La investigación cree “probable” que Putin ordenase la muerte de Litvinenko

21.01.2016 – 15:20 H. Ninguna sorpresa en la investigación oficial británica sobre la muerte de Aleksandr Litvinenko, el exagente de los servicios secretos ...

21.01.201615:20 H.

Ninguna sorpresa en la investigación oficial británica sobre la muerte de Aleksandr Litvinenko, el exagente de los servicios secretos rusos envenenado con material radiactivo en Londres en 2006. Las conclusiones anunciadas hoy por Sir Robert Owen, el encargado de la comisión, son que los ciudadanos rusos Andrei Lugovoi y Dimitri Kovtun, siguiendo órdenes del Servicio Federal de Seguridad (FSB), envenenaron a Litvinenko con polonio, un raro elemento químico que resulta inocuo al contacto con la piel, pero altamente letal en caso de ingestión oral. Además, Owen ha asegurado que “probablemente” Lugovoi y Kovtun contaban con la autorización del jefe del FSB, Nikolai Patrushev, y del Presidente ruso Vladimir Putin.

Litvinenko llevaba seis años exiliado en la capital británica, donde, según sabemos hoy, había estado cooperando con los servicios secretos del Reino Unido y España, a quienes había proporcionado información de primera fila sobre las actividades de la mafia rusa. Era su especialidad: técnicamente, Litvinenko no era un espía, sino un operativo del FSB en el área de crimen organizado.

En este cargo, sin embargo, había sido testigo del ascenso de Vladimir Putin al poder, y no le había gustado. En varias ocasiones había denunciado la corrupción en el seno del FSB, primero enmascarado en una rueda de prensa junto a varios compañeros, y posteriormente por escrito. Represaliado y encarcelado bajo cargos falsos, a la primera oportunidad protagonizó una rocambolesca huida a través de Turquía junto a su familia. Desde su exilio londinense escribió un libro en el que llegaba a afirmar que los atentados de septiembre de 1999 contra edificios residenciales en diversas ciudades rusas fueron ataques bajo bandera falsa para justificar la segunda guerra de Chechenia y la providencial aparición en escena de Putin. Algo que, obviamente, no gustó nada en Moscú.

En octubre de 2006, Lugovoi y Kovtun se reunieron con Litvinenko en el hotel Millenium de Londres. Ahora, la investigación considera demostrado que ambos trajeron el polonio desde Rusia y lo vertieron en una tetera de la que bebió después Litvinenko.

En realidad había pocas dudas sobre cómo sucedieron los hechos: los investigadores habían podido seguir un rastro radiactivo que va del aeropuerto a las habitaciones de hotel de Lugovoi y Kovtun, y a las diferentes estancias del hotel por las que pasaron, así como a Hamburgo, donde hicieron escala. Lugovoi ha tratado de defenderse asegurando que en realidad ambos fueron contaminados ‘a consecuencia de su contacto con Litvinenko‘, y no antes. “Yo también soy una víctima”, ha afirmado una y otra vez en entrevistas con periodistas tanto rusos como occidentales.

Marina Litvinenko, vuida del ex agente asesinado, habla ante la prensa en Londres (Reuters)Marina Litvinenko, vuida del ex agente asesinado, habla ante la prensa en Londres (Reuters)

“Un veneno muy caro”

Sin embargo, esta explicación flojeaba ante dos detalles: uno, que el cuarto de baño de la recepción del hotel es uno de los puntos donde se encontró una mayor cantidad de radiactividad. Y mientras las cámaras de seguridad del hotel muestran a Kovtun accediendo a esos lavabos antes de reunirse con Litvinenko, este, tal y como se aprecia en la grabación, no llegó a entrar en ellos. Además, niveles insólitos de radiación fueron hallados en la cañería del lavamanos del cuarto de Kovtun. Los investigadores han concluido que, casi con toda seguridad, el ruso destapó el polonio en el baño para prepararlo para su vertido en la tetera, y posteriormente subió a su habitación, donde se deshizo del resto del material arrojándolo por el desagüe. (Como elemento incriminatorio adicional, al parecer Kovtun le contó a un amigo que iba a viajar a Londres con “un veneno muy caro”).

Rusia mantiene una fábrica de polonio, Avangard, en la ciudad de Sarov, la única del mundo que produce este material con fines comerciales. Pero uno no consigue el material así como así: ese, de hecho, es uno de los aspectos que más firmemente apuntan a la participación de altos funcionarios rusos en la operación. Mientras agonizaba en el hospital, Litvinenko insistió en ello de forma inequívoca: “Solo una persona puede haber dado esta orden”. El propio Putin.

Poco después de su muerte, su viuda, Marina Litvninenko, escribió un libro junto a Alex Goldfarb, ‘Muerte de un disidente’, en el que explicaba con todo detalle lo sucedido. En él, Marina asegura que lo único que permitió detectar el polonio fue la excepcional constitución física de Aleksandr, que le llevó a resistir durante 14 días. La dosis, además, había sido pequeña: apenas un sorbo, porque a Litvinenko, según le contó a un detective de Scotland Yard en su lecho de muerte, “no le gustó el sabor”. De lo contrario, habría fallecido en horas, y el letal elemento jamás habría sido detectado. Un crimen perfecto.

Pero ¿por qué matarle? Luke Harding, del diario británico ‘The Guardian’, asegura que una semana después de su envenenamiento Litvinenko iba a testificar delante de un fiscal español acerca de la mafia rusa (probablemente José Grinda, cuyas investigaciones sobre la connivencia entre las autoridades rusas y el crimen organizado de aquel país quedaron expuestas en 2010 en un cable de Wikileaks). La teoría le va como anillo al dedo a Harding, excorresponsal en Moscú del ‘The Guardian’, cuyo libro sobre la Rusia de Putin se titula explícitamente ‘Mafia State’ (Estado mafioso): asesinando a Litvinenko, eliminaban a un testigo que podía implicar a los más altos niveles del Kremlin en acciones criminales.

Rusos conmemoran la muerte de Litvinenko en Moscú, en noviembre de 2008 (Reuters).Rusos conmemoran la muerte de Litvinenko en Moscú, en noviembre de 2008 (Reuters).

Muerte para los traidores

Prácticamente todos los libros críticos sobre el actual Gobierno ruso (desde ‘The man without a face’, de Masha Gessen, a ‘Fragile Empire’, de Ben Judah, pasando por el propio ‘Muerte de un disidente’ y el documental basado en este, ‘El caso Litvinenko‘, de Andrei Nekrasov) mencionan la corrupción del régimen, y la probable -según sus autores- participación del propio Putin en actividades ilícitas, ya desde sus años como asesor en el Ayuntamiento de San Petersburgo. Marina Litvinenko, sin embargo, apunta a otra razón más visceral y profunda: para Putin, con su mentalidad forjada en el KGB, aquellos que osan destapar los trapos sucios de la agencia no son sino “traidores” con los que hay que saber lidiar. Para ellos no hay perdón posible. Lo que merecen, se deduce, es la muerte.

Este extremo, sin embargo, parece imposible de probar, por lo que nadie espera que la publicación del informe del comité presidido por Sir Robert Owen vaya a dar grandes sorpresas. La investigación también examinó la posible implicación de otros sospechosos, desde la mafia rusa en España hasta Boris Berezovski (para quien Litvinenko trabajó durante un tiempo), pero sus conclusiones son las mismas a las que había llegado ya la policía metropolitana hace casi una década.

En cualquier caso, es improbable que vaya a haber consecuencias prácticas. En primer lugar, porque Lugovoi y Kovtun se encuentran en Rusia, fuera del alcance de las autoridades británicas, especialmente si existió complicidad por parte de las altas esferas de Moscú.

Y en segundo lugar, porque a estas alturas a nadie, salvo a los familiares y amigos de Litvinenko, le interesa remover mucho el asunto: esta misma semana, funcionarios del Ministerio de Exteriores británico solicitaron al Gobierno de David Cameron que, incluso si la investigación señala al régimen de Putin como responsable, se abstengan de imponer nuevas sanciones contra Rusia, justo en un momento en el que se está buscando la cooperación rusa de cara a un acuerdo de paz sólido en Siria. La investigación no le devolverá la vida al exagente, parecen pensar los diplomáticos británicos, y las razones de Estado priman. Nueve años después de su muerte, Litvinenko sigue resultando incómodo.

Fuente: ElConfidencial.com