Juego sucio en el Egeo: estos son los sospechosos de atacar a refugiados

29.10.2015 – 17:56 H. Mientras la Guardia Costera griega busca al menos a 40 personas que desaparecieron tras un naufragio en Lesbos -en las últimas horas, ...

29.10.201517:56 H.

Mientras la Guardia Costera griega busca al menos a 40 personas que desaparecieron tras un naufragio en Lesbos -en las últimas horas, diversos incidentes en las islas han dejado 11 muertos, ocho de ellos niños-, las autoridades europeas ignoran los ataques a refugiados que están teniendo lugar en el Egeo. La proximidad del invierno provoca un aumento en el número de personas que se lo juegan todo en las embarcaciones, lo que eleva los riesgos y las devoluciones en caliente, que continúan en esta frontera externa de la UE.

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Una noche oscura en las aguas del mar Egeo. Una barca inflable trata de llegar a las costas de la isla de Lesbos amparada por la falta de luz y a merced de las olas. Equipada con un pequeño motor de gasolina, se aproxima lentamente a tierra europea, a la libertad para los refugiados que viajan en ella. De la nada, rompiendo el sonido de las olas, una embarcación se acerca rápidamente a ellos. Varios hombres encapuchados, que obviamente no se identifican, desmontan el motor, les quitan la gasolina, dañan su bote y los empujan de nuevo a las costas turcas. Esta vez sí, a merced de las mareas.

Hasta ocho incidentes de este tipo, algunos de ellos con agresiones físicas, ha registrado Human Rights Watch (HRW) entre el 7 y el 9 de octubre, como ya publicó El Confidencial. Las autoridades fronterizas ‘no saben nada’, y evitan hacer declaraciones sobre estos incidentes, a pesar de la insistencia de este diario. Ni ante la gravedad de las denuncias de las organizaciones internacionales la respuesta pasa de una evasiva. Lo que obliga a preguntarse quiénes son estos individuos, por qué no se les detiene y por qué ese velo de silencio.

Extrema derecha, guardacostas, policías…

Esta práctica está lejos de ser nueva: las ‘devoluciones en caliente’ son comunes en esta parte de la frontera externa de la Unión Europea, aunque también en España. Lo novedoso son las precauciones que toman los perpetradores para no ser identificados. Esto, unido a la falta de investigaciones de calado sobre el fenómeno, obliga a centrarse en las pruebas circunstanciales. En las declaraciones de los testigos se puede observar un detalle relevante. Un afgano cuenta a HRW: “Hablan una lengua extranjera que no podíamos entender, pero que no era turco, porque los afganos podemos entender un poco de turco”. Por descarte, dicha lengua debería ser el griego.

Miembros de un cuerpo de fuerzas especiales de los guardacostas helenos en una imagen incluida en la denuncia de Frontex.

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Miembros de un cuerpo de fuerzas especiales de los guardacostas helenos en una imagen incluida en la denuncia de Frontex.

Sin uniforme pero con formación en navegación nocturna, algunos hablan de grupos de extrema derecha con entrenamiento militar. Un experto consultado por este diario afirma que hay precedentes de elementos de la extrema derecha que sirvieron de manera ‘externa’ en el Ejército durante cinco o seis años y que podrían estar adiestrados para llevar a cabo acciones a pequeña escala.

La teoría es difícil de probar: la existencia de grupos ultra que actúan al margen de las autoridades o, peor, en connivencia con ellas supondría un escándalo de enormes dimensiones. Lo que nos lleva a los ‘sospechosos habituales’: los guardacostas y la policía fronteriza.

En enero de 2014, un barco de pesca que transportaba a 27 refugiados se hundió en Farmakonisi (en el Dodecaneso) dejando 11 muertos, ocho de ellos niños. Los supervivientes contaron a ACNUR que el naufragio se produjo durante una ‘devolución en caliente’ del bote llevada a cabo por los guardacostas. Aunque posteriormente la prensa griega publicó los testimonios de los propios rescatados agradeciendo la ayuda a los guardacostas helenos, hasta el Consejo de Europa dudaba de la consistencia de las versiones. Las autoridades griegas negaron cualquier devolución, así como la implicación de sus guardacostas en el incidente hasta el momento del rescate.

El 8 de septiembre, la cadena estadounidense CBS publicó un vídeo en el que supuestamente un barco con bandera griega ‘empujaba’ a un bote con refugiados de vuelta a la costa turca. Muchos hablaron de manipulación, pero la lista de casos de este tipo, con un modus operandi similar, es abrumadora. Amnistía Internacional, en sus informes de 2013 y 2014, denuncia cómo tanto la policía y los guardacostas -y sus transportes oficiales- son descritos por todos los testigos de estas deportaciones forzadas. Y no solamente en el mar Egeo, también en la zona de Evros, frontera terrestre con Turquía. La versión oficial habitual es: “Lo estamos investigando”.

Refugiados y migrantes llegan al puerto del Pireo en un ferri procedente de la isla de Lesbos, el 29 de octubre de 2015.(Reuters)Refugiados y migrantes llegan al puerto del Pireo en un ferri procedente de la isla de Lesbos, el 29 de octubre de 2015.(Reuters)

La supuesta lucha contra los traficantes

Mientras estos hechos se desarrollan con total impunidad en la frontera -una declaración repetida y respaldada por las ONG internacionales-, la policía desvía la atención hacia las operaciones contra los traficantes. El 30 de julio, por ejemplo, los guardacostas aseguraron haber detenido a tres personas en la isla de Samos acusadas de querer hacer pasar a migrantes desde la costa turca. Iban vestidos, según la versión oficial, con el uniforme de los guardacostas y llevaban capuchas. Las mismas autoridades aseguran que “en numerosas ocasiones” han detenido a individuos con uniformes similares.

Una versión, sin duda, conveniente. La policía fronteriza respalda su relato con una lista de detenciones de los “griegos que se aprovechan” de la situación desesperada de los refugiados para, supuestamente, hacer negocio con el equipamiento y los barcos de los recién llegados. Ninguna de estas investigaciones, sin embargo, ha salpicado a los presuntos culpables de las ‘devoluciones en caliente’, que violan no solo el derecho griego y europeo, sino también el derecho internacional.

No obstante, tampoco hay más presión que la de las ONG para que las presquisas avancen. Ni desde las instancias centrales en Atenas, ni desde Europa, se insiste en que se combatan estas prácticas. En el último documento conjunto publicado por los líderes de la llamada ‘ruta de los Balcanes’ (Albania, Austria, Bulgaria, Croacia, Macedonia, Alemania, la propia Grecia, Hungría, Rumania, Serbia y Eslovenia), hay referencias al buen trato a los refugiados, a su asistencia, a la lucha contra el tráfico de personas… pero ni una a la erradicación de las devoluciones en caliente.

Migrantes esperan para cruzar la frontera entre Eslovenia y Austria en Sentilj, el 27 de octubre de 2015. (Reuters)Migrantes esperan para cruzar la frontera entre Eslovenia y Austria en Sentilj, el 27 de octubre de 2015. (Reuters)

¿50.000 refugiados en Atenas?

Mientras, en Atenas se hacen los sordos ante estos delitos cometidos en sus aguas y continúan, eso sí, con las buenas palabras. El viceministro de Inmigración, Yanis Mouzalas, alabado por propios y extraños por su gestión de la crisis de refugiados, admitía que el resto de los socios europeos presionan para que Grecia controle mejor sus fronteras: “Grecia puede vigilar sus fronteras perfectamente como ha hecho durante miles de años, pero de sus enemigos. Los refugiados no son nuestros enemigos”, respondía Mouzalas, añadiendo que “en la práctica, lo que está detrás de estas acusaciones es el deseo de repeler a los migrantes. Nuestro trabajo cuando están en nuestras aguas es rescatarlos, no dejarlos que se ahoguen o repelerlos”. No se sabe si esto último es un mensaje velado para las patrullas de las fronteras, cínica ocultación de los hechos o prueba de desconocimiento. En cualquier caso, es grave.

Aun así, no es necesario que el ministro diga que Atenas tiene la presión de Bruselas en la nuca. El reciente acuerdo para acoger a 50.000 migrantes -temporalmente- en territorio heleno es un claro ejemplo de que la UE sigue poniendo parches a la situación, con el principio de que los refugiados se queden en la periferia. Se habla incluso de un polémico campo de refugiados en la capital griega o de varios campos en todo el territorio para acogerlos permanentemente, algo que podría traer problemas políticos al primer ministro Alexis Tsipras.

A buen seguro, los Veintiocho seguirán presionando en público y en privado a Grecia para que sea más dura en sus fronteras, pues los números siguen sin salir: en la última semana han llegado a sus costas 48.000 refugiados, y de los 160.000 que la UE aceptó a regañadientes en septiembre solamente 105 han sido realojados. Atenas está sobrepasada -ha gastado 1.500 millones de euros en atender a refugiados-, y Europa ya no da más cuerda a la solidaridad. La presión política desciende el escalafón, de los gobiernos hacia abajo en la cadena de mando; a los guardias de la frontera húngaros y a los guardacostas helenos. En esos lugares tan alejados de la capital muchos se ven con las manos libres, ya que a la Unión, Premio Nobel de la Paz, no le importa demasiado cerrar los ojos mientras otros le hacen el ‘trabajo sucio.

Fuente: ElConfidencial.com