La caída de Rousseff sella el fin de los presidentes-guerrilleros

01.09.2016 – 05:00 H. “Este Primero de Mayo es una jornada para denunciar las maniobras dirigidas a debilitar los procesos de integración regional en ...

01.09.201605:00 H.

“Este Primero de Mayo es una jornada para denunciar las maniobras dirigidas a debilitar los procesos de integración regional en nuestra América”, pronunciaba el principal líder sindical cubano durante el emblemático desfile del Día del Trabajador en La Habana. Desde esa misma tarima en la plaza de la Revolución, escenario de las mayores conquistas subversivas, proseguía a enviar a seis países de Latinoamérica un mensaje combativo, que, sin embargo, sonó más a obituario. Por la ochentera megafonía de la capital cubana rechinaban ritmos militares y alguna que otra canción de Silvio Rodríguez, que remataba un aura de nostalgia. Crisis económica y corrupción precipitaron la caída de unos gobiernos socialistas -con matices- que no lograron canalizar los triunfos a través de efectivas alianzas supranacionales en la región, que pudieran hacer frente a las presiones externas en un mundo globalizado.

Atrás quedaron aquellos años entre 2011 y 2013 en que hasta seis presidentes de la región eran exguerrilleros: Dilma Rousseff, contra la dictadura brasileña de los sesenta; Humala, protagonista de un levantamiento en 2000; Hugo Chávez, instigador del golpe militar en el 92, y José Mújica, integrante de los tupamaros de Uruguay, el único jefe con pasado guerrillero que consiguió traspasar la popularidad de su Gobierno izquierdista a un sucesor el pasado año. En el caso de Evo Morales, su vicepresidente, Álvaro García Linera, fue líder destacado de los insurgentes indigenistas a finales de los ochenta. Lo pude ver en un colegio electoral de La Paz junto a su joven y bella esposa Claudia Fernández, presentadora de televisión.

La caída de Rousseff sella el fin de los presidentes-guerrilleros

La destitución de Rousseff y su sustitución por Michel Temer como presidente de Brasil significa que tan solo han logrado sobrevivir a la debacle progresista algunos presidentes centroamericanos, también con pasado guerrillero. En Nicaragua, el sandinista Daniel Ortega (desde enero de 2007), quien ha empleado su control del poder judicial para deshacerse de la oposición; el recién nombrado Salvador Sánchez Cerén, jefe de varias organizaciones político-militares salvadoreñas, y Raúl Castro, sucesor en 2008 de su hermano Fidel tras 50 años del triunfo de la Revolución.

De la soñada ‘Revolución contemporánea’, inspirada en el régimen castrista, solo queda el anhelo. El socialismo del siglo XXI emprendido desde 1999 por el comandante Chávez consumó ayer su muerte con la destitución de Rousseff: el declive de una ‘marea roja’ que ya tiene fecha de caducidad.

En Venezuela, paradigma del deterioro del movimiento bolivariano, Nicolás Maduro (presidente desde abril de 2013) tiene los días contados, en vista de su enorme impopularidad y con el revocatorio a la vuelta de la esquina. Una cuenta atrás que comenzó desde diciembre con el varapalo en las elecciones legislativas, que coincidieron con la derrota del kirchnerismo en las presidenciales de Argentina. En Bolivia, el fracaso de Evo Morales (en el poder desde enero de 2006) en el referéndum para permitir su reelección puso fecha final a su mandato para 2019. El expresidente peruano Ollanta Humala se despidió hace pocas semanas. En Ecuador, Rafael Correa ha preferido evitar el desastre y ya anunció que no se presentaría a los comicios de 2017. El descafeinado socialismo de la chilena Michelle Bachelet también concluirá en las elecciones de 2018. La única excepción ha sido Colombia, el país más desigual de Sudamérica, según datos del Banco Mundial.

Opositores venezolanos en silla de ruedas llegan a un encuentro con Lilian Tintori, mujer de Leopoldo López, en Caracas. (Reuters)Opositores venezolanos en silla de ruedas llegan a un encuentro con Lilian Tintori, mujer de Leopoldo López, en Caracas. (Reuters)

“O socialismo o fin del mundo”

Casi tres décadas han pasado de aquel “O tomamos el camino del socialismo o se acaba el mundo” de Chávez, que marcó el apogeo de la izquierda latinoamericana, que coincidió con el auge de las materias primas. Una ‘época de oro’ que los gobiernos aprovecharon para desarrollar amplios y accesibles programas sociales, pero en la que olvidaron las medidas preventivas de ahorro y el fomento de la inversión en otros sectores.

El resultado fue una brutal dependencia de esas materias primas. Como ejemplo, en Venezuela el petróleo significa el 96% del PIB; en Ecuador, las exportaciones del ‘oro negro’ representan más de la mitad del total, y en Bolivia, el 72% corresponde a minerales, según datos de JP Morgan y bancos centrales. Algo parecido sucede en Brasil y Argentina con la soya, o en Perú y Chile con el cobre.

Con el desplome del precio del barril de carburante (un 76%) y el frenazo de la demanda de su principal cliente, China, los países sudamericanos sufrieron un descenso del 14% del valor de sus exportaciones en 2015, según las previsiones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), que alargaba la tendencia a la baja de los dos años anteriores.

Alicia Hernández. Caracas

En la televisión pública se repite un vídeo de Hugo Chávez diciendo “váyanse al carajo, yanquis de mierda”. Pero Venezuela sigue vendiendo petróleo a EEUU. Unos 700.000 barriles diarios

Para el analista político Matías Bianchi, “el principal error ha sido no poder, querer o saber escapar de la reprimarización de las economías. Algunos países como Argentina apostaron por crear impuestos a las exportaciones de los mismos y en intentar una sustitución de importaciones industriales. Otros como Perú o Ecuador directamente abrazaron el modelo extractivista”.

Ello ha provocado una contracción que ya va por su quinto año consecutivo, con un retroceso del 0,5% del PIB el pasado año y un descenso del 0,3% para este, según las proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI). Brasil crecía un 7,5% en 2010. Como consecuencia, los antes generosos estados socialistas se han visto obligados a aplicar duros recortes a una sociedad acostumbrada al asistencialismo, lo que ha despertado su malestar.

El segundo error, según Bianchi, “ha sido la acumulación de poder en manos de la coalición gobernante y los vicios que eso conlleva”. Al retroceso económico se ha sumado la endémica corrupción en la región, que ninguno de los ejecutivos izquierdistas se preocupó en atajar, o lo hizo tarde, como Bolivia y Chile. Para los libros de historia quedarán las imágenes de las hijas de Chávez fotografiándose con estrellas estadounidenses o familiares bañados en dólares, la detención del expresidente Lula da Silva por el caso Petrobras, o los sombríos escándalos del kirchnerismo. Todos ellos, resueltos con una actitud despótica, como cuando Cristina Kirchner soltó aquel “últimamente, el Partido Judicial se ha independizado, pero de la Constitución”.

La expresidenta argentina Cristina Fernandez Kirchner saluda a simpatizantes a la salida del Congreso, en Buenos Aires, en diciembre de 2011. (Reuters) La expresidenta argentina Cristina Fernandez Kirchner saluda a simpatizantes a la salida del Congreso, en Buenos Aires, en diciembre de 2011. (Reuters)

Esa deriva autoritaria y confrontativa característica de esos gobiernos ‘revolucionarios’ ha desencadenado una peligrosa polarización de la sociedad. Se pudo ver en los ajustados resultados del referéndum boliviano o de las recientes elecciones peruanas, en la tensión en Venezuela o en las encuestas ante el ‘impeachment’ de Rousseff. La división ya no es entre ricos y pobres, sino entre la “derecha burguesa” y la “izquierda liberadora”, en boca de los mismos dirigentes bolivarianos. Una radicalización del discurso que ha propiciado un ocaso más traumático para esos líderes y sus ideologías.

La diferencia ahora es que ese populismo ha dejado de convencer a la población latinoamericana. ‘Facta non verba’ (hechos, no palabras), pregonaban los romanos al inicio de los siglos. “Pan y no palabras”, decían los venezolanos y los bolivianos en esos países durante el último año. Algo que para la descontenta (y ambiciosa) clase media brasileña anti-Rousseff era más un “basta de corrupción y recortes” o “nuestra bandera nunca será roja”, acusando a la presidenta de comunista al más puro estilo ‘caza de brujas’ de la Guerra Fría.

Ese populismo ha dejado de convencer a la población latinoamericana. “Pan y no palabras”, decían los venezolanos y bolivianos durante el último año. Algo que para la clase media brasileña anti-Rousseff era más un “basta de corrupción y recortes”En todo el proceso de declive del proyecto bolivariano, que sus mismos adalides han calificado unánimemente de “golpe”, el poder mediático ha jugado un influyente papel. “Los medios de comunicación concentrados [por ejemplo, ‘O Globo’ en Brasil, ‘Clarín’ en Argentina o ‘La Tercera’ en Chile] han explotado las dificultades y errores de la izquierda de manera muy inteligente, favoreciendo claramente a las coaliciones opositoras emergentes”, considera el experto Bianchi.

Los intentos de los gabinetes socialistas para desarticular el monopolio mediático (véase, la compra de Globovisión por parte de la aristocracia chavista, que, por ejemplo, prohibió a este periodista entrevistar a Lilian Tintori en las instalaciones de la cadena de televisión) se desbarataron con el inicio de la recesión económica (véase la campaña de ‘O Globo’ contra Rousseff). O en ocasiones, ni siquiera fueron una prioridad.

“Estos ejecutivos obviaron abordar cuestiones como el poder de los medios”, señala a este diario Francisco Sierra, director general del Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina (Ciespal), quien atribuye el desplome de la izquierda a la voluntad de Estados Unidos por recuperar la hegemonía en el cono Sur. Para el analista, citando el informe ‘Militar Review’ y Wikileaks, “es una evidencia que la doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos ha sido modificada, atendiendo ahora a intereses ligados al gran capital financiero y compañías de telecomunicaciones y las eléctricas, a través de las campañas de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Grupos de Diarios de América (GDA) y otros ‘lobbies’ que han construido una imagen distorsionada de esos gobiernos progresistas”. Y subraya como ejemplos los casos de Paraguay, Venezuela y Brasil. Una teoría difícil de corroborar, pero abanderada por los propios caudillos caídos.

En ese sentido, pese a la “voluntad integracionista”, la ‘marea roja’ fracasó a la hora de “desarrollar el regionalismo y la integración supranacional, limitando el proyecto de cambio en el ámbito Estado-nación”, por lo que perdieron blindaje y fuerza. Así lo reconoció el propio Mujica y se ha demostrado con los frustrados intentos de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), con escaso alcance. El continente ha comenzado a caminar hacia el neoliberalismo, que de momento ha dejado algunas caceroladas en Buenos Aires, pero del que aún se desconocen sus efectos.

Para la próxima década ya se habrá producido el cambio total de ciclo y probablemente el mundo no se habrá acabado, como pregonaba Chávez, pero sí ese sueño tan revolucionario como anacrónico de una América Latina “libre y unida”. La estatua del prócer José Martí lo verá desde la habanera plaza de la Revolución, junto al rostro de Ernesto ‘Che’ Guevara, con o sin desfile por el Primero de Mayo.

Fuente: ElConfidencial.com