Francia no gana para sustos… ni Suiza para camisetas

19.06.2016 – 23:59 H. La Eurocopa es fútbol, sí, pero también un sinfín de industrias asociadas que se benefician de lo que va ocurriendo en el terreno de ...

19.06.201623:59 H.

La Eurocopa es fútbol, sí, pero también un sinfín de industrias asociadas que se benefician de lo que va ocurriendo en el terreno de juego. Antes de cada gran competición las marcas de televisores aprovechan para sacar los modelos más modernos, la tecnología punta -la más cara- que una familia solo se plantea para sufrir y disfrutar con la selección propia. Si esto se tiene en cuenta en esas firmas, mayoritariamente japonesas, que se dedican a vender artilugios electrónicos, en el caso de las marcas deportivas se convierte en una obsesión. La innovación, muchas veces sin más respaldo que la pura novedad, puede tener sus consecuencias. Aunque sea en forma de camisetas hechas pedazos, como le ocurrió a Suiza en su partido contra Francia.

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Tienen las marcas la sartén por el mango, pues son las que pagan la fiesta. Las federaciones gozan de muy lucrativos contratos que permiten pagar sueldos, viajes y demás cosas típicas de los organismos rectores del deporte. Ellos aprovechan al máximo, cambian en cada competición para poder vender cientos de miles de camisetas, el más preciado fetiche. Son capaces de todo, como se demostró en el pasado Mundial cuando decidieron despersonalizar a unas cuantas selecciones cambiándoles los colores de sus pantalones. La tradición no paga facturas. 

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Las marcas deportivas tienen una amplísima capacidad para crear necesidades inexistentes. Cuando presentan una camiseta no cuentan solo los colores y el diseño, también se empecinan en vender el artilugio como el último grito en modernidad. Que si la camiseta más liviana, la que mejor transpira, la que nunca se destiñe… las explicaciones son cada vez más complejas, inventan nuevos materiales que antes eran inconcebibles para el ser humano porque, parece ser, las de toda la vida no cumplían su función. En el caso de la equipación suiza, por lo que se ve, también han decidido hacer la camiseta más frágil de la historia.

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El partido contra Francia, ese gigante con pies de barro, fue una demostración de que con un pequeño tirón o una uña más afilada de lo corriente se puede rasgar una prensa de vestir. Puma, que es la marca de la Confederación Helvética, ha hecho conseguido con tanta innovación una regresión: las camisetas que se rompen. Aunque en esto tampoco hay ciencia, no se puede igualar agarron a camiseta rota pues en el último minuto uno de los más claros de Sagna a Dzemaili no tuvo consecuencias. Ni para la ropa ni para el partido, pues el árbtiro consideró que no era penalti y dejó seguir. Un gol suizo hubiese mandado a Francia al segundo puesto. 

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Hasta cinco camisolas terminaron en el cubo de la basura después de forcejeos más o menos duros contra los Franceses. No se descarta incluso que sea parte de la táctica pensada a medias entre la federación y la empresa que las factura, pues pocas cosas impresionan más a un árbitro que una camiseta hecha trizas, lo que parece siempre estar señalando un rival como culpable. Skomina, el árbitro esloveno encargado de pacificar un partido en el que todos parecían con más miedo a la derrota que otra cosa y que terminó con un muy previsible 0-0, debía venir aprendido de casa, pues no se dejó impresionar por los jirones de tela que aparecían con inusitada frecuencia en las manos de los helvéticos.

Puma es una marca eminentemente futbolera, y gracias a que sea así, porque si una innovación de ese tipo llegase al rugby la empresa terminaría quebrando de tanta camiseta como tendrían que facturar. En ambos deportes se ha puesto de moda la camiseta liviana, pegada al cuerpo, pero en el oval han decidido reforzarlas lo suficiente para no terminar con ellas dispuestas para hacer un ‘patchwork’. 

El balón también estalló

En la noche del equipamiento deportivo la cosa no se limitó a las ultramodernas pero sospechosas camisetas suizas, también se vio una de esas cosas casi olvidadas en un campo de fútbol: un balón estallando ante los pies de dos jugadores. Adidas, que es la que se encarga del esférico, también dedica amplios esfuerzos a construir pelotas rompedoras. Sin costuras, con más movimiento, sin válvula… Se le puede preguntar a los porteros por la moda que hubo hace unos años de hacer balones imprevisibles que se envenenaban con un roce del viento. También es tradición sacar un balón para cada gran competición, hacer que los niños de Europa se enamoren de un esférico que luego llevarán al patio del colegio y les convertirá, súbitamente, en los chavales más populares de la clase. 

Y mientras el utilero suizo se ganaba el sueldo, en el terreno de juego el fútbol transcurría con calma, como si no hubiese mucho que jugarse. Francia estaba clasificada desde su segundo partido y Suiza, que podía arrebatarle el primer puesto, pensaba más en quedarse segunda que en aspirar a terminar a la cabeza del grupo. Deschamps volvió a rotar, lo cual responde a una lógica interna en su selección, pues está claro que el fútbol está por debajo del físico y, por lo tanto, es eso segundo lo que hay que conservar. Si en el segundo partido Griezmann y Pogba, probablemente los jugadores más valiosos de la plantilla, vieron el fútbol desde el banquillo, contra Suiza fueron Payet, Matuidi y Giroud los que observaron las evoluciones de su equipo sin participar en ellas. 

No ha deslumbrado Francia en la primera fase. Sus dos victorias llegaron en partidos muy aburridos que solo supieron solventar al final. Su empate fue otro partido muy aburrido en el que ni siquiera pusieron esa chispa final para conseguir la victoria. Solo los arreones de Pogba en el principio del encuentro, picado por las críticas, merecieron el aplauso de la grada. Tres palos dieron, eso sí, pero siempre dentro de la irrelevancia. Aparecieron en la Eurocopa como favoritos en todas las apuestas, con el bagaje de ser anfitriones y tener grandes jugadores diseminados por toda Europa. Pero una cosa es eso y otra es jugar al fútbol. Entre las taras del equipo, que por poderío a un partido puede dañar a cualquiera, está una falta de gol y juego arriba que hace imposible no recordar a Benzema, castigado por mala conducta y con escándalo nacional de por medio. Los que tratan de suplirle son Giroud que es alto, juega de espaldas y tiene poco gol, y Gignac, para el que es válida la misma definición exactamente. No es lo mismo. 

Suiza, un equipo como las Naciones Unidas, ha conseguido su objetivo prioritario, que era estar en octavos de final. Por nombres tenían que estar y lo han hecho, más allá de eso serán sorpresa y quizá por eso, por la satisfacción de no llevarse una bronca, se mostraron conformistas en su encuentro contra Francia. Bien es cierto que su tarea no era titánica. Ni Rumanía ni Albania, las otras dos comparsas del grupo, suenan en el panoraman europeo como motivos de preocupación. Los balcánicos se llevaron el último partido, una meritoria victoria que les podría servir para pasar de ronda, pues han terminado como terceros, pero también puede ser que no entren entre los cuatro mejores terceros de la competición. Eso sería un lógico final para un grupo en el que el fútbol ha brillado por su ausencia. Los hinchas que hayan pagado talegadas en televisores ultramodernos no pueden estar muy contentos. 

Ficha técnica

0 – Suiza: Sommer; Lichtsteiner, Djourou, Schär, Rodriguez; Xhaka, Behrami, Mehmedi (Lang, m.86), Dzemaili, Shaqiri (Fernandes, m.78); y Embolo (Sferovic, m.73).

0 – Francia: Lloris; Sagna, Rami, Koscileny, Evra; Sissoko, Cabaye, Pogba; Coman (Payet, m.63), Griezmann (Matuidi, m.77) y Gignac.

Árbitro: Damir Skomina (Eslovenia). Amonestó a los franceses Rami (m.24) y Koscileny (m.82).

Incidencias: Partido de la tercera jornada del grupo A de la Eurocopa 2016 disputado en el Estadio Pierre-Mauroy de Lille ante unos 50.000 espectadores.

Fuente: ElConfidencial – Deportes