Incendios y cabezas de cerdo: una ola de ataques contra refugiados sacude Alemania

Remchingen nunca había salido en las noticias. En este pueblo de poco más de 11.000 habitantes del suroeste alemán, a 60 kilómetros de la próspera ...

Remchingen nunca había salido en las noticias. En este pueblo de poco más de 11.000 habitantes del suroeste alemán, a 60 kilómetros de la próspera Stuttgart y a apenas 40 de la frontera con Francia, la vida discurre tranquila, anónima, anodina. Hasta la medianoche del pasado viernes. Entonces, un conductor que circulaba por la carretera secundaria B10 llamó desde su teléfono móvil a la policía para advertir de un incendio en el antiguo caserón de la asociación local, en la linde del bosque. Para cuando llegaron al lugar los equipos de bomberos, dos de las tres plantas del edificio y el tejado estaban afectados por la llamas. Las instalaciones, que llevaban un tiempo vacías, acababan de ser acondicionadas para que, a principios del año que viene, un grupo de refugiados pudiese alojarse temporalmente en su interior. Estos planes han quedado ahora en el aire.

Cuando amaneció, los bomberos aún refrescaban el caserón. El tejado había quedado casi por completo carbonizado y corría el riesgo de venirse abajo en cualquier momento. De las ventanas de los dos pisos superiores salían rastros color tizón, muestra de la virulencia de las llamas. El equipo de la policía criminal que se desplazó al lugar de los hechos descartó rápidamente el fallo técnico. Se trataba de un incendio provocado y la fiscalía alemana ya ha tomado las riendas de la investigación. Se parte del supuesto de que uno o varios desconocidos prendieron fuego premeditadamente al edificio. La motivación: racista.

Apenas horas más tarde, otra historia similar. En Waldaschaff, otro pueblo hasta ahora ajeno a los titulares. La localidad, de apenas 4.000 habitantes, se encuentra a 55 kilómetros de Fráncfort, en el apacible norte de Baviera. Pasadas las cuatro de la madrugada, una persona alertaba de un incendio en el centro de acogida de refugiados de la Goethestraße. Varios agentes de policía pudieron apagar sin dificultades el contenedor de papel en llamas del garaje del inmueble. Ninguno de los 30 peticionarios de asilo alojados allí resultó herido. El edificio apenas registró daños materiales. Pero el miedo y las dudas se extendieron como la pólvora.

La policía criminal por ahora no ha querido dar fuerza a ninguna de las hipótesis sobre la mesa. Pero un acto de inspiración xenófoba es más que probable, según personas cercanas a la investigación. Al menos un testigo alertó de una persona desconocida en el patio del edificio poco antes de que se diese la alarma de incendio. Se trata de un varón de 1,80 metros y de constitución musculosa. Iba vestido totalmente de negro.

Vista de la fachada un centro de refugiados en Böhlen atacado a tiros (Efe).Vista de la fachada un centro de refugiados en Böhlen atacado a tiros (Efe).

Incendios, cabezas de cerdo y marchas neonazis

Los de este pasado sábado siguen a los tres que se produjeron en los días previos de esa misma semana. El jueves en Reicherthofer, un localidad bávara de menos de 8.000 habitantes, un desconocido prendió fuego a las dos puertas de entrada de un edificio que en septiembre tenía que empezar a funcionar como albergue para 67 refugiados. El martes y el miércoles, en Böhlen, una población de algo más de 6.000 vecinos en Sajonia, se oyeron disparos de un arma de fuego junto al centro de acogida, un antiguo hotel reconvertido en el que se alojan unos 150 peticionarios de asilo.

La cadena de ataques no deja de aumentar. El 1 de julio varios asaltantes entraron en un edificio previsto como centro de refugiados en el pueblo de Mengerskirchen, y lo ensuciaron esparciendo cabezas y tripas de cerdo, y dejando pintadas en las paredes. El 29 de junio un fuego provocado afectó a un albergue en construcción en Lübeck. El 28, varios desconocidos incendiaron otro centro aún en construcción en Meissen. La lista se prolonga hasta el estremecimiento.

Pese al regero de ataques, el máximo exponente de esta renovada oleada de odio xenófobo en Alemania tuvo lugar hace ya unos meses, el pasado 4 de abril en Tröglitz, un pueblo de menos de 3.000 habitantes en el este del país. Ese día amaneció calcinado un edificio recién remozado y listo para acoger, en tres semanas, a una primera tanda de 40 refugiados. La diferencia clave de este suceso es que unas semanas antes había dimitido el alcalde de la localidad, el independiente Markus Nierth, asustado ante las marchas neonazis convocadas frente a su domicilio familiar. La causa, su intención de abrir un albergue para peticionarios de asilo.

Los expertos perciben en esta maraña de actos inconexos una serie de elementos comunes. Suceden en localidades pequeñas y casi sin antecedentes migratorios; en poblaciones sin una clara escena ultraderechista del Sur acaudalado y en el menos desarrollado este del país; se producen con nocturnidad y sin reclamaciones políticas; y se dirigen, en la mayoría de los casos, a edificios vacíos, articulando de alguna manera una amenaza, pero evitando el riesgo de ocasionar víctimas mortales. Terrorismo de baja intensidad.

Refugiados reflejados en un espejo durante una protesta en el pueblo alemán de Petzow (Reuters).Refugiados reflejados en un espejo durante una protesta en el pueblo alemán de Petzow (Reuters).

150 ataques en seis meses

Entre enero y junio se registraron en Alemania unos 150 ataques de carácter racista contra albergues para peticionarios de asilo, frente a los 170 que se contabilizaron durante todo el año pasado, agrupando desde delitos de propaganda a encausamientos por daños físicos y materiales. El ministro de Interior, el cristianodemócrata Thomas de Maizière, ya advirtió hace unas semanas del repunte “más que alarmante” de estos ataques. Esto se engloba dentro de una tendencia de la extrema derecha, según las cifras de Interior: Alemania registró el año pasado 990 actos violentos de motivación ultraderechista, un 24 % más que en 2013.

Las condenas de la clase política a estos incidentes no han dejado de sucederse. El ministro de Justicia, el socialdemócrata Heiko Maas, ha hablado de hechos “abominables” y ha recalcado que cada suceso es un ataque al conjunto de la sociedad. El primer ministro de Baden-Württemberg, Winfried Kretschmann, de Los Verdes, ha destacado que en su país “no hay sitio para el odio y la discriminación”. Amnistía Internacional, por su parte, ha exigido en un comunicado que el “fuerte incremento de la violencia de motivación racista” sirva de “llamada de atención” para que la clase política “se enfrente claramente a los resentimientos xenófobos en la sociedad“.

La situación de miedo y crispación es tal que la semana pasada varios activistas exigieron a Google que retirase de su servicio de mapas uno subido a la red por elementos de la ultraderecha de la ciudad de Heidelberg en el que se detallaban las direcciones de centenares de centros de acogida de refugiados por todo el país. El servicio llevaba por título: “Ningún albergue de refugiados en mi vecindario”. El gigante de internet lo eliminó de su servidor poco después.

Manifestantes de extrema derecha insultan a la prensa durante una marcha en Colonia (Reuters).Manifestantes de extrema derecha insultan a la prensa durante una marcha en Colonia (Reuters).

Una avalancha de refugiados sin precedentes

La sucesión de ataques se produce en un contexto muy determinado. Después de que el año pasado llegasen a Alemania más de 200.000 peticionarios de asilo, una cifra que no se alcanzaba desde hacía décadas, el Ministerio de Interior prevé que en 2015 llamen a la puerta de la primera economía europea unos 400.000 refugiados. Una cifra sin precedentes. De hecho, el país se convirtió el año pasado en el segundo mayor receptor de inmigrantes de este tipo del mundo, por detrás tan sólo de Estados Unidos.

La avalancha ha reventado todas las previsiones y está poniendo en serios aprietos a los municipios que, en el reparto de competencias federal, son los principales encargados de atender a este tipo de inmigrantes. El Gobierno estatal, viendo los graves problemas que se estaban ya produciendo, con dramáticas historias de refugiados pernoctando en barracones y casi al raso en pleno invierno, elevó en junio a 1.000 millones de euros la partida extraordinaria para ayudar a municipios y estados federados a atender a los refugiados.

Las reacciones sociales ante este alud de refugiados también se han notado a nivel político. El terreno a la derecha de la Unión Cristianodemócrata (CDU) de la canciller Angela Merkel lleva meses en plena ebullición. El partido euroescéptico Alternativa para Alemania (AfD) acaba de dividirse, después que el sector más conservador y nacionalista se hiciese con las riendas de la formación frente al ala más liberal. Y el movimiento de los Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente (Pegida) tras llegar a congregar a más de 20.000 personas en sus protestas de los lunes en Dresden, se ha escindido en varias fuerzas que pretenden irrumpir en la escena política municipal.

Iranian refugee sleeps in front of Brandenburg Gate during a hunger strike in BerlinIranian refugee sleeps in front of Brandenburg Gate during a hunger strike in Berlin

Reminiscencias del pasado

La situación actual recuerda en cierta medida a lo sucedido a principios de los años 90 en Alemania, justo después de la reunificación. Entonces, fruto de las guerras en los Balcanes, una riada de unos 150.000 refugiados anuales llegó al país. La reacción de la ultraderecha fue entonces similar a la de estos momentos. Son famosos de aquellos días casos como el de la localidad de Hoyerswerda, en el este del país, que en noviembre de 1991, ante el acoso de los neonazis, tuvo que evacuar un centro de acogida. Al año siguiente, un ataque incendiario contra una casa de familias turcas en Mölln, cerca de Hamburgo, mató a tres mujeres. En 1993, en la cercana Sollingen, otro atentado de motivación racista dejó cinco víctimas mortales.

Fuente: ElConfidencial.com