La Catedral Española de Tánger se convierte en refugio de inmigrantes

Marruecos ha expulsado a cientos de subsaharianos del barrio más poblado por inmigrantes de todo el país. Desalojados de Tánger, algunos han huido al ...
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Marruecos ha expulsado a cientos de subsaharianos del barrio más poblado por inmigrantes de todo el país. Desalojados de Tánger, algunos han huido al monte, donde han erigido nuevos campamentos que se unen a los ya existentes cerca de la frontera con Ceuta. Otros se han refugiado en la Catedral Española, cuyos responsables intentan realojarlos en pisos por la ciudad.

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Batolell es un bailarín camerunés de 24 años. Puede considerarse un afortunado: su trabajo en la asociación cultural Tabadoul le permite pagar un alquiler en un bajo. Es uno de los pocos subsaharianos que puede seguir viviendo en el barrio de Boukhalej de Tánger, el más poblado por inmigrantes de todo Marruecos, tras la operación de expulsión que lanzaron las fuerzas de seguridad el 1 de julio. El artista comparte su vivienda con su mujer y cuatro amigos, aunque el pasado sábado el salón de su apartamento acogía a más de 20 compatriotas sin hogar.

Actualmente sólo quedan 10 viviendas habitadas por subsaharianos en Boukhalef; el resto sobrevive a la intemperie. Nuevos campamentos se han constituido en los bosques aledaños al barrio. Según datos del ministerio de Interior marroquí, en la intervención policial fueron expulsados 400 inmigrantes y desalojados hasta 85 apartamentos. Diferentes son las cifras del Grupo de Acompañamiento y Defensa de Migrantes y Extranjeros (Gadem), que recuenta 700 expulsados, 400 en el bosque y 100 inmigrantes deportados en autobuses. Además, 200 personas se habrían refugiado en la Catedral Española de Tánger. “Durante tres días llamaron a las puertas de los inmigrantes. Les dieron un ultimátum de 24 horas para abandonar las viviendas”, detalla a El Confidencial el presidente y fundador de la organización Visa Sans Frontières, Mamadou Yaya Diallo. Los que no tenían contrato de alquiler fueron expulsados.

Los marroquíes del barrio han ayudado a la policía, a las fuerzas auxiliares y a la secreta a desalojar las viviendas después de varias manifestaciones en contra de los subsaharianos, principalmente durante el Ramadán, el mes santo para los musulmanes. Hassan Soussi es dueño de un ultramarinos en el corazón de Boukhalef. Se lleva bien con los inmigrantes, aunque asegura que, como en todos los países y colectivos, “los hay buenos y malos”. Sin embargo, él también justifica la expulsión: “La policía les pide a los marroquíes que se calmen para no tocar a los africanos, pero crean muchos problemas. Si los dueños de las casas les dicen que deben dejar los pisos y los africanos se niegan, al final tiene que intervenir la policía. Pedimos que hubiera calma al menos durante el Ramadán, porque hay personas que convierten su casa en un bar. No está bien, estamos en un país musulmán”. 

Inmigrantes subsaharianos se esconden en los montes cercanos a Ceuta (Reuters).Inmigrantes subsaharianos se esconden en los montes cercanos a Ceuta (Reuters).

Dentro de los campamentos en los bosques

Un sillón destartalado, cojines y alfombras de plástico sobre la tierra del suelo agreste y centenares de subsaharianos a la sombra de los pocos árboles que hay en los bosques de los alrededores de Boukhalef. En el camino, los hombres acarrean cubos y garrafas de agua para sus brothers, como se llaman entre ellos; pero también hay mujeres, algunas embarazadas. Naomi ha dormido al raso desde que cruzó la frontera de Argelia hace dos semanas; está embarazada de siete meses y, aunque todavía no sabe cómo llamará a su hijo, sí está segura de querer darle un buen futuro. Y, pese a que su única comida diaria es un bocadillo de sardinas de lata (que sólo cuesta 1 dírham, unos 10 céntimos de euro), se muestra contenta y esperanzada con la idea de conseguir una mejor vida fuera de su país, Camerún.

Jeammot Dipoko, el portavoz camerunés de un grupo escondido en el bosque, es jugador de voleibol en su país. Se nota por su altura y cuerpo atlético. Lleva más de un año en Marruecos. Desde el desalojo se pasa el día tumbado en una manta esperando a que termine el Ramadán, aunque es cristiano. Espera que el rey Mohamed VI se apiade de ellos y abra las fronteras durante un par de días, como hizo el año pasado. “Lo más importante es irnos de aquí, porque el país no nos ofrece oportunidades, no hay trabajo y tenemos unas condiciones de vida deplorables. El país está bien construido, es seguro y el paisaje es bonito, pero nosotros no encajamos en él”.

Los subsaharianos encontraron otro refugio, la catedral en el centro de la ciudad. El pasado fin de semana todavía quedaban más de 20 inmigrantes en el atrio de la iglesia a la espera de ser realojados. Mientras les encuentran cobijo, se reparte comida después de la ruptura del ayuno del Ramadán. Según cuenta a El Confidencial el arzobispo de Tánger, Santiago Agrelo, han atendido a 182 inmigrantes, a quienes han financiado el alojamiento durante un mes. “Primero a las mujeres embarazadas o con niños, enfermas, varones solos con hijos; la población más vulnerable, pero también hemos realojado finalmente a los hombres”, explica. Los criterios de ayuda los marca la Unión Europea, que financia la asistencia durante todo el año con un equipo profesional de mediadores sociales y una psicóloga. Sin ingresos ni trabajo, no imaginan cómo los inmigrantes pagarán las próximas mensualidades.

“Nadie busca solución a este drama”

De manera excepcional, el alcalde de Tánger, Fouad el Omari, se presentó dos veces en la catedral para hablar con los subsaharianos. Para la ocasión no sólo estaban los hacinados en el templo, sino que acudieron los líderes de Boukhalef y de los otros barrios de Tánger para exponer sus problemas y pedir ayuda a las autoridades. Se congregaron alrededor de 150 inmigrantes, a los que el edil les prometió paliar la situación. Para Agrelo, “este es un drama para el que nadie busca solución. Al ser un problema humano es un problema radicalmente político, pero se deja sistemáticamente fuera de las preocupaciones políticas. Los gobernantes tendrían que preocuparse de la gente más necesitada, tienen que buscar el modo”.

El 1 de julio, las fuerzas de seguridad, con la autorización del Gobierno y apoyadas por civiles, irrumpieron en las casas ocupadas por los inmigrantes. El desalojo, anunciado días antes por Mustapha Khlafi, ministro de Comunicación y portavoz del Gobierno, terminó con un muerto de Costa de Marfil por una agresión con un objeto punzante, según las autoridades locales citadas por la agencia de noticias nacional MAP. El Confidencial ha tenido acceso a un video de una voluntaria en el que se ve al joven tendido en una camilla del hospital todavía con vida. Sin embargo, entre sus compatriotas circula la versión de que se cayó de un piso desalojado durante la intervención policial.

Marie, de Camerún, en un campamento clandestino cercano a Melilla (Reuters).Marie, de Camerún, en un campamento clandestino cercano a Melilla (Reuters).

Los detenidos fueron transportados en 16 autobuses hacia diferentes ciudades del sur de Marruecos, principalmente Agadir, Marrakech y Fkih Ben Salah. También a grandes ciudades como Casablanca o Rabat. “Nos pedían el contrato de alquiler y la tarjeta de residencia. Al que no las tenía le obligaban a meterse en un autocar”, detalla a este diario Idrissi Diara. En el mismo autobús viajaron otras 27 personas, mujeres y hombres, y los dejaron en un campo de Agadir, donde “los maltrataron”. Después, pasó nueve días en un bosque, pero ya está otra vez de vuelta en Tánger, la puerta a su sueño, Europa.

Los diplomáticos de Senegal y la República Democrática de Congo (RDC) defienden la evacuación porque los inmigrantes “han violado la propiedad privada” y aseguran que “la operación se desarrolló en condiciones normales sin ninguna reticencia por parte de los ocupantes de las viviendas”. El embajador de RDC en Marruecos, Wawa Bamilialy, aseguró en una declaración a la televisión nacional marroquí Al Oula que “la deportación voluntaria de los residentes subsaharianos ha facilitado la tarea de evacuación de los apartamentos”.

Para el Arzobispo, ‘nadie busca solución a este drama. Se deja sistemáticamente fuera de las preocupaciones políticas’

Los subsaharianos que pasean por Boukhalef ya no viven allí. Para acudir a sus trabajos en cibercafés, peluquerías y tiendas recorren a pie varios kilómetros desde el bosque, donde se refugian alrededor de 400 inmigrantes según explicó a la radio francesa RFI Stéphane Julinet, jurista a cargo del programa ‘Derechos y migración’ en Gadem. También buscan en el barrio a sus amigos y compatriotas. Boukhalef sigue siendo el punto de encuentro de los diferentes colectivos porque “esto era como un pueblo africano, un pueblo de emigrantes”, recuerda Jeammot Dipoko, de Camerún.

El ambiente en Boukhalef es tenso incluso después del desalojo. Desde hace semanas se repiten los enfrentamientos entre marroquíes e inmigrantes, como ya ocurrió el año pasado durante el Ramadán. Se ha reforzado la presencia policial en el barrio hasta que los propietarios de los apartamentos, la mayoría marroquíes residentes en el extranjero, puedan tomar las medidas necesarias para proteger sus casas.

Mientras, los inmigrantes mantienen su alegría y sus cánticos en los montes, pero están cansados y desamparados. La mayoría piensa intentar cruzar el Estrecho este verano. Si no lo consigue, intentará acogerse al programa de repatriación y volver a casa con sus familiares.

Fuente: ElConfidencial.com