La epidemia de zika abre el debate sobre el gran tabú de Brasil: el aborto

22.02.2016 – 05:00 H.  “Yo fui a una clínica ilegal. Pagué 700 reales (160 euros). Cuando llegué, fui recibida por un médico vestido de carnicero. Tenía un ...

22.02.201605:00 H.

 “Yo fui a una clínica ilegal. Pagué 700 reales (160 euros). Cuando llegué, fui recibida por un médico vestido de carnicero. Tenía un delantal blanco todo ensangrentado e instrumentos claramente artesanales y rudimentales. Me aplicó una inyección local, no recuerdo si funcionó. Sentí un dolor tremendo y tuve una crisis de vómito. Mientras tanto, el médico me torturaba diciendo que si no lo hubiese buscado, no estaría viviendo aquello”.

“Lo primero que me preguntaron fue: ‘¿Quieres la píldora abortiva verdadera o la falsa?’. Aluciné con la pregunta. Me explicaron que muchas mujeres son obligadas a abortar por el padre o el marido y que, en estos casos, pueden engañarlos para salvar al bebé”.

Es el testimonio anónimo de dos mujeres que han sufrido abortos en Brasil, un país que posee una de las legislaciones más restrictivas de América Latina. Solo está permitido abortar en caso de violación, de grave malformación del feto (anencefalia) o de riesgo de vida para la madre. La consecuencia es que se realizan un millón de abortos clandestinos por año y que cada dos días muere una mujer por las condiciones precarias en que estas operaciones son llevadas a cabo, según datos del Grupo de Estudio sobre Abortos.

La reciente epidemia de zika, que ha colocado a Brasil en una situación de emergencia sanitaria sin precedentes, ha reabierto el debate sobre el aborto, muy crispado después de que el presidente de la Cámara, Eduardo Cunha, intentase aprobar una nueva ley para endurecer aún más los supuestos. Algunos grupos feministas reivindican que el aborto sea liberalizado frente a la sospecha, todavía no demostrada científicamente, de que este virus pueda estar causando microcefalia en bebés y fetos. De momento, hay más de 4.000 casos de microcefalia diagnosticados en el país tropical.

Varias fotografías de madres con sus hijos afectados por microcefalias en un hospital de Brasil. (Reuters)Varias fotografías de madres con sus hijos afectados por microcefalias en un hospital de Brasil. (Reuters)

El gran tabú

La discusión se ha visto respaldada por el reciente llamamiento de la ONU a todos los países afectados por el virus Zika para que garanticen el acceso a métodos contraceptivos y al aborto. “Las leyes y las políticas que restringen el acceso a los servicios de salud sexual y reproductiva violan las leyes internacionales, y deben ser revisadas urgentemente”, ha afirmado Zeid Ra’ad Al Hussein, del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU.

“En Brasil, abortar es un infierno, sobre todo si eres pobre y negra”, asegura Renata Corrêa, guionista del documental ‘Clandestinas’, dirigido por Fádhia Salomão. En él, varias mujeres cuentan su experiencia traumática con el aborto. “Es prácticamente imposible conseguir en Brasil a una mujer que hable sobre su aborto delante de una cámara. Yo las encontré en mi entorno personal y en un blog en el se publican historias de forma anónima”, relata Corrêa a El Confidencial. “Fue muy difícil convencerlas a participar en el documental, porque el aborto es ilegal y es un gran tabú en la sociedad brasileña. Al final, algunas aceptaron. También recurrimos a actrices profesionales para interpretar la historia de las otras. Decidimos mezclarlas en el montaje para que el espectador no supiese quién es actriz y quién es afectada. De esta forma, hemos conseguido proteger el anonimato de las que accedieron a dar la cara”, revela la guionista.

Que este tema es un tabú es algo muy palpable en la sociedad brasileña. No solo no se habla de ello, si no que cuando una mujer necesita practicar un aborto, se encuentra con un muro de silencio y de miedo, tanto en su entorno más próximo como en el ámbito sanitario. Además de la criminalización penal, existe un prejuicio social muy grande contra las mujeres que abortan. Por eso, algunas optan por fingir que fueron violadas, para así poder acceder al procedimiento legal.

“Las mujeres que acudían a este departamento del hospital eran niñas de 10 o 12 años, mujeres muy fragilizadas”, cuenta unas de las protagonistas de ‘Clandestinas’ que simuló una violación. “Tienes que pasar un examen muy cabrón, incluso con mujeres que teóricamente deberían apoyarte y que en cambio te colocan contra la pared, preguntándote por qué quieres abortar”, agrega.

“Después de tres semanas de este proceso, me negaron el derecho a abortar por violación. El último médico que me entrevistó dijo que mi historia estaba demasiado redonda”, asegura esta chica, para quien esta experiencia le sirvió para comprender cuán desprotegida está una mujer violada que acude a la sanidad pública. “No deja de ser una violencia tener que repetir tu historia una y otra vez, y sentirte maltratada porque la gente no te cree. Yo dije una mentira por un motivo particular, pero me acabé colocando en el lugar de una mujer violada y fue muy duro”, revela esta mujer, que finalmente abortó en una clínica privada.

Operativos para eliminar la proliferación del mosquito transmisor del zika en Brasil. (EFE)Operativos para eliminar la proliferación del mosquito transmisor del zika en Brasil. (EFE)

Métodos de gran riesgo

Los datos muestran que una de cada cinco mujeres brasileñas mayores de 40 años realizó al menos un aborto ilegal en su vida. En algunos casos, esta experiencia puede acabar en una muerte espantosa, como ocurrió con Jandira Magdalena dos Santos Cruz. Su fallecimiento conmocionó profundamente Brasil. Jandira tenía 27 años y estaba embarazada de cuatro meses. Llegó a pagar 4.500 reales (1.000 euros) para realizar el aborto clandestino. Salió rumbo a la clínica y nunca más regresó a casa.

Pocos días después, su cuerpo carbonizado fue encontrado en un coche en la zona oeste de Río de Janeiro. No tenía ni brazos, ni arco dental. Solo la prueba de ADN pudo confirmar su identidad. Fue asesinada y quemada por los integrantes de una banda que regentaba clínicas ilegales. Su culpa: haber tenido complicaciones posoperatorias, un problema incómodo con el que los bandidos no quisieron lidiar.

Los datos muestran que una de cada cinco mujeres brasileñas mayores de 40 años realizó al menos un aborto ilegal en su vida. En algunos casos, esta experiencia puede acabar en una muerte espantosaNo es ni el primero ni el único caso denunciado por la prensa brasileña. Muchas veces, los que practican abortos ni siquiera son médicos de verdad. Para Renata Corrêa, el aborto clandestino no representa el mismo riesgo para todas las mujeres. “Una mujer blanca de clase media siempre tendrá la seguridad de una buena clínica, aunque ilegal, con anestesia, un equipo de enfermeros y un médico. Tendrá un aborto más seguro y, en la medida de lo posible, será orientada durante el post-operatorio. En cambio, la situación de las mujeres negras, pobres y de la periferia es mucho más dramática. Sin dinero, sin apoyo y muchas veces, presionadas por un entorno conservador y religioso, van a recurrir a métodos poco ortodoxos que colocan sus vidas en riesgo, como tomar veneno, introducir objetos puntiagudos en la vagina, o recorrer a profesionales que utilizan instrumentos rudimentales, en ambientes sin higiene y obviamente sin anestesia. Eso impacta directamente en la mortandad y las secuelas de estas mujeres”, explica.

De hecho, cada año se producen cerca de 250.000 hospitalizaciones para tratar complicaciones posteriores a los abortos. “El aborto inseguro tiene una fuerte asociación con la muerte de mujeres. Según los dados de la Organización Mundial de la Salud, tenemos casi a 70.000 mujeres que se mueren cada año después de un aborto inseguro, lo que no es poco”, advierte el ginecólogo y obstetra Jefferson Drezett, que hace más de 10 años coordina un servicio de abortos legales en Brasil.

Lo usual, cuando una mujer tiene complicaciones tras un aborto clandestino, es mentir a los profesionales de la sanidad pública. “Al llegar al hospital, me desmayé: estaba perdiendo mucha sangre. Cuando me desperté, la médica de guardia dijo que eran las seis de la mañana, que su turno había acabado y que no podía atenderme. Me aconsejó que dijese al médico siguiente que había tenido un aborto espontáneo. Cuando este llegó, comenzó a decir cosas horribles sobre el aborto, mientras las enfermeras intentaban convencerle de que yo era una buena chica, que había tenido un aborto espontáneo y que estaba sufriendo mucho. Me avisaron de que él me dejaría morir si no decía que el aborto había sido natural”, cuenta otra de las protagonistas de ‘Clandestinas’.

Católicos en contra… y a favor

A principios de febrero, el aborto se ha convertido en el tema estrella de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil. Las iglesias cristianas de Brasil se han mostrado divididas sobre esa cuestión y los casos de microcefalia. Fiel a su tradición, la Iglesia católica es rotundamente contraria. Por su parte, la Iglesia episcopal anglicana todavía no tiene una postura oficial, mientras que algunos sectores de la Iglesia baptista creen que la mujeres debería tener derecho al aborto en caso de microcefalia del feto.

“Creo que la mejor decisión en este momento es escuchar y hacer un debate sobre esta cuestión del aborto ante los casos de microcefalia, y preventivamente liberalizar el aborto para las mujeres que quieran practicarlo, para que las mujeres pobres no sean privadas de un derecho básico, basado en la libertad de conciencia de cada uno”, ha declarado Joel Zeferino, presidente de la Alianza de Baptistas de Brasil. “Hemos hablado mucho en nuestra comunidad sobre la cuestión del aborto masculino. La gente suele pensar que es la mujer la que va a retirar el feto, pero ya ha habido varios casos en diversos países de hombres que han abandonado a sus mujeres tras descubrir que su hijo tenía microcefalia”, añade Zeferino. Se trata de un fenómeno recurrente que la prensa brasileña refleja con frecuencia.

En este panorama social de Brasil, el movimiento de las Católicas por el Derecho a Decidir representa algo muy innovador. Rosângela Talib, coordinadora de esta ONG, recuerda que diagnosticar un feto con microcefalia puede tardar hasta 24 semanas. “Como es difícil saber cuál será la gravedad de los daños, las mujeres deben tener la opción de escoger si quieren seguir con el embarazo”, afirma.

“El papel de las iglesias en sus comunidades es muy grande. Lo que dicen va a misa”, señala Renata Corrêa. Para esta guionista y activista, debería producirse un debate mucho más amplio sobre el aborto. “No se trata de promover la eugenesia, como denuncian los sectores conservadores. La mujer tienen que tener el derecho a abortar independientemente del motivo”, subraya Corrêa. “Creo que legalizar el aborto y banalizarlo son dos cosas completamente diferentes. Banalizar el aborto es ser atendida por un carnicero, es fingir que no existe y colocar una cortina delante”, afirma una de las protagonistas del documental. “La legalización en Uruguay ha demostrado que no se ha producido una ola compulsiva de abortos solo porque es más fácil”, añade otra. 

Fuente: ElConfidencial.com