La huella de la emigración española: los últimos gallegos de Río

22.06.2016 – 05:00 H. “Cuando vas a España te dicen brasileño. En Brasil te llaman español. Hace tiempo que los gallegos de Río de Janeiro perdimos nuestra ...

22.06.201605:00 H.

“Cuando vas a España te dicen brasileño. En Brasil te llaman español. Hace tiempo que los gallegos de Río de Janeiro perdimos nuestra patria”. José Martínez es un inmigrante originario de una aldea de A Coruña que llegó a Río de Janeiro en 1953. Tenía 18 años y huía del servicio militar, que entonces duraba tres años. Como muchos paisanos, emprendió la aventura de cruzar el océano en busca de una vida mejor y acabó trabajando como electricista.

“Brasil era el único país al que podíamos ir. En Argentina estaban pidiendo una carta de invitación”, recuerda José. Representa la última generación de emigrantes españoles todavía vivos, aquellos que llegaron en barco en los años 50 y 60 del siglo pasado “con una mano adelante y otra atrás”, en busca de una oportunidad, de una vida sin hambre y sin penurias.

Al igual que muchos gallegos afincados en Río de Janeiro, todavía recuerda el día exacto de su llegada. “12 de enero de 1953. ¿Cuántos años hace que estoy aquí? 63 o por ahí”, dice José con su marcado acento gallego. Tiene más de 80 primaveras y aun así es capaz de citar con todo lujo de detalles sus primeras impresiones. “Nunca había visto a mujeres con vestidos tan cortos… ¡Anda! Pensé: este es mi país”, bromea.

‘Ellos todavía se sienten extranjeros en Brasil. Sin embargo, cuando van a España ni son españoles ni brasileños. Un día uno me preguntó: ‘Vera, ¿yo qué soy?’La inmigración española en Brasil comenzó en el siglo XIX y se intensificó en el siglo XX. En la actualidad no hay datos fidedignos sobre el número de españoles y descendientes que viven en el país tropical. En 1940, en el último censo en el que se investigó el origen de la población, 436.305 brasileños se declararon hijos de madre española y 340.479 de padre español. Los españoles nacidos en Brasil eran 147.914 y los naturalizados brasileños, 12.643. Por lo tanto, en 1940 los españoles y sus hijos representaban cerca del 1,5% de la población de Brasil.

Otra investigación de 1999 del sociólogo Simon Schwartzman, expresidente del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), muestra que el 4,4% de los brasileños entrevistados reconocían tener orígenes españoles. Este porcentaje equivale a casi nueve millones de descendientes sobre una población de 200 millones de brasileños. Otras fuentes hablan incluso de 10 a 15 millones de españoles.

“Vera, ¿yo que soy?”

Los supervivientes de la última horneada migratoria todavía conservan un marcado acento gallego, a pesar de haber pasado más de medio siglo en Brasil. “Algunos incluso intentan mantenerlo. Es su seña de identidad, quizás su forma de conservar la tradición”, asegura Vera Lúcia dos Santos Garcia, coordinadora del Centro de Mayores de la Casa de España de Río de Janeiro, situado en el barrio de Humaitá. “Ellos todavía se sienten extranjeros en Brasil. Sin embargo, cuando van a España ni son españoles ni son brasileños. Un día uno de ellos me preguntó: ‘Vera, ¿yo qué soy?’. Le respondí: ‘Tú eres aquello que quieres ser’”, añade.

Todas las mañanas varias decenas de españoles octogenarios se reúnen en este Centro de Mayores para pasar el rato, jugar a las cartas, hacer deportes, cursos de baile o incluso ensayar en el grupo de gaitas gallegas. “Aquí encontré a muchas amigas. Puedo hablar en voz alta, porque los españoles, gallegos y viejos hablamos alto. Aquí puedo hacer ‘bagunça’, confusión. Me divierto y paso el rato, pero sobre todo encuentro un pedacito de España y una familia maravillosa. Yo crecí con 10 hermanos. Entonces donde hay mucha gente junta, para mí eso es familia”, asegura Odilia González, de 76 años.

La mayoría de estos españoles procede de aldeas pequeñas del interior de Galicia. La mayoría desembarcó en el nuevo continente de la mano de algún pariente que les ayudó en los primeros pasos. Todos consiguieron trabajos humildes: albañiles, electricistas, camareros, vendedores, ‘mucamas’. Las mujeres vinieron atrás de sus maridos o de sus padres, que salieron solos de su tierra como una especie de avanzadilla, intrépidos desbravadores únicamente armados de su valor y su dignidad.

El grupo de emigrantes en la Casa de España de Río de Janeiro (Foto: V. Saccone).El grupo de emigrantes en la Casa de España de Río de Janeiro (Foto: V. Saccone).

“Yo lloraba mucho al principio, no me acostumbraba. Fui arrancada de mi tierra en el mejor momento de mi juventud”, cuenta Purificación Estévez, de 72 años, que desembarcó en tierras brasileñas a los 18. “Al año intenté volver a Galicia, pero mis padres no autorizaron mi salida de Brasil. En aquella época la mayoría de edad se alcanzaba a los 21 años. Me quedé como loca, completamente desorientada”, recuerda esta mujer, que resolvió buscar empleo como doméstica para reunir dinero y poder volver a España.

Siete años después, por fin consiguió viajar a su tierra natal de la mano de la familia para la que trabajaba, y se llevó un chasco. “En Galicia me encontré una realidad totalmente diferente a la que recordaba. Entonces regresé a Brasil y me casé. Hoy tengo dos hijos con nacionalidad española y mi vida está aquí, pero nunca me olvido de mis raíces españolas. Tengo mucha ‘morriña’ de Galicia”, asegura Purificación.

“Al principio Río no me gustó nada. Los mosquitos me picaban y me hacían sangrar”, relata Odilia. “Mi idea era esperar a los 21 años y pedir un pasaje de vuelta al Consulado de España. Mientras tanto, conocí a mi actual marido. Él me prometió que volveríamos a España después de casarnos, pero me engañó, como todos los hombres”, afirma con ironía. En 1962 contrajo matrimonio y enseguida tuvo hijos. “Al final me quedé en Brasil, pero con aquella ‘saudade’ de mi ‘terrinha’, ¿sabes?”, asegura.

Manuela Lorenzo Losada (Foto: V. Saccone).Manuela Lorenzo Losada (Foto: V. Saccone).

“Yo me adapté fácilmente, menos con el tema de la comida. No estaba acostumbrada a los frijoles negros. Trabajaba en casa de una familia y no comía nada. Llegué a pasar hambre. Echaba en falta las patatas y el cerdo”, revela Manuela Lorenzo, de 74 años, de los que 58 los ha pasado en Brasil. “Un día mi marido reparó en que estaba famélica y me preguntó la razón. Le respondí que no aguantaba la comida brasileña. Entonces me emplazó a dejar el empleo: ‘Tú no has venido a Brasil a morirte del hambre’. Al día siguiente, cuando entré en mi cuarto, encontré dos docenas de plátanos. Todavía no sé cuántos me comí. Los devoré como si no hubiera un mañana”, agrega.

Son las voces de la inmigración gallega en Río de Janeiro, un rastro discreto y olvidado que se articula a través de múltiples instituciones, desde la citada Casa de España hasta el Hospital Español y el Recreo de los Ancianos.

Un centro para españoles sin recursos

Inaugurado en 1928 en el barrio de Lapa, el Hospital Español nació con una clara vocación filantrópica. Ligado a la Sociedad Española de Beneficencia (SEB), fundada en Río de Janeiro en 1859, este centro médico atiende desde hace 88 años a los españoles sin recursos que viven en Brasil. “Todavía hoy cualquier español que demuestre que no tiene condición de pagar a un médico, es atendido gratuitamente”, explica Carla Otero Suárez, directora financiera de la SEB.

Carla es hija de un gallego que emigró a los 16 años a Brasil. En Río comenzó a trabajar en una hospedería y, tras muchos años de sacrificios, pudo adquirir pequeñas participaciones, primero en hostales y después en hoteles de la ‘Cidade Maravilhosa’. Hoy es socio de algunos de los mayores hoteles de Copacabana. Hay incluso quien dice que el 75% de los cuartos hoteleros de este famoso barrio turístico están controlados por exinmigrantes gallegos, un dato difícil de comprobar.

‘Yo a mi padre le recuerdo siempre trabajando. Solo libraba un domingo de cada dos. Mi madre tuvo que ocuparse de mí y de mi hermana. No ha sido fácil, pero mi padre quería que tuviésemos todo lo que él no tuvo de joven’, cuenta Carla“Yo a mi padre le recuerdo siempre trabajando. Solo libraba un domingo de cada dos. Mi madre tuvo que ocuparse de mí y de mi hermana. No ha sido fácil, pero mi padre quería que tuviésemos todo lo que él no tuvo de joven”, cuenta Carla. Hoy es voluntaria en la dirección del Hospital Español y, junto a su equipo, intenta evitar el cierre. “Hubo una mala gestión que casi acabó con este centro, a pesar de tener más de 1.200 socios. Mi padre me pidió que me encargase de reflotarlo y aquí estoy, luchando con cariño para salvar un hospital que, en su momento, llegó a ser uno de los mejores de Río de Janeiro y de Brasil”, añade.

La historia de esta institución está repleta de anécdotas. Desde el principio se volcó en la lucha contra la tuberculosis, pero también participó en los auxilios a los supervivientes del naufragio del navío Princesa Mafalda, ocurrido el 28 de octubre de 1927 en Río de Janeiro. La SEB acogió a las náufragos en su sede social, y aportó ropa, comida y dinero.

Otro episodio revela la vocación solidaria de esta entidad. En 1930, el barco Vapor Baden fue alcanzado accidentalmente por un tiro de cañón disparado desde uno de los fuertes de Río de Janeiro durante la revolución que culminaría con la llegada al poder de Getúlio Vargas. También en aquella ocasión, el Hospital Español ofreció ayuda a las víctimas de este lamentable accidente.

Cómo acumular una gran fortuna

La solidaridad ha sido el hilo conductor de la vida de los inmigrantes gallegos en Río de Janeiro, como demuestra el ejemplo de Manuel Cabanelas, fundador del Recreo de los Ancianos en el barrio de Tijuca. Nascido en 1867 en la localidad de Laxedo, en Covelo, llegó a Brasil a los 16 años con 30 libras de oro en el bolsillo, tres años después de la muerte de su padre. Emprendió el viaje con su herencia como capital sin comunicarlo a nadie, ni siquiera a su madre. Fue caminando hasta Portugal y se embarcó en una nave inglesa rumbo a Río. Ningún pariente o conocido le esperaba al otro lado del charco.

Sus primeros meses fueron muy duros. Trabajó en los almacenes del puerto y después como vendedor ambulante de una lotera. Esta experiencia cambió su vida para siempre. En poco tiempo se convirtió en socio y comenzó a acumular una gran fortuna, primero con la lotería y, posteriormente, con el Jogo do Bicho, un juego de apuestas típicamente carioca.

Cabanelas supo invertir con astucia su capital y se transformó en un poderoso empresario del sector inmobiliario, de la hostelería, de la construcción y de la moda femenina. Su espíritu filantrópico hizo que enviase dinero a las víctimas de la guerra de España, en 1897, y que fundase a principios del siglo XX una escuela en Covelo, en su ciudad natal, para escolarizar a 150 niños de la comarca.

“Llegando a la madurez, en 1940, resolvió crear el Recreo de los Ancianos para que aquellos inmigrantes españoles que no tuvieron su misma suerte, pudiesen disfrutar de una vejez digna sin depender de nadie, a pesar de haberse quedado solos y sin hijos”, cuenta Regina Jallas, gallega de origen y presidenta de este centro. “Al principio, Cabanelas se mudó a esta residencia. Había un huerto para la alimentación de la casa y el alquiler de sus inmuebles era empleado para financiar este proyecto”, agrega.

Hoy el Recreo es una residencia que acoge a 180 ancianos, de los que 39 son españoles. La fundación da cobijo también a mayores brasileños desvalidos a cambio de desgravaciones fiscales. “Los españoles sin recursos pueden vivir aquí gratuitamente. Cada uno paga lo que puede. La idea principal de Cabanellas siempre fue filantrópica y se mantiene intacta hasta hoy”, asegura Regina.

La puerta de la Casa de España en Río de Janeiro (Foto: V. Saccone).La puerta de la Casa de España en Río de Janeiro (Foto: V. Saccone).

Bajo su dirección esta residencia para ancianos ha sido completamente reformada. “El Recreo ha cambiado mucho a lo largo de los años. Hoy cada residente disfruta de un miniapartamento con baño privado. Tenemos un centro de fisioterapia, un teatro, una sala recreativa, un comedor, una iglesia y estamos incluso construyendo una piscina. Somos una de las mejores residencias de Río de Janeiro. Por eso atraemos también a ancianos de alto poder adquisitivo, lo que posibilita que la residencia sea económicamente sostenible”, relata la presidenta con orgullo.

Regina nació en Santa Comba (Galicia) en 1950 y llegó a Brasil en 1959 para reunirse con su padre. “En aquella época la Acción católica financiaba los viajes a los hijos de los emigrantes para reunificar las familias. Mi padre era albañil y llevaba dos años aquí solo. Cuando consiguió pagar el pasaje del barco y alquilar una casa, nos mandó una carta”, cuenta Regina visiblemente sobrecogida. “Todavía la recuerdo, aunque tuviese nueve años. Mi padre decía: ‘Vengan junto a mí. Aunque tengamos que pasar hambre, la pasamos todos juntos’. Me sigo emocionando cada vez que me acuerdo de esta historia”, agrega.

Curiosamente, Brasil brindó a Regina la oportunidad de formarse. “Me puedo considerar una suertuda de la inmigración porque pude estudiar en la escuela pública y después Administración de Empresas y el básico de Ingeniaría. Mi familia era muy humilde y no sé si en mi aldea hubiese tenido esta oportunidad”, reconoce.

Hoy esta mujer de armas tomar, viuda y madre de un hijo que vive en España, dirige con entusiasmo y energía esta institución caritativa de forma desinteresada, sin recibir ningún salario. En este centro se hospedan ancianos tan entrañables como Antonio Herranz, que vive en Brasil desde hace 64 años y que pasó varias décadas al servicio de la editorial Aguilar. “Yo conocí al compositor Vinicius de Moraes, al poeta Carlos Drummond de Andrade, y a los escritores Ruben Braga y Fernando Sabino”, rememora con satisfacción.

Antonio vivió 50 años en un piso de alquiler en Leblon, el barrio más exclusivo de Río de Janeiro. Hace dos años, la dueña decidió vender el inmueble y de un día para otro se vio en la calle, viudo y sin hijos, sin poder acceder al mercado inmobiliario cada vez más gentrificado con su jubilación. “Un amigo me sugirió pedir refugio en el Recreo y me acogieron muy bien. Vendí todo lo que tenía y desde mayo de 2014 estoy aquí como un rey. Solo me he llevado mis libros. Tenía una biblioteca excepcional de 2.000 volúmenes. La he donado a este centro. Me gustaría que le pusiesen mi nombre”, destaca Antonio en su cuarto, lleno de maletas de cuero que a sus 87 años usa todos los años para volver a Madrid. “Tengo una salud de hierro. Mientras puedas, voy a seguir yendo a España para ver a mis familiares”, promete.

Fuente: ElConfidencial.com