La hegemonía del Barça: la otra herencia de Cruyff llegó en forma de resultados

15.05.2016 – 05:00 H. Johan Cruyff cambió la filosofía del Barcelona, sí, pero también la fisionomía de todo un campeonato. El genio holandés, fallecido ...

15.05.201605:00 H.

Johan Cruyff cambió la filosofía del Barcelona, sí, pero también la fisionomía de todo un campeonato. El genio holandés, fallecido este año, inculcó a su Barça la lección de que nadie en el mundo era mejor que ellos, de que podían ganar siempre, en todas las condiciones. Convirtió a un equipo bueno en uno muy grande, con todos los matices que eso tiene. Desde que él se hizo con el banquillo el club ha ganado 14 ligas, antes de él solo contaban con 10 y peleaban con el Atlético y el Athletic por ver quién era el rival más temible para el todopoderoso Real Madrid. En estos últimos 25 años los blancos solo han ganado siete y la diferencia ha pasado de 15 a ocho. 

Es muy difícil cambiar la historia, mover las dinámicas de toda la vida hasta conseguir un nuevo panorama. La Liga de uno pasó a ser de dos y ahora los catalanes pueden exhibir un poder que nadie tiene. Si hay un equipo al que pertenece la Liga en el siglo XXI ese es el Barcelona, cuyo dominio en el campeonato ha sido aderezado con un buen número de títulos internacionales. De las ocho últimas temporadas se han impuesto en seis. Son los años de Guardiola y Luis Enrique, dos pupilos de un hombre que revolucionó el fútbol pero, sobre todo, le dio la vuelta al espíritu de una institución. Es más, los peores fallos en estos años se dieron con entrenadores no habían conocido al faro que ilumina al barcelonismo. Porque incluso Rijkaard le tuvo como mentor, aunque fuese lejos de Barcelona. 

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Es importante esa cuestión, porque delimita mucho cuál es el camino que tiene que tomar el club entero. Es una de las pocas empresas del mundo que no se dirigen desde los puestos directivos sino desde un banquillo a pie de césped, una anomalía que solo es concebible en el deporte. Pero es así, en todos estos años al Barcelona le ha pasado de todo, ha sido mal dirigido en largos periodos, judicializado, desnortado, preso siempre en una guerra de familias, pero funcionaba, porque lo deportivo nunca se salió de la línea marcada por Cruyff. Y cuando lo hizo fue para fallar. 

Luis Enrique celebra el título. (EFE)Luis Enrique celebra el título. (EFE)

Guardiola siempre decía que el Real Madrid no necesita hacer las cosas bien para terminar ganando mientras que en el Barcelona solo la perfección lleva a los resultados. Tiene más de trauma de infancia, de haber crecido viendo cómo el equipo perdía cosas inexplicables, que de una realidad tangible y actual, verificable con los hechos presentes. El equipo de Luis Enrique ha hecho algo dificilísimo que poco tiene que ver con eso que decía Pep: caer y levantarse. La mística de la supervivencia, de no morir nunca aunque las cosas se tuerzan. Algo que, como los títulos, siempre acompañó al Madrid tanto como al Barcelona se le aparejaba con una cierta indolencia. Una visión del mundo que ahora forma parte del pasado. Las últimas cinco victorias seguidas, justo después de todos los naufragios, son una muestra de buena cabeza, de fe, de saber sacar la sensatez en la flaqueza. 

Saber sufrir

Aquello también es parte del pasado, algo que desapareció a medida que en el Camp Nou se asimilaban los conceptos del ‘cruyffismo’. No necesitó verbalizarlo, no hubo el “ganar, ganar, y volver a ganar” de Luis Aragonés, todo fue por la vía de los hechos. Cruyff logró cuatro ligas y en tres de ellas presidió la agonía. El Barcelona con él aprendió a jugar, pero también aprendió a sufrir. Y eso a veces es tan importante como lo otro.  

El Barcelona de esta temporada ha sido capaz de resistir. Psicológicamente ha probado que podía estar un mes desconectado y volver, que no importaba caer en Europa contra un rival directo en España porque la organización iba a terminar subsistiendo. La Liga es el campeonato que mejor premia a los equipos que saben sobrevivir, los que asimilan mejor las derrotas y los malos momentos, que en un año siempre llegan. El Barcelona no era así, era un equipo que siempre tenía grandes jugadores -miren las plantillas y los fichajes, en eso siempre fue equiparable al Real Madrid- pero no era capaz de gestionar las emociones. Un equipo bueno, pero quebradizo.

Esta liga no fue perfecta, ha sufrido mucho más de lo que esperaba en aquel invierno en el que el Madrid se descoyuntaba y el Atlético se quejaba de la falta de gol, pero ha terminado reinando. No tiene el mismo aura de la época de Guardiola, es un equipo menos canterano y más de mercado, menos estético y algo más contundente, pero las trazas básicas siguen ahí, en el fútbol y, sobre todo, en el espíritu.

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El Barcelona ha conseguido todo esto con un estilo concreto: el del extremo control. En eso tiene mucho que ver Guardiola, más aún que su mentor, que tenía tardes en las que se decidía a innovar tanto que se olvidaba de que el objetivo final era la victoria. El Barcelona de Cruyff es la base, el de Pep es más fiable, el de Luis Enrique, un poco más de lo mismo. El asturiano es un seguidor, no un creador. No pasará a la historia como un revolucionario, quizá también porque no lo necesita. Para él la cosa estaba en continuar las cosas que ya estaban asimiladas, en tratar de mantener contentos a los artistas y no dejar que se cayesen por el camino. 

El partido de Granada no fue una obra de arte, el Barcelona de los últimos meses no ha estado en esa línea. Fue un trabajo quirúrgico, aséptico, irreprochable en el que se llevó el estilo hasta el final, a los millares de pase un lado a otro, hasta encontrarle el error a la zaga contraria. Es una versión más de una idea antigua, la de Johan, la de Pep, la que ha convertido un equipo bueno en un gran equipo. El legado del juego, el legado de los resultados

Fuente: ElConfidencial – Deportes