¿Informar o no informar? Por qué el silencio es importante en los secuestros

El periodista catalán Marc Marginedas llevaba una escolta de combatientes del Ejército Sirio Libre en la ciudad siria de Hama cuando fue retenido en un ...

El periodista catalán Marc Marginedas llevaba una escolta de combatientes del Ejército Sirio Libre en la ciudad siria de Hama cuando fue retenido en un puesto avanzado del Estado Islámico, desde donde sería enviado a un cautiverio de seis meses. Javier Espinosa, corresponsal de El Mundo en Oriente Medio, y el fotógrafo Ricard García-Vilanova viajaban en coche con miembros del ESL por la provincia de Deir Az Zor, pero cuando el ISIS los interceptó en un control de carretera sus acompañantes no pudieron hacer nada. Algunos meses antes, el mexicano Témoris Grecko, el vasco Andoni Lubaki y el húngaro Balint Szlanko sufrieron un breve secuestro de doce horas en Alepo, después de que miembros de una milicia rival rodearan y desarmaran a los combatientes que los acompañaban. Y se cree que el cooperante británico David Haines fue capturado a punta de pistola por un grupo de criminales en el campo de refugiados de Atma, en el norte de Siria, que posteriormente lo vendieron al Estado Islámico.

Estos casos ejemplifican uno de los motivos por los que romper el bloqueo informativo sobre la desaparición de Antonio Pampliega, J. M. López y Ángel Sastre en Siria podría ser un grave paso en falso: si están en manos de una milicia pequeña, la difusión de la noticia podría despertar el interés de otro grupo armado más fuerte. Pero hay más razones por las que, en sucesos como este, la discreción es importante.

“En mi humilde opinión, cuanto menos se diga mejor. Porque es muy fácil cometer un error”, indica Mark Lowe, fundador y editor jefe de KRMagazine, una revista especializada en el sector de los secuestros y rescates (“Kidnap & Ransom”, or “K & R”, en la jerga del oficio). “Dado que no sabes las consecuencias que puede tener lo que vas a decir, es mejor no decir nada. Incluso organizaciones que aparentemente no son muy lógicas o no están muy bien organizadas, en realidad están muy bien informadas. Se puede acceder a muchísima información a través de las redes sociales, o a las páginas de las compañías para las que trabajan los secuestrados”, dice a El Confidencial.

En este caso, fue el diario ABC quien difundió la información, aparentemente pensando que era inminente que el Ministerio de Exteriores hiciese pública la situación. Pero Exteriores solo habló de “desaparición”, por lo que al diario de Vocento le han llovido las críticas. “Es un error. Como ha ocurrido en otros casos, ABC podrá alegar que, si no lo rompía ella en ese instante, otros lo habrían hecho segundos después. Pero es un argumento efectista y mentiroso, que busca probarse a sí mismo sin mayor evidencia”, opina el periodista Témoris Grecko, quien ha escrito extensamente sobre su experiencia, así como sobre la industria y el negocio generado alrededor de los secuestros.

Es poco lo que se sabe con certeza sobre el paradero actual de Pampliega, López y Sastre, al menos lo que ha trascendido al gran público. “Tras diez días en Siria sin contacto con ellos, es legítimo asumir que han sido secuestrados. Si estuviesen heridos o muertos, probablemente se habría sabido en este tiempo”, indica Lowe. En todo caso, ¿es algo precipitado hablar de secuestro?

(Efe).(Efe).

“Creo que es indispensable seguir las indicaciones de los familiares”, añade Grecko, una regla que no habría respetado ABC. “Si han entrado en negociaciones o están buscando hacerlo, cualquier publicidad afecta: o bien porque los captores no quieren ruido y lo harán todo más difícil si hay difusión, o por exactamente lo contrario, porque quieren alzarse con un triunfo y mientras más escándalo, más se incrementa el valor de su hazaña. Eso, consecuentemente, encarece el precio que van a pedir por ellos”, comenta.

En su libro Cómo evitar que te maten en una zona de guerra, la periodista británica Rosie Garthwaite plantea el debate sobre si en caso de secuestro es mejor darlo a conocer o no. Según ella, no hay una única respuesta válida y cada caso es diferente. Garthwaite relata cómo su compañero James Brandon fue secuestrado en Irak en 2004 por una milicia chií, y, contra el consejo de los expertos, la BBC –para la que ambos trabajaban– decidió difundir la información. “Nuestro objetivo era conseguir que un clérigo renegado ‘enemigo de América’, Moqtada Al Sadr, diese un paso al frente durante el sermón del viernes y pidiese al grupo secuestrador, que había declarado su adhesión al Ejército del Mahdi de Al Sadr, que liberase a James”, indica. Aquella vez, la estrategia funcionó.

“Si no hay negociaciones en marcha, y la víctima simplemente se ha desvanecido, hacerlo público podría generar pistas sobre su situación. En algunos casos, cuando la víctima es muy conocida, hacerlo público puede funcionar. La presión del público sobre los secuestradores puede ser útil. Pero como regla general, es mejor mantener el secuestro lo más secreto posible para minimizar las oportunidades de dañar a la víctima”, asegura Derek Baldwin, director de Operaciones Internacionales de la compañía de seguridad canadiense IBIS.

La mejor idea es dejar a los negociadores profesionales en paz para hacer su trabajo

“No se me ocurre ningún caso en el que hacer público el secuestro haya salvado una vida, pero hacerlo puede ser una forma de transmitir información. Por ejemplo, si una persona está muy comprometida en trabajos de caridad, si es muy religioso, si tiene una familia… Pero hay que ir con mucho cuidado, porque esto puede influir en las peticiones de los secuestradores. Si la persona despierta mucho interés en su país, pueden pensar que es más valiosa, mientras que si se la ignora, el valor que se le otorga será menor”, dice Lowe. “Hacer publicidad sólo sirve cuando las demás opciones han fracasado y la única salida es generar presión sobre los Gobiernos occidentales para que actúen y los liberen”, sostiene Grecko.

“En secreto, puedes hacer un montón de cosas que no puedes hacer en público. Por ejemplo, nosotros nunca decimos que no vamos a realizar una extracción, y en IBIS hemos hecho unas cuantas. Pero al hacerlo público, una extracción se vuelve imposible”, dice Baldwin. “Otro de los problemas de hacer público un secuestro es que inmediatamente puede aparecer gente que no tiene nada que ver con los secuestradores, y contactar a los empleadores o los familiares de la víctima intentando obtener dinero”, añade. Este experto relata un caso que conoce bien, en el que se pagó un millón de dólares a gente que, según resultó luego, eran simples estafadores sin relación alguna con los que retenían a la víctima.

¿Qué hay de la responsabilidad de los medios hacia sus lectores o espectadores? “Es muy raro que un medio que tiene esa información no la publique, aunque ha habido cierto cambio con los años. De todos modos, suele respetarse un bloqueo informativo de al menos 48 horas, especialmente cuando se trata de un compañero periodista”, comenta Lowe. “Tienes que ver cuál es el verdadero interés del público. En cualquier caso, este no necesita conocer detalles específicos que pueden poner en peligro el proceso de negociación. Está el derecho a saber, el derecho de los medios a informar a los ciudadanos sobre qué ha sucedido, pero hay que ser muy cuidadosos”, dice.

“Opino que un bloqueo informativo de al menos 72 horas es importante, así como evitar divulgar información específica, para no incrementar el valor de los secuestrados. Si tienes que informar, hazlo de forma simple: ‘X es una gran persona que hace trabajos de caridad’. Punto”, zanja este periodista, que propone el establecimiento de un procedimiento estándar para informar sobre este tipo de sucesos.

El resto de desaparecidos

Miles de personas han sido secuestradas en Siria en uno u otro momento desde el inicio de la guerra, entre ellas alrededor de medio centenar de periodistas. La mayoría acabaron siendo liberados o fueron brutalmente ejecutados por el Estado Islámico, que todavía mantiene como rehén al fotógrafo John Cantlie, secuestrado al mismo tiempo que el desafortunado James Foley. Pero mientras este último, estadounidense, acabó decapitado delante de la cámara por el tristemente célebre ‘Jihadi John’, Cantlie ha sido obligado a producir numerosos videos y artículos de propaganda para la organización yihadista. El también norteamericano Austin Tice lleva desaparecido desde agosto de 2012. Y la cifra no deja de aumentar: hace un mes se perdió todo rastro del freelance japonés Jumpei Yasuda, y se teme que esté en manos del ISIS.

“Siria es un verdadero desastre, un lugar muy, muy peligroso para todos los periodistas. Y el mayor peligro es encontrarse en manos del llamado Estado Islámico, especialmente si eres británico o estadounidense”, dice Lowe. “Algo menos si eres español. Hay muchos rumores de que el Gobierno español ha pagado rescates, y estoy seguro de que los secuestradores son muy conscientes de ello”, comenta.

El contexto bélico, de hecho, puede complicar las cosas. “Algunos países son famosos por los frecuentes secuestros, realizados por grupos profesionales que lo que quieren es conseguir cuanto más dinero posible y entregar a la víctima, porque así es como se ganan la vida. No tienen motivos para hacerle daño, siempre y cuando reciban su dinero. Pero, en una zona de guerra, no sabes con quién estás tratando. Puede ser un grupo criminal, una facción u otra, etc. Casi con seguridad, tratas con amateurs, a no ser que se trate de una organización terrorista importante”, apunta Baldwin.

Lowe relata el calvario de un grupo de rehenes italianos secuestrados durante la guerra de Irak, a cambio de cuya liberación sus captores exigían nada menos que la renuncia del primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi. Ese es un caso extremo en un escenario de guerra. “Pero tanto en una zona de guerra como en un marco civil, una negociación es una negociación. En un lado alguien quiere algo, en este caso el Gobierno español busca la liberación de los periodistas, y en el otro, tarde o temprano alguien querrá algo: dinero, una liberación de prisioneros, etcétera”, dice.

“La mejor idea es dejar a los negociadores profesionales en paz para que hagan su trabajo, hacerlo lo más rápido que puedan y de manera profesional”, asegura. “En último término, no es necesario que el público sepa en detalle lo que está pasando. Para ellos es más importante saber que han sido liberados. Cuanta menor interferencia, mejor”.

Fuente: ElConfidencial.com