Frustrados y culpables: así se sienten la mitad de los trabajadores de Wall Street

Wall Street está deprimido. No sus índices, sino sus trabajadores: la colonia de banqueros, directivos, traders, matemáticos, operadores, analistas, ...

Wall Street está deprimido. No sus índices, sino sus trabajadores: la colonia de banqueros, directivos, traders, matemáticos, operadores, analistas, contables y jefes de recursos humanos que habitan este barrio estrecho y vertical del sur de Manhattan. Según una encuesta de Options Group, la mitad de los empleados del sector financiero están insatisfechos con su trabajo, el ambiente, el salario y las perspectivas. Un paisaje tedioso, dice la agencia, idéntico desde hace tres años.

“El sector financiero en los últimos cinco años ha sido mirado con lupa”, declara Michael Karp, CEO de Options Group. “Hace una década el sector era muy robusto. Había mucha menos regulación y la compensación estaba en máximos de todos los tiempos. Hoy en día el ánimo ha virado 180 grados. La gente ya no hace lo que le gustaría hacer, ya no es innovadora, ya no comercia ni afronta riesgos como antes, y eso afecta”.

A Wall Street le han puesto bozal y correa para que ni ladre ni se aleje de la caseta. Una camisa de fuerza, dicen los críticos antirregulación, encarnada en dos palabras: Dodd-Frank. O Ley Dodd-Frank de Reforma de Wall Street y Protección al Consumidor, aprobada en julio de 2010 para ponerle un corsé al sector y evitar desmanes tipo Lehman Brothers, la quiebra que desencadenó la Gran Recesión en 2008.

Un broker reacciona en el parqué de la Bolsa de Nueva York, el 18 de agosto de 2011 (Reuters).Un broker reacciona en el parqué de la Bolsa de Nueva York, el 18 de agosto de 2011 (Reuters).

La frase que inspira Dodd-Frank es too big to fail: demasiado grande para fallar, para caer y arrastrar consigo al sistema financiero del país y de medio mundo. Es otra de las leyes estrella de la Administración Obama: 13.789 páginas de regulaciones en 16 áreas financieras. 15 millones de palabras que se podrían resumir en dos pilares.

Primero, control de excesos. La Reserva Federal y otros reguladores vigilan a las entidades financieras; les exigen tener capital para capear tormentas y un plan para cerrar de forma rápida y ordenada en caso necesario. Esto se traduce en controles constantes. Una vez al año, los bancos hacen el llamado “test de estrés”, donde tienen que demostrar cómo reaccionarían ante una debacle. Las aseguradoras, fondos de inversión y agencias de calificación también están bajo supervisión.

“Ahora todos los correos tienen que estar clasificados”, dice una fuente de un conocido banco europeo. Asegura que la mayor novedad en los últimos cinco años es la necesidad constante de aprender nuevas reglas, patrones, cláusulas. “Hay reuniones constantemente y los jefes nos piden que tengamos mucho cuidado con la confidencialidad”. El empleado, que frisa los treinta años y trabaja en controles internos, dice estar decepcionado con el exceso de rutina.  

Segundo, protección al consumidor. El Gobierno limita la capacidad de los bancos de invertir en fondos de alto riesgo, prohíbe los préstamos abusivos y pone a disposición del ciudadano información creditica e hipotecaria en “inglés sencillo”, incluido un teléfono de atención gratuita las 24 horas.

Trabajadores de la Bolsa de Nueva York el 19 de septiembre de 2008 (Reuters).Trabajadores de la Bolsa de Nueva York el 19 de septiembre de 2008 (Reuters).

Mala reputación

El debate sobre si la ley Dodd Frank es eficaz, excesiva o insuficiente sigue abierto. Algunas cuestiones como las primas de los ejecutivos, tendentes a despertar la ira popular, vuelven a la normalidad de los años dorados. En 2013, aunque los beneficios bajaron un 30,1% en Wall Street, las primas subieron un 15%. El bonus medio actual suma 173.000 dólares: el triple de los ingresos anuales de la familia media americana (4). Pero sigue siendo 20.000 dólares menor que en 2006.

El otro fantasma que se aparece por las noches al sector financiero es su mala reputación. Según la agencia de comunicación Makovsky, las compañías financieras achacaron a su mala imagen el 27% de la caída en los ingresos de 2014. El 81% considera que la crisis es responsable del deterioro de su reputación y dos tercios dicen que el primer desafío de la industria es recuperar su prestigio, seguido por la mayor regulación y cuestiones de liquidez.

Regulación e imagen han hecho mella en la moral del soldado financiero. También la culpa. El doctor Paul Hokemeyer, terapeuta neoyorquino que trabaja sobre todo con empleados de Wall Street, dice haber percibido “un aumento en el número de ejecutivos que experimentaron una crisis existencial como consecuencia del colapso financiero de 2008”.

“En el núcleo de sus penas está el vacío y la culpa que sienten por haber participado en un sistema, en palabras de uno de mis pacientes, que ‘diezmó a la clase media’ mientras recompensaba a una pequeña élite de hombres y mujeres que manipularon las finanzas”, explica por correo electrónico. “La mayoría de los pacientes provienen de clase media y baja, donde recibieron los valores de la ética del trabajo y la idea de que el éxito financiero les traería libertad, poder y felicidad (…). Acabaron abandonando la calidad de sus vidas por la cantidad y las posesiones materiales”.

El Dr. Hokemeyer asegura que muchos de sus pacientes se han reciclado en el mundo académico y empresas con orientación social.

Brokers en la puerta de la Bolsa de Nueva York (Reuters). Brokers en la puerta de la Bolsa de Nueva York (Reuters).

La guerra del talento

Si Wall Street pierde el fulgor de antaño, domado por la burocracia, mohíno por sus pecados, caricaturizado en el cine y la literatura y pasto del mito (la ola de suicidios que siguió al crack de 1929: nunca ocurrió), otro sector asoma en el horizonte. Silicon Valley, la región puntera de California, parece tomar el relevo en varios frentes: reputación, sueldos e influencia política.

El próximo 26 de mayo, Ruth Porat, la directora financiera que resucitó Morgan Stanley, ostentará el mismo título en Google, donde ganará más. 70 millones de dólares en primas hasta 2017, más 650.000 dólares de salario anual. No es la primera. Anthony Noto pasó de Goldman Sachs a dirigir las finanzas de Twitter; Sarah Friar, de Goldman a Square; James Mitchell, de Goldman Sachs a la china Tencent Holdings.

La migración ocurre en todos los niveles. En 2014, sólo el 10% de los licenciados de la universidad MIT (Massachusetts Institute of Technology) encontró trabajo en mundo de las finanzas, frente al 31% en 2006. El porcentaje de quienes encontraron empleo en el sector tecnológico pasó del 10% en 2006 al 28% el año pasado. La Harvard Business School ofrece fluctuaciones similares.

Para contener la tentación del “Valle”, varias firmas de Wall Street han aumentado el salario de los empleados jóvenes un 20%. “Preservar el talento es lo más importante en los servicios financieros”, declara Michael Karp. “Es la prioridad de cualquier CEO, porque no es fácil reemplazar a estos chicos. Ellos conocen el sistema, saben cómo funcionan los bancos y navegar en el mundo de la regulación y del crédito”.

El empleado del banco europeo reconoce el atractivo de Silicon Valley: “Más innovación, mejor clima, mejores sueldos…”. Confiesa que su hermano mayor también comenzó la carrera en Wall Street. Hoy trabaja en Google.

Fuente: ElConfidencial.com