de apoyo social.

Para el también uruguayo Eduardo Gudynas, ecologista y académico, el progresismo debe entenderse como un “régimen político distintivo”: es desde luego diferente al neoliberalismo, pero tampoco es de izquierdas, aunque surgió de la izquierda. “Las izquierdas de fines de los años noventa criticaban las bases conceptuales del desarrollo, se comprometieron a terminar con la corrupción, defendían la ampliación de los derechos y buscaban una radicalización de la democracia con más participación”, apunta Gudynas. Los progresismos actuales, en cambio, “abrazan las ideas del desarrollo, aunque disputan el excedente”: es decir, han profundizado el modelo extractivista basado en la exportación de hidrocarburos, oro o soja, pero utilizan las regalías para financiar sus políticas de reducción de la pobreza. Y, en lugar de aumentar los mecanismos de participación democrática, se han ido convirtiendo en “populismos con liderazgo fuerte, con creciente concentración de poder” y tendencia a querer perpetuarse en el poder, en opinión de la socióloga y escritora argentina Maristella Svampa.

Otros intelectuales, como el brasileño Emir Sader, prefieren defender los logros de los progresismos en estos 15 años: disminución de la brecha de la desigualdad, menor influencia de Estados Unidos en la región, creación de nuevos espacios de integración regional. Son, para Sader, “espacios ganados a la visión totalizadora del capital global”. El sociólogo brasileño insta a los suyos a ser estratégicos: “El que pierde la batalla de las ideas está condenado a la derrota política”, advierte. Tal vez eso les esté pasando a los progresismos latinoamericanos. Tal vez no se corrieron al difuso centro político y crearon malestar entre sus partidarios de izquierdas; o quizá no supieron dar contenido a eso que los gobiernos ‘bolivarianos’ llaman “socialismo del siglo XXI”, más allá de la etiqueta de ‘posneoliberales’.

Scioli no se escribe con K

En ese complejo escenario, 32 millones de argentinas y argentinos acudirán a las urnas el 22 de noviembre para escoger al próximo ocupante de la Casa Rosada. El oficialismo tiene dos semanas para recuperarse del varapalo que supuso el resultado del pasado 25 de octubre, que arrojó un resultado más favorable a Macri de lo esperado, y organizar una campaña electoral certera. ¿Qué falló? ¿Por qué Scioli no logró más del 36% de los votos si la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, llega al final de su mandato con una valoración positiva que supera el 50%? Algunos analistas interpretan que Fernández debió estar más presente en la campaña; su baja implicación evidenció que, como escribe Alfredo Serrano Mancilla, del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG), “Scioli no se escribe con K”.

Un cartel con el rostro de Cristina Fernández y Scioli en la sede de su partido tras conocerse los resultados de la jornada electoral, en Buenos Aires. (Reuters)Un cartel con el rostro de Cristina Fernández y Scioli en la sede de su partido tras conocerse los resultados de la jornada electoral, en Buenos Aires. (Reuters)

Persiste el interrogante de cómo es posible que, en 12 años de hegemonía política, el kirchnerismo no fuera capaz de generar un candidato que sí se escriba con K; pero a estas alturas eso es historia. Aunque poco o nada de nuevo aporta, Macri, en su certera campaña electoral, ha sabido instalarse como portador del “cambio” y se hace ver como un político del siglo XXI. Frente a él, Scioli aparece tan rancio como algunos de sus carteles de campaña.

De momento, los kirchneristas alimentan la idea de que “el candidato es el proyecto”; a ese proyecto “nacional y popular” se opone Macri, que representa la vuelta a los oscuros días del neoliberalismo menemista, ese que llevó a la debable económica, política y social de 2001-2002. El problema es que Scioli también viene del menemismo. Pero Scioli, como el peronismo en sí mismo, ha demostrado una enorme capacidad de transmutación. Falta ver si su triunfo podría garantizar la supervivencia del ‘progresismo’ en Argentina. Signifique este lo que signifique

Fuente: ElConfidencial.com