La industria del tabaco se prepara para un mundo sin fumadores

El hombre de Marlboro ha muerto. Le hirieron en 1971, cuando la publicidad tabacalera fue prohibida en televisión. Poco a poco, ley a ley, su presencia ...

El hombre de Marlboro ha muerto. Le hirieron en 1971, cuando la publicidad tabacalera fue prohibida en televisión. Poco a poco, ley a ley, su presencia masculina fue menguando en patrocinios y revistas, y en 1999 le llegó el tiro de gracia: la recia apostura del cowboy que oteaba el horizonte con un cigarrillo en los labios fue retirada para siempre de los carteles al aire libre.

Se extinguió incluso en el plano físico. Cuatro de los actores que encarnaron al vaquero silencioso y libre fallecieron por enfermedades relacionadas con el tabaco: obstrucción pulmonar, enfisema, cáncer de pulmón. Joe Camel y otros iconos también desaparecieron. Ni siquiera James Bond se enciende un cigarrillo desde 1989. 

Hoy les siguen los propios fumadores, que todavía pueden ser avistados paciendo a la puerta de los bares, lejos de parques y hospitales, o acurrucados bajo un paraguas en la lluvia. Todavía. La proporción de fumadores en EEUU bajó al mínimo histórico en 2012, según el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC): un 17,8% de la población, que descenderá al 12% en 2020.

“La industria del tabaco se muere lentamente”, dice por teléfono el historiador y profesor de la Universidad de Stanford Robert Proctor, autor del volumen Golden Holocaust: Origins of the Cigarette Catastrophe and the Case for Abolition. “La verdadera medida de su poder es el número de cigarrillos que se venden al año. En Estados Unidos se ha pasado de vender un máximo de 630.000 millones en 1982 a unos 230.000 millones en la actualidad”. Según el profesor, este será el primer año que descenderá la venta de cigarrillos a nivel mundial.

Proctor es un abolicionista. Considera al cigarrillo “el artefacto más mortífero de la historia de la civilización” por haber matado a más gente que las guerras, dice, y quiere que se prohíba. En 1999 fue el primer historiador en testificar contra una tabacalera y desde entonces ha librado varias batallas. La última, a raíz de la publicación de su libro, le costó 50.000 dólares en abogados.  

Asegura que las tabacaleras se mantienen gracias a la automatización, que ha tumbado los costes, a las exportaciones y a nuevos productos. “Apuestan por el cigarrillo electrónico, su gran esperanza: la adicción sin cáncer. También intentan evitar las etiquetas con advertencias gráficas, vigentes en 62 países. En EEUU han logrado que se consideren violaciones de la propiedad intelectual”.

Un neoyorquino de 21 años fuma ante el apartamento de un amigo en Manhattan (Reuters).Un neoyorquino de 21 años fuma ante el apartamento de un amigo en Manhattan (Reuters).

Fumar mata, oficialmente

La industria sigue manteniendo un territorio clave: los institutos, la edad en que nueve de cada diez fumadores adoptan el hábito. El porcentaje de fumadores adolescentes se mantiene sin cambios desde 2011 y el cigarrillo electrónico avanza al galope entre ellos. Sólo en 2014, la proporción de alumnos de instituto que fuma cigarrillos electrónicos se triplicó hasta el 13,4%. 

“Queremos que los padres sepan que la nicotina es peligrosa para niños de cualquier edad, sea en un cigarrillo electrónico, un cigarrillo o un puro”, declaró en un comunicado el director del CDC, Tom Frieden. Desde 2012, el Gobierno de EEUU, que según Proctor “no hace virtualmente nada” debido al peso colosal del lobby tabacalero, exige a la industria revelar los componentes de cada producto, que las agencias oficiales compilan e interpretan en campañas de prevención.

Todo empieza con ese cilindro mágico, bien acabado, minimalista y liviano como el aire que se llama cigarrillo. Cada cigarrillo contiene entre uno y dos miligramos de nicotina, que a través de la sangre llega rápidamente al cerebro, donde sacude las glándulas que liberan adrenalina y dopamina, la hormona del placer. El “chute”, breve pero intenso, crea un sistema de recompensas. Cuando el fumador intenta abandonar la necesidad creada, se vuelve “irritable, ansioso, triste”. El 85% de las personas que dejan de fumar recaen al cabo de una semana.

La industria sigue manteniendo un territorio clave: los institutos, época en la que nueve de cada diez fumadores adoptan el hábito

Además de la nicotina, droga natural del tabaco, cada cigarrillo incluye unos 7.000 productos químicos que siguen varios objetivos: entre otros, suavizar la inhalación, mejorar el sabor, ayudar a que la nicotina gane fuerza y se absorba mejor y permitir que el cigarrillo dure más tiempo encendido. 250 de estas sustancias son nocivas para la salud y 69 cancerígenas.

El resultado afecta prácticamente a todos los órganos del cuerpo, causando un deterioro general. El tabaco, primera causa de muerte evitable en Estados Unidos, se lleva cada año a casi medio millón de personas, quita una década de vida y deja huella en la economía: 300.000 millones de dólares anuales en gastos médicos y pérdida de productividad.

Tabaco y libertad

No todos están de acuerdo con los datos oficiales ni con la manera de tratar el tabaquismo. Organizaciones como el Heartland Institute, un think tank “libertario” de Chicago, aseguran que los estudios en que se apoya el Gobierno para limitar el uso del tabaco son junk science, “ciencia basura”, y que a los fumadores ya se les carga con impuestos “muy por encima de cualquier coste que puedan imponer al resto de la sociedad” (8) (un 44% sobre el precio de la cajetilla, que en algunos estados puede superar los 10 dólares).

“Todo el mundo sabe que fumar es malo; es de sentido común”, declara por teléfono a El Confidencial Jim Lakely, director de comunicación del Heartland Institute. Lakely asegura que la figura del fumador pasivo es una exageración, como indica este informe de la American Cancer Society y la Universidad de California. “Las campañas contra el uso del tabaco tienden a equiparar al fumador con el fumador pasivo, lo cual no tiene base científica ni sentido”. Para reducir el riesgo de cáncer, el think tank recomienda fomentar los métodos alternativos como el tabaco de mascar o cigarrillo electrónico.

Un miembro del movimiento Occupy Wall Street fuma un cigarro durante una protesta en Nueva York (Reuters).Un miembro del movimiento Occupy Wall Street fuma un cigarro durante una protesta en Nueva York (Reuters).

Lakely considera la prohibición de fumar en los establecimientos un ataque a la libertad de negocios y consumidores. “El bar debe poder dejar que sus clientes fumen y también habilitar un área de no fumadores”, explica. “El Gobierno no debe imponerlo; así, los consumidores pueden elegir a qué tipo de bar quieren ir. Que el mercado decida”.

Durante los años noventa, la era de los litigios antitabaco, en la que 46 estados del país impusieron a las cuatro mayores tabacaleras el pago de 206.000 millones de dólares en 25 años para compensar  el gasto de la sanidad pública dedicado a los fumadores, el Heartland Institute jugó su papel: publicó estudios encargados por la tabacalera Phillip Morris sobre la relación entre el tabaco y el cáncer. Hoy en día cuestiona la fiabilidad de los datos que alertan sobre el cambio climático.

Hay otras organizaciones, como Smokers Club, que temen una sociedad “orwelliana” donde el Gobierno dicte los hábitos personales. O CLASH, un grupo neoyorquino que tiene su propio merchandising a favor de la “libertad”. Una de sus tazas reza: “Qué será lo próximo, ¿el café?”. En el momento de entregar este artículo, ninguno de ellos había respondido a la petición de entrevista.

“La industria siempre ha pagado a expertos para que elaboren la defensa del ‘sentido común’, según la cual todo el mundo siempre ha sabido que fumar es malo, desde la época de Cristóbal Colón”, declara Robert Proctor. “Evidentemente esto es estúpido y falso”. Para denunciar las campañas de la industria, Proctor acuñó el término “agnotología”, el estudio de la ignorancia inducida, y acusó a otros historiadores de cobrar cantidades millonarias para testificar a favor de las tabacaleras.

“La industria ha definido el tabaco como una forma de libertad de expresión”, continúa. “Pero el tabaco no es libertad, al contrario: el tabaco le quita al fumador la libertad de no fumar, porque le vuelve adicto. En este sentido, el tabaco es diferente al alcohol o la marihuana. Sólo el 5% de quienes beben alcohol son adictos, es decir alcohólicos, mientras el 90% de los fumadores son adictos al tabaco”.

Aunque mueran los iconos, bajen las ventas y las autoridades aprieten con leyes, impuestos y zonas libres de humo, quizás a la utopía de Proctor aún le quede un trecho. El único país del mundo que prohíbe el cultivo, la producción y la venta de tabaco sigue siendo el Reino de Bután

Fuente: ElConfidencial.com